Querido curioso,
Déjame hacerte una pregunta antes de empezar.
¿Cuántas peleas has tenido este mes que, mirándolas en frío, no valían el tiempo que les diste?
No te pregunto para juzgar. Pregunto porque yo también he estado ahí (y ya lo confesé en varias ocasiones)
Pero hay algo más allá, algo que creo que necesitamos nombrar.
Mexicanos vs argentinos.
Católicos vs evangélicos.
Hombres vs mujeres.
Tradicionales vs progresistas.
Los que votan por uno vs los que votan por el otro.
Abre cualquier red social hoy y encontrarás alguna de estas peleas activa. Con gente inteligente, gente buena, gente que genuinamente ama lo que defiende... destruyéndose mutuamente en los comentarios.
Y yo me pregunto: ¿a quién le conviene esto?
A nosotros no... Eso es seguro.
La palabra “diablo” viene del griego diabolos. Literalmente: el que divide. El que lanza entre medio. El que separa.
Esa es su función.
Y si observas el mundo hoy con esa lente, todo cobra un sentido perturbador.
SU ESTRATEGIA ES SENCILLA
Le conviene que veamos lo peor del otro. Que cuando alguien del bando contrario hable, ya hayamos decidido que está equivocado antes de escuchar.
Le conviene que actuemos como víctimas. Porque la víctima tiene permiso de atacar. La víctima tiene coartada moral para el rencor.
Le conviene que busquemos la pelea. Que confundamos confrontación con valentía. Que llamemos “defender la verdad” a lo que en realidad es alimentar el ego.
Así funcionamos: nos cerramos en nuestro núcleo. Solo los que piensan como yo, solo los que me quieren, solo los que confirman lo que ya creo.
Pero ojo…
Incluso con los que te quieren, encontrarás diferencias.
Y si el patrón no se rompe, el ciclo se repite. Te distancias de unos, luego de otros, luego de otros más. Hasta que te quedas sola. Convencida de que solo tú tienes la verdad. Solo tú conoces tu historia. Solo tú puedes justificar tus actos.
¿Eso es lo que buscamos? ¿Ser individuos cada vez más individuales, cada vez más islas?
La ley del talión: ojo por ojo y todo el mundo quedará ciego.
Creo que ya estamos ciegos.
Cegados por el ego que necesita ganar cada discusión.
Cegados por el orgullo que no puede pedir perdón.
Cegados por la vanidad que prefiere tener razón a tener paz.
Y lo más doloroso: cegados por el dolor acumulado.
Porque así funciona la cadena. Alguien me hirió. Yo no proceso ese dolor. Y sin darme cuenta, me desquito con otro que no tiene nada que ver. Que tampoco procesa. Y se desquita con otro.
El daño viaja. Se multiplica. Se disfraza de justicia, de defensa propia, de “simplemente digo lo que pienso.”
Y el que divide se frota las manos.
Porque llegamos al punto central.
En medio de toda esta división, en medio de esta ceguera colectiva, hay una pregunta que no podemos evitar:
¿A qué nos llamó Jesús?
No nos llamó a tener razón. Nos llamó a amar.
No nos llamó a ganar debates. Nos llamó a servir.
No nos llamó a defender nuestra tribu. Nos llamó a amar incluso al enemigo.
“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen.” (Mateo 5,43-44)
Es la instrucción más contracultural que existe.
Porque amar al enemigo no significa estar de acuerdo con él. No significa callar la verdad. No significa fingir que el daño no fue real.
Significa romper la cadena.
Significa no pasarle a otro el dolor que alguien te hizo a ti.
San Pablo lo resume con una frase que me detiene cada vez que la leo:
“No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien.” (Romanos 12,21)
Vence el mal con el bien. No con más mal. No con la misma moneda. No con ojo por ojo.
Con bien.
¿Vas a seguir cayendo en el juego?
No te lo pregunto desde afuera. Me lo pregunto a mí también.
Porque es fácil escribir esto. Es mucho más difícil vivirlo cuando alguien te ataca en redes, cuando una persona cercana te traiciona, cuando sientes que la injusticia merece respuesta.
Pero cada vez que caemos en el juego de la división, cada vez que alimentamos la tribu contra otra tribu, cada vez que preferimos la burbuja al encuentro real... le estamos dando exactamente lo que quiere.
Y le estamos quitando al mundo exactamente lo que necesita: personas que rompan el ciclo.
Personas que cuando reciben daño, no lo redistribuyan.
Personas que cuando ven división, construyan puentes.
Personas que cuando todos gritan, sepan escuchar.
Jesús no nos llamó a ser mejores en las peleas que ya existen.
Nos llamó a salir del juego completamente.
No olvides comulgar hoy, no olvides alimentarte de la Gracia.
Clara.
PD. te dejo un video para que revises tu casa de todo eso que divide:
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