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Ciencia y burbujas · Jun 23, 2026

San Verano

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Greta · Ciencia y burbujas

Es la noche de San Juan y a lo largo de la costa se juntará gente de todas las edades para celebrar la llegada del verano, como si no nos hubiéramos dado cuenta desde hace unas semanas de que ya lo estamos viviendo -y sudando-.

Durante la noche, fuegos pequeños se encenderán a la orilla del mar, se saltarán hogueras, se quemarán papelitos con deseos o aquello que deseamos dejar atrás. Y el agua del mar, purificadora, nos dejará el salitre en la piel como señuelo de lo bueno que está por llegar.

Me parece una ficción conceptualmente bella y muy mediterránea: el fuego, el mar, la llegada del verano y esas ganas de olvidarnos de lo malo y empezar de nuevo.

Nada de lo que de verdad importa ocurre de golpe. Siempre hay un impás, aunque corto, de transformación.

Antes del solsticio de verano trabajé mucho; el hospital se convirtió en mi primera residencia. Y en uno de esos días, ya de madrugada, casi finalizando mi turno, atendimos a una mujer muy grave. Mediana edad, con diagnóstico oncológico reciente y una intervención también hacía pocas semanas. Además de sus constantes y la exploración, que ya indicaban una situación urgente, tenía ese aspecto de gravedad que es tan difícil de describir como fácil -para nosotros, los médicos- de detectar.

Al otro lado del cristal, los cirujanos, mi compañera y yo veíamos impresionadas las imágenes del TAC. Todos allí sabíamos cuál sería el final. La cirujana lo verbalizó de forma tan tajante como la hoja del bisturí: “Está muerta, está muerta”. Ese era el pronóstico. La sentencia final.

No recuerdo a la paciente por esto; por desgracia, no es la primera vez que vivo una situación similar como médico.

La recuerdo por la expresión de su cara desde que entró en Urgencias, de una serenidad aplastante. Se encontraría verdaderamente mal: el dolor, la frecuencia disparada y la tensión por los suelos. Sin embargo, no parecía nerviosa ni asustada. Miraba a su alrededor como si el paisaje que veía fuera otro muy distinto. Le expliqué que le íbamos a hacer pruebas, que no pintaba bien. Una media sonrisa de aceptación se dibujó en su cara. Sus ojos azules estaban en paz. Fue la última vez que la vi.

Sin duda ella ya sabía lo que nosotros confirmamos después. Quizás había llegado a un lugar invisible para nosotros, incluso para el TAC.

Al día siguiente yo estaba en Madrid. Me refugié del calor infernal en el Museo Thyssen donde, casualidades de la vida, acabé contemplando en absoluta intimidad el cuadro de Rubens “Venus y Cupido”, recientemente restaurado y cuyo resultado se inauguraba ese día.

Durante muchos años, una película amarillenta fruto del paso del tiempo y las distintas capas de barniz había alterado la piel nívea de Venus.

Mirando el cuadro resultaba imposible no pensar en el tiempo: en cómo algunas transformaciones ocurren sin que nadie las perciba y en cómo otras necesitan siglos para revelarse. La restauración no había añadido nada, simplemente había retirado de forma magistral aquello que sobraba.

Quizá envejecer se parece más a eso que a cualquier otra cosa.

Por la tarde acudí al primer encuentro de Substack en España, en una bonita librería del Barrio de las Letras. El aire acondicionado marcaba 17º, pero, por mucho que se esforzara, sudamos tinta, nunca mejor dicho, en ese ambiente literario en el que me encontraba.

Vi cómo autores y autoras de newsletters que llevaban tiempo leyéndose se reconocían por primera vez. Se desvirtualizaban -¿se sigue utilizando o suena muy millennial?-.

Yo seguía siendo una desconocida. Nadie se me acercó a saludarme -excepto Marcos, gracias-, porque nadie sabía quién era.

Y me gustó.

Hay algo liberador en que las personas se relacionen contigo a través de tus palabras. Como si durante unas horas desapareciera todo lo accesorio. Aquí soy lo que leen, no lo que ven. O lo que creen que soy.

Quizá escribir también sea una transformación: una lenta sustitución de la apariencia por algo más completo y difícil de definir.

Visité el nuevo barrio de mi gran amigo R. -me gustó el nombre, Prosperidad, solo puede ser sinónimo de cosas buenas-. Comprobé que aquella casa cuya reforma enervante para él y que nos había dado pie a tantas conversaciones ya no era una casa, sino un hogar. Uno bonito, de los que no dan ganas de marcharse. Por su anfitrión, el salón… y también porque en la calle el termómetro marcaba 40 grados.

Pero salí y regresé al mar. A la casa de la playa, la casa donde pasan los veranos y yo, año tras año, los acompaño.

En los sitios más insospechados a veces se cuela la tragedia.

Nada más llegar, en la terraza encontré un gatito muerto. Un trozo de carne rosada y brillante, con la ternura de su inocencia al descubierto, las patas diminutas. Lo recogí con el mismo cuidado que lo habría hecho si aún respirara. Después, cada vez que volvía a la terraza encontraba escondido otro cachorro con aspecto enfermizo, frágiles y tan débiles que ni siquiera podían abrir los ojos. Uno a uno los llevé al chalet cercano donde, aunque callejeros, se refugian y les dan agua y comida. La madre, una preciosa gata atigrada, salía a recibirlos y me miraba desconfiada. ¿Qué hacía yo, humana, con sus hijos?

Durante los siguientes días la gata y, entiendo que el padre, un gato negro, maullaban como quien reclama al hijo perdido. Y volvían al rincón donde murió su cachorro.

Los veo desde la terraza: buscan, maúllan, caminan sin rumbo claro. El gato negro ha desaparecido. ¿Los gatos también huyen cuando no pueden soportar la tristeza? No sé qué entienden los gatos sobre la muerte. Pero sí sé que el amor deja rastro, no importa la especie.

La madre ya ha dejado de llamarlo. La veo, a través del muro del vecino, centrada en el cuidado del resto de la camada que ha sobrevivido, ellos juegan despreocupados.

Incluso los animales necesitan tiempo para aceptar y transformarse con la nueva realidad.

Quizá por eso me gusta tanto el comienzo del verano.

Porque nos recuerda que vivimos rodeados de cambios que rara vez advertimos cuando suceden.

Esta noche arderán las hogueras. N. me cogerá de la mano cerca del mar. Mañana las cenizas se mezclarán con la arena hasta desaparecer.

Todo es una continua transformación.

Y el verano siempre empieza antes de que nos demos cuenta.

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Read the original on cienciayburbujas.substack.com

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