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Las Cartas de Charly · Aug 12, 2026

Las Brasileras que conocí

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Charly Country · Las Cartas de Charly

Después de visitar un pueblito costero llamado Tutóia, donde me quedé en una posada y pude recorrer las playas a bordo de la Oveja Negra, rodé unos 350 kilómetros, unas seis horas, hasta un pueblito llamado Jijoca de Jericoacoara.

Y aquí, oficialmente, llegué al paraíso.

Y no lo digo por su lago de arenas blancas y aguas cristalinas; lo digo porque llegué al Camping do Tiao, un sitio muy conocido por tener más de 30 años y ser una parada obligatoria para todos los viajeros que pasan por aquí.

​Efectivamente, al entrar me recibió una señora, la esposa del tío.

Me preguntó si montaría carpa o hamaca, y yo preferí hamaca, así que me dio lugar en medio del terreno, donde había dos árboles.

Ya era casi de noche, así que de inmediato me puse a armar la carpa.

Pero se me acercó un joven, con pinta hippie, que viaja en una van Sprinter y hablaba un poco de español.

Muy amablemente se presentó y se puso a la orden.

Ahí mismo pasó otro, un motoviajero de alta experiencia, y al ratico, otro motoviajero brasileño.

​Mientras seguía armando mi hamaca y montando la lona a dos aguas por si llovía, se acercó un señor que hablaba español, era de Uruguay, y me invitó a comer con ellos un asadito.

En el camping había más de 20 vans, tres motoviajeros y otros mochileros. Al fin había llegado a un lugar donde hay locos igual que yo, en su mayoría gente que tiene años viajando sin parar.

Eso, en este momento para mí, es el paraíso.

Así que terminé de armar mi campamento, muy básico, claro, y me fui al pueblo a buscar algo para compartir en la cena a la que me habían invitado, para no llegar con las manos vacías.

​Me metí por callecitas, todo perdido, hasta que caí en una principal.

Había mucha gente, muchos turistas y mucha gente local; una tarima en el medio de la calle y un grupo de samba tocando en vivo.

Muy buen ambiente.

Paré en un mercadinho y compré refresco y unos chocolates, pero al salir, vi que estaban unos muchachos viendo la moto.

Cuando me acerqué, eran dos convives; no podían creer que una moto venezolana estuviese ahí, no me creían que había llegado manejando.

Tuve que mostrarles fotos del recorrido.

Estuvimos charlando un rato; ellos andaban trabajando con turismo, viven en el siguiente pueblo, y me invitaron a una hamburguesa.

​Estuvimos un buen rato disfrutando de la fiesta en la calle.

Cuando volví al camping ya era como las 11; los uruguayos ya estaban durmiendo.

Eran dos parejas de adultos mayores en dos vans Sprinter de las más grandes, convertidas en autocaravanas.

Tienen de todo: cocina, nevera, baño con ducha, panelessiolares, aire acondicionado, cama matrimonial, etcétera.

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​Al día siguiente estuve en el camping descansando.

Salí a llevar la ropa a una lavandería, desarmé todo mi equipaje y me puse a lavar los bolsos, las maletas, el casco, los zapatos, y ordené todo.

Al final de la tarde fui al lago, que queda en la parte trasera del camping.

Es un pequeño bar de playa con techitos playeros, sillas y mesas.

Allí me senté en una mesita y nadé un rato; el agua estaba deliciosa.

​En la mesa de al lado estaba un señor con tres brasileras jóvenes.

Ahí, entre una cosa y otra, nos pusimos a conversar, bastante poco por mi mal portugués, pero al menos me entendieron que ando viajando en moto desde Venezuela hasta la Patagonia.

Una de ellas, la más guapa, me dijo que eran de São Paulo y que, si pasaba por allá, no dejara de pasar a visitarla.

Yo había dejado el teléfono en la hamaca, así que ella sacó el suyo, me buscó en Instagram y comenzó a seguirme.

​En la noche me puse a buscar su Instagram, pero había subido un video en unas dunas que se hizo viral y tenía más de mil seguidores nuevos, así que no encontré su contacto.

Senda falla.

Toca esperar a estar por allá a ver si ella me escribe y paso a visitarla.

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​En la noche salí con el motoviajero y el otro hippie a un bar.

Conversamos bastante; hablan un poco de español.

Los dos han viajado en bicicleta por Europa.

¡Vaya qué buenas historias tienen!.

Qué interesante eso de viajar en bicicleta.

Esa noche terminamos en una fiesta local con música en vivo a dos dólares la entrada.

Era una música que yo no había escuchado antes: como una samba, pero con acordeón, bajo, una guitarrita, creo que dos tambores y un señor que tocaba un triángulo de metal que le daba ese toque auténtico brasileño.

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​Hoy he estado en el camping todo el día.

Los uruguayos me han invitado otra vez a comer un asadito; han sido muy amables.

La carne estaba deliciosa, también había chuletas de cerdo con arroz blanco.

Comimos en una mesa los cinco y, de paso, me compraron dos cruces.

​Ah, y se pusieron a la orden en Uruguay para que pase a visitarlos.

Me comentaron que estuvieron todo el día en una villa a unos 45 minutos de distancia, que es un imperdible y que debo ir.

Pero ellos fueron en unas camionetas 4x4 que son las que hacen el transporte a todos los turistas, porque para llegar ahí hay que atravesar muchas dunas y arenales.

​Pero como yo soy rebelde y salí a vivir aventuras, intentaré llegar con la Oveja Negra mañana.

Así que ya les contaré si lo logro, si tendré que pegar la vuelta, si se funde el embrague o si me caigo y me revuelco en la arena.

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​Mañana es 12 de agosto, se cumple un mes desde que salí, así que para mañana haré una petición muy especial en la que espero contar contigo.

Tranquilo, no voy a pedir dinero; voy a pedirte algo mucho más importante.

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Read the original on charlycountry.substack.com

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