Este contenido se genera a partir de la locución del audio por lo que puede contener errores.
Hola, ¿cómo están? Dios los bendiga. Me da muchísimo gusto saludarlos nuevamente. Gracias por un día más. Gracias por sus vidas. Gracias por todas las personas que nos están escuchando en el carro, haciendo ejercicio. Si estás haciendo ejercicio, vamos, tú puedes. Una repetición más, un kilómetro más, vamos. Bueno, pues hoy estamos aquí grabando en un día lluvioso en Monterrey. La verdad es que me gusta bastante el clima lluvioso. Lo que no me gusta es manejar cuando está lloviendo, pero...
El clima lluvioso es muy bueno. Y yo no sé qué estés haciendo ahora, si estás tomándote un café, si estás en el carro, si estás despertando. Lo que sea que estés haciendo, yo quiero decirte una cosa y es que Dios hoy pensó en ti. Y pensó en que...
Pero necesitas una bendición más. Y pensó en que, no te estoy diciendo que vaya a llegar por este podcast, pero hoy quiero decirte que Dios pensó en ti y se acordó de ti. Si tenías la duda de que si Dios te estaba escuchando, créeme, Dios a todos nos escucha. El problema es que cuando estamos hundiéndonos y cuando hay demasiados gritos de nuestro interior, no podemos escuchar realmente la voz que viene de Dios.
Y eso es algo de lo que hoy vamos a hablar. Hoy vamos a hablar de la fe. Pero desde una perspectiva un poco o un tanto diferente. Salmos 17, 23, 24 dice, Sin embargo, todavía te pertenezco. Me tomas de la mano derecha y me guías con tu consejo y me conduces a un destino glorioso. Primero que nada, hay que entender que Bueno, y como hablábamos en episodios pasados, si no lo has escuchado, puedes ir a escucharlos, pero Pedro se hunde y en el momento que se hunde levanta las manos o levanta la mano y Jesús lo sacan. No, no sé hasta cuánto se hundió, pero Jesús lo saca. Pero el asunto es que no lo sacó solamente, le dijo, hey, ¿por qué dudaste? Y lo llevó hacia donde iba, no sé, lo volvieron a subir a la barca.
O se fueron a la orilla, pero en general lo llevó hacia un lugar. Y eso es lo que yo quiero transmitir en este podcast, en este episodio, es que primero recuerdes que Jesús ya te dio la mano. Primero recuerdes que Jesús ya está contigo, que no es que venga, Él ya está contigo.
Él ya está contigo y lo que necesitas Dios lo sabe. Sin embargo, lo que necesitas no es necesariamente lo que tú en este momento quieres. ¿Qué quiere decir? No podemos olvidarnos que la fe, muchas veces pedimos algo, ¿no? Pero...
Creemos saber qué es lo que más nos conviene cuando realmente lo que nosotros queremos o nos conviene no es lo que Jesús quiere.
Para nuestras vidas. Entonces, una de esas partes de la fe, y justamente lo más difícil de la fe, es justamente la fe. Ya que no se trata de pronunciar enunciados con afirmaciones, viéndonos en el espejo y diciendo, hey, tú eres un campeón, un vencedor, un victorioso, un varón de Dios. No, no se trata de eso.
La fe se trata mucho más que eso. Se trata de entender que a veces la fe No se refiere a que tú controles una situación y que digas, claro, sí creo, sí creo, sí creo, sí creo, lo recibo. No aplica así, porque no se trata de una afirmación, se trata de una confianza y de algo que realmente viene de adentro, donde nosotros decimos, ok.
Vamos a un nivel donde puedo entender, creer y saber que primero si tengo fe es voy a soltar.
Y el soltar lo suelto porque confío en que Dios es el que está en el asunto. Y mientras yo tengo que hacer las cosas que Dios me mandó a hacer, pero Dios está ahí. A ver, si es ir y pedir el trabajo, claro que sí. Pero es soltar para decir, Dios, si este trabajo es para mí, Señor, tú lo abres la puerta. Si no es para mí, tú la cierras. Señor, si me lo dan.
Es porque es para mí. Pero si no me lo dan, voy a entender que eso no me iba a hacer bien. Señor, yo voy a hacer mi máximo esfuerzo. Voy a dar los pasos que tenga que dar para la barca, para seguirte, para hacer. Pero si en algo pasa...

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