No sabes que morirás. Duermes plácidamente en mi regazo sin plantearte si te despertarás, si habrá un mañana, si habrá un mes que viene, si habrá un año que viene. No conoces la ambición, el legado, tu única meta es existir. La inocencia y la ignorancia te hacen vivir absolutamente feliz y satisfecha con lo que te ofrece el universo cada día. Te pregunto cómo estás, pero no me respondes. Sin conceptos como «cáncer» o «esperanza de vida», los bultos que tienes en la tripa, el letargo, la tos, la inapetencia, no significan nada para ti. Si te duelen, lo disimulas. No te asustan, son simplemente algo que está ahí.
No sabes que un día no estarás. Ignoras que existió un antes y un después de tu paso por esta vida. No sabes que el mundo seguirá girando, porque desconoces que hay un mundo ahí afuera, un universo repleto de vigor, de emociones, una danza de átomos, de experiencias como la tuya. De experiencias más elevadas que la tuya.
No sabes que, cuando desaparezcas, seguiremos hablando sobre ti y te recordaremos mientras dure nuestro propio viaje. Pero más allá, nada. Quizá te cruces, nos crucemos, en el camino de algunos desconocidos, gracias a este artículo, gracias a estas fotos. Quizá, en internet, tu memoria se conservará por toda la eternidad. A ti te es indiferente, porque no entiendes cómo de bello es este concepto.
Explícame, quiero saber. ¿Cómo es una vida sin planificar, sin saber, sólo experimentando las sensaciones del presente? ¿Cómo se siente el paso del tiempo cuando uno no conoce lo que representa el final de los días? ¿Cómo es la experiencia de desconocer el calendario, de ignorar que existió un mundo antes y que existirá un mundo después? ¿Cómo es posible vivir sin ser consciente de que la vida es un milagro termodinámico, una paradoja combinatoria, una imposible victoria de la física y del azar sobre la entropía, el tiempo y el espacio?
La consciencia es tan solo un pedazo de universo mirándose al espejo. Un reflejo donde ambas partes se sorprenden de la existencia de la otra. Pascal escribió que «el hombre no es sino un junco, el más débil de la naturaleza, pero es un junco que piensa. Si el universo deseara aplastarlo, bastaría con un vapor, una gota de agua para darle muerte. Pero, incluso cuando el universo le aplastara, el hombre sería más noble que aquello que le mata, porque él sabe que muere; y de la ventaja que el universo tiene sobre él, el universo no sabe nada. Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento»
El pensamiento, la volición, la consciencia, consiste en una única cosa. Consiste en experimentar el espejismo más elaborado de la creación: la ilusión de que aquello que hubo antes y aquello que vendrá después de nuestra jaula carnal tiene la más mínima importancia. En realidad, perseguir el destino, la existencia, es un juego de sombras, pero perseguirlo es lo único que sabemos hacer las personas. Es lo que nos permite vivir a espaldas del hecho de que más allá de nuestra frontera biológica no hay nada. Esto es, quizá, lo único que tú sabes mejor que yo.
El universo nos regaló el pensamiento y nos condenó a la fugacidad. Los seres humanos nos inventamos la eternidad. La historia no es sino el pacto de que es posible transcender la carne, el espacio y el tiempo que se nos ha concedido. Algunos materializan este pacto en el más allá, otros en el más aquí. En realidad, cielo o tierra, nos es indiferente, mientras seamos capaces de arañar el universo más allá de nuestro viaje.
El universo no sabe nada sobre ti, igual que tú no sabes nada sobre él. Pero yo sí sé de ambos, y os apelo a los dos. Comparto mi regalo contigo en un intento de mitigar la nada que vendrá después, la nada que desconoces y que no te preocupa en absoluto. Te escribo aún en vida, para que tengas una oportunidad de leerlo, para evitar arrepentirme de no haber llegado a tiempo. Te escribo con lágrimas en los ojos mientras tú, impasible, no entiendes nada de lo que sucede. Pero el esfuerzo no es vano. Créeme, es mejor así: de lo contrario, quizá no tendría fuerza para decírtelo. Este artículo es para ti, pero no sólo para ti. Es para aquellos que sí entenderían, y por ello no tengo fuerza para decírselo. Para aquellos a los que ya no estoy a tiempo.
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