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daniel’s Substack · Oct 31, 2025

desafiando los límites de lo humano

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daniel cadena · daniel’s Substack

Hoy vengo hoy a contarles unas historias.

¿Sabían ustedes que en la natación, el cuerpo ideal es uno con un torso muy largo y piernas cortas? ¿Y que para correr, en cambio, es mejor tener torso corto y piernas largas? ¿Sabían que el gran nadador norteamericano Michael Phelps mide 1.93 y el legendario corredor marroquí de medio fondo Hicham El Gerrouj mide 1.75, pero sus piernas son igual de largas, tal que usan pantalones de la misma talla?

Bueno, ya regresaré a esto. Quiero primero saludar con afecto a nuestros graduandos de los programas de posgrado de la Facultad de Ciencias a quienes felicito por el logro que celebramos esta tarde. Un saludo especial a sus familias y amigos que los acompañan, bienvenidos siempre a la Universidad de los Andes. Saludo a nuestros directores de departamento, a nuestro equipo de la decanatura y por supuesto a nuestras profesoras y profesores, porque los logros que celebramos también son de ustedes.

Hoy otorgamos títulos a cinco doctores —incluyendo dos doctoras, tenemos claro que aún debemos trabajar más por la equidad de género— y a 19 maestros y maestras en Física, Matemáticas, Química, Ciencias Biológicas y Biología Computacional.

Nuestros nuevos egresados, ustedes, han hecho contribuciones significativas en áreas muy diversas. Estuve revisando los títulos y resúmenes de sus tesis de grado para saber mejor a quienes tendríamos hoy aquí y fue fascinante descubrir desde temas sobre los que algo entiendo, como el canto de los copetones de Bogotá, hasta cosas que no pude descifrar.

Yo confieso no tener idea de qué es la corrección de errores cuánticos reales, o en qué consiste un enfoque basado en machine learning para el problema inverso en espectroscopía de ultrasonido resonante de sólidos cúbicos e isotrópicos. También creo que no podría acercarme a entender qué implica la síntesis, caracterización y análisis cristalográfico de ésteres no quirales derivados de 5-hidroximetilfurfural y 7-hidroxicumarina que cristalizan en grupos espaciales de Sohncke.

Pero sí tengo claro que es un privilegio dirigirme a un grupo de jóvenes excepcionales, talentosos y dedicados, que hoy salen preparados como excelentes científicos, capaces de tener un profundo impacto positivo en sus áreas de trabajo disciplinar y, más ampliamente, en la sociedad y en la realidad de muchas personas.

Las charlas TED fueron muy populares hace unos 10 o 15 años, cuando no existía tanto contenido digital. Yo fui un ávido consumidor de ese tipo de material hace un tiempo, pero ahora rara vez lo veo. Muchas charlas eran buenas y debe haber varias excelentes todavía, pero pareciera que, en el universo de contenido que hoy existe en la red y las redes, han perdido espacio. O quizás es solo que mi algoritmo no me las recomienda.

Como sea, yo siento algo de nostalgia por charlas con las que me conecté hace años y que de vez en cuando vuelvo a ver. Hay una de 2014 que me gusta mucho, que repasé mientras pensaba de qué podría hablarles a ustedes, graduandos, esperando poder compartir algo que les resultara interesante y, ojalá, al menos mínimamente, inspirador.

La charla tiene que ver con dos temas que me apasionan: la ciencia y el deporte. David Epstein, reportero de Sports Illustrated, hizo un repaso de cómo pareciera que, en las últimas décadas, a juzgar por los logros deportivos que se han alcanzado, los seres humanos nos habríamos hecho mejores en prácticamente todos los frentes: más rápidos, más fuertes. Gracias a esa charla, aprendí sobre la talla de pantalones de Phelps y El Gerrouj.

Epstein mostró que, en realidad, varias de las aparentes proezas del deporte contemporáneo no solo reflejan que nos hemos hecho intrínsecamente mejores, sino que revelan el impacto de la tecnología, impulsada por la investigación científica. Contó, por ejemplo, que fue todo un acontecimiento cuando el atleta Roger Bannister rompió la barrera de los 4 minutos en la milla y, con ello, lo que se pensaba eran los límites humanos. Hasta 1954, nadie había corrido esa distancia en menos de ese tiempo. Hoy, cientos de personas lo han logrado, incluso muchos jovencitos de bachillerato. ¿Son los atletas mucho mejores ahora? Quizás, pero también hay que reconocer que Bannister no corrió sobre un material sintético de alta tecnología que brinda un máximo agarre y retorno de energía, sino en una pista de carbonilla.

Roger Bannister terminando la prueba de la milla (foto Associated Press).

Además, entrenaba como un aficionado. Los métodos de entrenamiento han mejorado enormemente desde entonces, y hemos aprendido montones sobre cómo potenciar el rendimiento físico. Sí, el primer ganador de la maratón olímpica, corrida en 1904, no sería más que un corredor amateur un poco más rápido que el promedio hoy en día si nos concentráramos en su tiempo de 3 horas y 28 minutos. Pero Epstein contó que, durante el recorrido, aquel atleta iba tomando brandy y pequeñas dosis de veneno para ratas. Entonces se creía que eso ayudaba a correr mejor. Así estábamos en cuanto a la investigación científica sobre nutrición deportiva.

Y no es necesario ir tan atrás: hace menos de una década, las grandes marcas de ropa deportiva lanzaron sus super zapatillas con placas de carbono en la suela, que incrementan la eficiencia en la transmisión de energía en un 4% al correr. Con ello, los tiempos de maratón ahora se miden en otra escala.

Epstein, el bueno, también narró cómo dos grandes puntos de inflexión en los tiempos en pruebas de natación no reflejan la aparición de prodigios humanos, sino que coincidieron con innovaciones tecnológicas derivadas de investigación en física e ingeniería: primero, las piscinas con sifones laterales que reducen turbulencia y, segundo, los trajes de baño de cuerpo completo, algunos inspirados en la piel de tiburones, que minimizan la fricción en el agua.

Pero Epstein también señaló que las mejoras en los resultados deportivos no solo obedecen a desarrollos tecnológicos, sino que reflejan un cambio en mentalidad. Las personas han sido capaces de establecer nuevos estándares, de emprender hazañas antes impensables.

Creo que fue en esa charla TED cuando oí por primera vez el nombre de Kilian Jornet, un montañista catalán. Epstein mostró una fotografía increíble de Jornet subiendo el Matterhorn, una montaña cubierta de nieve entre Suiza e Italia cuyo pico alcanza los 4480 metros. En 2011, Jornet atacó una de las laderas de esa montaña, con un desnivel total de más de 8000 pies, más o menos la diferencia en elevación entre Cartagena y Bogotá. No solo subió el Matterhorn, sino que también bajó, en menos de tres horas.

En ese momento, aquello parecía una proeza irrepetible, pero Epstein señaló que lo que realmente había logrado Jornet no era un récord que nadie más alcanzaría; había corrido la línea de los límites de lo posible. Predijo que, tal como correr una milla en menos de 4 minutos se había vuelto casi rutinario después de Roger Bannister, muchas personas se inspirarían en Killian Jornet y seguirían sus pasos.

Así ha sucedido, pero Jornet sigue desafiando límites. En 2017 escaló el Everest dos veces, en una misma semana, sin apoyo de otras personas y sin oxígeno suplementario. Y hace muy poco, con 37 años de edad, emprendió su proyecto más ambicioso. Decidió ascender (y descender) no uno, sino los 72 picos de montaña más altos de los Estados Unidos. Esos picos se conocen como los 14 miles, porque cada uno alcanza 14 mil pies o más de elevación; más de 4270 metros sobre el nivel del mar. Jornet se dio un plazo de un mes para coronar las 72 montañas.

Entrado en gastos, decidió que para desplazarse, cuando no era posible ir corriendo, iba a hacerlo en bicicleta. En sus palabras, la idea no era solo moverse sino sentir el paisaje y por eso, viajar en carro no era una opción, aunque muchos de los picos no están nada cerca. Por ejemplo, una vez terminara de escalar las montañas de Colorado, tendría que llegar a California cruzando el desierto de Mojave, unos 1500 kilómetros. Lo que quería hacer equivaldría, más o menos, a correr una maratón de montaña y completar una etapa del Tour de Francia diariamente, por un mes entero, sin días de descanso.

En 31 días, recorriendo 5145 kilómetros y acumulando 123 kilómetros de desnivel positivo empujado por la fuerza de sus piernas y la determinación de su mente, Jornet completó su hazaña hace tres semanas. Poniendo en perspectiva lo que hizo, un reportaje en el New York Times dijo que consiguió, en cada día de un mes, lo que para muchos montañistas podría ser el mayor logro de su vida. Aparte de lo que hizo a pie, lo que cubrió en bicicleta correspondió a 640 kilómetros más que lo que recorrieron el extraterrestre Tadej Pogacar y los ciclistas profesionales en el Tour de Francia de este año.

Quizás algunos de ustedes hayan sentido cosas parecidas a las que sintió Jornet en ese mes — se que las tesis de ciencias pueden parecer 72 catorcemiles. Por eso, deben estar muy felices y orgullosos por lo que han logrado, y confiados en que tienen las herramientas para abordar retos aún mayores. Ya movieron, como Jornet (y como Bannister), sus límites de lo posible; me ilusiona pensar en lo que les espera.

Pero también sugiero que sería saludable hacer una pausa, ver dónde están ahora y dónde estaban cuando empezaron sus estudios, y con esa perspectiva mirar los caminos que han recorrido con agradecimiento y humildad. A Jornet le preguntaron qué pensaba pues todo el mundo está hablando de él como si fuera un super humano, lo invitaron a dar consejos a las personas. Contestó que él no es un profesor, no busca dictar cátedra, que solo es un corredor que disfruta y agradece cada día que pasa en el monte.

¿Ustedes por qué decidieron hacerse científicos? Supongo que fue, en la mayoría de los casos, por curiosidad: por querer entender cómo funciona el mundo. Jornet hace lo que hace por la curiosidad de conocerse a sí mismo, por descubrir donde están sus límites, si es que existen.

Ayer vi la entrevista que Jane Goodall dejó para que solo fuera divulgada después de su muerte. En aquella conversación, aparte de compartir un mensaje potente para todas las personas que les recomiendo mucho escuchar de primera mano (está en Netflix), habló de sus inicios como científica.

Jane, quien falleció el 1 de octubre a sus 91 años, contó que, de niña, le causaba curiosidad saber cómo era posible que las gallinas pusieran huevos. Un huevo parecía un objeto demasiado grande para salir del cuerpo de una gallina, que no tenía un orificio evidente. Intrigada, decidió investigar por su cuenta, internándose silenciosa en un gallinero a observar. Allí estuvo más de cuatro horas, mientras su mamá la buscaba desesperada. Cuando se disponía a llamar a la policía dándola por desaparecida y por fin la encontró, su mamá no la regañó; se sentó a escucharla transmitir sus descubrimientos sobre la maternidad de las gallinas. Años más tarde, cuando Richard Leaky invitó a Jane a inciar un primer estudio de campo sobre chimpancés en el bosque de Gombe, en Tanzania, su mamá la animó y la acompañó.

Así comenzó la historia de una científica que cambió la percepción de nuestro lugar en el mundo, y que trabajó incansablemente, por cerca de siete décadas, para hacer que ese mundo fuera mejor. Así como Jane tuvo a su incondicional mamá, cada uno de ustedes contó con el apoyo de alguien que le cultivó su curiosidad y le animó a perseguir sus sueños. Por eso hoy los invitaría, por un lado, a agradecer a esas personas, algunas de las cuales están en este salón, y, por otro, a seguir labrando su camino en la ciencia con determinación, con el impulso de su genuina curiosidad.

He tenido que escuchar muchos discursos de grado últimamente. La mayoría señalaron que vivimos tiempos desafiantes: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la crisis de las democracias, el potencial y la amenaza de la inteligencia artificial, el avance del autoritarismo, guerras, genocidios. Vivimos, también, en un momento en que crece la desconfianza en las instituciones, incluidas las académicas, en el que la financiación para la investigación fundamental es cada vez menor, en el que la autonomía de las universidades para fijar sus agendas de investigación y docencia está en riesgo por el devenir político. Ante ese panorama, es natural sentir ansiedad sobre el futuro. Supongo que ustedes la sienten.

Frente a un panorama que a veces parece sombrío yo no tengo certezas, pero sí la intuición de que las respuestas pueden estar en perseverar en el disfrute de hacer ciencia. Killian Jornet contó que su primera semana en las montañas fue horrible. Se suponía que septiembre es un mes seco pero no paraba de llover, hacía mucho frío, no se sentía bien por el jetlag tras llegar de Europa, su cuerpo no se ajustaba a la altitud. Se preguntó qué estaba haciendo allí y al tercer día dudó si podría completar su proyecto. Pero perseveró, porque lo movía una pasión profunda, como la que ustedes sienten por sus carreras. Dijo que su cuerpo se fue adaptando y el último día sintió que podría seguir corriendo, sin descanso, por siempre.

Killian Jornet en su ascenso a Mount Rainier, su pico número 72 alcanzado en un mes (foto New York Times)

Arranqué estas palabras refiriéndome a la charla sobre el rol de la tecnología inspirada por la ciencia en el florecimiento de una pequeña dimensión de lo humano, expresada en los logros deportivos. Para cerrar, quisiera referirme de forma más amplia a la importancia de las conexiones entre ciencia y humanidad, invitándolos a que busquen ser los mejores científicos en sus disciplinas, pero también a que se reten a tener impacto en la mayor cantidad de personas posible.

Hoy en nuestra universidad se habla mucho de la importancia de hacer ciencia conectada, que aporte a resolver problemas concretos de diversas comunidades locales y globales. Quisiéramos también que nuestra investigación salga más de nuestras aulas y los laboratorios. Buscamos conectar más con una mayor diversidad de personas, con la industria y los gobiernos. Queremos poder llevar nuestros desarrollos basados en ciencia básica hacia la innovación y el emprendimiento, con nuevos productos y soluciones con potencial de impacto social. Ojalá algunos de ustedes encuentren la motivación y las oportunidades para orientar sus carreras en esas direcciones.

El tiempo pasa y sé que esto se hizo largo y ustedes están ansiosos por recibir sus diplomas y salir a festejar, pero déjenme contar una última historia. Hace dos semanas viví uno de los días más gratificantes desde que asumí mi rol en nuestra facultad. En el despacho del gobernador de Cundinamarca conocí a Samuel Huertas, un joven de 16 años nacido en una familia campesina del municipio de Fosca. Compartimos unos minutos con su mamá, quien trabaja incansablemente por sacarlo adelante, y con el rector del colegio María Medina, quien le brindó el acompañamiento necesario para que floreciera.

Como habrán podido ver en las noticias, Samuel obtuvo el puntaje perfecto en las Pruebas Saber, 500 sobre 500. La razón por la que tuve el privilegio de conocerlo es porque le interesan las ciencias cuánticas y decidió que quiere estudiar Física; va a estudiar su carrera con nosotros con todo el apoyo de nuestra universidad y gracias a una beca otorgada por la Fundación Cavelier Alquería.

El éxito de Samuel se debe, sin duda, a su curiosidad, a su deseo genuino y contagioso por aprender. Pero también a que encontró personas que lo apoyaron, como su mamá y sus mentores. Además hay que destacar el empuje del equipo de Carlos Enrique Cavelier, miembro del consejo superior de la Universidad de los Andes y Coordinador de Sueños de Alquería, que ha venido trabajando por mejorar la educación pública en colegios de Cundinamarca, en asocio con autoridades locales y regionales. Samuel hizo parte de su semillero Talentos Excepcionales, que ayudó a cultivar sus habilidades para que sus más lejanos anhelos se hicieran realidad. Ahora nosotros tenemos la responsabilidad de apoyarlo para que su paso por esta universidad sea memorable y exitoso.

Más ampliamente, yo sueño con que nuestra facultad siga avanzando en su misión, con la que buscamos transformar vidas mediante la generación, divulgación y apropiación social del conocimiento científico. La de Samuel, si lo hacemos bien, podría ser una de esas vidas, pero nuestra responsabilidad es mucho mayor. Por eso, tenemos el firme propósito de conectarnos más: con las comunidades, con la industria, con el estado. La ilusión que nos genera la historia de Samuel indica que en esas conexiones hay un espacio muy potente.

Con esto, mi invitación final es a que, como egresados, se sientan miembros de nuestra comunidad. A que se mantengan vinculados y nos ayuden a seguir ampliando nuestro impacto. Sigan siendo curiosos, hagan la mejor ciencia fundamental. Si les nace, orienten su trabajo a resolver problemas prácticos, pero triviales, como podrían ser correr o nadar más rápido, o subir más montañas. O enfóquense en los grandes desafíos a los que la ciencia puede contribuir, esos de los que hablan los discursos de grado de nuestro tiempo. Persigan sus sueños, pero busquen siempre que esos sueños involucren a otros.

Muchas gracias y muchas felicitaciones.

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