Empezamos con lo más leído de la edición anterior: las provincias desparecidas de España; el auge de la femosfera; un día en el negocio de las tertulias.
Me ha fascinado este artículo de Amy Chan (en inglés), “Gasté 44.000 dólares en el lanzamiento de mi libro. Tres de esos dólares dieron resultado.”
Pone como ejemplo de dinero malgastado una campaña con influencers de TikTok de 10.000 dólares de coste que generó únicamente tres ventas, pese a que los vídeos eran de buena calidad: las visualizaciones, concluye, no equivalen a compras. Su experiencia con agencias de relaciones públicas tampoco fue muy allá: recomienda hablar por teléfono con clientes anteriores reales antes de firmar, en lugar de fiarse de testimonios web.
Lo que sí funcionó fueron los podcasts, treinta entrevistas que ella misma gestionó seleccionando programas por reseñas, seguidores del presentador y, sobre todo, por si realmente promocionan los episodios. También le funcionaron los eventos cuyo precio de entrada incluía el libro, con asistencias de entre 45 y 120 personas en varias ciudades y siempre con un moderador con audiencia propia, además del valor de conocer lectores en persona.
“No hay ninguna parte del cuerpo a salvo de los microplásticos” contaba Antonio Villareal en Agencia SINC. Tania Alonso y Juan F. de Planeta Mauna Loa entrevistan a Arce Domingo e Irene Martínez-Morata, epidemiólogas de la Universidad de Columbia, sobre la gravedad de los microplásticos que acaban en nuestra sangre, cerebro, placenta, leche materna, etc., y sobre cómo de grave es este asunto.
Las investigadoras explican que hay tres vías por las que los plásticos llegan al organismo: al comer, al beber y al inhalar. Distinguen dos tipos de toxicidad: la física, por ocupar un espacio indebido, y la química, por las sustancias que integran estos materiales. Reconocen que la evidencia sanitaria sigue siendo escasa y que aún no se sabe qué tipo de microplástico provoca qué daño, algo clave para decidir qué compuestos deberían dejar de usarse en la fabricación.
¿Recomendaciones? Sugieren no calentar envases de plástico en el microondas, sustituirlos por vidrio o acero inoxidable, vigilar el estado de las sartenes antiadherentes, evitar el agua embotellada y filtrar la del grifo. Para saber más, estoy empezando a leer su libro “La era del plástico” (Todos tus libros, Amazon).
Sobre este tema ando con una preocupación creciente, pero al mismo tiempo me da la impresión de que algunas recomendaciones pueden ser contraproducentes. En la entrevista de Marcos Vázquez al doctor Nicolás Olea creo que hay momentos en los que el segundo cae en la falacia del experto especializado (sus prescripciones priorizan los riesgos en su campo pero no ven la foto completa).
Luego está lo que explicaba Stacey Colino en NG (en inglés): hasta qué punto las mediciones pueden contaminarse con partículas procedentes del aire, la ropa, los instrumentos quirúrgicos o el propio laboratorio. Y es que cayó como una bomba este reportaje de Damian Carrington en The Guardian (en inglés) en el que varios científicos cuestionan trabajos muy difundidos sobre microplásticos en el cerebro, testículos, placenta y arterias por posibles falsos positivos, controles insuficientes y contaminación de las muestras.
En mi caso he optado por no calentar comida en plástico, utilizar vidrio siempre que sea posible (o tablas y utensilios de madera al cocinar) y evitar el agua en botellas desechables, pero sin tirar todos los objetos de plástico ni convertir mi vida cotidiana en una operación de descontaminación.
Del archivo.
El número de personas con doctorado en el mundo supera con creces la cantidad de puestos académicos disponibles. Según Nature (en inglés), el número de doctores en los países de la OCDE casi se duplicó entre 1998 y 2017, y sigue creciendo, mientras que China e India también han experimentado un aumento acelerado. Los puestos académicos no han seguido el mismo ritmo: dos tercios de los doctores en el Reino Unido trabajan ahora fuera del ámbito académico, y muchos no lo hacen en su campo de especialización. Para añadir a las dudas sobre el valor de los doctorados: quienes los obtienen no ganan sistemáticamente más que los titulados de máster, que normalmente solo dedican un año a la formación de posgrado, en lugar de tres o más.
En el mundo occidental, la promesa de que un título universitario garantiza una vida próspera se está desvaneciendo. Los jóvenes graduados enfrentan tasas de desempleo superiores al promedio nacional por primera vez en la historia en lugares como Estados Unidos, una tendencia que se extiende por Europa y otras economías avanzadas. La “prima salarial universitaria”, es decir, el ingreso adicional que los graduados ganan en comparación con los no graduados, ha disminuido drásticamente. Este fenómeno no solo afecta las finanzas, sino también la satisfacción laboral y genera preocupación sobre la “sobreproducción de élites”, una situación histórica en la que un exceso de personas educadas compitiendo por pocos puestos de prestigio puede conducir a la inestabilidad social.
The Economist (en inglés) explica que este declive no se atribuye principalmente a una peor calidad de la educación, sino a un cambio fundamental en la demanda del mercado laboral. La tecnología se ha vuelto tan accesible que los no graduados ahora poseen habilidades técnicas que antes eran dominio exclusivo de los universitarios, abriéndoles las puertas a empleos que antes no podían ocupar. Al mismo tiempo, sectores que tradicionalmente contrataban a muchos titulados, como las finanzas y el derecho, se han estancado o reducido. Aunque la inteligencia artificial es una amenaza, estas tendencias son anteriores a su auge reciente. A pesar de ello, la matrícula universitaria sigue creciendo en muchos países, a menudo en carreras con perspectivas laborales inciertas, lo que agrava el desajuste entre la formación y las oportunidades reales.
Relacionado, de mi texto en Error500:
Recortes de plantilla a medida que la inteligencia artificial se vuelva más potente. Se lo leemos a los directivos de Ford y JpMorgan, de BT, de Amazon, de las empresas que abrazaron el “AI FIRST”.
Cuando quienes hacen la predicción son los directivos de las empresas que compran la tecnología y no sólo los que la venden, quizás deberíamos creerles cuando dicen que lo van a intentar. El mantra de sus intervenciones es el mismo: se necesitará menos gente para hacer el trabajo actual.
Todo esto ha logrado que me interese por el concepto de sobreproducción de élites y sus consecuencias. Blas Moreno en EOM entrevistó a quien lo acuñó, Peter Turchin; tanto Esther Miguel en Magnet como Esteban Hernández en El Confidencial hicieron un buen resumen de la idea,
“La sobreproducción, señala Turchin, tiene un papel clave en las tensiones sociales, como ha demostrado la historia. Lleva a una mayor competencia intraélites que debilita gradualmente el espíritu de cooperación, y a un aumento de la polarización ideológica y de la fragmentación de la clase política. Dado que un mayor número de personas pelean por una serie de puestos restringidos, los choques están asegurados, en especial a la hora de reproducirse. Cuando los hijos de la élite (o los perdedores en estas peleas) aspiran a continuar en esos lugares y son expulsados, se produce un gran descontento entre ellos, que se canaliza políticamente. Aspirantes con recursos, gran formación y notables habilidades se encuentran con que se les niega el acceso a los puestos de élite, aquellos a los que pertenecieron.”
Cuando nadie nos mira. El anillo de invisibilidad, tribus que se meten en el cerebro y el chantaje de la IA. Javier Jurado.
Mis vecinas siguen empeñadas en prohibir mi bicicleta. Analía Plaza.
Estamos en paz. Enrique Ballester. “El amor no gana siempre, pero a veces gana, y nos vale con esas veces.”
Cortesías. Gonzalo Martín.

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