Hay temas que aparecen en los mapas internos como obstáculos y por ende se convierten en asuntos a atender. Así lo entendí hace casi 8 años, cuando descubrí que no era abundante.
Solemos confundir abundancia con la cantidad de recursos económicos a nuestra disposición (primer error). En esos meses, a principio del 2018, fui descubriendo que la abundancia era una característica psico-emocional-energética, más que un número de riqueza (siempre) relativa. Este descubrimiento me alteró de dos maneras. Primero, me permitió poner en palabras lo que estaba detrás del gran bloqueo de mi padre; y segundo, lo pude reconocer en mi, materializando así mi más grande miedo: convertirme en él.
¿Cómo se trabaja, si no es a través de la construcción de ingresos, patrimonio y bienes materiales, la sensación de abundancia? ¿Qué información no me fue conferida en mis años de estudiante de economía en el que aprendí un modelo que se sostenía en el paradigma de la escasez?
Tenía una determinación: Desbloquear —o quizás conectar— eso que me permitiera no vivir constantemente con una ligera tensión a la altura de la boca del estómago, que se agudizaba cada vez que se presentaba un gasto, un imprevisto, o una aventura vacacional.
Me di a la tarea e hice de todo. Pero entre mis acciones no convencionales, elegí hacerle caso a un excéntrico amigo y realizar una serie de rituales, entre otros, enterrar una valiosa pirita, el mineral que —según él— respondía a la abundancia, junto a un árbol.
Mi mente no estaba del todo convencida pero aun así me dirigí una mañana, muy temprano, a Chapultepec. Caminé por los circuitos cerca del castillo, buscando ese árbol que “me llamara”. Ahí estaba, la ligera pendiente del terreno abría una pequeña caverna entre el suelo y sus raíces ideal para esconder mi ofrenda. El pequeño hueco lo tapé con otras piedras, tierra y hojas secas. Había cumplido mi parte con los elementales de la abundancia, me convenció mi amigo.
Y sí, después de varias otras actividades no ordinarias, poco a poco la tensión en el centro del pecho desapareció. Comencé a comprender que, en una visión más completa de la existencia, siempre tendría más de lo que necesito. Entendí que la abundancia es un mindset que se construye, y cuando se activa, libera.
¿Soy más rico que hace 8 años? En demasiados sentidos, aunque no estrictamente financieros. Y justo ese es parte del punto, pero no de la historia.
Hace unas semanas recordé la ofrenda. Era un sábado que no tenía un plan específico con René. Así que le conté la historia y rematé con una sugerencia que resultaría irresistible “¿Te gustaría que vayamos a buscarla?”
Confieso que mi corazón también empezó a latir más rápido. ¿Sería que después de todos estos años nadie hubiera descubierto la roca-mineral-semi-precioso de brillos dorados en uno de los parques más concurridos del mundo?
Pero ese era apenas uno de los problemas. El segundo era encontrar el mentado árbol. Gozo de una extraordinaria memoria pero eso no aseguraba nada. Los paisajes tampoco respetan el paso del tiempo.
Caminamos durante un buen rato. Encontré el que creí era nuestro árbol, el guardián de mi preciada abundancia. Pero la pequeña caverna escondida no estaba. ¿Se habría llenado de tierra erosionada, lluvias y materia orgánica? Intenté cavar un poco con una rama y el esfuerzo de un hijo que empezaba a desconfiar de la misión. Tampoco estaba seguro de que ese fuera el árbol. Ni que la pirita seguiría ahí.
Nos dio hambre. Salimos del bosque para desayunar, y la misión se convirtió en encontrar una nueva aventura para el resto del sábado. Las desilusiones a los 8 años son efímeras.
Así que la perdí. Perdí el origen de mi abundancia o quizás pasó exactamente lo contrario. Se quedó en el mismo lugar. Descansando. Honrando a los elementales y sosteniendo un ritual, del que nunca estuve tan convencido. Quizás para confirmarme que, en el fondo, de algo había funcionado.
Hay metas que nos ponemos para decir que tenemos una meta.
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Y hay metas que nos exigen transformar quienes somos para lograr alcanzarlas.
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