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Hay algo a lo que le tengo terror. No es la posibilidad de un accidente, la pérdida de algún ser querido, una catástrofe meteorológica o sucumbir profesionalmente hasta no poder pagar las cuentas. Por supuesto que no quiero sonar ni insensible ni temerario. Me refiero a las cosas a las que puedo elegir involucrarme. Como una montaña rusa de un parque de diversiones, o ver una película de terror. De esta categoría de “cosas” hablo.
Hacer un retiro de Vipassana. 10 días en silencio, meditando por más de 10 horas cada día.
Me aterra el silencio imposible de mi mente. Me aterra pensar en los achaques en rodillas, espalda o pies después de sostener una postura meditativa por más de 40 minutos. (Ahora en mi práctica estoy llegando a 20 y ya me paro como Bambi, es decir, con harta dificultad para mantener la vertical).
Me aterra mi necesidad de… no tengo idea si es de hablar, de conectar, de meterme al pinche celular y saber algo. La tensión de imaginarme que quizás el mundo está sucumbiendo y yo no estoy haciendo nada porque decidí meterme a quiensabedonde a estar en silencio. Sólo en silencio.
Aprovechando el viaje de nombrar los miedos, aterra pensar que en la amplificación del silencio aparezca lo que realmente soy. Aterra verme sin mis narrativas acertadas, ni mis justificaciones estudiadas. Me aterra conocerme más de lo que me quiero conocer. Mi locura, mi enfermedad, mi limitada capacidad para profundizar en mi reflexión, mis issues con el compromiso, con saber extrañar, con el amor en fuerza expansiva al que de diversas maneras también me he educado a huir. Me da mucho miedo pensar en los momentos en donde ya me sea imposible tolerar mi propia historia, mis mentiras capciosas, mis desconexiones deliberadas.
Me aterra entrar tan adentro de mi.
¿Para qué alguien haría eso? Preguntaba alguien en la mesa hoy. La respuesta más honesta es que no hay respuesta. O sí, puedes tirarte un choro mareador sobre la importancia de afilar la mente, la atención y esas cosas, pero en el fondo nadie puede ponerle un beneficio esperado, una justificación causal una experiencia tan subjetiva.
Y esto que te comparto lo he pensado por muchos años. Recuerdo en la dieta en Perú del verano del 2024, que es lo más parecido a estar en silencio 10 días (no celular, no señal, prácticamente todo el día en tu propio espacio), lo retador que fue el día 4 o 5. Una sensación de incomodidad, sumado al miedo, a la resistencia de saber que aun quedaban 3 o 4 ceremonias, y varias, varias horas de silencio.
Pero fue hermoso cerca del día 5 o 6. Cuando, paradójicamente la mente se cansó. Un estado distinto se hizo presente. Un ayuno de 2 días me empujó a experimentar un estado que responde poco a descripciones sofisticadas. Simplemente estar. No en la belleza del sonido de la selva, ni en la claridad de un cuerpo ligero y fuerte, ni caminando con profunda clarividencia la realidad construida de tantas realidades. NO.
Era solo estar.
Escribo esto para seguir vaciando lo que he venido siendo. Es mi práctica y mi compromiso, una manera de empujarme a estar, sentado, conmigo, con el invitado estelar que nunca se calla: La mente.
Pero este estar no es el mismo estar que el otro estar.
¿Será que Estar con mayúscula pueda llegar a convertirse en un camino permanente?
Quizás la pregunta no es la que se busca responder en un Vipassana, pero la intención que emerge de sólo hacérsela, puede resultar valiosa para enfrentar algo que, por si mismo, no tiene ningún otro objetivo.
Sí, me aterra hacer un Vipassana. El jueves me registré. Estoy en lista de espera. Ya no depende de mi saber si estoy listo.
Ahora que la vida me está acercando a bancos, fintecs y otros negocios de carácter godín, no se si sea lo más inteligente promover mi novela que trata de justamente el tipo de empladocolaborador detestable de esta curiosa y resiliente tribu urbana.
Empleado Desconfianza, mi novela publicada en la colección Letras de Plata, de Editorial Urano, está también disponible en Kindle. Comprala aquí.

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