En la casa de mi familia hay un armario con las puertas desvencijadas y las baldas hundidas. Es el armario en el que desde pequeña he ido guardando las cartitas que me escribía en el cole con amigas; los álbumes de fotos que me regalaban cuando cumplíamos cifras importantes (los veinte, los treinta); varias cajas con mapas de ciudades que alguna vez visité, cajas de cerillas y flyers de lugares que, si llegué a conocer, ya no los recuerdo; los calzoncillos que mi mejor amiga de la infancia y yo le robábamos a los hermanos mayores y guapos de nuestras otras amigas; colillas que alguna vez tocaron la boca de aquellos de quienes nos enamorábamos en secreto, con sus nombre en Pilot; fotos de besos adolescentes con mi primer amor; fotos de carnet de gente del colegio y del pueblo, cuando se tenía la costumbre de intercambiarlas.
Todo este archivo para cualquier otra persona sería simplemente basura. Sin embargo, para mí es una especie de argamasa que, cuanto más profundizo en ella, mayor capacidad tiene para ligar una historia del «quién soy» que siempre me ha bailado. Las personas que no tienen huecos en su memoria, que pueden recordar el año exacto en el que fueron a tal lugar o que rememoran sin esfuerzo hechos del pasado de una manera secuencial y narrativa, siempre me ha fascinado: ¿cómo lo hacen? ¿Qué tipo de psique hay que tener para acordarse, como mi prima Clara, de que cuando éramos niñas íbamos a casa de nuestra abuela y se nos colaban los lápices de colores por los agujeritos del suelo de su balcón? ¿Qué clase de solidez natural hay que poseer para construir desde un simple detalle todo un relato de quien una fue hace tanto tiempo?

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