Recientemente ha empezado a obsesionarme un nuevo género literario al que nunca había puesto especial atención: las memorias de mujeres que han atravesado momentos de crisis mental, depresión, angustia o psicosis. Mujeres que narran sus ingresos en instituciones psiquiátricas, como Leonora Carrington en Memorias de abajo o Kate Millet en Viaje al manicomio. Mujeres que critican con ferocidad los internamientos involuntarios como Judy Chamberlain en Por nuestra cuenta, y que abogan por un sistema de salud mental que respete los derechos de lxs pacientes (qué menos). Mujeres que se han dedicado a estudiar la relación entre género y locura, como Phyllis Chesler. Y sobre todo mujeres que además de haber vivido ellas mismas en esos dos países que son la salud y la enfermedad, parafraseando a Sontag, también hayan tratado de darles sentido en un plano no solo íntimo —escribir para entenderse, escribir para reconocer los relatos interiores— sino también político y social.
Justo vengo de hacerme con el último de esta serie que empieza a cubrir las baldas de mi estantería con el halo mágico de las obsesiones que perduran. Se llama Depresión: Un sentimiento público, y es la traducción de Renata Prati a un libro que muchas de las que nos interesamos por la relación entre salud mental y malestares colectivos tuvimos que revisar por primera vez en inglés. Está compuesto de dos partes. En la primera, Ann Cvetkovich presenta las memorias del episodio de depresión que sufrió mientras escribía su tesis y su primer libro, y que sucedió en el contexto de la academia, un ecosistema donde —la autora explica— la pelea por ser la mejor y por destacar es cotidiana y choca reiteradamente con el pulso creativo. La segunda parte, en cambio, tiene otro tono: un ensayo extendido que explora el fracaso del modelo médico para dar sentido a todas las vivencias sobre la depresión, y que hace hincapié en algo que cada vez nos queda más claro: que la depresión —y otras experiencias encarnadas de sufrimiento— tienen origen en la herencia racista y colonialista sobre la que, muy a nuestro pesar, seguimos fundando la gran mayoría de nuestras instituciones y cultura. Esta parte termina con un capítulo que me fascina: la autora se pregunta qué prácticas vitales son útiles para reparar el sentimiento público del malestar. Muchas de ellas son artísticas, pues sabemos que el arte es mucho más que pura estética: también es constructora de futuros posibles tanto para quienes lo practicamos como para quienes nos relacionamos con él.
Traigo este libro a casa y busco un lugar donde acomodarlo. ¿Será entre La mujer temblorosa, de Siri Hustvedt, e Internadas, de Suzanne Scanlon? ¿Acompañará a Autobiografía de un rostro, de Lucy Grealy, o mejor a Todos somos extraños para nosotros mismos, de Rachel Aviv? Aún no lo sé. Por ahora quiero que viva unos días en mi mesilla de noche, velando mis sueños, esos de los que a veces despierto con la certeza de haber cruzado la línea entre cordura y locura una vez más.
Sobre la artista:
Inès Longevial es una pintora francesa cuyas obras pictóricas tienen influencias del fauvismo y el cubismo. En ellas, explora la geografía de los rostros, la naturaleza y la composición cromática. Pinta porque le ayuda a expresar lo que siente.

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