Hay algo profundamente inquietante en la historia de los neandertales.
Según sugiere Ludovic Slimak en El último neandertal— desaparecieron porque su mundo mental colapsó, a diferencia del Sapiens, con un superpoder que le hizo expandirse.
Puede que no fuéramos la especie más inteligente, pero desarrollamos símbolos comunes, herramientas estandarizadas y valores replicables. Es decir, tenemos un gran sentido de homogeneizarnos.
Sin embargo, los neandertales, no trataban de expandirse y sus herramientas eran únicas. Nunca se replicaban en masa. Así que permanecían aislados y sin el impulso de trascender a lo largo del tiempo.
Por el contrario, nuestro cerebro está diseñado para la pertenencia, la expansión y la supervivencia del clan.
En otras palabras, nuestro mayor dolor viene de la exclusión. De morir solos a la intemperie. Por ello, hacemos lo que sea para estar en el centro de la manada. Tenemos un gran sentido de la cooperación y de la sincronización profunda.
Esto, incluso, puede hacernos interpretar que todo lo diferente es una amenaza, llegando a excluir aquello que no está alienado con nuestros valores morales.
Aunque es evidente que cuando un grupo no puede integrar divergencia, está destinado al empobrecimiento y al conflicto eterno.
Cuando alteras la conciencia con psilocibina es probable que sientas una gran sensación de unidad, incluso con lo que se muestra diferente. Algo así como una aceptación radical de todo tal como es.
Es un estado de conciencia en el que disuelven las fronteras tribales y puedes llegar a entender de una forma sorprendente, que todo está al servicio de algo, incluso lo que podría parecerte absurdo, dañino o te empeñarías en eliminar.
Entonces, puedes caer en la cuenta que cada moral únicamente pretende conservar el clan frente a los otros clanes. Una especie de manifiesto que vincula con la culpa a todos sus miembros.
En otras palabras, en última instancia, cada moral nos divide y nos impide alcanzar el mayor propósito humano, que no es otra cosa que la pertenencia global.
Es evidente que no estamos cerca de una unidad planetaria, a no ser que empecemos a notar nuestros pies en el borde del abismo, y no haya otra opción que saltarlo.
A continuación de dejo uno de esos ejercicios que te pueden resultar de gran ayuda.

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