Amanda tenía un grado en filosofía, dos másteres y preparaba una tesis con la que esperaba acabar trabajando en la Universidad. Tenía mirada pizpireta, uno de esos rostros simétricos y un cuerpo que pareciera haber sido cincelado por la mano de Miguel Ángel para cumplir el encargo de un dios del Olimpo. Amanda tenía un trabajo de doce de la noche a siete de la mañana en una gasolinera cutre de carretera a las afueras de Kansas (digamos Kansas por pura fantasía y para preservar la intimidad de Amanda, que tampoco se llama así). El trabajo le permitía compaginar su aspiración universitaria con la vida.
Como Amanda dormía por el día, estudiaba por la tarde y trabajaba por la noche; y como a mí me explotaban en mi trabajo, sólo podíamos vernos durante su horario laboral. Yo acudía a la gasolinera algunas noches. Casi todas, en verdad. Esos meses vivía en un estudio junto a la Puerta del Sol de Kansas y me daba ansiedad la ruidosa oscuridad de las noches; a ella le asustaba un poco la soledad de su trabajo. Así que nos hicimos compañía. Un quid pro quo más que respetable.
Me acostumbré con facilidad a sentarme en aquellos taburetes a tomar bollycaos y batidos junto a su agradable compañía. Nos reíamos mucho. Me gustaba verla trabajar, admiraba su inteligencia y su amabilidad a prueba de fuego con los clientes más incómodos. Aunque lo que de verdad me ponía berraco era verla manejar la manguera con aquella gracia y soltura suyas. La mayoría de las noches, no todas, acabábamos dándonos cariño y riñonazos tras el mostrador o en la trastienda. A veces me invitaba después a gasoil. Aquello me incomodaba y no, al mismo tiempo. Según los litros que llenase yo calculaba si le había gustado más o menos.
Y así, entre risas, riñonazos, invitaciones a gasolina y bollycaos, pasaban nuestras noches.
Terminamos porque se dispararon mis niveles de colesterol y el precio del gasoil. No pudimos permitirnos seguir. Además, me mudé a, pongamos, Detroit.
Cada vez que paso por Kansas paro a repostar en aquella cutre gasolinera y busco su mirada pizpireta.
Pero siempre es turno de mañana.
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