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caminar en belleza · Aug 21, 2025

Sea usted obediente

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Marina · caminar en belleza

Joanna Ambroz

Hace un par de meses llegué a España y me encontré con un cartel en la entrada del parque que hay al lado de mi casa. Decía que los perros, las pelotas y los patinetes ya no podían entrar en él. Poco después llegó un vecino con su perro. Venían bordeando un parque que a esa hora de la mañana estaba completamente vacío. Al verme con Juanita, intentó avisarme de que si alguien me veía (con toda seguridad otro de mis vecinxs) me denunciaría a la policía. La policía: esa entidad castigadora, nuestro temido padre cruel, ahora se encarga de regular que los perros no entren a los parques, y esto sucede en un contexto de violencia que de la generación X en adelante nunca hemos vivido en carne propia. Me enfadé. Es una emoción constante mientras estoy en España. La rabia me consume al constatar la cantidad de leyes y mandatos cuyo objetivo es alentar la diferencia mientras los problemas reales —los problemas sistémicos como la corrupción política y la malversación de fondos públicos de un país trabajador, el racismo y la precariedad laboral, la falta de vivienda digna, la violencia contra las mujeres y la connivencia con la élite genocida— siguen sin resolverse.

Según el vecino, las madres con hijxs no quieren convivir en el espacio del parque con las personas con perros. Los perros son seres inferiores y no deberían tener acceso a los espacios públicos. Los migrantes no deberían tener acceso a la salud. Las mujeres no deberían tener acceso a los espacios de poder. Ni los palestinos deberían ostentar soberanía sobre la tierra de sus ancestros. Regresé del parque ardiendo y no solo por los 40 y tantos grados. Regresé ardiendo porque una pregunta muy incómoda empezaba a encontrar una respuesta articulada en mi interior, y eso me llena de miedo: que en España —y en un montón de países globalizados, por las mismas razones— estamos dando los primeros pasos firmes hacia una dictadura. No sé qué forma tenga, pero sí estoy segura de que cualquier dictadura empieza por extinguir la diferencia y exigir una obediencia ciega. Por aniquilar cualquier posibilidad de negociación, debate y diálogo entre las partes en fricción, apuntalando nuestro margen de maniobra con leyes que desvían la atención del verdadero origen de nuestro malestar y confundiéndonos hasta hacernos creer que nuestro enemigo es nuestro vecino, en lugar de mirar con lupa los gestos que llevan a cabo esos que mal llamamos «gobiernos soberanos» y sus voceros. Es lo que mis amigas siempre han llamado un «psicofallo». Es lo que los magos hacen: te piden que mires a un punto mientras por debajo de la manga hacen su truco maestro. El clásico desvío de atención.

Hace unas semanas me crucé con una pequeña edición en inglés de Los hombres me explican cosas, de Rebeca Solnit, un ensayo que acuñó conceptos para situaciones que por no tener nombre parecían aisladas y gracias a los cuales hoy podemos considerarlas violencias colectivas. La más conocida es el mansplaining, pero Solnit habla de otro concepto en el que no he dejado de pensar desde entonces: el espectro.

¿Qué tiene que ver que mi perra no pueda pasear por el parque de mi casa, que hasta hace poco tiempo había sido un espacio de encuentro e inclusión, con el auge de los neofascismos en el mundo? Que ambos eventos forman parte de un mismo espectro, esto es, son hechos que comparten una misma naturaleza aunque su gradación sea diferente. Es evidente que el acceso de los animales a los parques no pone en peligro de forma sistemática la dignidad de las personas, pero la dinámica que subyace en ambos casos es la misma: separar la diferencia, excluir a un grupo en beneficio de otro, tildar de moralmente superiores las necesidades y deseos de un grupo de la población a costa de las necesidades y deseos de los demás, fomentar la enemistad y el odio, y, en última instancia, educar a las personas para que acaten sin rechistar leyes sin fundamento alguno para el bien social. Yo tengo un perro y no tengo un hijo, pero si tuviera un hijo y no un perro y estuviera en el lado contrario, pensaría exactamente igual. Esto no va de perros y de hijxs, va de tolerar las diferencias y encontrar maneras de convivir sin recurrir al poder fáctico que tantos Estados usan con negligencia: sus cuerpos policiales.

Nos están educando para la sumisión a golpe de destruir el «nosotrxs» nuestra entidad política más necesaria. Perder el «nosotrxs» tiene riesgos y posibilidades. El riesgo es el desacuerdo y la incomodidad. Mi madre dice que prefiere tener paz que tener razón. Aunque no estoy totalmente de acuerdo con el componente conformista de esta frase, sí pienso que sería hermoso que encontráramos formas íntimas de buscar la paz y no el odio en nuestros encuentros con la diferencia.

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Pero un «nosotrxs» también tiene muchas posibilidades. Hoy día apelar a lo común significa encarnar un tipo de valentía que está en decadencia y, sin embargo, es más importante que nunca volver a recordarnos una y otra vez, cuando las ínfulas fascistas toquen nuestras emociones más tribales, que un día estamos del bando de los opresores y al siguiente del lado de los oprimidos. Hoy es un parque. Hoy es Gaza. Hoy es Estados Unidos diciendo: «lo tomaremos por la fuerza» allí lejos y no aquí mismo. Pero ayer fue el holocausto. Y la guerra civil. Hoy es la pelea por el espacio público y mañana por la libertad de expresión. Obediencia e intolerancia: las dos únicas cosas que las dictaduras requieren para sobrevivir. Con una democracia vandalizada por quien debía protegerla, solo nos queda imaginar de qué maneras podemos volver a construir ese «nosotrxs», la única fuerza que puede oponer una resistencia humana y compasiva a las tiranía neoliberales que se nos vienen encima.

Me llamo Marina y soy humana. Escribo sobre crear una vida significativa y digna en un mundo difícil. Esto que estás leyendo es mi autobiografía en construcción. Soy autora de los libros Diario de Italia, Caballo perdedor y Estudio de aves en vuelo.

Read the original on caminarenbelleza.substack.com

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