"Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó."
(Lucas 15:20 RVR1960)
Si puedes, lee ahora Lucas 15:11-32. Uno de los textos más hermosos de todos los tiempos. En serio.
Charles Dickens, el famosísimo autor británico del siglo XIX, calificó este texto como “el cuento más brillante jamás escrito”. Y con razón.
Llamamos a esta historia la parábola del hijo pródigo.
Pero el verdadero centro es otro: el Padre que corre.
El hijo menor se fue. Despilfarró todo. Se hundió en la vergüenza. Y volvió a casa con un discurso preparado.
Quería pedir perdón, sí, pero también quería negociar. Quería volver, pero como empleado. Quería convertir la gracia en salario.
Solo que el padre no lo permite.
Lo ve desde lejos. Y eso significa que ya estaba mirando el camino. Ya estaba esperando.
Y entonces hace lo impensable: corre.
No espera explicaciones. No exige pruebas. No pide rendimiento.
Corre, abraza, besa. Y manda que empiece la fiesta. La mejor ropa. El anillo. Las sandalias. El ternero engordado. Música. Mesa puesta. Casa llena.
Así es como Jesús explica el evangelio.
La gracia de Dios no es medida. No es cautelosa. No es económica.
Casi ofende, de tan generosa.
Pródigo significa derrochador. Entonces, ¿quién es el verdadero derrochador de la historia?
¡El Padre!
Porque el Padre no está buscando la manera de mantenerte fuera. Está mirando el camino por donde vas a volver.
Pero la historia no termina ahí.
El hijo mayor estaba en casa, pero también estaba lejos. Trabajaba, obedecía, servía, pero con corazón de esclavo.
El menor intentó vivir sin el padre. El mayor intentó merecer el amor del padre. Los dos estaban perdidos.
Aquí es donde Jesús entra en la historia no solo como quien cuenta la parábola, sino como quien la cumple.
En la cruz, cargó tanto la rebeldía del hermano menor como la religiosidad del hermano mayor.
Y, resucitado, se convierte en el verdadero hermano mayor. Aquel que no nos empuja hacia afuera, sino que nos trae hacia adentro.
El final de la historia es este:
Volvemos para ser parte de una familia. Entramos en una fiesta. Tenemos al mismo Padre, que nos ama. Tenemos al mismo hermano mayor, Jesús. Estamos juntos, a la mesa.
La música está sonando.
¿Vas a entrar?
Hoy, en algún momento de silencio, haz una oración muy sencilla:
“Padre, estoy volviendo a casa.”
Después quédate un minuto en silencio e imagina al Padre corriendo hacia ti.
Padre, gracias porque tu amor no espera perfección para recibirme.
Gracias porque, en Jesús, no vuelvo como esclavo, sino como hijo.
Llévate mi vergüenza, mi negociación y mi miedo.
Enséñame a entrar en la fiesta de tu gracia y a vivir como parte de tu familia.
Amén.
Responde en pocas palabras:
¿Hoy te identificas más con cuál de los dos hijos: el que se fue lejos o el que se quedó afuera?
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