«Decía además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de por sí lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga.» (Marcos 4:26-28 RVR1960)
Tengo la alegría y el privilegio de ser padre de tres hijos. Hoy tienen 9, 10 y 12 años.
Pero me acuerdo muy bien de cuando los tres eran pequeños al mismo tiempo. Pañales, noches mal dormidas, rabietas, el caos hermoso y agotador de una casa con niños pequeños.
Me acuerdo de acostarme por las noches, exhausto, pensando: «¿Cuánto tiempo más hasta que sean mayores?»
En aquel momento, parecía que esa etapa nunca iba a terminar.
Y ahora, mirando atrás, veo que pasó en un abrir y cerrar de ojos. Los tres están creciendo, con salud, siguiendo a Jesús. Y pienso en aquellos años con nostalgia. Con nostalgia del tiempo que creía que nunca iba a pasar.
Curioso cómo funciona, ¿verdad?
Cuando estamos en medio de la espera, parece eterna. Pero cuando miramos atrás, vemos que algo estaba creciendo todo el tiempo, en silencio, bajo la tierra, mientras nosotros ni nos dábamos cuenta.
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Jesús contó una parábola sobre esto.
Dijo que el Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra. Luego se va a dormir, se levanta, y la semilla crece «sin que él sepa cómo». Primero la hierba, luego la espiga, por último el grano lleno.
Sin prisa. Sin ruido. Sin explicación.
La semilla crece en la oscuridad.
Queremos todo para ayer
Vivimos en una cultura obsesionada con los resultados inmediatos. Queremos transformación rápida, crecimiento visible, progreso que se pueda medir y publicar. Y cuando las cosas tardan, pensamos que algo está mal. Con nosotros, con Dios, con la vida.
Pero Jesús no parece preocupado por la velocidad.
Compara el Reino con una semilla. No con una explosión. No con un rayo. Con una semilla. Algo que trabaja por debajo, despacio, a su debido tiempo.
¿Y si lo que estás viviendo ahora, esa etapa que parece no pasar, esa espera que cansa, ese cambio que tarda, fuera exactamente el terreno donde Dios está haciendo crecer algo?
Quizás todavía no puedes verlo. Quizás ni sabes cómo explicarlo. Pero la semilla ya está en la tierra.
Dios tiene puestos los ojos en tu mañana
El Dios que creó las estaciones, que hace llegar la lluvia a su tiempo, que tardó 40 años en formar un pueblo en el desierto, no tiene prisa. No llega tarde. No se ha olvidado de ti.
Está cultivando algo que aún vas a cosechar.
Y un día, quizás antes de lo que imaginas, mirarás atrás y dirás: «Creció. No vi cuándo pasó, pero creció.»
Práctica de la semana
Elige un área de tu vida en la que estés sintiendo impaciencia: una relación, un cambio interior, una situación que no se resuelve. Una situación en la que necesitas que el Reino de Dios brote en ti.
Ahora ora así:
«Jesús, confío en que Tú estás trabajando aunque yo no pueda verlo. Enséñame a descansar en Tu tiempo.»
Después, durante esta semana, cada vez que llegue la ansiedad, repítete: «La semilla ya está en la tierra.» Y déjalo en manos de Dios.
Oración
Señor, gracias porque Tú no tienes prisa, pero tampoco llegas tarde.
Perdona mi ansiedad, mi deseo de controlar los tiempos, mi dificultad para confiar en lo que no veo.
Enséñame a descansar mientras Tú trabajas en silencio.
Amén.
Para caminar juntos
En una palabra: ¿qué esperas que Dios haga crecer en tu vida?

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