Hace unos años (no tantos), cuando era joven (bueno, ya hace tiempo), participé en un retiro cristiano llamado “Encuentro con Dios” (¿alguien ha estado allí?). Fue una bendición. Lo que me marcó de aquel fin de semana fue:
A Dios le caigo bien.
Así es. Y tú también le caes bien a Él.
Quizás nunca lo hayas pensado de esta manera, pero reflexiona seriamente sobre esta frase:
A Dios le caes bien.
¿Qué te hace sentir eso?
Quizás ya sabes que Dios te ama.
Lo has escuchado muchas veces.
Lo leíste en la Biblia.
Lo cantaste en canciones.
Lo sabes en tu mente. Pero ¿lo sabes en tu corazón?
El problema es que a veces escuchamos o leemos ciertas cosas con tanta frecuencia que, si no nos detenemos a pensar, podemos perder su verdadero significado.
Claro que Dios te ama. Pero ¿qué significa eso realmente?
Hay una diferencia entre saber que Dios ama… y darse cuenta de que le caes bien.
Piensa en cuánto le agradas.
Piensa que ese agrado es personal, no algo genérico.
Agradar significa querer estar cerca.
Tener alegría en la presencia.
Sentir placer en la compañía.
Y la Biblia dice algo sorprendente:
El Señor tu Dios está en medio de ti, guerrero poderoso que salva. Se deleitará en ti con gozo, te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos.
- Sofonías 3:17
Dios no simplemente te tolera.
No solo te acepta.
No te ama únicamente porque siendo Dios y siendo amor, está "obligado" a amarte.
El versículo de Sofonías nos dice que Él se alegra en ti. ¡Con gritos de alegría!
Él disfruta de ti, de estar contigo. Le caes bien.
Muchos de nosotros crecimos con una idea silenciosa: Dios ama… pero está algo decepcionado.
Como si estuviera esperando que nos convirtiéramos en una versión mejor antes de amarnos de verdad.
Entonces vivimos intentando mejorar, demostrar, corregir.
Pero cuando miramos a Jesús, vemos algo diferente.
Le gustaba estar con las personas.
Comía con ellas.
Caminaba con ellas.
Conversaba sin prisa.
Llamaba amigos a sus discípulos.
Jesús no parecía alguien que simplemente toleraba a personas imperfectas. Parecía alguien que de verdad quería estar con ellas.
Y Jesús muestra cómo es Dios.
Y porque estamos en Jesús, somos hijos amados, en quienes Él se complace. ¡Eso es el Evangelio!
Cuando empezamos a creer que le agradamos a Dios, algo cambia por dentro.
La oración deja de ser obligación.
La presencia de Dios deja de ser formalidad.
La fe deja de ser una carga.
Empieza a surgir confianza.
No necesitamos impresionar a Dios.
Podemos simplemente estar con Él.
Y poco a poco, esa seguridad transforma el corazón.
Porque somos moldeados por el amor que recibimos.
Tómate un minuto ahora.
Respira despacio.
Y di en silencio:
"Padre, gracias porque te agrado.
Recibo tu amor hoy."
Solo estate presente.
Quizás una de las mayores transformaciones espirituales ocurre cuando nos damos cuenta de esto:
No solo eres amado.
Eres deseado.
Y eso cambia la forma en que vives todo el día, la forma en que tienes tu tiempo a solas con Dios.
Dios quiere estar contigo. Anhela pasar tiempo contigo.
¿Qué cambia en tu manera de ver a Dios cuando piensas que le AGRADAS?
Seguimos juntos, paso a paso, caminando con Jesús.
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