Ya me hubiera gustado que el dilema de que Talent Acquisition se me quedaba corto se resolviera con un abrir y cerrar de ojos. No fue un click, ni lo soñé, ni me encontré diciendo “¡ajá!”. Fue un proceso. De esos que te exigen mirar para adentro con honestidad.
El quiebre del que te contaba antes vino después de un sacudón: un feedback en el marco de una evaluación de desempeño que no hablaba de mi performance o de mí como profesional, sino de mí como persona.
Fue durísimo. Y, además, una sorpresa. No fue producto de conversaciones previas. Paréntesis: si estás leyendo esto y tenés personas a tu cargo en tu trabajo, jamás hagas eso. Abrí conversaciones honestas con tu gente siempre que puedas. Me lo vas a agradecer, posta.
En fin. Escuchar que mi serenidad era leída como “energía insuficiente para lo que la organización esperaba” y que el hecho de compartir los desafíos que tenía en el rol -buscando apoyo de mi equipo- era recibido como agresión, me caló hondo. Me lo creí. Creí que no era suficiente y que, además, no era capaz de generar un entorno de trabajo positivo.
Hoy, a ese feedback, le digo GRACIAS.
¿Qué pasó? Consulté con una coach de carrera. Me sentía perdida y hasta despersonalizada. No me reconocía. Usaba ese feedback como palanca para tratar de mejorar, porque no te olvides que yo me re creí el mensaje. Y siempre busqué mejorar, en todo lo que hice y hago.
Con Flor, mi coach, no sólo descubrí que nada de eso era cierto, sino que atravesé un proceso de autoconocimiento y autoaceptación. Su manera de acompañar me marcó tanto que, sin darme cuenta, despertó en mí el bichito de la curiosidad. Y con alegría, hoy puedo decir que me certifiqué como Coach Internacional de Carrera y Bienestar Laboral, un año más tarde con el fin de potenciar mi rol de mentora.
Lo más difícil fue darme cuenta de algo que, para otros, era tan tan obvio: que lo mío siempre fue ver al otro, potenciarlo, expandirlo, cuidarlo. Que eso que yo hacía de forma natural y con gusto, no era “nada del otro mundo”, sino mi mundo.
Emi me lo decía (y sigue diciendo) todo el tiempo: “Tenés un imán para las personas”. Pero eso no es real. Simplemente se refiere a mi capacidad de ver de verdad, de conectar, de estar presente. Si alguien se emociona, yo también. Si alguien llora, yo lloro. Y no me avergüenza admitirlo: soy esto. Y esto forma parte de mi ser profesional.
Trabajé mucho en mí durante un largo tiempo. La mejor inversión, te juro.
En Talent -y por supuesto que particularmente en esa organización- me sentía como un náufrago: en un océano inmenso, lleno de oportunidades para crear, y yo ahí… flotando entre hire y hire, sin poder ocupar ese lugar que realmente anhelaba.
Hasta que nadé a la orilla. Y lo encontré.
A ese feedback, gracias. Porque me hizo creer que había algo roto en mí, me llevó a revisar cada rincón de mi motivación intrínseca y revelarme lo obvio: lo profesional también es personal.
No hay otra manera. Las personas llevamos al trabajo toda nuestra humanidad.
Y no hay nada de malo en que sea serena, calma y en que no tema compartir lo que pienso y lo que me pasa.
Lo malo era que no me estaba habilitando a ser, en el plano profesional, quién realmente soy.
Y con esto, cierro:
¿A qué lugar soñás con llegar y no te animás a nadar hacia la orilla?
Nos leemos pronto.
Con amor,
Cami

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