RSS Amplifier

Calle65 · Jul 26, 2026

El «para siempre» se trata de recuerdos, no de personas

0
Sign in to vote or save

Beatriz Allca · Calle65

Escribo esto tres días después del funeral de mi abuela. Aún conservo en los dedos el frío de la iglesia de Saint-Thomas, ese frío particular de las catedrales alsacianas que parece venir de los siglos y no de la temperatura, como si los muros hubieran absorbido, durante tanto tiempo, el silencio de los que vinieron a despedir a sus muertos que ahora lo llevan incorporado en la piedra. Mi abuela se llamaba Hélène y tenía ochenta y un años. Murió un martes por la mañana, en la misma ciudad donde nació, en la misma ciudad donde mi madre aprendió a caminar, en la misma ciudad a la que yo llegué a los trece años recién cumplidos sin saber todavía que este lugar se volvería, con el tiempo, en mi hogar.

Escribo esto porque es mi manera de hacer que el dolor pese menos. Mi padre me enseñó que los libros son los lugares donde las cosas difíciles encuentran su cauce. Yo he aprendido, con los años, que la escritura puede hacer lo mismo, darle fluidez a la tristeza, otorgarle un contorno a esa pena abstracta que de otra manera quedaría flotando, sin bordes, sin lugar donde asentarse. Escribo para que el dolor tenga una habitación donde estar. Y escribo porque en el velorio de mi abuela, mirando su cara por última vez con esa extraña serenidad que tienen los muertos, pensé en que, aunque ella ya no esté, lo que vivimos juntas todavía sí. Esa idea hizo germinar este ensayo…

La conocí en persona a los trece años, aunque ya la conocía desde mucho antes. Cuando era niña, en Cusco, mi madre la llamaba por videollamada los domingos por la mañana —que vendría a ser la tarde para Hélène—, y yo me sentaba a su lado en el sofá y miraba esa cara en la pantalla. Me embelesaban sus ojos claros, su pelo blanco, que antaño había sido rubio, las manos que gesticulaban cuando hablaba. Sentía esa mezcla de familiaridad y extrañeza que produce alguien a quien quieres sin haberle tocado nunca. Hélène me hablaba en francés y yo le respondía en el francés que mi madre me había enseñado. Esas conversaciones a través de la pantalla se sentían genuinas pero también algo incompletas, como leer la traducción de un libro que sabes que en su idioma original dice algo más.

Cuando llegué a Estrasburgo y la vi por primera vez en carne y hueso, lo primero que noté fueron sus manos. Eran manos de mujer que había cocinado mucho, que había cosido mucho, que había sostenido cosas pesadas y cosas frágiles con un pragmatismo firme y propio de quien no distingue entre lo importante y lo cotidiano porque para ella todo es ambas cosas a la vez. Me abrazó y olía a lavanda, pero también a algo que solo ahora identifico como el olor de su casa: una mezcla de vino con canela y las flores secas que colgaba en la cocina.

Durante los años que siguieron la frecuenté en su casa. Cené en su mesa durante los inviernos alsacianos. Aprendí a hacer tarte flambée mirando sus manos moverse sobre la masa con una maestría que yo nunca he llegado a tener en la cocina. Escuché sus historias sobre la Estrasburgo de su infancia, sobre sus años en Colmar, sobre su marido que murió antes de que yo naciera, sobre mi madre de niña, sobre las cosas que habían cambiado en la ciudad y las que se habían obstinado en permanecer. Era una mujer de pocas palabras inútiles. Decía lo que pensaba con una economía que al principio me pareció frialdad pero que con el tiempo comprendí que era su manera de respetar a quien la escuchaba. No desperdiciaba las palabras porque sabía que pesaban.

La última vez que la vi consciente fue en abril. Estaba en su sillón junto a la ventana, con la luz de la tarde cayendo oblicua sobre su cara, y me preguntó en qué estaba trabajando. Se dedicó a escuchar con calma y atención mientras le hablaba, y cuando terminé dijo: «Escribe sobre lo que no puedas dejar de pensar. El resto no vale la pena». Tres meses después murió mientras dormía, que es la clase de muerte que los vivos llaman buena porque no implica sufrimiento visible, aunque yo no estoy segura de que la bondad de una muerte pueda medirse solo por eso…

El velorio fue en su casa, tal como ella lo había pedido. Su voluntad fue que sus hijos desistieran de dirimir el protocolo a funeraria alguna, y que se la velara en su propia sala, con sus propias flores, sus propias cosas alrededor. En Alsacia hay todavía una cultura del duelo que conserva algo de la densidad que el duelo merece y que en otros lugares se ha ido perdiendo: los vecinos vienen, se quedan, traen comida, hablan de la persona que murió sin el tono eufemístico que a veces se usa para los muertos, sino con normalidad, con anécdotas, con risas incluso. Esa forma de despedir tiene una sabiduría que fui entendiendo a lo largo de esas horas: no tratar la muerte como algo que hay que resolver lo antes posible y esconder detrás de los crisantemos, sino dejarla estar, dejar que ocupe el espacio que le corresponde, dejar que la gente que amaba a esa persona tenga tiempo de reconocer lo que ha perdido.

Yo estuve allí, mirando su cara en el ataúd y pensando en la rareza absoluta de que alguien que existía ya no exista. Además de la tristeza, estaba esa perplejidad ontológica de contemplar la ausencia donde había presencia. Después de la muerte de su madre, Simone de Beauvoir escribió en Una muerte muy dulce que la muerte de la persona amada nos revela nuestra propia finitud de una manera que ningún argumento intelectual consigue hacer.

En medio de todo eso, de la gente que entraba y salía, de las conversaciones que se entrelazaban alrededor de mí, de los platos de baeckeoffe y de kougelhopf que alguien había llevado y que se iban consumiendo sobre la mesa, pensé en mi padre. Como siempre que me enfrento a una pérdida grande, pensé en él primero, porque fue la primera pérdida que tuvo esa dimensión, la que me enseñó que hay cosas que no se recuperan y que tampoco terminan. Pensé en cuántos muertos llevo ya en el cuerpo a los veinticuatro años.

¿Qué significa que algo dure para siempre?

Esa es una pregunta que me ha acompañado desde la adolescencia y que el velorio de Hélène me ha hecho recordar.

Usamos esa expresión con cierta ligereza, como si no estuviésemos pensando bien en lo que decimos, o en lo que implica realmente. «Para siempre» en los juramentos de amor, en las amistades que prometemos no perder, en las despedidas que en realidad son finales aunque no las veamos así en el momento. La experiencia, sin embargo, desmiente sistemáticamente esa promesa. Las personas se van, los vínculos se rompen, se enfrían, se transforman en algo tan diferente de lo primero que ya no merecen el mismo nombre.

¿Qué queda entonces del «para siempre»?

Las personas no, por supuesto, sino los recuerdos. La presencia física se esfuma, pero queda la huella que esa presencia dejó en quien la recibió.

El filósofo Paul Ricœur, en su monumental La memoria, la historia, el olvido, argumenta que la memoria no es un archivo pasivo de lo que ocurrió, sino una construcción activa del presente: recordar es también interpretar, seleccionar, dar forma. Lo que recordamos de las personas que perdemos no es una grabación fiel de lo que fueron sino la versión de ellas que nuestro interior ha ido elaborando con el tiempo, que se va enriqueciendo y matizando a medida que nosotros mismos cambiamos. Mi padre de los recuerdos de mis quince años no es el mismo que el de mis veinticuatro, y esto no ocurre porque él haya cambiado, sino porque yo sí lo hice. La memoria no conserva a los muertos tal como fueron. Los convierte en algo más complejo: en una presencia que habita dentro de nosotros, que crece con nosotros, que sigue hablándonos aunque ya no pueda hacerlo físicamente.

Creo que eso es lo que permanece, y es lo que merece llamarse «para siempre».

Sería limitante hablar de personas que se pierden debido a la muerte, porque también se pierden personas que siguen vivas.

He tenido amistades que creí permanentes y que se fueron extinguiendo de maneras distintas: algunas debido a una traición, un momento preciso en que la fibra que sostenía el vínculo se rompió; otras con la distancia que crece cuando los caminos divergen y nadie hace el esfuerzo por mantener el puente; otras con esa frialdad progresiva que es quizá la más difícil de afrontar porque nunca hay un punto de ruptura claro, solo una serie de silencios que se van acumulando hasta que un día te das cuenta de que ya no hay nada que decirse. He querido a personas que dejaron de quererme. He amado de maneras que no fueron correspondidas de la misma forma. He construido vínculos que me parecían sólidos y que luego resultaron ser más frágiles de lo que habría esperado.

Con todas esas pérdidas he tenido que aprender, poco a poco, la misma lección que los muertos me enseñan: que la duración de un vínculo no determina su valor. Que algo puede haber sido real y verdadero aunque no haya durado. Que el amor que se vivió no deja de haber existido porque después se haya terminado.

Esto también lo encontré en los libros, que es donde encuentro la mayoría de las cosas que entiendo sobre la vida. En Las olas, Virginia Woolf escribe a través de su personaje Bernard que la pérdida no anula lo que existió, sino que lo vuelve visible de una manera que la presencia no siempre permite. Cuando algo se va es cuando podemos ver, con la claridad de la distancia, lo que realmente fue, lo que importó, lo que nos cambió.

He pensado mucho en esto con respecto a las amistades y los amores que perdí de maneras que dolieron. La traición de alguien en quien confiaba me enseñó sobre mis propios límites, sobre lo que soy capaz de tolerar y lo que no, sobre la diferencia entre perdonar y permitir. La distancia que creció con otras personas me mostró cuánto de lo que llamamos amistad depende del contexto compartido: los mismos lugares, los mismos horarios, la misma etapa de vida. Y la frialdad progresiva me enseñó que los vínculos también necesitan cuidado, que no se mantienen solos, que la inercia no es suficiente para sostener lo realmente importante.

Ninguna de esas pérdidas fue inútil. Todas dejaron algo, y esa huella, esa transformación que ocurrió en mí como consecuencia de haberlas vivido, es lo que permanece. Es el único «para siempre» que puedo verificar con sinceridad.

Cuando una relación se rompe, muere un dialecto.

Irene Vallejo

De vez en cuando aquellas personas regresan, aunque no físicamente. Es inevitable encontrarlas en la cotidianidad. Porque hay lugares que se reconocen solo con la compañía de cierta persona, canciones que tienen el nombre de ese alguien que se amó, expresiones que solo esa persona entendería.

También mueren los lenguajes que construyeron nuestra identidad. En nosotros queda la sombra de una palabra, el significado de un fonema, las erratas del habla que perfeccionaban la comunicación con ese alguien a quien alguna vez se amó. Se pierden los idiomas, los dialectos, la forma en que una mirada caía sobre la piel deseada, las caricias que también hablaban, los abrazos que fungieron como refugio. Queda el frío del mutismo, que nos hace sentir incomunicados, con la única opción de construir un nuevo idioma en que poder entendernos con alguien más. No es exagerado decir que llevamos en el alma el vestigio de lenguas muertas, y que somos un museo en el que se exhiben culturas que ya no existen.

Al final eso también compone nuestra identidad. Es la manera en que los que ya no forman parte de nuestra vida pueden permanecer para siempre en nosotros. Los llevamos ahí donde nuestra sombra se alarga, para aprender a vivir con lo que nos enseñaron, con lo que les permitimos hacer con nosotros.

¿Te gusta lo que lees? 🤎 Compártelo con alguien a quien creas que también puede gustarle:

Compartir

Hélène usaba una palabra cuando hablaba de las personas que había perdido: présence. No la usaba en el sentido literal de estar presente, sino en el sentido de la cualidad que una persona tiene de ocupar un espacio, de hacerse sentir, de dejar una impresión en el aire incluso cuando ya no está físicamente. «Elle avait une présence», decía de su madre, de amigas de juventud, de su marido. Una presencia. Como si la persona hubiera dejado una forma en el mundo que persistía aunque el cuerpo ya no estuviera.

Creo que es la descripción más exacta que he encontrado de lo que permanece de una persona: su présence. La forma que dejó, la manera en que modificó el espacio que habitó y las personas que habitaron con ella.

Mi padre tiene una présence en mi vida que no ha disminuido con los años, pero que sí ha cambiado de naturaleza. Ya no es la presencia de alguien que puede aparecer en la puerta: es la presencia de alguien que aparece en las páginas que leo, en las preguntas que me hago, en la forma en que me relaciono con los libros y con las ideas. Su voz no la escucho ya, pero escucho algo que aprendí de ella. Mi abuela Hélène tendrá, lo sé, una présence parecida: en el olor a lavanda que de ahora en adelante será siempre también ella, en la tarte flambée que algún día haré con mis manos torpes que aprendieron de las suyas expertas, en el consejo que me dio en abril y que ya no necesita ser anotado porque se quedó, se hizo parte de mí.

Porque los que se van, en lugar de desaparecer del todo, se vuelven parte del material con que estamos hechos. Esa es la única forma de permanencia que existe.

Aquella tarde gris en la iglesia de Saint-Thomas, con el frío de siglos en los muros y el ataúd de madera clara de mi abuela al frente, el sacerdote dijo cosas que los sacerdotes dicen en los funerales, palabras sobre el tránsito y la resurrección y la vida eterna, y yo las escuché con el respeto que merecen. Lo que yo creo de la vida eterna es que las personas que amamos nos sobreviven dentro de nuestro ser. Que cada vez que actuamos desde algo que aprendimos de ellas, las hacemos vivir un poco. Que el amor que sentimos por los que ya no están no es un amor en pasado sino en presente continuo, porque sigue actuando en nosotros, sigue dando forma a lo que elegimos y a lo que rechazamos, sigue diciéndonos quiénes somos.

El «para siempre» no se trata de personas porque las personas son finitas, y pretender lo contrario es una forma de no quererlas bien: de no aceptarlas tal como son, mortales y temporales y preciosas precisamente por eso. El «para siempre» se trata de lo que dejaron, de la huella que tiene la forma exacta de su ausencia, de la manera en que el mundo se reorganiza alrededor del espacio que ocupaban y que ahora está vacío, y cómo ese vacío se convierte en una presencia de otro tipo, más silenciosa, más interior, pero no menos real.

Rilke escribió en las Elegías de Duino que nuestra tarea como seres conscientes es transformar lo visible en invisible: tomar el mundo exterior, las personas, los lugares, los instantes, y convertirlos en algo que viva dentro de nosotros, que no pueda ser arrebatado por el tiempo ni por la muerte. Hoy por fin comprendo lo que quiso decir. Hélène está, ahora, volviéndose invisible de esa manera, pasando del mundo exterior al interior, convirtiéndose en algo que ya no se puede tocar pero que tampoco se puede perder. Y quizá eso sea suficiente, ¿no? Quizá es todo lo que el «para siempre» ha sido siempre, y solo lo vemos cuando alguien se convierte en recuerdo y nos obliga a mirar lo que ha dejado en nuestra vida.

Con suavidad y fuego,
Bea.

Read the original on calle65.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.