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Brutalmente Honesta · Feb 6, 2025

El lazo irrompible de la risa compartida

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Lorena Orlando · Brutalmente Honesta

Las mejores amistades son esas que transcurren entre pizzas y ganas de reírse. Mido mis amistades por qué tanto me hacen reír, y si eso pasa en los peores momentos, vale por dos. No hay nada como cagarse de la risa de lo jodida que está una. El humor es una de las pocas cosas que me jalan de nuevo a la vida cuando me desprendo de ella. Cuando alguien te abre la puerta al disfrute de la vida a través de la risa, de empezar a crear y compartir un código que despierte ese sentir, es como cuando en un videojuego consigues un premio que te sube la barrita de vida.

Yo andaba con la barrita muy baja después de mis primeros brotes psicóticos. Medicada hasta los tuétanos, aislada, confundida. Una de las cosas que me la subió fue ser acogida en un grupo de amigos que por suerte estaban muy cerca y se volvieron parte de la rutina de mis semanas. Quien me abrió la puerta a ese grupo fue Paola. Por mucho tiempo ella fue una presencia virtual orbitante en mi vida. La identificaba, como a muchos otros, por su nombre de usuario. La primera vez que la vi fue cuando le compré mi primer mp3 a un novio que ella tenía y ambos me esperaban juntos en la parada de autobuses para entregármelo. No hubo un gran acercamiento después de eso pero seguíamos orbitando de alguna forma, entre amigos en común o las redes que se usaran en el momento. Me gustaba su estilo, ella se atrevió a ser emo de lleno, con su pelo alisado (y especialmente su flequillo), sus lacitos y sus lentes. Yo no era lo suficientemente valiente para ir full emo, por alguna razón me daba vergüenza plancharme el pelo, así que ella se volvía referente de muchas cosas que yo quería hacer y no me atrevía.

Después de un par de interacciones virtuales y en la vida real, quedé con Paola en encontrarnos un día en el complejo cultural del pueblo, tocarían unas bandas y también iban a pasar un partido de la Copa América: Venezuela vs. Chile, casualidad (o ironía) que hoy cobra un sentido extraño. Ese día conocí a LTA: Los Teques Activo. Así se llamaba su grupo de Whatsapp al que eventualmente me invitaron cuando por fin tuve un smartphone. Al día de hoy no sé el origen del nombre, pero lo sigo amando como la primera vez que lo escuché. Esa tarde noche la pasamos muy bien, bautizamos una de las bandas como “Los Incuchables”, eran una mezcla de todo lo más rancio del rock de este país. Ese día, mientras caminábamos hacia la parada de las camioneticas, implícitamente me dieron la bienvenida a su grupo, entre chistes y risas, mientras pasábamos al lado de un autobús que estaban tratando de tumbar nuestros hooligans locales, enardecidos por (imagino, no me acuerdo porque no me importa) la victoria de nuestra selección.

A partir de entonces nuestro punto de encuentro era el Mc Café, donde siempre comprábamos café granizado y a pesar del frío de Los Altos Mirandinos, nos sentábamos en los bancos de cemento en el boulevard a hablar de todo y de nada mientras fumábamos miles de cigarros. Después, con la llegada de los carros a nuestro grupo, empezamos a ir a más sitios. Se hacía una paciente ruta por las casas de cada uno, y de allí nos íbamos a algún destino donde una (o ambas) de estas dos cosas estaban garantizadas: alcohol o comida. Sonaba SOHN en el carro esas noches para arriba y para abajo en la Panamericana.

En esos paseos, salidas y aventuras nos pasaron muchas cosas. Como el día en que nos quedamos accidentados en la Panamericana y pude ir montada en un carro encima de una grúa por primera vez en mi vida, como si de una carruaje se tratara, solo que los de abajo están mejor que tú que se te jodió el carro. Recuerdo el día siguiente de una fiesta donde nos levantamos para darnos cuenta que habíamos usado un quesillo de cenicero. La noche anterior me había llevado mi guitarra con el único fin de tocar mi última canción aprendida: el intro de Aquí no hay quien viva, que se lo dedicaría al dueño de la casa quien era fan de la serie también y el único que me entendía con mi obsesión enfermiza hacia ella. No pude tocarla, estaba demasiado borracha, no me acordaba de los acordes, lo intenté muchas veces, un fracaso total; pero cómo nos reímos. Ir al cine con ellos era lo más divertido del mundo, y las charlas que teníamos después de salir pasaban desde lo tonto de no haber entendido la trama de la película hasta lo más profundo, preguntarnos el sentido de la vida y el tiempo. Los recuerdo modelando en el jardín de la casa con una boa de plumas que habíamos puesto por la decoración de un cumpleaños.

Paola, como buena Capricorniana, era muy buena peleando. Y mejor aún era estar de su lado en la pelea. Uno de los recuerdos más graciosos que tengo es de la vez que tratamos de explicarle la necesidad del feminismo a otros amigos que estaban negados a verlo. Nos caímos a gritos, pero como buenos venezolanos, se mezclaba la rabia con la camaradería y de tanto sacarnos de quicio terminábamos riendo porque ya no nos soportábamos mutuamente. Sabíamos darnos amor a través del insulto, una cualidad a la que se llega cuando hay suprema confianza. Propensa a las emociones fuertes, nunca faltaba un conflicto interno o externo al grupo que le daba un toque de picante a nuestras vidas. Con Paola nunca faltaba el chisme hilarante, entre referencias que solo nosotros entendíamos. Perfecta para quedarse hablando por horas después que la fiesta se acababa, nunca faltaba un tema de conversación ni energía para la compañía insomne e hiperactiva que algunos en el grupo necesitábamos. Estaba enterada de todo siempre, mi conexión con las cosas del universo que me interesaba o me daba curiosidad por chismosa era a través de ella.

Así pasamos años, de salidas en salidas, celebraciones de cumpleaños, reuniones en mi casa donde mi mamá nos vigilaba para que yo no bebiera tanto y de alguna forma me las ingeniaba para terminar dada vuelta balbuceando y diciendo cualquier demencia. Todos fuimos logrando cosas, mutando y evolucionando durante esos años. Hubo rupturas y vueltas de pareja, graduaciones, lanzamientos de discos, nuevos trabajos, y todo lo que le va pasando a una a lo largo de los 20s. En un paseo a la playa nació la fotografía que se volvería en una de las mejores portadas no solo de mi discografía, sino del rock nacional (sí, lo dije), incluso después de haber sido la única cagona que no quería que Erick se metiera en el agua con el teléfono porque lo iba a mojar. Esa misma foto, de una forma u otra, y muy irónicamente, fue el inicio del fin de mi estadía en LTA.

Gracias a mi desequilibrio mental, una manía envenenada de soberbia y delirios de grandeza (junto a otros delirios políticos rarísimos) me expulsó del grupo. Ya no tenía quién me buscara a la casa, ni un plan fijo y divertido los fines de semana. Triste y resentida, volví a estar sola, pero por lo menos tenía un novio con quien salir y con otros amigos compartidos pude palear esa ausencia, aunque no era lo mismo. Eventualmente retomamos contacto, pedí disculpas y traté de explicar la situación en la que estaba en el momento. Volví a hablar con casi todos, pero ya era muy tarde; aunque quisiéramos, ya no me podían venir a buscar a la casa los fines de semana porque estaban a miles de kilómetros de distancia, emigraron como una gran parte de la población (y de todos mis amigos), buscando un futuro menos precario que el que les ofrecía este país. La emigración de los amigos y familia es un pequeño duelo. Se fue normalizando con el tiempo, ahora lo hacemos todos, actualizarnos de la vida de quienes están lejos por las redes. Los veía en Chile, yendo a conciertos, tripeando, chambeando, viviendo una realidad que espero haya sido mejor de la que tuvimos quienes nos quedamos. Por ahí nos saludábamos con la nueva forma de interactuar que son las reacciones a stories, un gesto que trata de decir mucho pero dice muy poco porque no es verdadera comunicación. Cosas casuales, como las que se hablan cuando tenemos la certeza de que el otro siempre estará ahí y no se considera relevante decirle nada trascendental e importante.

El lunes pasado me desperté y algún impulso extraño me llevó a hacer algo que no acostumbro: llevarme el celular al baño y ver instagram. Viendo stories me encontré con el gráfico más desgarrador: la cara de Paola dentro de un círculo, con un fondo crema y una dirección en Santiago de Chile. Pegué un grito: ¡NO! mi esposo se asustó y me tocó la puerta del baño. Él entra y le digo: se murió Paola.

Unos días después de su muerte, soñé con ella, me contaba, riendo, sobre la muerte. Me dijo que estaba feliz, tripeando. Con esa imagen de ella me quedo. Fotografía por Erick Achang.

Read the original on brutalmentehonesta.substack.com

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