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Brutalmente Honesta · May 18, 2026

Crónicas Bogotanas

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pasaron muchas cosas, la mayoría de ellas buenas

Si están leyendo esto desde su mail, seguro este post les va aparecer truncado porque Gmail no puede soportar tanta habladera de paja. Debe aparecer algún link por alguna parte donde podrán leer el texto completo.

Breve actualización de mi vida

¿Cómo está mi gente latino? Sí, el regreso más esperado de la comunidad de Substack se ha hecho realidad. Aquí estoy después de no publicar nada desde agosto del año pasado. En este lapso de ausencia Raimundo y todo el mundo se abrió un Substack, un lugar que estaba ocupado por tres pelagatos (incluyéndome) lanzando textos a la nada misma. Ahora escribimos lado a lado con Rosalía. Siempre he tenido un buen timing para adelantarme a las cosas antes de que se popularicen, pero un malísimo timing para aprovechar la popularidad de los espacios cuando hay más ojos en ellos, es como tener muchas ganas de que no te paren bolas.

He hecho muchísimas cosas en todo este tiempo de ausencia. Saqué un EP , rediseñé mi página web , recuperé mi podcast Hilando con Hilandera, hice un trabajo de investigación y archivo de mí misma y lo que he hecho (mi tema favorito) exhaustivo y agotador que ahora forma parte de un timeline de TODA mi vida que hice y ahora vive en el último rediseño de mi web. Acabo de abrir un blog en inglés llamado Lorenalandia.fun que aún está muy pichón pero su objetivo es insertarme en la comunidad de la Indie Web (después hablaré de esto en un post). Por supuesto que este regreso viene con un cambio de imagen siguiendo mi filosofía de que el mejor branding es el que está en constante mutación, soy una persona humana y cambio, no una empresa ni una marca.

Ah, también bombardearon Caracas y se llevaron a Maduro. Para un análisis exhaustivo del tema les recomiendo este video:

Ahora sí, a lo que vine, mis Crónicas Bogotanas

En marzo José y yo tuvimos la oportunidad de ir a Bogotá después de tantos años del agotamiento mental y emocional implícito de vivir en Venezuela. Logramos escapar por unos días a tomar una bocanada de aire fresco. Fue un acontecimiento hermoso donde pude reconectar con la vida, el movimiento, la música, los amigos, la inmensidad del mundo y en especial la felicidad.

La Música

“In the right place
At the right time”
Never Enough - Turnstille

El disparador de este viaje fue el Estereo Picnic, así que la música es lo que define mucho de lo que fue importante. Desde las noches escuchando música con mi mejor amigo en la mesa del comedor hasta los momentos de éxtasis en el festival: las primeras notas de Never Enough, los gritos de Chino Moreno, Paul Banks cantando “Rosemaryyy”, los muy colombianos “jueputaaaaaa” de la audiencia y Tyler The Creator completamente eufórico gritando “COLOMBIAAAAAAAA!!!!”. Me salieron un par de lagrimitas, tras los lentes oscuros que me tuve que comprar por un evento que cuento más abajo, cuando caminábamos hacia una de las tarimas y miré a mi alrededor y me sentí en mi tribu, acompañada de gente libre cuyo destino es disfrutar la música que aman.

Vivir el Estereo Picnic fue una experiencia más increíble de lo que esperaba. El gigantesco Parque Simón Bolívar lleno de luces, colores, estímulos, escarcha brillante, grandes infraestructuras, la frase que nos recibió en la primera tarima “Aquí y ahora”. Gente feliz por todas partes entrando en una dimensión paralela donde el único deber es gritar las canciones que te gustan, tomar cerveza increíblemente cara y comer pizza. Un espacio que por esos días se convirtió en un gran parque de diversiones para adultos. Nunca había tenido una experiencia similar en un festival, donde me sentía tanto estimulada como cansada todo el tiempo, pero siempre siempre siempre feliz. Tan feliz que me puse a grabar las visuales de La Montaña Sagrada que mostró Deftones y al rato de estar grabando un muchacho que teníamos atrás se me acerca y me dice “oye, no estás grabando nada”, resulta que lo que hice fue sacar una foto movida, lo más lindo fue lo que me dijo después “es que te veía y me daba pesar”, ese momento fue más especial que cualquier video de las visuales de Deftones con un zoom total, lleno de ruido y poco fiel a la experiencia de vivirlo realmente.

También tuve la oportunidad de comprar unos cuantos discos en tiendas de vinilos que tenían unos baños muy interesantes. Conseguí tanto el primer EP de The Mars Volta (mi banda favorita) como su último LP, creando así un full circle de principio a fin con la música que no solo me cambió la vida por completo sino que también me regaló a mi mejor amigo del alma, quien nos recibió en su casa durante este viaje, como una gran sincronía en acción que nunca acaba. The Mars Volta es the gift that keeps on giving en mi vida. Con esos LPs estoy cada vez más cerca de cumplir mi meta de tener toda la discografía de ellos en físico.

La música en este viaje también se reveló de una forma inesperada para mí. Casi involuntaria. Recordándome que aunque me distancie, me frustre, me duela y me conflictúe, hago música. Y se manifestó a través de...

Los Libros

“Cada vez que me hablas de un libro.
Dices más, dices más, dices más
Me cuentas mucho mas.”
Cada vez - Caravana

Unos días antes de irnos fuimos a una pequeña FILVEN que se organizó en el centro comercial de enfrente, donde he presenciado como todas y cada una de las librerías han ido cerrando y mutando en tiendas de zapatos donde todos los zapatos que venden son blancos. Volvimos de allá con cero libros y una sensación de FAILVEN más que FILVEN. Parecía una curaduría hecha por el podcast “If books could kill” y los libros se promocionaban por características como que la portada prende en la oscuridad y descuentos si etiquetas a Keanu Reeves (que no tiene cuenta de Instagram) en Instagram. Donde se hablaba de Anagrama como una editorial “para letrados” y un pobre muchacho no lograba conseguir Rayuela. Una vara muy baja, por no decir más.

Así que una vez que llegamos a Bogotá me encargué de traerme todos los libros de Colombia en una sola maleta. No me fui con una idea de qué libros quería conseguir ni nada por el estilo. Yo soy alta pirateadora de .epubs, entonces me preguntaba mucho sobre qué podría comprar que no pudiera conseguir gratis y en digital. En la librería Matorral empecé a agarrar libros al azar que tenían una propuesta artística desde la forma en que estaban editados. Habían todo tipo de libros bellos e interesantes, con desplegables en el medio, páginas semi transparentes, con tipografías de colores casi ilegibles, materiales naturales pegados en las páginas, libros que eran una propuesta artística en sí mismos y que, por lo tanto, una versión digital les quitaría toda su gracia. Libros objeto. Libros mundo. Agarré completamente a ciegas todos los que me llamaron la atención. Me sentí libre y loca, como si estuviera haciendo algo completamente irracional, irresponsable e infantil. Allí se instauró el mantra del viaje: “para esto trabajo”

Cerca también estaba Garabato. Aunque la estadía fue corta eso no quiere decir que no me llevé media librería. En ese momento me di cuenta de la forma inesperada en la que se manifestó la música en el viaje: de ahí salí con puras autobiografías de músicos. Aunque esos también los podría encontrar gratis y en digital, me dejé raptar por ellos, por el capricho de tener las palabras impresas de todos esos artistas en mi biblioteca. Días después me di cuenta de esa decisión inconsciente: soy música, soy música, soy música, me interesa la música y la vida de los músicos porque hago música y a pesar de todos los conflictos que eso me genera, simplemente no lo puedo negar, no lo puedo despegar de mí y de mi deseo y mi interés. Me acordé que hago música, que es de lo que más me gusta hacer, que he tenido un trayecto muy largo y que es algo que no puedo y no debo abandonar. Tuve que ir hasta otra ciudad para recordar quién soy, porque encerrada en las cuatro paredes de mi casa por momentos se me olvidaba.

Compré varios libros más por aquí y por allá y después de muchos años pude renovar mi biblioteca con algo escrito después del 2001.

el botín del paseo por las librerías de Teusaquillo

La Ciudad

“En la gran ciudad
Está el gran pequeño de la sociedad
Duerme en la esquina de la amargura”
La Gran Ciudad - Elia y Elizabeth

Llegamos a un mediodía nublado y lleno de tráfico, una bienvenida muy bogotana. La primera vez que salimos lo que más me impactó fue la cantidad de gente en las calles, en las rampas del Transmilenio, en el Centro Comercial, dentro de sus carros en la autopista. Sentí por primera vez un contraste evidente con Caracas donde hay un hueco gigante de las ausencias que dejó la emigración. No es que en Caracas no hay gente, la hay como en cualquier otra ciudad, pero hay un vacío que no sé describir, es algo que se siente, no se ve, incluso en sus lugares más concurridos. Al igual que el tráfico Bogotano, un tráfico que tenía años sin ver, no lo digo como algo positivo precisamente, pero sí me hablaba de una densidad poblacional muchísimo mayor a la de Caracas en la actualidad.

Pequeñas cosas me iban llamando la atención: las ciclovías con gente en monopatines eléctricos, las edificaciones, la forma abrigada de vestir que tiene el bogotano, las apps con las rutas del Transmilenio (que nunca me sirvieron de nada porque en mi experiencia el Transmilenio es más un lugar para perderse que para llegar a un sitio concreto a tiempo), las largas distancias y las direcciones que te dicen que es “aquí mismito” y las encuentras después de 7 horas caminando, 5 camioneticas y un taxi.

Nos dio fastidio ir a ciertos sitios que nos recomendaban todos, como el Monserrate o Los Chorros de Quevedo, porque somos unos distintos. La experiencia puramente turística (que es un chupón de dinero que preferí gastar en otras cosas), es algo que no estuvo nunca en nuestros planes que siempre tenían un objetivo concreto. La única y más importante parada turística que no podíamos dejar de ver fue la casa de Betty la Fea. Estoy segura que esa telenovela tuvo un impacto en todo niño millenial latinoamericano que veía televisión con su abuela. Recuerdo llegar de la escuela y poner RCTV mientras almorzaba para actualizarme con todas las aventuras y desventuras de los trabajadores de Ecomoda. La propuesta de una protagonista fea es algo que nunca se había visto antes y solo por eso se merece mil puntos de mérito. Creo que muchas niñas nos identificábamos mucho más con Betty que con Juana Valentina o las hermanas Morillo en Viva la Pepa.

Las palomas de la Plaza Bolívar, la escultura a la que alguien le puso una flor en el pie, las llamas en Las Candelaria, gigantes, peludas, tranquilas y suavecitas, con las cuales no me quise sacar una foto porque sé que me iban a quitar plata por eso, la mano gigante de Botero que parecía que estuviera a punto de pintar el dedo, las calles de Teusaquillo, los murales en todas, todas, todas partes, que llenaban la ciudad de color, la valla publicitaria que decía “dicen que ya nadie lee las vallas publicitarias, usted acaba de leer una”. Todas esas cosas se quedaron selladas en mi memoria como símbolo de Bogotá.

Muchas veces tenía una sensación de “futuro” (por falta de una mejor palabra) en muchas de las experiencias, si bien quizás superfluas o del día a día, que tenía en Bogotá. Días después me di cuenta de que más que ser un futuro es simplemente que llegamos a un lugar que tuvo un desarrollo alineado con el pasar del tiempo, a diferencia del estado de congelamiento general que dejó a Caracas años atrás en desarrollo cuando se compara con la región.

Los Amigos

“Por internet te conocí
y de ti tanto aprendí
por internet los conocí a
todos, todos, todos, todos”
Internet - Dadalú

Tuvimos la fortuna de ser alojados por mi mejor amigo y su familia. Él me presentó a la seguridad de su edificio como su hermana, al igual que muchas veces me ha presentado antes, y sí, efectivamente somos hermanos y la mamá que nos parió se llama The Mars Volta. Nuestra relación es y siempre ha sido atípica, nunca hemos vivido cerca y cuando nos veíamos pasábamos unas semanas juntos conviviendo en su casa o en la mía junto a nuestras respectivas familias. Así que él se volvió un poco parte de mi familia como yo de la suya. Primos lejanos que se visitan de vez en cuando. Hermanos, amigos, primos. Por lo tanto me atribuyo el título de tía con su hijo. De todos los apodos que he tenido en mi vida, que han sido muchos, ‘Tía Yuyú’ es de lejos el más hermoso. Qué iba a saber la Lorena de trece años bajándose Tremulant EP por Kazaa que gracias a esos mp3s terminaría siendo la tía de un niño hermoso, despierto, lleno de energía (no importa cuando lean esto) y con una personalidad única. El día siguiente de haber llegado nos despertamos a las 5am y él vino a saltar con nosotros en la cama mientras yo le cantaba “EVERYBODY JUMP!”. Una y otra vez le leí el libro de “Yondifu”, como él llama al Incal, joya de su papá que cuida como lingotes de oro (porque lo son) y que justo es el libro más fascinante para él, una y otra vez lo deja maravillado y asustado como si fuera la primera vez que se lo leen. Antes en nuestras visitas de la juventud podíamos pasar una tarde entera viendo partidos de fútbol coreano femenil, ir de desprovisto a casa de cualquiera de sus amigos o simplemente caminar por Guacara mirando a la nada y hablando de todo. Esta vez nos encontramos en familia junto a hijos, parejas y trabajos, cada vez más cerca de los cuarentas y la energía no solo siguió intacta sino que se enriqueció por quienes nos acompañaban. Casi todas las noches nos íbamos al balcón del apartamento a hablar tanto de nuestros conflictos presentes como los del pasado. La crisis de la mediana edad, como la canción que hicimos con nuestra banda Fábulas Pánicas en el tiempo que él estuvo en Caracas, se manifestaba una y otra vez en preguntas existenciales develando que la adultez es un momento de más dudas que certezas, algo que no esperábamos cuando nos conocimos hace más de 20 años con nuestras camisas azules y beige del liceo.

mi mejor amigo del alma y la nueva familia que hemos creado

Vi también a Ana Sofía, una amiga que tuvo un papel clave durante todo mi proceso de recuperación después de mis brotes psicóticos y de la separación que tuve con quien fue mi mejor amiga. Ana me hizo sentir acompañada durante esos años, compartiendo códigos de humor que me arropaban, recibiéndome en su casa montones de veces y animándome a volver a socializar y vivir cosas. Ella, como muchos de mis amigos más cercanos, emigró y teníamos muchísimos años sin vernos. El abrazo del reencuentro se sintió como un viaje desde el pasado al futuro, somos y no somos las mismas después de tanto tiempo. Nos pusimos al día como pudimos, hablando de la vida, las mascotas, la emigración, la familia, los bombardeos y todas esas cosas de las que hablamos los venezolanos. Ana también nos acompañó los dos días del festival, tripeamos un montón viendo a todas esas bandas que nos unieron en el pasado. Fue hermoso hacer de un sueño realidad a su lado.

Nuestro primer paseo por Bogotá fue a La Candelaria junto a mi amigo Julio y su pareja Alicia. Nos guiaron para recorrer ese laberinto llamado Transmilenio y nos acompañaron a los museos. Actualizarme con él fue tragicómico, los procesos de emigración son muy distintos para cada quien y su historia particular da para escribir un libro. Me hizo pensar en la separación forzada que hemos tenido con amigos que son soltados al mundo para que cada quién elija (o no) su propia aventura, y como tantas de las experiencias vividas solo se pueden revelar cara a cara porque si bien el internet se supone que debería conectarnos es una simple promesa abstracta que no se cumple porque los chats no pueden albergar de forma fiel un montón de experiencias complejas. Además que el compromiso de quedar en comunicación con quienes emigran es tan verdadero como el que hacemos con los compañeros del liceo el último día de clases mientras nos firmamos las camisas, nos prometemos seguir hablando y saliendo, pero ¿pasa? la respuesta no los sorprenderá. En mi experiencia me ha resultado difícil mantener una comunicación constante con todos mis amigos que emigraron, y un montón de detalles de su vida solo se me presentan a través de stories a las que reacciono con un corazóncito y chao. Nunca hablamos de eso, nunca nos echamos los cuentos, solo presenciamos a la distancia lo que otras personas eligen mostrar de su vida y la interacción se reduce a un ícono incapaz de demostrar nuestros verdaderos sentimientos.

las caras de “llegamos ayer del viaje y hoy nos paramos a las 5am”

La gente

“Mira como roban
Los venezolanos
Mira como matan
Los venezolanos
Mira como mienten
Los venezolanos
Si uno no supiera diría
Que son colombianos”

Orinoco - Aguas Ardientes

Partí del aereopuerto de Maiquetía con un miedo y un estigma: soy venezolana. ¿Cómo me van a tratar afuera? Mi experiencia me demostró lo contrario a lo que esperaba. Mientras caminábamos en las transferencias de Transmilenio encontré el paraguas más bello que vi en mi vida. Era transparente con fotos recortadas de gaticos bebé; me antojé como una niña chiquita de tenerlo. Mi primera interacción real con un colombiano fue con el señor que me lo vendió. Me preguntó de dónde soy y me dijo (parafraseo lo poco que recuerdo): tu país está bendito y las cosas van a mejorar allá. Después se lanzó toda una perorata religiosa pero dijo una cosa muy importante: el problema del humano es que confiamos en otros humanos (refiriéndose a los gobernantes), pero tenemos que confiar en Dios. Es verdad, no existe quién nos salve, todos estamos corruptos por default y el poder solo amplifica esa condición. Aunque sé que todo vendedor tiene que ser amable y convincente porque su meta es venderte algo, sus palabras eran algo que no esperaba y menos de mi primera interacción random con un colombiano. Fue un pequeño abrazo de bienvenida que me dijo que todo va a estar bien.

La relación entre Colombia y Venezuela siempre ha sido compleja, somos dos poblaciones que históricamente se han mezclado mucho. No hay venezolano que no conozca y se relacione con un colombiano (o descendiente de colombiano) y viceversa, por supuesto que esto solo se ha intensificado con la emigración de venezolanos en los últimos años. Por mucho tiempo fuimos nosotros quienes recibimos a los colombianos, que por la naturaleza conflictiva y bélica de Colombia, necesitaban otro hogar. Pero tampoco es que somos buenísimos por recibirlos, nunca falta un venezolano que le tiene una rabia y prejuicio al colombiano por default, hay muchísima gente que asume un montón de cosas de la naturaleza del colombiano solo porque sí. Ahora muchos de ellos han tenido la oportunidad de pagarnos con la misma moneda. It’s Karma, Kramer.

Una de las compañeras de trabajo que pude conocer allá tiene una banda buenísima llamada Aguas Calientes. Mientras caminábamos por la noche en Chapinero me dijo: escucha Orinoco. Fue una sorpresa tan grata como dura. Nunca había escuchado una canción sobre la relación entre nuestras dos naciones que pudiera expresar al mismo tiempo tanta crudeza y empatía a través el sarcasmo. Me ubicó bastante bien en la perspectiva que podía asumir sobre cómo nos relacionamos entre los dos gentilicios.

“Mira como bailan
Los venezolanos
Mira como ríen
Los venezolanos
Mira como lloran
Los venezolanos
Si uno no supiera diría
Que hasta son humanos”

De toda la gente que conocí orgánicamente, Matías, Daniela, Ronald y la Argentina fueron personas que nunca voy a olvidar.

Matías y Daniela

Todas las personas que nos atendieron en los lugares que fuimos eran atentas y amigables. Pude tener un par de conversaciones breves con quienes atendían librerías y tiendas de discos, me llevé en mi corazón a Matías y Daniela, que enriquecieron mucho mi experiencia de gastar plata a lo loco en libros y LPs, presentándome cosas que no conocía o agregando data interesante de lo que sí. Amables personas con quienes comparto la pasión por leer y escuchar música, algo que crea un vínculo (temporal) donde por unos minutos hablamos el mismo idioma ya sea a través de conversaciones sobre la química del tusi o sobre oráculos basados en canciones.

Ronald

El primer día del festival nos regresamos en una ruta del Transmilenio que abrieron especialmente para el evento y resulta que en el camino la conductora se perdió. Llegamos a una parada aún lejana de casa de mi amigo, sin batería en el único celular donde teníamos registrada una cuenta de Cabify y con el Power Bank en 0 power. Pequeña crisis. ¿Dónde coño conseguimos un lugar para cargar si no tengo el toquito* para el cable? ¿Y dónde coño conseguimos un enchufe? Entramos a un OXXO cercano para ver qué podíamos resolver y nos atendió Ronald. Después de que dijo un par de frases con un acento semi colombiano descubrí que era venezolano. Obviamente nos pusimos a hablar como si fuéramos amigos de toda la vida porque así funcionamos nosotros. Hablamos de Shakira y se lanzó uno de los comentarios más graciosos del viaje “tú sabes, Pies Descalzos, cuando Shakira era pobre”. Hablamos de los conciertos en el Poliedro de Caracas; Franco de Vita, Chayanne, cómo era esa otra época. Y como buen compatriota, que tiene empatía cuando ve a otro varado y pasando roncha, nos ayudó a cargar el celular, salvándonos la patria enormemente en un momento de urgencia. Sin Ronald todavía estaríamos perdidos en el medio de Bogotá sin batería en el celular.

Nunca te olvidaré, Ronald en los 15 minutos que estuvimos en el OXXO serviste risas, serviste enchufe para cargar, serviste anécdotas del Poliedro, serviste cuentos de tu familia. De verdad que nos hiciste la noche.

*toquito es el nombre universal de esa cosa con la que conecta el cable a la electricidad

La Argentina

En una de las exposiciones a las que fuimos con Julio y Alicia, cuya temática tenía que ver con la tecnología, había una pared que invitaba a los visitantes a escribir en un sticker las experiencias que han tenido en distintos momentos de avances tecnológicos y con la aparición de nuevos aparatos. El mural era fascinante y habían muchos testimonios escritos desde el humor. Quienes me conocen saben que mi risa es estridente y eso llamó la atención de una argentina que visitaba la exposición que me preguntó “a ver, ¿de qué te reís? mostráme”. Le indiqué varios de los que más me gustaban. Se cagó de la risa también y empezamos a hablar, en esos pocos minutos me contó la mitad de su vida, que viajaron con su pareja desde Argentina hasta Bogotá en una motorhome, hablamos de Venezuela, y hasta salí de la conversación con un chisme buenísimo de Wanda Nara (una celebridad argentina que conozco por mi adicción enfermiza a Martín Cirio). Sentí que en ese breve encuentro la conocí realmente como persona, una cosa extraña, una unión efímera donde ambas nos mostramos de forma transparente quizás con la excusa de estar fuera de nuestros países. Irónicamente no recuerdo su nombre, pero la llevo por siempre en mi corazón como La Argentina que recorrió toda Latinoamérica unida en una motorhome. Nos despedimos de forma afectiva, como si nos conociéramos de toda la vida, deseándonos cosas lindas.

El cuerpo

“Vomitar y vomitar y vomitar y vomitar”
Vomitando - The Kagas

De un tiempo para acá, incluso antes de la pandemia, mi tendencia ha sido la de la ermitaña. No salgo ni de la cama al living, máximo de la cama al escritorio dentro de mi cuarto. Una de las cosas que secretamente me daban fastidio de este viaje era el hecho de caminar, de cansarme, de sudar, de todo lo que conlleva habitar un cuerpo humano, pues. Lo que no sabía es que caminar vale la pena cuando tienes un buen sitio a dónde ir y cuando hay algo nuevo por conocer. Claro que caminar vale la pena para mantenerse vivo y sano, pero la verdad es que mantenerse vivo y sano no es muy emocionante. No miento al decir que tenía años sin caminar tanto, a pesar de que me malacostumbré muy rápido a las apps de taxis (que no necesito en Venezuela porque tengo un carro que funciona el 40% del tiempo). Una amiga en el liceo me enseñó que nunca hay que escatimar al comprar zapatos: son los que te mantienen pisando fuerte y en movimiento. Nunca le hice caso, no hay nada que me guste más que una copia de Nike al 10% del precio de un Nike real. No fue una buena combinación las distancias larguísimas de Bogotá con mis zapatos piratas. Y sin embargo caminé, y caminé y caminé y caminé y me perdí y caminé más y me sentaba de vez en cuando a agarrar mínimo pero seguía caminando. Nada más entrar al Estereo Picnic para mí fue como correr un maratón 200K, pero sarna con gusto no pica, bueno, pica cuando llegas a la casa y no aguantas el dolor de los pies y el solo hecho de pararte de la cama es lo que llamaría Catriel “un esfuerzo sobrehumano”. Mi cuerpo me demostró que a pesar de años de sedentarismo, aún funciona para llevarme de un sitio a otro.

En mi última cita con la psiquiatra antes de irnos le comenté una de mis mayores preocupaciones: tendría una cena con la gente del trabajo a quienes vería por primera vez en mi vida después de un año de trabajar juntos y me preocupaba mucho por mis modales en la mesa que son básicamente los de un niño de tres años (e incluso Gael, el hijo de tres años de mi amigo era más limpio para comer que yo). Me dio una serie de consejos que fui memorizando hasta el día de la cena como quién memoriza las respuestas para un examen. Llegué a la cena; no pudo ser mejor. Mis compañeros de trabajo resultaron ser unas personas muy simpáticas y divertidas, me sentí muy a gusto entre ellos. Entre vino, charlas y platos de comida que algunos reconocía y otros no, logré tener unos modales yo creo que bastante aceptables.

Todo era jiji-jaja hasta que me invitaron a seguir la reunión tomando algo en un bar y yo, que no aguanto dos pedidas para beber, obviamente dije que sí. Fuimos caminando por Chapinero hablando de los libros de Mariana Enriquez, de la música que hace otra de mis compañeras, todo estaba saliendo demasiado bien, yo no lo podía creer. Hasta que llegamos al bar. Una cosa rara que le pasaba a mi cuerpo en Bogotá (algo que tiene un nombre: soroche) es que cada vez que subía una escalera, una rampa o hacía cualquier acto de pasar de un nivel inferior a uno superior, me daba una descompensación. Llegamos al último piso y mientras hablaba con una de mis compañeras sentí el llamado diabólico, al mejor estilo Mariana Enriquez, del vómito. Ya vengo, voy al baño. Salí corriendo y apenas entré empecé a vomitar sin parar de una forma completamente salvaje mientras pensaba: coño de la madre, me tengo que venir a enfermar a otro país. En mi mente venían facturas de servicios médicos, hospitalizaciones, estar en mi lecho de muerte, etc etc. Varias veces traté de subir al piso donde estaban ellos para decirles que me sentía mal y necesitaba irme, pero cada vez que subía tenía que salir corriendo al baño a volver a vomitar. Ya para la última que me pidieron la dirección de mi amigo, fue muy tarde para salir corriendo y pasó lo más humillante que pensé que me podía pasar, algo que la psiquiatra y yo no calculamos: me vomité encima en frente de todos mis compañeros de trabajo. ¿Seguirán aceptando historias en Trágame Tierra de la revista Tú?. Su reacción fue decirme “Bienvenida a Bogotá”, entre risas, lágrimas, vergüenza y vómito, me despedí de todos y me fui en un Uber con una bolsa blanca gigante vomitando por todo el camino. José me esperaba en la puerta del edificio de mi amigo y yo no podía ni explicarle que fue lo que pasó. Llegué a la casa a seguir vomitando y hasta dormida seguía vomitando. A la mañana siguiente, que por fin podía hablar sin dejar mi bilis en la mesa tenía una de las mejores anécdotas de cenar con la gente del trabajo. También tenía la cara brotada de tanto vomitar, encima se me rompió un vasito del ojo y parecía Wes Borland de Limp Bizquit. En todo momento no dejaba de pensar “la psiquiatra se va a cagar de la risa cuando le cuente esto”. Efectivamente fui a terapia y se cagó de la risa, llegamos a la conclusión de lo impredecible que es la vida, que por más que te prepares para algo siempre habrá un ingrediente escondido en la cena que te intoxique y te haga pasar una de las mayores vergüenzas de tu vida.

no es el ángulo más agraciado, lo sé

El regreso

“What the hell am I doing here?
I don’t belong here”
Radiohead - Creep

Volvimos a la húmeda y calurosa Maiquetía, no sin antes ser cuestionados en ambos aeropuertos por la maleta llena de libros. Me pareció raro que una cosa tan inofensiva como un libro (o en este caso 16 libros en una maleta, para ser exactos) hiciera saltar tantas alarmas. En el camino de regreso a la casa, investigando ejem preguntándole a la ia ejem me enteré que hay un montón de formas muy creativas de traficar droga mediante libros. El ser humano es tan ingenioso como perverso y logra manifestar ambas cualidades mediante cosas como esa.

No esperaba menos de nuestro regreso; por supuesto que fue caótico e irregular como todo lo que pasa en este país. Después de fumarme un cigarro afuera del aeropuerto agarramos al taxista más mamarracho de toda Venezuela. Apenas nos montamos nos dijo que tiene que echar gasolina (you only had ONE job). Se baja y abre el capó, habla con todo el mundo, y hace un par de cosas más. Al arrancar el chamo de la bomba le grita “PERATE PERATEEEE”, resulta que nuestro entrañable taxista de confianza había arrancado CON LA MANGUERA DE LA GASOLINA AÚN METIDA. Este es uno de los pensamientos intrusivos más angustiantes que tengo cuando echo gasolina: me veo prendiendo el carro y explotando en mil pedazos. Apenas salimos de la bomba se vuelve a parar porque resulta que también tenía que echar aceite. Toda la experiencia tuvo ese aire de informalidad característicos de Venezuela. Si llegamos vivos a la casa fue porque ese Dios, en el que me dijo el señor de los paraguas que confiara, nos quiso mantener vivos.

Llegué afónica porque le ofrecí mi voz a Bogotá a cambio de felicidad, como la Sirenita. Se sentía raro estar en donde siempre (mientras escribo esto, después de tanto tiempo del viaje ahora se siente raro no haber estado en donde siempre), me hacía falta Gael y tener agua las 24 del día. Lisa la gata no nos quería reconocer al principio y se metía abajo de la cama de mi mamá, la muy safrisca. José dice que engordó mucho mientras no estábamos porque nos extrañaba. El cuarto con las computadoras y la televisión apagadas esperándonos después de quedar pausados en el tiempo. Mi mamá fue el ancla para volver a sentirme en casa, nos recibió con unas pizzas muy ricas que siempre prepara y le tuve que explicar porque tenía la mitad del ojo llena de sangre. Llegamos con mucho café, recuerditos (los ya clásicos imanes de nevera), y una maleta nueva llena de libros. Le echamos (casi) todos los cuentos del viaje a mi mamá y recordé lo divertido que es llegar de un viaje con un montón de experiencias nuevas para contar, hasta me llevó a donde la vecina para que echara esos cuentos. El de vomitarme en frente de los del trabajo es el top 1 en éxito. Visitamos a la familia de José y les llevamos sus recuerditos, especialmente a Joselyn a quien le traje muchas cosas de la casa de Betty la Fea, mi cuñada es la fan #1 de todo el mundo del universo Ecomoda.

Ha pasado más de un mes y todo el viaje se siente como un sueño. Un sueño hermoso lleno de felicidad como esos que tengo donde conozco a Björk o mi papá milagrosamente resucita y su muerte era toda una ilusión. Estoy en una dimensión extraña de volver al futuro donde pude ver cómo es la vida en un país “normal”, o lo más normal que puede llegar a ser Latinoamerica. Tuve una probada de cómo es el mundo que sí tuvo la oportunidad de avanzar en el tiempo. Y vuelvo a un presente anclado en el pasado, donde todavía hay mucho trabajo que hacer para nivelarnos, mínimo, con la región. Un país al que se le está abriendo una puerta extraña a punta de bombardeos y las posibilidades de ser algo distinto a lo que hemos sido en los últimos años (para bien o para mal) dejan de ser una fantasía. Sin embargo mucha de mi gente tiene una gran reticencia al avance, lo cual ya es histórico, y si quiera asomarles ideas como “decirle mona a alguien es racista” o “hay machismo en el país” genera escándalo y polémica. No sé qué tanto podemos lograr partiendo de una base tan rota que dudo que pueda ser remendada solo desde el poder. Parecen irreparables las fracturas sociales, emocionales, culturales, intelectuales, económicas y espirituales que dejaron tantos años de constante desgracia. Muchos no logran sanar las heridas que entorpecen la empatía ni emigrando ni quedándose. Aunque se sostiene esa hermosa cualidad de colaborar entre nosotros como la que demostró Ronald, que siento que es implícita en nuestras interacciones y espero que nunca desaparezca, a la hora de proyectarnos colectivamente no veo intenciones de querer elevar nuestra visión del mundo; eso es una lástima.

Sin embargo, como dijo Orlando Castro, banquero que sería encarcelado por lavado de dinero, en su publicidad del Banco de la República en medio de la crisis financiera que Venezuela vivió en los noventas:

Aquí estamos y aquí seguimos“.

🤷🏻‍♀️?

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