—Lo que pasó aquella vez fue que nadie estaba preparado para tanto calor. Y bueno, muchas familias ni siquiera iban mucho a ver a sus abuelos y abuelas, por lo que no se dieron cuenta cuándo se deshidrataron. Desde aquel año, cada ola de calor, los organismos del Estado envían mensajes a los celulares para pedir que, por favor, atiendan a sus familiares más grandes, sus amigos con enfermedades crónicas o las embarazadas.
Antoine con sus rulos rubios y su bigote y barbilla estilo rey francés me contó aquello mientras en sus piernas resguardaba a su pequeño bebé de menos de un año. En la ola de calor de 2003, Antoine y sus familiares, para protegerse del calor, se habían ido a una casa de campo, de la “campiña” como le llaman los franceses fieles a su estilo señorial, porque las paredes absorbían menos el calor y podían pasar el día en una cava, un sótano que muchos franceses usan para guardar sus vinos. Y acá está uno de los principales problemas: la mayoría de las casas, departamentos, edificios, mansiones, restaurantes, hospitales, bistros y cafés están diseñados para combatir el frío y la falta de luz invernal, que entre el sol y se quede a vivir tomando veinte caipirinhas. Cuando hay una ola de calor en Francia es como si una nube espesa y húmeda, salida del desierto de Sahara, te siguiese por toda tu existencia sin posibilidad de encontrar un oasis refrescante. Donde vayas hay eso de lo que escapas, eso que te persigue y te vuelve loco, que se te pega a la ropa: calor.
Algo de la historia ya la había escuchado cuando se anunció la segunda canicule (yo le digo ola de calor como la mayoría de los mortales) con diez días de temperaturas por encima de los 35 grados. En mi clase de francés que dan en un centro de formación para la integración y empleo de Dijon, lo había contado Laurina, nuestra profesora de ojos claros y sonrisa bonachona, con un dato que la verdad no podíamos creer con mis compañeros; la recuerdo de la época no era el asombro por las altas temperaturas, ni las escenas inéditas de personas bañándose en las majestuosas fuentes de agua de París sino la muerte de 13 mil franceses.. Ni Mario, un exbasquetbolista de los Chicago Bulls de la NBA en los noventa, ni Sharef, un dibujante sirio exiliado de su país por la guerra, ni Safete, una cuarentona emigrada de Kosovo que aún no puede irse de vacaciones por la falta de papeles porque Francia no reconoce a su país, pudimos salir del asombro. ¿De verdad eso había sucedido en un país “serio”, como Francia, lleno de normas y reglas que te venden como el modelo a seguir?¿De verdad eso había sucedido en un país “serio”, como Francia, lleno de normas y reglas que te venden como el modelo a seguir?
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Desde esa fatídica ola de calor, Laurina nos contó también que existen protocolos de las autoridades para atender a las personas de la tercera edad, los enfermos crónicos, las embarazadas; que podés llamar a un número para pedir la atención si no estás dentro de una base de datos; que hay horarios de calor extremo donde se restringen los trabajos duros y medidas obligatorias para que los empleadores tengan ventiladores y los lugares de trabajo refrigerados. Varias cuestiones se mezclaron aquella vez y continúan repitiéndose: una es la cantidad de muertos, la falta de una cultura para sobrellevar las altas temperaturas, el fenómeno de la soledad extendido por toda Francia y la nula preparación de las autoridades en términos de infraestructura. Vamos por la quinta ola de calor, perdón, canicule, y los sucesos que han pasado son surrealistas para alguien que tuvo una estadía de ocho años en Venezuela y sobrevivió al calor húmedo, pegajoso, asfixiante, de Maracaibo, conocida, antes de los apagones y la crisis, como una de las ciudades del mundo con más aires acondicionados.
Empecemos por ahí: en Francia, por ejemplo, el tema de los aires es un asunto político. Quienes alquilan pequeños áticos en París, por ejemplo, en edificios antiguos, deben pedir permiso a una dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura para poder instalar un mísero aire acondicionado. Ya hablar de ese proceso burocrático cansa, pero describe el punto de partida; la mayoría de los hogares franceses, casi el 80%, hasta esta ola de calor, la más grande en julio desde que se tiene registros, no tenía aires. Y de hecho, si uno osara, por ejemplo, poner uno en tu casa, sin consultar a tus vecinos o las autoridades, podías ser víctima de una condena social silenciosa. La bizarreada llegó a convertirse en un tema de debate político; Marine Le Pen de la racista Agrupación Nacional habló de un plan de instalación masivo de aires en 2025 y la líder del partido Ecologista, Marine Tondelier, junto con algunos medios de centroizquierda, como Liberation, criticaron el plan por promover equipos que gastan mucha energía y emiten calor. “¿Los aires acondicionados son de extrema derecha?”, se preguntó el programa Grandes Gueules del medio derechista BFM.
La discusión quedó enterrada este año cuando se masificó la venta de aires de pie y portátiles al punto de agotarse. Si, por ejemplo, se te olvidó hacerlo, o pensaste como yo que no valía la pena comprar algo que usarías solo un mes, la búsqueda online de aparatos te lleva siempre a un punto muerto, salvo que busques artefactos usados de hace más de diez años. La ansiedad por los aparatos fue tal que el supermercado Lidl, uno de los más populares y baratos de Europa, sacó una promoción de ventiladores y aires; el día de inicio de la oferta, hombres, mujeres, abuelas, abuelos, la mayoría afrofranceses de los suburbios de las ciudades, se pelearon por los aparatos con empujones, gritos y corridas retratadas en varios videos de redes sociales.Las escenas recordaron a los tumultos de los Black Friday en Estados Unidos, que se ven todos los años, o a esa película, El Regalo Prometido, de los años 90, donde Arnold Schwarzenegger pelea con Simbad, un actor afroestadounidense conocido de la época, para quedarse con un muñeco para niños que sale a la venta y se agota en todas las tiendas a las que van.
La historia describe un poco el punto muerto de la clase política y empresarial con muchos problemas; como, por ejemplo, el eterno debate sobre el déficit público que siempre recae en pensar en recortes a lo público, las pensiones, la salud, la educación, el seguro de desempleo, los medicamentos, y pocas veces en los impuestos que no le cobran a los más ricos desde el ascenso de Emmanuel Macron. Mientras los franceses se derriten, de manera literal, y la mayoría aprueba el uso de aires, el gobierno de Sebastian Lecornu, el primer ministro de Francia que funciona de pararrayos político de Macron, ha enviado emisarios a España para conocer qué hacen para pasar el calor en el país vecino. ¿Cerrar las ventanas en las horas calientes? ¿Usar ventiladores de pie? ¿Construir casas con galerías y tejados? Secretos guardados, de forma celosa, por las familias españolas que se sientan a conversar en las puertas de su casa con la ventisca de la tarde noche. Más de 20 años han pasado de la fatídica canicule de 2003, bajo el gobierno de Jacques Chirac, y el país parece en el mismo lugar del que partió aquella vez. Hasta el 22 de julio, los registros sanitarios franceses determinaron que 5.764 personas murieron durante la ola de calor, en su mayoría en París. En un solo día de junio, 25 lo hicieron por paros cardíacos según las autoridades. Otro tanto, la mayoría jóvenes, se ahogaron mientras se bañaban en canales, ríos, lagos y riachuelos. En las redes, un joven venezolano bromeó; “podré ser chismoso, mal hablado, pero jamás me bañaré en el canal San Martin”, en alusión a uno de los afluentes parisinos limpiados para los Juegos Olímpicos que rebosan de muchachos y muchachas bañándose en sus aguas marrones.
Sin embargo, dos tercios de los fallecidos fueron hombres y mujeres de más de 75 años. Una de las grandes razones de la muerte de los mayores es la soledad extrema. En noviembre, en la ciudad en la que vivo, Dijon, hubo un acalorado debate entre los dueños de las tiendas nocturnas de la ciudad y la alcaldesa, Nathalie Koenders, por su decisión de prohíbir que abrieran más allá de las diez de la noche por las denuncias de los vecinos sobre las personas que se juntaban afuera a tomar alcohol y conversar por la noche. Hakim Ben Mohammed, gerente del supermercado nocturno Le Tôt ou Tard y presidente de la Unión de Empresas Locales de Dijon, invitó a la alcaldesa a pasar por alguna tienda durante nochebuena para que viera la verdadera magnitud de la miseria social; “ves gente que vive sola y te dice eres la única persona que he visto en todo el día y la única con la que puedo hablar ". Las cinco ola de calor, perdón, de nuevo, canicule, lo han demostrado tanto que el primer ministro, Lecornu, ordenó a los trabajadores de La Poste, el servicio de correos estatal, que visitaran a las personas solas, le tomaran sus pulsos cardíacos, les dieran recomendaciones e hicieran censos sobre ellas para controlar su estado de salud.
Sin embargo, el gobierno francés ha sido todo lo que los europeos “esperan” de uno latinoamericano; ineficiente, poco previsor, tonto y demagógico. Porque si en cualquier país de esos tercermundista, como llaman a los nuestros, más de cinco mil personas mueren por algo evitable; el responsable hubiese sido el gobierno y se hubiese pedido su cabeza. En plena ola de calor, al gobierno de Macron y Lecornu se le ocurrió lanzar un programa para comprar 30 mil aires acondicionados para los hospitales y las escuelas. La iniciativa estuvo teñida de varias noticias bizarras propias de políticos Cantinflas latinoamericanos; Laurent Wauquiez, diputado de la Asamblea Nacional del partido Republicano, se filmó mientras entregaba tres gloriosos aires a un hospital de la ciudad de Vinne, en un hospital de Avesnes-sur-Helpe, le entregaron unos cuantos aparatos para resistir el calor, el problema llegó cuando quisieron enchufarlos y se dieron cuentas que estaban adaptados para tomas de corriente italianas, no francesas. Otro caso escandaloso fue el de la empresa Climloc, de dos jóvenes empresarios franceses, Victor Nihoul y Wesley Wasielewski, dedicada a alquilar una flota de dos mil aires acondicionados. Las redes sociales francesas explotaron cuando ambos contaron que, a veces, compraban aires, los alquilaban y los devolvían a sus vendedores originales en Amazon, y otras tantas se dedicaban a hacer compras compulsivas que agotaban los stocks para que hubiese más personas necesitadas de sus servicios. Si bien, al parecer, los comentarios fueron una maniobra de marketing para posicionar a Climcoc, los comentaron criticaron la forma en qué se aprovecharon de la actual crisis climática.
Todos estos vericuetos, que obvian los incendios masivos en la región de Burdeos y los recortes a los bomberos, me hicieron recordar una conversación de hace más de diez años con Osvaldo Girardin, miembro del Bureau de la Task Force en Inventarios Nacionales de Gases de Efecto Invernadero del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático. Él contaba que los más afectados por la suba de temperaturas y los eventos extremos serían los países más pobres, peor preparados en términos de infraestructura, y, por ende, los más humildes. Y no voy a poner a prueba esa verdad: sobran los casos de islas que se hunden por el cambio climático, hambrunas y emigraciones por sequías y quema de cultivos en naciones de África, Asia y Oceanía. ¿Pero qué pasa en los países ricos que parecen haber entrado en un proceso de declive cuasi permanente? Europa es uno de los continentes del mundo donde más aumenta la temperatura, y a la vez, uno de los menos preparados para el calor.
Porque al final quién pudiese imaginar que más de cinco mil personas, de las más ricas y mejor alimentadas del mundo, muriesen por una causa evitable como una ola de calor.

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