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Bruja Maldada · Aug 16, 2026

Piel de ángel

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Elisa Díaz · Bruja Maldada

Habían planeado ir juntos al cine y ver la nueva película de Nicole Kidman, pero desde el estreno nunca había entradas disponibles. Esta vez, Jorge se adelantó y nada más abrir la taquilla consiguió dos para el pase de las siete.

La esperó alejado del bullicio, cerca de las vitrinas en las que habían colocado los carteles de las nuevas películas. Le complació verla llegar y que lo buscase entre la gente. Su piel de ángel resaltaba entre todos los demás. Violeta se colocaba el cabello despeinado a causa de la prisa mientras recuperaba el aliento. Jorge se acercó despacio. Ella notó su presencia por el rabillo del ojo y se giró de inmediato con una sonrisa.

—Perdón por hacerte esperar.

Él sonrió.

—Ha merecido la pena.

Apagaron las luces de la sala y Jorge la cogió de la mano. Violeta dejó que sus dedos se entrelazaran con los de él. En algunas escenas, apretaba más fuerte y evitaba mirar a la pantalla cuando la hija de la protagonista hablaba en susurros a su hermano pequeño y, luego, se reía en su cara para asustarlo.

—Estás muy callada. ¿No te ha gustado la película?

Ella guardó silencio un momento.

—¿Cómo es posible que una madre mate a sus propios hijos?

—Es sólo una película.

—¿Crees que mamá sería capaz de matarnos a nosotros?

Fue Jorge quien guardó silencio esta vez. Y antes de entrar en la pizzería dijo:

—Quizá dentro de unos años puedan entenderlo.

A escondidas tengo que amarte… a escondidas como un cobarde… a escondidas cada tarde… te siento piel de ángel…

Su madre entró en la habitación sin llamar. Violeta se sentó en la cama y abrió el libro de historia por la mitad.

—Ay, hija, no habré escuchado veces esa canción en mi época. ¿Tú crees que tu madre no se ponía a cantar igual que tú? —dijo después de colgar las camisas del uniforme en el armario—, pues claro que sí. Pero de tanto escucharla vas a terminar aborreciéndola. Por favor, baja a poner la mesa, que la cena está casi lista.

—¿Puedo estudiar un rato? Mañana tengo examen.

Jorge apareció en la puerta de la habitación y enseguida notó que las mejillas se le habían puestos rojas.

—Anda pon tú la mesa, que tu hermana todavía tiene que estudiar.

—No te preocupes, mamá, me quedaré esta noche. Bajo con Jorge a ponerla.

Él sonrió agachando la cabeza para que su madre no lo viera.

Cruzó el pasillo para ir al laboratorio. Jorge estaba en la puerta de la clase hablando con Susana y unos compañeros sobre las pruebas de Selectividad. Violeta lo miró suspicaz y él le guiñó un ojo sin que se dieran cuenta. Casi se le cae la carpeta. Una sonrisa le asomó en los labios.

—Me lo vas a contar ahora mismo —le dijo Carmen.

—¿El qué?

—Quién te hace tener la cara de “estoy enamorada hasta las trancas”.

—No empieces con tus cosas, Carmen. Mi cara está normal.

El profesor de biología entró en el laboratorio y pidió silencio. Violeta respiró aliviada.

A las tres, el timbre dio por finalizada la clase y, al salir del colegio, se encontró a Jorge en la puerta. Hablaba con Carlos y Pedro y también estaba la pesada de Susana, que lo miraba con ojos de cordero degollado. Se acercó a saludarlos.

—¿Qué pasa, chicos?

La saludaron alegres, excepto Susana que la miraba de arriba abajo y no pronunció ni una palabra.

—Voy a casa, ¿te vienes?

—Adelántate tú, enseguida te alcanzo.

Carlos esperó a que Violeta se hubiera marchado.

—Joder, tío, mis padres me comprarían un coche si me llevara así de bien con mi hermana.

Los tres se echaron a reír.

—Me piro, tíos.

—Nos vemos el sábado por la noche, ¿no?

Susana, atenta a la respuesta de Jorge, se aferró a los tirantes de la mochila.

—Lo siento, chicos, el sábado hay cena familiar.

—Venga ya, ni que fueras el hijo del rey. ¿Desde cuándo un sábado se cena con los padres?

Rieron de nuevo y se despidieron con un choque de manos.

Corrió para alcanzarla. Se colocó delante de Violeta y le frenó el paso, miró a ambos lados de la calle para comprobar que no los veía nadie y, cuando ella iba a reclamarle algo, él la silenció con un beso. Violeta no supo qué hacer. Jorge la rodeó por la cintura y la acercó a su cuerpo. Ella puso las manos alrededor de su cuello y lo besó sin timidez.

Pasaron la tarde en el parque, tumbados en el césped, hablando de a dónde iría Jorge el próximo año. Él notó la tristeza de Violeta y empezó a hacerle cosquillas. Ella no paraba de reír.

Había anochecido.

Llegaron a casa y dejaron las mochilas en el suelo, a los pies de la escalera. Su madre preparaba la cena. Jorge se le acercó por la espalda y le plantó un beso por sorpresa en la mejilla. Aprovechó el susto para robar un pepinillo de los que decoraban la ensaladilla rusa. Ella le dio un manotazo.

—Primero, te lavas las manos. A la cena aún le faltan unos minutos.

—¿Te ayudo en algo, mamá? —dijo Violeta secándose las manos en el trapo de cocina.

—¿Me parece a mí o tienes sonrisa de enamorado?

—No empieces, mamá.

—Hija, ve poniendo la mesa, por favor. Tu padre llegará en cualquier momento.

—Te ayudo, Violeta.

Jorge salió detrás de su hermana con el mantel y los cubiertos.

El sábado, sus padres se fueron sobre las ocho. Le tocaba a ella elegir película porque la última vez eligió él y casi se muere de miedo con la niña fantasma. Prepararon unas pizzas en el horno. Violeta llevó al salón dos vasos y una botella de Coca-Cola mientras Jorge metía en el microondas una bolsa de palomitas de mantequilla.

Vieron sólo media hora de película. Jorge se lanzó a besarla. Ella se sentó sobre él, mirándolo de frente.

—Eres preciosa.

—¿En serio? ¿Susana no…?

—No seas tonta, no pienses cosas que no son —le acarició la mejilla—. Tu piel de ángel me provoca tanta ternura…

Ella lo fue besando despacio por la frente, los ojos, la nariz, besos tiernos que descendieron al cuello. Le retuvo el lóbulo de la oreja entre sus labios y Jorge atrajo su boca a la de él. Violeta lo agarró del cuello mientras su hermano la aprisionaba, rodeándola con los brazos alrededor de la cintura.

Jorge cortó el beso.

—Quiero seguir… hasta el final.

Ella se quedó un rato más sobre sus labios.

—Será mejor que recojamos el cuenco de palomitas que has tirado.

—¿Yo?

—Bueno, tu salto de tigre ha sido…

Los dos rieron a la vez.

—Debería darme una ducha de agua fría.

—Me parece buena idea, después, me la daré yo.

Jorge bajó a la cocina y sacó de la nevera un par de yogures de chocolate. Levantó la vista del postre cuando Violeta entró.

—Vaya, que sudadera más bonita.

—Espero que no te moleste.

—Te queda mucho mejor que a mí.

Se acercó a ella y la besó.

—Mamá y papá están a punto de llegar.

Él la miró a los ojos intentado decidir si la volvía a besar o no, pero Violeta le resolvió la duda y fue ella quien se lanzó a besarlo. Jorge la subió a la encimera. Tenía la respiración agitada y, aunque intentó controlarse, no pudo resistirse y pasó su mano por debajo de la sudadera.

—¡Jorge!

Violeta se separó de su hermano y bajó al suelo de un salto, colocándose el pelo y la ropa. Jorge le sostenía la mirada a su madre.

—Mamá, te lo puedo explicar —dijo Violeta con la voz quebrada.

El padre entró en la cocina.

—¿Qué ocurre? —Miró a su mujer. Luego, a sus hijos—. ¿Alguien me va a explicar qué es lo que pasa?

—Estoy enamorado de Violeta.

—¿Cómo dices?

Violeta se colocó al lado de Jorge y lo cogió de la mano.

—Y yo de él.

Jorge recibió un derechazo que lo tiró al suelo. Violeta se quedó paralizada al ver como su padre se ensañaba a puñetazos con su hermano. La madre se acercó a separarlos.

—¡Basta! ¡Basta, por favor!

El padre se puso de pie. Se masajeaba el puño y trataba de recuperar el aliento.

—¿Es que os habéis vuelto locos?

Violeta quiso levantar a Jorge, pero su madre la apartó de un empujón.

—¡No lo toques!

—¡No la trates así! —gritó Jorge con las pocas fuerzas que tenía—. La quiero. Aunque me matéis. Siempre la voy a querer.

Violeta mostró una sonrisa emocionada.

Esta vez, fue la madre quien le dio una bofetada. Jorge se levantó deprisa para defenderla y su padre, agarrándolo del brazo, tiró de él hacia atrás.

—¡Que sois hermanos, por el amor de Dios! ¿Es que no lo veis? ¡Esto está mal! —dijo la madre sin poder contener las lágrimas.

Violeta contestó con la voz apagada:

—¿Por qué, mamá? ¿Por qué está mal? ¿No quieres tú a papá?

—¡Tu padre no es mi hermano!

—No fue a propósito. Y no queríamos haceros daño. Pero nos quere…

—¡Basta! No quiero escuchar nada más. Desde este momento, no volveréis a vivir bajo el mismo techo. Tú —dijo el padre a su hijo— terminarás el curso y te marcharás a la universidad. Tu hermana se irá a vivir con la tía Julia.

—¿Qué? Ni loca. ¿Con la vieja del norte?

—Te aseguro que irás. Y te llevaré yo mismo hasta la puerta.

—¡No tenéis ningún derecho a hacernos esto! ¡Ninguno!

El padre ya había salido de la cocina y la madre los miraba con asco.

Pasaron semanas. Meses. Tía Julia vivía en Irún. Era una mujer seria y poco comunicativa, sin embargo, de un tiempo a esta parte se había mostrado más atenta con su sobrina. Los sábados la llevaba a pasear por San Sebastián. Se sentaban a tomar el té en la cafetería del hotel Londres, en una mesita cerca del ventanal y, de vez en cuando, suspendían la lectura y miraban el paisaje. Violeta fingía leer la mayoría de las veces. No avanzaba con la historia, las letras se le amontonaban al recordar la voz de su hermano «tu piel de ángel me provoca tanta ternura». Pestañeaba rápido y alzaba la mirada para contemplar el mar. Siempre acababa bebiéndose el té ya frío y de un sorbo y su tía la regañaba. No eran modales. Luego, se agarraba del brazo de su sobrina, bajaban los escalones que daban acceso a la playa y se quitaban los zapatos para hundir los dedos en la arena.

Una tarde, la llevó al Peine del Viento. El mar estaba tranquilo. Fue la primera vez que la vio reír desde que había llegado. Violeta se colocó sobre los “géiseres” y cuando las olas se acercaban dóciles contra el dique, el agua salía por los agujeros y le hacía cosquillas en las piernas. El viento le levantaba la falda y le revolucionaba el pelo. Se reía con ganas al ver que no podía mantener el control. La última tarde que se había dejado llevar fue cuando Jorge la silenció con un beso y estuvieron en el parque tumbados en el césped. Él había intentado animarla haciéndole cosquillas, y después habían vuelto a casa cogidos de la mano.

El día de su cumpleaños oyó la conversación que mantenían su tía y su madre por teléfono. «¿Y a Jorge y a Susana cómo les va en Valencia?», «Sí, sí, lo importante es que el niño esté contento, me alegro de que sea una buena chica para él», «Lo que cuenta es que las aguas han vuelto a su cauce», «Violeta es fuerte. Algunos días anda más callada, pero está bien».

No esperó a que terminara la conversación, se marchó a la habitación y tiró la mochila al suelo. No salió de allí en todo el día, a pesar de que su tía le había preparado una tarta de cumpleaños.

El viernes por la mañana desayunaban juntas antes de ir a clase. Violeta rompió el silencio.

—Esta noche, las chicas de la cuadrilla me han invitado a una fiesta. Por el cumpleaños de Arancha. ¿Puedo ir?

—Claro que sí, niña. Te hará bien.

—Es en San Sebastián.

—¿Y cómo vuelves?

—Me quedo en su casa. Mañana por la tarde podíamos ir a tomar el té.

—Muy bien. Ahora, vete o llegarás tarde a clase.

Se despidió con un beso y salió poniéndose la mochila en la espalda.

Por la tarde, el autobús la llevó a San Sebastián. Estuvo dando vueltas por el centro, paseando entre aquellas personas que iban de un lado a otro. Sobre las siete caminaba por la calle Zubieta, miró la cafetería acristalada del hotel donde su tía y ella tomaban el té y se encaminó por el paseo de la Concha. Un chico fotografiaba desde la barandilla un mandala gigante que alguien había dibujado en la arena. Avanzó por el paseo y dejó atrás aquella playa. Iniciaba Ondarreta. Los últimos surfistas salían del mar con sus tablas bajo el brazo. El sol se había escondido y mientras cruzaban la arena de la playa para volver a sus casas se los oía hablar de lo bravo que estaba el mar ese día.

El Peine del Viento estaba en penumbra. Caminó con cuidado, tratando de no resbalar en el suelo encharcado a causa de las olas que rompían contra la escollera. Los géiseres despedían agua con fuerza a cada embiste de las olas. Violeta dejó la mochila en los escalones y continuó hacia la escultura de hierro anclada en el muro de piedra. Se sentó en la base del dique, en la última esquina. Agarrada al borde, aceptaba los impactos del oleaje. El agua le iba mojando la ropa y el pelo y tiritaba, pero se quedó allí, aguantando el choque del mar, reviviendo los besos de Jorge y sus caricias. Cuando ya tenía los huesos calados y pocas fuerzas, se soltó del muro y dejó que el mar la recibiera. Por un momento, pareció que quería llevársela lejos con la resaca, pero volvió a acercarla de inmediato. Las olas la zarandeaban, la escupían contra las rocas y rasgaban con cada golpe su piel de ángel.

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