La puerta parecía pequeña comparada con ese muro alto, largo y grueso de color ocre que daba paso al cielo. Pero, en realidad, era una puerta inmensa de oro macizo que siempre estaba abierta y de la que salía una luz tan potente que algunas almas no la soportaban. Cientos de ánimas se amontonaban en la enorme explanada que había frente a la puerta de oro. San Pedro, con sus dos llaves fijas en el cinturón de la túnica, no perdía detalle y permanecía atento en el umbral de la puerta para supervisar la entrada de las almas recién llegadas. Traspasada la luz, las almas de los familiares ya fallecidos las recibían en la calle Bienaventurados, formada por una hilera de casas de color marfil con tejados brillantes y decenas de eucaliptos. Algunos ángeles organizaban por grupos a las almas nuevas para que pudieran descansar en sus estancias correspondientes.
No muy lejos de allí, rodeado de mimosas, el angelillo travieso se divertía montado en un unicornio blanco con crines de colores y cuerno dorado.
El angelillo travieso bajó de un salto del unicornio y corrió hasta donde estaba su amigo.
—Hoy es el gran día.
—Sí, por fin podrás ver a tu madre.
—Deberíamos repasar el plan.
—Tranquilo, inventé una historia para san Pedro.
Los dos amigos reían cómplices de camino a la calle Bienaventurados. Allí, saludaron alegres a las ánimas y, con un guiño, cada uno fue a ocupar su lugar. El angelillo se mezcló entre un grupo de almas jóvenes y su amigo se acercó hasta la puerta de oro. Atento a san Pedro y a su cómplice, esperaba el momento adecuado. La oportunidad apareció y el pequeño aceleró el paso para atravesar el umbral sin ser visto, pero el santo lo agarró de la túnica cuando llegó a la explanada.
—¿A dónde vas, criatura?
—Quería salir a recibir a las almas nuevas —dijo con una sonrisa.
—Soy viejo muchacho, pero no tonto. Anda, pasa para adentro otra vez. Y tú —dijo dirigiéndose al amigo— deja de inventar historias y acompáñalo al coro.
Ambos amigos planeaban el siguiente intento mientras se dirigían al oratorio. Subiendo las escaleras del edificio, el angelillo y su amigo oían a los ángeles cantar el Aleluya. Santa Cecilia les indicó con la mano que pasaran a la sala y se pusieran en primera fila con los angelillos más jóvenes. Al cabo de un rato, el angelillo solo movía la boca y miraba de reojo a su amigo para decirle que el ensayo se alargaba demasiado. Fue en el descanso cuando salió deprisa del oratorio sin que la directora se diera cuenta.
Antes de bajar las escaleras, el angelillo se fijó en la hilera de casas que formaban la calle Bienaventurados y, un poco más al fondo, en la puerta de oro. No estaba lejos. Quiso marcharse, pero dos ángeles subían en dirección a él cargados con una pila de libros y tuvo que esconderse detrás de una de las columnas y esperar a que ambos hubieran entrado.
Cerca de la puerta de oro, se ocultó tras un eucalipto. Dejó su lugar cuando san Pedro abandonó su posición un momento para dirigirse hacia la enorme explanada. El angelillo avanzó rápidamente hasta el umbral de la puerta, donde se detuvo al escuchar los gritos.
Tres almas grises emitían voces de súplica y angustia al tratar de acercarse a la luz. Sus familiares fallecidos habían salido a recibirlas, pero las almas seguían sin poder avanzar. San Pedro les pidió a las familias que retrocedieran y volvieran enseguida a la entrada. Un ejército de ángeles comenzó a salir por la puerta de oro y con paso firme se extendió por toda la explanada. Se ordenaron en filas, desplegaron las alas y alumbraron con las lámparas de luz eterna en dirección a las ánimas.
La madre de una de las almas se arrodilló y juntó las manos para orar. El angelillo rezó a su lado y los demás familiares se unieron también. Una legión de espectros negros acudió en respuesta a los gritos de angustia y arrastró a las almas hacia una niebla espesa y oscura. Uno de los Arcángeles dio orden al ejército de replegarse y entrar de nuevo en el cielo. El angelillo aprovechó para escapar y san Pedro, que lo había visto, lo detuvo a tiempo.
—¿No te he dicho que no puedes salir?
—Es que tengo que ir a ver a mi madre.
—No puedes ir sin motivo específico.
—Ella me está esperando.
—Comprendo —dijo el santo con ternura—, pero ahora no puede ser.
Él intentó protestar.
—Sé obediente y trata de colaborar en alguna tarea.
El pequeño se dirigió hacia el oratorio en busca de su amigo. Sin embargo, no encontró a nadie porque el ensayo había terminado. En la plaza de las Glicinas, cerca del salón de manualidades, un grupo de almas adolescentes jugaban al balón. El angelillo se acercó a preguntarles por su amigo. «En Tareas Comunitarias» contestó uno casi a gritos mientras hacia un tiro a la portería. El angelillo corrió por el bosque de jacarandas hasta llegar a una casa de color turquesa y tejas blancas, rodeada de arces rojos. Pasó al interior y guardó silencio. Trataba de entender por qué todos los ángeles niños se ponían delantales de distintos colores. Su amigo se colocaba uno de color azul cuando él lo interrumpió.
—¿Para qué es ese delantal?
—Para poder ir al hospital y ayudar a una persona a venir aquí.
—¿Con uno de esos puedes bajar?
—Sí.
—¿Quién te lo ha dado?
—Ese ángel de ahí —y su amigo le señaló a un ángel de pelo rojizo con una cinta de seda azul en la cabeza.
El angelillo se acercó a él.
—Yo también quiero ayudar.
—Con este delantal amarillo podrás ayudar en el altar mayor.
—No, no. Quiero ir al hospital.
Su amigo preguntó:
—¿Y si él hace mi tarea y yo la suya?
El ángel los miró con dulzura.
—De acuerdo, podéis intercambiaros el delantal.
El angelillo abrazó a su amigo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Ahora, san Pedro me dejará salir.
Llegó a casa de sus padres cuando todos dormían. En la encimera de la cocina había dos vasos con restos de leche con chocolate y el angelillo travieso los miró sonriente. En la habitación de sus hermanos, que también había sido la suya, saludó a su oso marrón. Estaba sentado en la silla del escritorio y parecía hacer guardia, esperando a que él llegara. Miró uno por uno los dibujos pegados en la pared con trozos de celofán y recordó a Nico y a Sebas coloreándolos con él en la mesa redonda de la sala de juegos. Su hermano pequeño había colocado todos sus peluches alrededor suyo y Nico abrazaba el unicornio que le habían regalado los Reyes Magos antes de marcharse. Se despidió de ellos y cruzó el pasillo para entrar en la otra habitación. Se acercó a su padre y lo abrazó con compasióny cariño. Su madre dormía tranquila, pero él se abalanzó sobre ella sin importarle que se despertara. Le cantó al oído la canción de cumpleaños y le dio un beso en la cara. Ella, sin despertarse, se llevó la mano a la mejilla.
—¿Martín?

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