Lo que antaño eran pecados, hoy son maldades, y, como ya no somos pecadores, solo nos queda ser malos. La literatura se convierte, entonces, en una herramienta para encontrar pecados que son delitos y delitos que son pecados y los wokeros y sus alumnos wokeados se convierten, a su vez, en clérigos laicos y, las Facultades de Letras, en los nuevos Consistorios de Ginebra (la KGB de Calvino).
Sería bueno que todo aquel que vaya a pagar una matrícula en una Facultad de Letras y, más concretamente, en un grado que incluya una o varias asignaturas de Literatura, dedique –antes de gastarse el dinero– un tiempo a visionar los seis episodios de la serie La directora (The chair), pues, en las tres horas que dura la serie, las guionistas Amanda Peet y Annie Julia Wyman logran transmitir perfectamente el estado de putrefacción en el que se encuentra la enseñanza de la literatura en las universidades de la anglosfera, que es, por cierto, el mismo que podemos apreciar en las sucursales españolas de esas universidades.
En esta serie, la actriz Sandra Oh interpreta el personaje de Ji-Yoon Kim, la directora del Departamento de Inglés de una universidad estadounidense que tiene que enfrentarse a dos cursos crepusculares: por un lado, el del wokismo descerebrado y visceral de sus alumnes y de les profesores más jóvenes y, por otro lado, el de una Santa Compaña de catedráticos del Pleistoceno que dedican los estertores de sus vidas académicas a seguir dándole vueltas a la doxografía como auténticos burros de noria. Vamos a criticar, seguidamente, estas dos especies de artistas del timo universitario.
Los wokeros son el resultado de la recuperación y actualización posposmoderna de la perversa distinción calvinista entre elegidos y réprobos: si te va bien en la vida, es que Dios está contigo; si te va mal, es que no lo está. Este lema instruyó, en su día, la doctrina del Destino Manifiesto, que instruyó, a su vez, todo el imperialismo genocida de Inglaterra (si tienes, lector, interés en este asunto, te recomiendo la lectura de La virtuosa Extraña, allí me ocupo por extenso del expansionismo criminal de los británicos).
De aquellos polvos del dualismo y el exterminio procede el lodo wokista de las anglouniversidades que las giliuniversidades españolas han asumido en loor de necedad y hedor de indignidad: acabo de recibir un call for papers para un congreso en el que se va a tratar de «Economía libidinal, queerness y espiritualidad: aproximaciones a la política de la literatura místico-erótica» y he pensado que todos los que callan ante esta voladura de la universidad son tan culpables como los dinamiteros.
Los wokeros, incapaces de superar el maniqueísmo más ramplón, convierten a sus alumnos en mónadas infelices y enfermos abocadas al consumo y a la queja, a tener como uno de sus principales objetivos la reparación de un agravio (ser mujer, ser vegetariano o ser de pueblo) paradójicamente irreparable: Sísifos de la pena y devotos de la reparación, así los quieren. Y siempre dolientes: víctimas contra victimarios subidos en una atracción de tontos de choque.
Sus alumnos entran en la Facultad, se confirman o se adscriben a una mayoría, militan por la emancipación, se sirven de la literatura tanto como arma de defensa, como de ataque, y viven la trascendencia de forma vicaria; su lucha es una deturpación payasa de la épica; su Odisea, la consiga; su objetivo, la reparación de lo irreparable.
Sus alumnos no pueden tener más expectativas que la guerrilla y la necesidad, pues toda mejora de su estado pondría en entredicho las razones de su lucha (si no hay opresión, no cabe la emancipación). Para ser íntegros, tendrán que vivir sojuzgados de por vida (víctimas de por vida); sucede que, si les va bien, este medro les puede llevar a preguntarse por la distancia que se da entre su bienestar objetivo y la situación de oprobio que aseguran sufrir y a tener que enfrentarse, entonces, al verdadero dilema: abjurar de lo que han sido y lo que han dicho o pasar el resto de sus vidas en la cárcel del cinismo y la retórica.
No tienen más horizonte que la renuncia (Greta Thunberg no puede coger aviones) o la impostura (Jeff Bezos y Bill Gates yendo a la Cumbre del Clima de Escocia en sus jets privados). Este es el punto al que les conduce la vocación disolvente y polémica de las anglouniversidades y sus franquicias de España.
Patología, guerrillas, consumo febril, cinismo, soledad, dependencia y una atosigante policía puritana, pues la exigencia de virtud por parte de estas gentes neocátaras las convierte en monstruos totalitarios, ya que nadie puede satisfacer sus exorbitantes demandas. Son titanes de lo que se ha dado en llamar virtue signalling (postureo ético). Lo que antaño eran pecados, hoy son maldades, y, como ya no somos pecadores, solo nos queda ser malos: este es el perverso judo que practican estos neocátaros de pacotilla.
Toda disidencia o error no revela una equivocación, sino una maldad. La literatura se convierte, entonces, en una herramienta para encontrar pecados que son delitos y delitos que son pecados y los wokeros y sus alumnos wokeados se convierten, a su vez, en clérigos laicos y, las Facultades de Letras, en los nuevos Consistorios de Ginebra (la KGB de Calvino) y todos se conjuran para perseguir y neutralizar a los pecadores o infractores y sucede que en los claustros, pasillos, aulas y despachos se lleva a cabo una miserable persecución de los malos, un acoso violento a todo aquel que ellos consideran réprobo. La indignidad moral de estos ultraclérigos-woke es muy similar a aquel feísmo que Álex de la Iglesia se imaginó en Acción mutante (una película de 1993, cuando esto de ahora era impensable).
La segunda especie de profesores timadores la conforma la soporífera Santa Compaña de los doxógrafos. Los doxógrafos, desde la antigua Grecia, han sido los compiladores de opiniones, pero también de doctrinas y conocimientos científicos, los encargados de preservar los contenidos de la tradición.
«Doxografía» es un término que, a pesar de que se acuñó en el siglo XIX (por Hermann Diels, en su Doxographi Graeci), alude —como decía— a un fenómeno de transmisión de saber que se remonta a las primeras etapas de nuestra tradición cultural y que tendrá su máximo apogeo durante el Humanismo. Piensa, lector, que parte o todo lo que conocemos de Anaxágoras de Clazómenas, Anaximandro de Mileto, Anaxímenes de Mileto, Aristóteles de Estagira, Arquelao de Atenas, Demócrito de Abdera, Diógenes de Apolonia, Empédocles de Agrigento, Heráclito de Efeso, Hicetas de Siracusa, Hípaso de Metaponto, Hipón de Samos, Jenófanes de Colofón, Leucipo de Mileto, Metrodoro de Lámpsaco, Metrodoro de Quíos, Parménides de Elea, Pitágoras de Crotona, Platón de Atenas, Tales de Mileto, es gracias a las Opiniones de los físicos de Teofrasto y, por este motivo, Hermann Diels lo considera el primer doxógrafo. Pero piensa, también, que, si conocemos las Opiniones de los físicos y Sobre las sensaciones, de Teofrasto, es gracias a: Aecio, Alejandro de Afrodisias, Cicerón, Diógenes Laercio, Filón de Alejandría, Filópono, Galeno de Pérgamo, Plutarco de Queronea, Proclo, Simplicio y Tauro.
La doxografía es un ejercicio fundamental para entender nuestra tradición literaria y filosófica: esta es su parte positiva.
La parte negativa de los doxógrafos es su acriticismo. La doxografía es el recurso de quien no dispone de un conocimiento sistemático y crítico de la literatura y se miente ese conocimiento mediante el ensamblaje y la exposición de citas de autoridades seleccionadas al dictado de su capricho o conveniencia.
Nicolás Gómez Dávila denunciaba que: «Con retahílas de nombres célebres el ignorante emborra las grietas de su raciocinio». Y así es. Con las teselas que su erudición les procura, los doxógrafos construyen sus críticas-mosaico, dan gato (tedio) por liebre (criterio) y se quedan tan contentos… ahí, en esa ludoteca del corte y la confección, incapaces de advertir que el lucimiento de sus musculitos sabihondos es una ridiculez, algo más propio del circo que de la universidad, a no ser, claro está, que esta se quiera convertir en un circo o en una tarima de culturetismo.
Imagínate, lector, la siguiente escena: te vienen unos alumnos y te dicen que tal profesor les ha dado una lista con veinte definiciones de literatura; les preguntas si les ha dado también la suya, la que él ha construido o la que él ha escogido de entre esas veinte, y te responden que no; les preguntas si el profesor ha contradistinguido esas veinte definiciones para determinar cuáles de ellas explican de mejor manera el fenómeno de la literatura y te responden que tampoco, te dicen que se las tienen que aprender, que eso es todo. Sabe, lector, que aquel profesor es un doxógrafo, un fraude, un timador. Sus alumnos acabarán el curso sabiéndose veinte definiciones de literatura para nada. Y todo así. Que si Borges dice…, que si Steiner dice…, que si Foucault dice…, pero nada que hacer con aquello que se ha dicho.
Estos individuos se limitan a mostrar a sus alumnos una rapsodia de autoridades como lo haría una sapientísima cacatúa computacional. Los profesores culticacatúa son incapaces de trascender la erudición y ponerse a pensar la literatura, son solosabios para nada, un kitsch redomado de kitsch, unos cachivaches cuando la Inteligencia Artificial.
Los doxógrafos tienen, no obstante, un punto entrañable; en este sentido, son como aquel Hirō Onoda, el soldado del ejército imperial japonés que, hasta 1974, es decir, hasta veintinueve años después de haber acabado la Segunda Guerra Mundial, ignorante de todo ello, siguió en lucha contra el ejército americano en la isla filipina de Lubang. A estos soldados japoneses que, como el teniente Onoda, se emboscaron en las selvas del sudeste asiático y no rindieron sus armas se les llamó Zan-ryū Nippon hei («soldados japoneses dejados atrás» o, simplemente, «rezagados»). Los doxógrafos pertenecen a este linaje o feligresía del rezago, de ahí que nos despierten ciertas dosis de ternura, pero también un riguroso sopor.
Por todo ello, si vas a pagar una matrícula en una Facultad de Letras y, más concretamente, en un grado que incluya una o varias asignaturas de Literatura, averigua, primero, el número de wokistas y doxógrafos que allí imparten docencia (en otros artículos me he ocupado de las otras dos especies de timadores: los sensibleros y los retoricosos) y ten por seguro que no podrás evitarlos, porque son legión pandémica y rupestre, pero asegúrate, al menos, de que haya alguno en el Departamento que cumpla su contrato y que verdaderamente quiera y pueda enseñarte literatura. Si no lo encuentras, recuerda, entonces, lo que ha visto en La directora e imagínate sentando en aquellas aulas y expuesto a aquellas lecciones y no olvides que los figurantes que aparecen en la serie, a diferencia de ti, cobraron por ello.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).

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