Por más que se intenten ocultar, los cadáveres acaban siempre emergiendo a la superficie para mostrar que se ha cometido un crimen que exige reparación, y para dejar claro a todo aquel que tenga ojos que el engaño no puede persistir ni un minuto más. Las invasiones bárbaras promovidas por el anglosionismo que España está padeciendo en las últimas horas evidencian que nuestro país lleva ya demasiado tiempo siendo una nación sin Estado propio, intervenida por poderes extranjeros. Estamos intervenidos en el Gobierno, en la oposición, en los medios de comunicación, en los servicios de inteligencia, en la universidad, y hasta en el espinazo mismo que debería servir para cohesionarnos y protegernos; esto es, en la Monarquía borbónica, que no solo se muestra dócilmente chihuahua ante el tiránico y expansionista Marruecos, sino que se afana en proclamar nuestro sometimiento a la Europa vonderleyeniana. Pero, claro, a estas alturas de la película qué vamos a decir de nuestros queridísimos Borbones, cuya llegada al trono ya nos costó Gibraltar en 1713 por medio del Tratado de Utrecht, y quienes en su origen dinástico, en el reino de la Baja Navarra, se abrazaron de la mano asesina de Juana de Albret al calvinismo, haciendo a partir de entonces gala de un espíritu oportunista y traicionero como el mostrado por Enrique IV con su “París bien vale una misa” o por nuestro Fernando VII con su “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”.
Estamos en una situación de emergencia nacional porque tenemos pueblo, pero no tenemos Estado propio y porque por no tener, no tenemos ni tan siquiera eso que Althusser llamaba con intencionalidad cientifista “aparatos ideológicos del Estado”. Tenemos, qué duda cabe, instrumentos de propaganda y control que nos ponen al servicio de intereses enemigos y extranjeros. Pensemos, por ejemplo, en los partidos políticos, representantes todos de una ciudadanía que no existe, no ha existido y, si tenemos suerte, jamás existirá. Partidos que funcionan al margen de un pueblo español cada vez más diluido en un aguarrás protestante disfrazado de laicismo y, pese a todo, plenamente existente. Por una parte, tenemos al PSOE y al PP, a aristo-suresnitas y a aristo-popperianos, engrasándose los esfínteres con mantequilla francesa jacobina como la que Marlon Brando le endilgaba a aquella pobre niña en El último tango en París para así entregar España a EEUU y a Israel de la manera más abyecta y degenerada posible. (Si alguien duda de lo dicho, que se pregunte qué se ha hecho desde estos “partidos de estado” para esclarecer la brutal masacre que, según dicen los expertos en el tema, nos infringieron con los atentados del 11M los anglosionistas, entonces, como ahora, con ayuda marroquí).
Pero, por otra parte, tenemos al sector de la oposición formado por la izquierda alternativa y soberanista, rendida a un discurso LGTBIQA+ reescrito en clave de emergencia climática y Objetivos de Desarrollo Sostenible. Este discurso es totalmente contrario a la existencia de Estados autónomos pues, por más que ahora se presente como woke, fue ideado hace casi sesenta años por medio del Mayo del 68 que los yanquis orquestaron para acabar con el cabal soberanismo de De Gaulle y para dominar a los países del primer mundo mediante la consagración de los genitales como el nuevo hipotálamo del ciudadano común y la transformación de la paja y el dedo en escudo social, en manumisión, en liberadora misión de la mano. Este discurso de izquierda neoliberal es abiertamente contrario a la existencia de un Estado español, anclándose en un falso internacionalismo que sustituyó primero a Jesucristo por Karl Marx, y ha acabado subsumiendo las barbas de este en los húmedos pliegues penevulvares de las teorías propuestas por Judith Butler (¡ya se imaginarán el olor!). Podríamos pensar, sin embargo, que los partidos patrióticos y constitucionalistas españoles que se oponen a PSOE, PP, Podemos, Sumar, ERC y demás derivados marcan la diferencia en este sentido. Y, de hecho, es cierto, la marcan a hierro, pero porque son los mayores aliados de las potencias que han provocado que, a 1 de agosto de 2026, España sea una nación sin Estado que, como quien dice, lleva décadas, o más bien siglos, en vías de descolonización frustrada.
El mayor de los escándalos (tan grande, que ameritaría, de existir un Estado español, la promulgación de una ley que retirase la ciudadanía a los culpables) es el que está protagonizando en estas horas aciagas el partido heredero de las doctrinas del Obispo Don Oppas, aquel traidor que facilitó la invasión musulmana en el año 711. Es decir, Vox, cuyos dirigentes, siervos de Marruecos, Israel y EEUU, no solo no tienen el mínimo arrojo de exigir responsabilidad a sus amos, sino que siguiendo la estrategia de Pedro Sánchez, que culpa a las mafias (y no a la entente anglosionista) de la invasión marroquí, excluyen por completo de esta operación de guerra híbrida a los anglosionistas y pretenden que la población española trague su hipócrita argumento islamófobo. Si algo nos muestra, además, esta actitud de Vox es que el nacionalismo (idéntico en su estructura al de los sionistas independentistas catalanes) es por naturaleza anti-patriota, conformando una falsa defensa de la nación que no es más que la defensa de los intereses de autodeterminación calvinista de un conglomerado de élites adineradas que se consideran elegidas y que no tienen más escrúpulos que los de su porvenir.
Pueden concluir, con todo, que hay esperanza en el mundo, y que siempre nos quedan los partidos constitucionalistas, al estilo de Izquierda Española, espacio repleto de gente sensata, moderada, aseada y, la mayor parte de las veces, guapa. Pero estaríamos por enésima vez confundiendo el medicamento milagroso con el letal agente bacteriano que causa la enfermedad, porque si algo va en contra del pueblo español, hasta el punto de imposibilitar que tengamos Estado, es el cerril jacobinismo de impronta desacomplejadamente francesa que defiende este partido. Su noción de la ciudadanía, puramente contractual y basada en legalismos distópicos e inhumanos, está infectada del mismo mal protestante de la autodeterminación que anima los nacionalismos que ellos mismos dicen combatir.
Hay que proclamarlo, por lo tanto, de la manera más clara posible: España, por obra y gracia de la entente anglosionista, tiene pueblo pero no tiene Estado propio, mientras que, de manera nada inocente, los independentismos catalán, vasco o incluso gallego, no tienen el pueblo que aseguran tener, pero sí un Estado fuerte y extranjero, formado por Israel y EEUU, que les proporciona un placebo estructurante, un bótox de baratillo que les permite diferenciarse estéticamente de una España que, por triste que resulte, obedece a sus mismos jefes. Esta sustancia alucinógena que estataliza naciones enteras para ponerlas al servicio del anglosionismo se adapta a cada una de las realidades, tomando forma, en el caso de los independentistas catalanes, de supremacismo europeísta repleto de charmé beethoveniano que encuentra su ideal regulador en el sionismo, pero transformándose en antisionismo de silbato en los casos vasco o gallego, que hacen depender su liberación nacional, no de tal o cual política de reindustrialización, sino de la agenda LGTBIQA+ revestida de emergencia climática que ha sido creada, como ya he explicado, por los despiadados servicios de inteligencia yanqui en 1968.
El anglosionismo sigue siempre una misma lógica de división y engaño, intentando modificar la percepción de los ciudadanos occidentales hasta confinarlos en una cárcel psicodélica que ponga límites estrictos a su capacidad de discernimiento. Defienden una cosa y la contraria; son, por ejemplo, el principal motor del terrorismo islámico, pero también su enemigo número uno porque tienen como fin imponer por doquier un ethos islamófobo que haga que las mayorías se abracen a la occidental Israel y a EEUU, defensor del mundo libre; con la misma, apoyan de manera criminal a Marruecos contra España porque saben que, de esa manera, habiendo creado ellos el incendio, además de minar por completo nuestra soberanía, aumentarán las posibilidades de que declaremos una cruzada nihilista contra el Islam, pero no en nombre de los valores católicos (que ellos han exterminado con el puritano puterío del amor libre y el divorcio fordista), sino en defensa de su derecho a erigir una demoníaca y genocida Nueva Jerusalén a nuestra cuenta y riesgo.
España es una nación sin estado propio, sí, pero es una nación sin estado que se mantiene con vida en base a un pueblo (incluso una civilización, la hispana) que es imposible negar. Necesitamos de manera urgente una estructura política estatal que vehicule nuestras ansias de organización en base a una justa noción del bien público que, de reconectar con lo mejor de nuestra historia, sería revolucionaria en estos tiempos de destrucción del ser humano y nos ayudaría, además, a sortear las trampas que nuestros enemigos nos van poniendo en el camino. No sabemos cómo ni cuándo, pero, o bien acabamos alumbrando una especie De Gaulle español que sepa manejar la vieja novedad de esta edad de hierro en la que la UE nos trata como a perros, tirando sádicamente de la correa al mandado de Trump-Netanyahu-Mohamed VI (vean las declaraciones que ayer han hecho Von der Leyen o Meloni, sin nombrar al culpable y acusando a la víctima) o llegará muy pronto un día en que no seremos ni tan siquiera siervos, sino esclavos de una élite poshumana que nos quiere solos, divididos e idiotizados.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.

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