En los últimos días, me he topado varias veces con este patético nuevo intento de cancelación por parte de una conocida e infame cabecera de la progresía mediática. En este artículo, se pretende inhabilitar para la vida política al historiador Fernando Paz, que según cuenta el artículo, ha sido “rehabilitado” por VOX, como ponente en una serie de cursos que una de las fundaciones relacionadas con la formación política tendría planificados para el curso que viene. En la publicación se esgrime como argumento inhabilitante que el historiador se muestra crítico con los Juicios de Núremberg. Tras leer el artículo en varias ocasiones por redes sociales me he visto en la obligación moral de escribir este texto, porque, pese no conocer al interpelado personalmente y guardar nula simpatía por la formación a la que se adscribe (me referiré a ella de manera sucinta al final del artículo), la maniobra me resulta especialmente abyecta, por varios motivos que a continuación desgrano:
En primer lugar, no deja de resultar paradójico que aquellos que siempre usan los juicios de Núremberg o el Holocausto para cancelar a otros, rara vez mencionen la Operación Paperclip, una transferencia vergonzosa de talento nazi hacia Occidente, mediante la cual miles de jerarcas nazis y científicos fueron aprovechados para nutrir los cuadros directivos de organismos como la OTAN, la NASA o el complejo biomédico militar de EEUU. De este modo, tenemos ejemplos paradigmáticos como el jerarca nazi Wernher von Braun, trasladado a los Estados Unidos, donde se convirtió en una figura clave de la NASA y fue el arquitecto principal del cohete Saturno V, que llevó al hombre a la Luna. Otro ejemplo bastante conocido fue Hubertus Strughold, fisiólogo jefe de la aviación nazi, que fue reclutado como el “padre de la medicina espacial” de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y la NASA, a pesar de las acusaciones sobre su conocimiento de experimentos letales en el campo de concentración de Dachau. En el ámbito biomédico, el Dr. Kurt Blome, Subdirector de Salud del Tercer Reich, confesó haber experimentado con vacunas de peste en prisioneros de campos de concentración. Pese a la gravedad de sus confesiones, fue absuelto en los Juicios de Núremberg gracias a la intervención de EEUU y fue posteriormente contratado por el Ejército estadounidense para continuar sus investigaciones en guerra biológica.
Son simplemente tres pequeños ejemplos de los más de 1.600 científicos nazis reaprovechados por los organismos occidentales, que sirven por tanto, para ilustrar que los juicios de Núremberg no fueron más que una pantomima diseñada para acallar al mundo mientras los ganadores lo dirigían por exactamente los mismos derroteros que pretendidamente se juzgaban entonces. Lo único positivo que salió de esos juicios fue el famoso Código de Núremberg, que estableció por primera vez que los propósitos científicos nunca debían estar por encima de los derechos humanos. El espíritu de ese Código, que impedía la experimentación con humanos sin su consentimiento informado, ha sido brutal y masivamente vulnerado recientemente durante la llamada “pandemia”, un esfuerzo propagandístico de dimensiones ignotas hasta la fecha que el infame periódico llamado El País aplaudió entusiasta, participando activamente en la coacción masiva a los ciudadanos para obligarlos a someterse al experimento sociológico y biomédico que en realidad fue la Operación COVID. El País, por tanto, es responsable solidario de las millones de muertes y el deterioro de la salud general que se desprende de esta operación militar. El País no está en condiciones de aleccionar a nadie, y mucho menos en cuestiones relativas a los Juicios de Núremberg.
Por otro lado, y no menos importante, el Holocausto fue un asunto que sólo interesó a los sionistas en tanto pudieron sacar tajada de él. Los sionistas despreciaban a los judíos asimilados y jaredíes europeos desde la misma génesis del sionismo. Sirva de ejemplo un artículo publicado en Die Welt por Theodor Herzl en 1897 titulado “Mauschel” —un manera referirse despectivamente a los judíos asimilados— en el que se explayaba sobre sus congéneres no sionistas del siguiente modo:
“¿Y quién es ese Mauschel? Un tipo, queridos amigos, una figura que reaparece una y otra vez a lo largo de los siglos, el horrible compañero del judío y tan inseparable de él que ambos se han confundido siempre. Un judío es un ser humano como cualquier otro, ni mejor ni peor, posiblemente intimidado y amargado por la persecución, y muy firme en el sufrimiento. Mauschel, en cambio, es una distorsión del carácter humano, algo indeciblemente bajo y repugnante”.
Análogamente, figuras del laborismo sionista —cuya imagen ha sido convenientemente edulcorada históricamente por medios como precisamente El País— como Ben Gurión o Golda Meir, describían a los represaliados de los campos nazis como “polvo humano” o “material humano desechable”, tal era su desprecio. Los supervivientes que llegaron en los años inmediatamente posteriores a Israel —muchos de ellos forzados o secuestrados como parte de un plan propagandístico sionista para presionar a la comunidad internacional sobre la necesidad insoslayable de la creación del Estado de Israel— enfrentaron durante décadas el estigma de la pretendida debilidad del judío de la diáspora, el olim, en contraposición al sabra, el judío fuerte criado en la disciplina castrense del terrorismo sionista de los años 20 y 30 en Palestina. Los supervivientes del Holocausto en Israel enfrentaron un desprecio sistémico que alcanza hasta nuestros días, de modo que, actualmente, aproximadamente una cuarta parte de los supervivientes del Holocausto en Israel vive por debajo del umbral de la pobreza, enfrentando graves dificultades económicas y soledad. Aunque el país alberga a más de 111.000 supervivientes, la falta de pensiones adecuadas y la burocracia en las ayudas gubernamentales han sumido a los supervivientes en una situación de marginación efectiva, provocando constantes críticas sociales que rara vez encuentran eco en la arena internacional.
Esta marginación sistémica, no fue óbice para que el Estado de Israel cobrase las cuantiosas indemnizaciones derivadas del Holocausto. El Acuerdo de Reparaciones de 1952 con Alemania Occidental sirvió para rescatar la economía (fundamentalmente subsidiada) del joven Estado de Israel, generando una profunda deuda moral y material con los propios supervivientes. Mientras el gobierno utilizó los fondos masivos para infraestructuras nacionales, la gestión interna de las pensiones individuales dejó desamparados a miles de refugiados. Análogamente, el politólogo estadounidense Norman Finkelstein denunció en su libro La Industria del Holocausto (2000) que las masivas reclamaciones de los años 90 sirvieron para engrasar un lucrativo negocio corporativo. Según su tesis, las élites de las organizaciones judías estadounidenses e Israel chantajearon a entidades europeas utilizando el sufrimiento de las víctimas para acumular fondos que apenas llegaron a los supervivientes reales. Por tanto, el llamado Holocausto hace tiempo que dejó de ser un hecho histórico incontrovertible, para convertirse en una lucrativa narrativa, que ha servido para financiar las aspiraciones nacionales del proyecto de segregación étnica sionista y, por ende, el actual estado de cosas en Oriente Próximo, cuyo balance en víctimas se cifra en millones de muertos y desplazados, tanto en Palestina como en Siria, Iraq, Libia o Líbano.
Por tanto, el denostado revisionismo histórico que practica Fernando Paz al que yo humildemente me adscribo, es un deber moral de cualquier historiador profesional o amateur que se acerque a esta cuestión, no con intención de “negar” el genocidio nazi, sino de rehabilitar la verdad histórica, contextualizarla y seguir el rastro de las atrocidades análogas que encuentran su justificación precisamente en esta narrativa torticera y falsaria, que no sólo hurta la verdad a quien se acerca a intentar conocerla, sino también la propia dignidad de las víctimas, tanto del llamado Holocausto judío, como de todas las millones de almas que desaparecieron durante esos años y cuya memoria se ve marginada precisamente por esta tramposa narrativa de la “singularidad judía”. El País, como miembro activo de la propaganda sionista laborista durante décadas, tiene mucho que callar al respecto y, sin embargo, no duda en erigirse en árbitro de una moral que un día tras otro mancilla en su línea editorial. Dicho esto, y deseándole la mejor de las suertes a Fernando Paz, no le auguro mucho éxito en VOX, una formación política materialmente secuestrada por los intereses de Israel que de manera consistente se ha convertido en vocal en nuestro país del genocidio sionista en Oriente Próximo.

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