Ignacio Castro Rey
Cómo tienen que estar las cosas para que el pueblo de una vieja potencia imperial pueda arrogar razones morales incluso ante el legítimo anhelo de uno de sus antiguos pueblos coloniales. No tenemos ni un solo amigo que haya estado con la altanera Argentina en la pasada noche del partido ante Inglaterra. Hay españoles que estuvieron del lado plateado, pero únicamente porque tiene que haber de todo. Si existe la "argentinofobia", que algunos dicen que ha tardado, será como resultado del hartazgo ante cierto engreimiento nacional, un orgullo porteño más bien insultante. Hasta se puede entender cómo, desde una altura supremacista que a la fuerza malentiende lo Real, por qué tantos argentinos han convertido a Lacan en un muñeco que sirve para todo. Es cierto que la Pérfida Albión ha cometido los peores crímenes, pero representa una maldad clásica. La Argentina de Milei encarna sin embargo la saña y el mal gusto de los imitadores. Tal vez porque ellos se creen superiores al resto de Latinoamérica llevan décadas intentando emular a Francia e Italia. Ahora con Milei, que no ha sido votado precisamente por ingleses, apoyan lo más abyecto del escenario mundial. ¿Con qué gánster famoso no se ha reunido el presidente argentino? Él les representa hoy muy bien, igual que lo hace Messi: inteligencia fría, eficacia y descaro despiadado. Ni resto de humanidad, no digamos nobleza. ¿Con esta mezcla han exterminado a sus propios indígenas? La diferencia abismal entre el autismo de Messi y el encanto popular de Maradona indica hacia qué tipo de burdel poshumano se encamina la venerable nación de Borges o de Perón. Acaso porque se sienten superiores, y por tanto no pueden perder, los argentinos son de los jugadores más marrulleros del planeta. Es verdad que no es tan importante el fútbol, de acuerdo, ni que España gane, cosa que ciertamente no nos hará mejores. Es importante que, en este justo momento del mundo, Argentina pierda. Lo siento por el pueblo de Rosario y Mendoza, pero al día siguiente de que celebren en Gaza la victoria española, el mundo será un poco menos maloliente. Sólo un poco. Suficiente para explicar que millones de latinoamericanos, de europeos, africanos y asiáticos deseen dulcemente lo peor a esta Argentina del próximo domingo.
Fede Ruiz de Lobera
Si se tratara solo de futbol, esta noche España pasaría militarmente por encima de Argentina. Después de aplastar a Francia en semis, a nadie le cabe duda de que la pelota ama a esta selección sobre todas las cosas: se acuesta y se levanta a los pies Rodri, se lava la cara en el espejo de Fabián, se va de fiesta con Lamine, está enamorada de las trenzas que le hace Dani Olmo, espera ávida a las drogas que le pasa Mikel Merino a última hora y folla ruidosamente con Marc Cucurella.
Lo sabemos todos. Este idilio dura ya casi 30 años. España se convirtió en la “Roja Mecánica”, heredo el juego bonito del mejor Brasil, sumó el orden de Alemania y una defensa a la italiana, pero más inteligente. No habría duelo esta noche si solo fuera futbol.
El problema es que ya no es futbol es religión. Y ahí, nadie como Argentina. Nadie sabe a lo que juegan, solo que juegan en trance, parecen las niñas de Garabandal corriendo montaña arriba. Ganar no es un plan es una doctrina. ¿Alguien ha visto cosa más parecida al Juicio Final que los últimos minutos de Argentina en cada partido? Esa ansiedad de redención es imbatible. En el orden natural de las cosas, España no tiene rival. En el orden sobrenatural ya hemos perdido.
Esta noche juega el mejor equipo del mundo contra un combinado de cartujos maradonianos, henchidos de fe y melodrama. El futbol total de España contra la tragedia total de Argentina. La mejor lírica contra la mejor épica. ¿Qué pesará más?
Xavi Diez
“¿Qué piensa de los franceses?”, le preguntaron una vez a Winston Chruchill con una evidente mala fe… “No sé, no los conozco a todos”, respondió con su legendaria mezcla de ironía y flema británica. Mi opinión sobre los argentinos podría vincularse a esas respuestas. No los conozco a todos, aunque no he podido resistirme a que la mayoría me caigan bastante bien. Hice, entre ellos, uns cuantos buenos amigos. Son imbatibles en las tertulias y discusiones. Son hábiles dialécticos, cultos y sofisticados. Por supuesto, más allá de todos los tópicos, también pueden resultar cargantes, melodramáticos y de una exageración napolitana. Pero, cuando pasé unos meses en la Patagonia en una estadía de doctorado, no pude evitar enamorarme del país. Me encantan los tangos y las historias tristes, y en eso son una potencia mundial. Es lo más parecido a la saudade (esa nostalgia por un futuro que no existió) institucionalizada. Es cierto que hay tres tabús, tres cosas sobre las cuales no puedes discutir con ellos si no deseas arriesgar la amistad mutua: las Malvinas, el peronismo y el fútbol.
En este mundial, la selección argentina no tiene a Scaloni como entrenador, sino a Francis Ford Coppola como director y a Mario Puzo y Joseph Conrad como guionistas. El drama, la tragedia, la épica funcionan como un melodrama con sangre, sudor y lágrimas. No tienes muy claro quien ha ganado el partido, pero has quedado hipnotizado por la pasión, y con un Al Pacino / Leo Messi, dispuestos a golpear en el momento más inesperado y a sobrevivir.
¿Qué pienso de los españoles? Evidentemente, conozco a muchos más, y teniendo en cuenta que los he conocido en varios contextos, mis opiniones son más dispares. Me considero una persona poco problemática y nada pendenciera, pero también muy ajena al sentimiento patriótico o a los excesos de nacionalismo banal. Además, como público, soy un peñazo, lo más parecido a la Reina de Inglaterra viendo una final de Wimbledon entre dos tenistas serbios. No consigo expresar pasión alguna, jamás me he puesto una camiseta de mi equipo (el Barça), no grito, no salto; me siento como Sheldon Cooper ante el exhibicionismo de pasión. Por eso, como a pesar de mi independentismo, soy culturalmente más próximo a España, siento muchísima vergüenza ante los emuladores de Manolo el del Bombo y sus mariachis saltando, gritando y profiriendo alaridos al estilo del grito “A por ellos” con el que, en 2017, algunos despedían a la Policía y la Guardia Civil para que apalizasen a abuelas, gente mayor y, en definitiva, gente normal que votaba por la independencia (entre los cuales, me encuentro yo mismo). Por eso, jamás de los jamases podría ir con España. Ni aunque algún descendiente mío jugara con la Roja. Lo siento, ni ocho catalanes en la selección, ni medio Barça. Eso de sacar la bandera y el himno de la España franquista, la que combatió mis antepasados, más que sudármela, me produce arcadas. No soporto el nacionalismo banal, pero peor aún el que conozco de cerca.
Aun así, le reconozco méritos a esta selección. Ordenada, disciplinada, bien dirigida, con ideas. Me recuerda a la Alemania de los años 70. Sólida, equilibrada, eficiente, implacable, capaz de destruir la belleza de la Naranja Mecánica de Cruyff y Neskens. Mi primera decepción futbolística fue en la final del mundial de 1974 con la derrota de la selección holandesa.
Voy con Argentina. Una selección caótica, insegura, melodramática… y con alma. Juega objetivamente peor que España, pero, más allá de la estética, hay otras razones. No soporto los espectáculos estos de aficionados que en su vida han corrido veinte metros seguidos o han descubierto lo duro y bello que es correr tras una pelota y que montan un lamentable espectáculo de vergüenza ajena, al más puro estilo de aquel chiste de El Perich “ver a tu equipo vencer y afirmar “hemos ganado” es como ver una política porno y decir “hemos follado”. Por puro egoísmo, mejor que eso lo hagan en el hemisferio sur.
Bruna Frascolla
Aunque Messi sea carismático y haya mejorado la imagen de los jugadores argentinos, lo normal, en Brasil, es ir contra Argentina. Porque sí: no importa si eres de derechas o izquierdas, si eres pro Palestina o pro Israel, ni siquiera si crees que las Malvinas son argentinas o británicas. Esta es la costumbre. Por esta razón la inmensa mayoría animarán España en la final de este Mundial. (Personalmente, no me siento capacitada para inclinarme por Argentina, ni aunque Messi se dedicara a bañar a chicos de Gaza, aunque ya hay brasileños que sí lo hacen). Con todo, tengo que destacar que en este Mundial, los brasileños metieron en su corazón un segundo equipo: Cabo Verde, con su arquero Vozinha, que significa “Abuelita” en portugués. El pequeño archipiélago africano de 600.000 habitantes se estrenó en este Mundial, y ni España, ni Argentina pudieron vencerlo en el tiempo reglamentario. Es indudable que el hecho de que Cabo Verde habla portugués animó a los brasileños a entusiasmarse con ellos. Luego de su empate con España, el canal de Youtube brasileño que transmite el Mundial hizo una campaña para que todos lo siguieran en Instagram. En apenas minutos se llegó a 1 millón de seguidores, y después, con varios millares de seguidores, agradeció al youtuber por haber iniciado ese movimiento. Así, los brasileños animarán hoy a España orgullosos del hecho de que su nuevo ídolo futbolístico, Cabo Verde, está al nivel de los finalistas que no lo pudieron derrotar.
Carlos Ruiz Miguel
Una Nación no es algo estático. Por eso hay agentes y políticas que tienden a reforzar su integración, pero también agentes y políticas que fuerzan su desintegración. El fútbol es el deporte más importante del mundo. Y por varias razones: es el más practicado en el mundo (entre otros motivos porque es el más accesible económicamente) y es el que más espectadores, presenciales y virtuales, congrega. Por eso, si todo acontecimiento deportivo tiene, o puede tener, una influencia sobre la sociedad, la economía o la política, el fútbol es el que más influencia, positiva o negativa, puede llegar a ejercer. Una victoria de Argentina, máxime si no se logra con "deportividad", incrementará el deterioro de la sociedad argentina al enviar el mensaje de que el juego sucio o las trampas son rentables. Además, supondría un reforzamiento del Estado argentino y, por consiguiente, de sus políticas, porque su actual dirigencia política se ha implicado a fondo en las relaciones político-deportivas, en particular con la organización internacional que dirige el fútbol, la FIFA. Por el contrario, una victoria de España tendría como consecuencia un reforzamiento de la integración nacional en un momento en que desde el Estado se impulsan todo tipo de políticas dirigidas a desintegrar, cuando no a destruir, la Nación. Y, por eso mismo, la eventual victoria de España, al tiempo que reforzaría a la Nación, debilitaría al Estado que está obrando día y noche para destruir la Nación.
Carlos Sánchez
Se perfila una semana compleja. De todos los rivales posibles de la selección española en la final de Mundial, ha tenido que ser precisamente Argentina el rival. Quienes desperdiciamos parte de nuestro tiempo en las infames redes sociales sabemos que los argentinos son auténticos virtuosos del insulto. Ese partido ya lo hemos perdido de antemano. Pese a ello, no han sido pocas las veces que me he visto tentado a espetarle a alguno aquello de que los argentinos son italianos que hablan español a quienes gustaría ser franceses, pero sería absurdo: la respuesta sería siempre más ocurrente que la mía. Podría tratar de ganar esa batalla por elevación, y recordarle a ese argentino genérico que además de querer ser franceses, son recurrentemente sodomizados por los anglos. Esa sería una buena respuesta y, sin embargo, sería deshonesta.
Cierto es que Argentina, prolija en presidentes histriónicos, oportunistas que vendieron su patria al mejor postor como Menem, o más recientemente el esquizoide de la motosierra, ofrece inestimables argumentos para avergonzar a un argentino, máxime en estos días en que su presidente se afana en sus labores de desguace. Podría aprovechar la ventana de oportunidad que se ha abierto precisamente en estos días, cuando los jugadores argentinos desoyeron el mandato de Milei y enarbolaron sendas pancartas reclamando la argentinidad de Las Malvinas en su batalla con la Pérfida Albión. Qué mejor momento para abochornar a un argentino que cuando su delirante presidente ofrece suculentos contratos extractivos a empresas petrolíferas británicas, o regala a las élites de Silicon Valley vastas extensiones de terreno para que materialicen sus tecnocráticos sueños húmedos. Pero no puedo: resultaría oportunista.
También podria dejarme llevar por los vientos epopéyicos que soplan en favor de España. Ya saben: nuestro guapísimo presidente, plantando cara a la tecnocracia, al sionismo, al Agente Naranja de la Casa Blanca y a la ofensiva judicial de la internacional fascista que pretende encarcelar a su mujer, a su hermano, a su mano derecha, a su mano izquierda… y todo esto haciéndolo él solo, sin ayuda de nadie. Podría, pero no lo haré, porque ese relato es fundamentalmente falso.
Si bien Argentina se ha convertido en el laboratorio de pruebas de la tecnocracia, en el patio trasero de la Coalición Epstein, en el vergonzante plan B del proyecto de limpieza étnica sionista, España, en lo que a espíritu cipayo se refiere, no se queda a la zaga, aunque lo disimulamos mejor, la verdad sea dicha.
En estas últimas dos semanas, mientras el Agente Naranja y nuestro arrebatador Primer Ministro escenificaban sus desencuentros a cuenta del diezmo armamentístico, Blackrock elegía a España como su mercado preferente mundial en renta variable. Por aquello de apaciguar al Tío Sam, Pedro el Hermoso firmaba esta misma semana sendos contratos de armas con empresas yankees, para el regocijo de Trump, que en pocas horas pasaba de decretar el aislamiento internacional de España a vanagloriarse por su “generosidad”. Por si ello no fuese suficiente, España ha decidido formar parte de la coalición balística de protección a Ucrania, encabezar el proyecto del distópico Euro Digital y liderar el fin del secreto de las comunicaciones, de la intimidad y de la presunción de inocencia con el Chat Control 1.0. Convendrán conmigo que ésta del Hermoso resulta una lucha contra la tecnocracia bastante sui generis.
En definitiva, aunque resulte tentador dejarse llevar por las bajas pasiones propias del fútbol, lo cierto es que, hoy día, la Hispanidad de la que bien podríamos enorgullecernos no representa más que una coalición de sodomizados. Sodomizados allá, con el florecimiento de gobiernos que rinden pleitesía al sionismo, que decretan el derecho de pernada al capital gringo, y sodomizados acá, donde somos los alumnos aventajados del laboratorio del complejo militar industrial y de la vigilancia del Tío Sam. Gane quien gane, ganarán los sodomizados. Ciertamente una satisfacción analgésica en tiempos de latrocinio. En honor a la verdad, serían dos: en un Mundial en el que se prohibía hablar español en las ruedas de prensa, la final la protagonizan selecciones hispanohablantes. ¡Chúpate esa, Trump!
Dicho esto, es momento de disfrutar del fútbol, que como todo el mundo sabe es un deporte sencillo: juegan con el pie once contra once, y al final siempre gana España.
David Souto Alcalde
De dejarnos llevar por las apariencias (es decir, por el cacumen mediático), podríamos pensar que esta “histórica” final del mundial es todo un duelo ideológico entre amigos y enemigos del anglosionismo, pues se enfrentan la Argentina de Messi y Miley, partidaria del supremacismo sanguinario de Netanyahu/Trump, con la España presuntamente igualitaria de Lamine Yamal y Pedro Sánchez. Pero a poco que analicemos la situación nos daremos cuenta de que este partido se juega, en realidad, entre dos estados que luchan por ser los siervos alfa del anglosionismo, como evidencia el hecho de que a la par que Miley desacredita a quien reclame la soberanía de las Malvinas y convierte con su ley de tierras a Argentina en una potencial extensión de Israel, Pedro Sánchez entrega definitivamente Gibraltar a los ingleses y, siguiendo las órdenes de EEUU, detiene en sueño español al activista pro-palestino Fergie Cox.
Podríamos también pensar que estamos ante una final entre dos naciones hermanas que resisten al enemigo invasor, y amarrarnos cual Caupolicanes a la cruz de San Andrés de nuestra antigua bandera imperial, pero nos equivocaríamos igualmente, pues aunque España y Argentina parten de una misma matriz civilizatoria que las sigue nutriendo, el estado-nación en el que se ha convertido cada una de ellas se caracteriza por ser profundamente anti-hispano: pretendiendo ser francés en el caso español desde la llegada de los Borbones, e inglés en el argentino desde su misma fundación.
Pese a todo lo dicho, el enfrentamiento España-Argentina es una cita con los fantasmas de la Hispanidad que hace posible mostrar al mundo que hay alternativa civilizatoria y estética al nihilista paradigma protestante. No hay nada más parecido en el mundo hispano a los EEUU y a la moral anglo que Argentina. Ni nada más contrario a ellos que el espíritu colectivo español, perfectamente representado en nuestra selección. Para entender lo primero no hace falta pensar en la anglificación de la literatura hispana llevada a cabo por Borges, o en la diferencia de modelos de marginalidad entre la picaresca española y la gauchesca argentina. Basta percatarse de que Argentina convirtió nominalmente a todos los españoles que emigraron allí con una mano delante y otra detrás en gallegos, es decir en tontos, haciendo equivalente, desde un supremacismo demente y narcisista, ser un trabajador pobre con ser un monigote al que humillar y del que reírse desde una posición tan anti-igualitaria como imprudente y premonitoria de esa arrogancia humana extrema que ha desembocado en lo que hoy llamamos poshumanismo.
Por eso, pese a que admire a Scaloni (alumno de Luis de La Fuente), me alegraré durante unos cuantos segundos si gana España, pues por el bien de la humanidad (y, desde luego, de ese hijo pródigo de la Hispanidad que es Argentina) es mejor apostar por un mundo de “tontos” humanos que pasan desapercibidos y pueden acabar incluso dirigiendo y salvando a los “listos”, que apostar por el engreimiento gratuito y la marrullería. En un sentido similar, es mejor apostar por una selección como la española que atribuye sus victorias al esfuerzo y a cierta dosis de suerte que inclinarse por otra como la argentina, cuyos jugadores lanzan besos al cielo, gimotean como pindonguillos neo-pentecostales de esfínter aguerrido y proclaman a los cuatro vientos que han sido elegidos no se sabe muy bien por quién y para qué. (¿No se ha convertido, de hecho, Argentina en la Nueva Jerusalén de los supremacistas poshumanos, con Peter Thiel instalado allí y Martin Varsavsky construyendo un búnker de lujo para que los millonarios transhumanos sobrevivan a su propia hecatombe?)
Todo lo dicho, claro, al margen de señalar que el fútbol es una lacra ha corrompido a España hasta el tuétano, y que nuestra reconversión en una potencia deportiva mundial es uno de los principales pilares del Régimen del 78. La furia profesionalizadora del futbol y su uso como ilusa plataforma de ascenso social ha sometido a la población a una involución cognitiva y humana sin precedentes; por causa de ello, un altísimo porcentaje de familias maltrata de facto a sus niños, creándoles falsas expectativas y obligándolos competir al estilo darwinista con otros niños mientras sus padres, convertidos en ridículos Nerones con complejo de José Mouriño, les gritan a ellos y a sus entrenadores, malgastando todo el tiempo del que disponen para ejercer el responsable privilegio de la vida adulta en hacer alienantes viajes en coche a entrenamientos y campeonatos con mentalidad adolescente. Ojalá no hubiésemos ganado nunca nada ni llegásemos a esta final, pero fuésemos un país con los pies en el suelo que sabe mirar de frente a las muchas adversidades, tan reales como inquietantes, a las que nos enfrentamos.
Tom Harrington
Uno de mis primeros gestos como adolescente norteamericano inconscientemente inconforme con el ambiente social en el cual vivía era interesarme por el fútbol europeo, cosa rara y bastante difícil de hacer desde los EE.UU. en aquellos días pre-cibernéticos.
Como mi amigo y coetáneo Xavi Diez mi bautizo futbolístico fue el mundial de 1974 torneo que, en la ausencia generalizada de cobertura televisiva en los EE.UU, seguí casi exclusivamente por la prensa escrita. Y como en el caso de de él, me alié definitivamente con los artistas holandeses en su encuentro con la frialdad estoica e industrial del Mannschaft alemán, estableciendo así un patrón que sigue vigente hasta hoy en mis aficiones futbolísticas y también en mis indagaciones culturales: interesarme, ante todo, por el destino de la parte menos poderosa de la ecuación, y en el caso de un empate en este ámbito, por el equipo que mas despierta mi admiración estética.
Así que durante años he sido partidario de, entre otras, las selecciones de Portugal, Uruguay, Polonia e Irlanda y, en los años mas recientes, las de Camerún y Marruecos. Y como la selección de mi país, los EE.UU., representa al estado más bully de todos los existentes, el cual año tras año, y en contraste con los continuos vaticinios de los llamados expertos domésticos del deporte, demuestra de una pobreza técnica e estética muy marcada, no se me ha pasado nunca por la cabeza hacerme partidario de sus esporádicas campañas en el Mundial.
Sin embargo, con respecto al encuentro de hoy entre dos países relativamente grandes con soberbias tradiciones futbolísticas, me encuentro desprovisto de mis criterios tradicionales a la hora de establecer un vinculo afectivo con uno o con el otro. Y eso, paradójicamente, en el caso de dos países cuyas culturas, me atrevo decir, conozco bastante bien, (con una ventaja temporal, eso si, en el caso de España) tanto a nivel de la historia cultural como al de sus ritmos cotidianos.
¿Cómo proceder?
Gracias a los comentarios de mis amigos españoles de la meseta y a lo que antes se conocía como La Montaña antes de convertirse en la comunidad autónoma de Cantabria, empecé a “conocer” Argentina bastante antes de realmente conocerla. Y lo que escuché fue una letanía si fin de imprecaciones sobre la fanfarronería y el bifrontismo insoportables de los argentinos, cosa esta ultima que fue confirmada en mi mente al ser víctima de una pequeña estafa de dos viajeros argentinos en Madrid durante mi primera estancia larga en el país.
Pero luego ocurrió una cosa curiosa. Fui a la Argentina y descubrí que detrás del indudable histrionismo y el caradurismo de ciertos elementos de la cultura—cualidad esta última ejemplificada por el dueño de una estancia que se jactó entre copas de vino de como había adquirido la propiedad gracias a las intervenciones ilegales de su amigo Carlos Saúl Menem—se encontraba una dulzura en el trato humano que muy poco se ve entre españoles no gallegos. Y está tendencia hacia la decencia y la amabilidad en los pequeños encuentros diarios, me tocó profundamente y me recordó que en nuestros juicios de valor sobre colectivos nacionales, debemos siempre separar el comportamiento de las elites que se nos presentan como encarnación de la nación de las formas de ser de la gran masa de la población.
Dicho eso, si hay una cosa que tiende a cancelar, por muy puntualmente que sea, esta disyunción entre líderes vanidosos corruptos y la gran masa de la población es lo que es todavía la principal religión de nuestro tiempo (aunque claramente en vías de perder su hegemonía a manos del consumismo pagano globalista); el nacionalismo, y su mutación mas salvaje, el imperialismo.
Visto en este contexto, el partido de hoy es para mí un encuentro entre dos colectividades que son, o se ven como naciones imperialistas, y que son, en cierta forma naciones imperialistas frustradas, las cuales como todas las naciones con vocación imperialista intentan esconder su verdadera heterodoxia y/o su peso real en el mundo tras grandes y ruidosas constataciones de su unidad.
Para mi no hay duda que España tiene el equipo más elegante y técnicamente avanzado del torneo. Pero tienes que ser un gran futbolólogo, para reconocer la indudable raíz catalano-holandesa de su forma de jugar, cosa que en los análisis que leo en la prensa española pocas veces se menciona porque rompería la idea de lo castizo mesetario como motor indudable de todas las grandezas peninsulares.
Por otra parte, Argentina siempre ha cultivado una imagen de si misma como el primer inter pares de las naciones latinoamericanas. Pero sus paladines políticos y culturales pocas veces se han tomado la molestia de preguntarles a los otros miembros de este cohorte de sociedades hispanas si ellos lo ven de esta manera. Así que aquí, en los Estados Unidos ,una parte no insignificante la población hispanohablante se siente más cómoda aliándose en el caso de este encuentro de la madre patria que con sus supuestos hermanos del Cono Sur.
¿Donde me deja todo eso en relación con el partido de hoy? Básicamente donde mis años de observación de las naciones y los nacionalismos me han colocado, eso es, en la posición de una persona muy consciente y respetuosa del gran poder que las identidades nacionales y sus rito colectivos tienen en la vidas muchos ciudadanos en base a lo que Charles Taylor ha llamado nuestra época secular. Confieso, sin embargo, mi dificultad para involucrarme emocionalmente en liturgias colectivas de esta escala (incluso en mi propio país) debido a la necesidad que estas liturgias conllevan de esconder o obliterar tantas cosa bonitas en las culturas que supuestamente celebran.
¿Significa esto que soy anti-patriótico? En absoluto. Soy un patriota de la patria chica, eso es, una persona que venera profundamente a las personas y los lugares en este rincón de los EE.UU. que llamamos Nueva Inglaterra, las cuales me dieron las primera claves para avanzar en este torneo sin fin de intentar entender como funcionan las culturas y los enormes efectos que tienen sobre la vida de cada uno de nosotros.

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