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Brownstone España · Aug 3, 2026

El colapso de Edom y la invasión de Ceuta y Melilla

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Carlos Sánchez · Brownstone España

Hace un tiempo, mientras pululaba ociosamente por mis redes sociales, topé con un vídeo en el que Benjamin “Mileikowsky” Netanyahu, el genocida de Tel Aviv, era asaltado por un periodista, alcachofa en ristre. Mileikowsky paseaba orgulloso un ejemplar de Los judíos contra Roma (2025) del historiador estadounidense —judío y sionista, para más señas— Barry Strauss, un libro que narra las rebeliones judías contra el Imperio Romano aproximadamente entre el 63 a.C. y el 136 d.C.. Al ser preguntado por su elección bibliográfica, Mileikowsky contestaba lacónico y, hasta cierto punto críptico: “Bueno, perdimos esa batalla, creo que tenemos que ganar la siguiente”. A nadie se le escapa que el Imperio Romano, como tal, ya no existe, pero los sionistas, entusiastas restauradores de la escatología judía para beneficio de sus intereses geopolíticos, siempre nos sorprenden con interpretaciones estrambóticas de sus textos sagrados, justificando en tal o cual villano bíblico su sed de sangre y sus anhelos de control. Resultaría tranquilizador pensar que las proféticas palabras de Mileikowsky son producto de su retorcimiento singular y, sin embargo, brotan de un acervo bien instalado en la mentalidad judía europea desde, al menos, la Edad Media, un mito convenientemente amasado en la intimidad de los despachos de los ingenieros sociales sionistas.

Para entender los delirios escatológicos de Mileikowsky, tenemos que remontarnos a los tiempos de Jacob y Esaú. En el Génesis, Jacob y Esaú eran los hijos gemelos de Isaac y Rebeca. Como muchos de ustedes quizás ya sepan, Esaú, que nace primero (era rojo y peludo; de ahí su nombre, “Edom”, que evoca el color “rojo”) vende su primogenitura a Jacob por un plato de lentejas y luego Jacob, mediante un sibilino engaño, aprovechando la ceguera de Isaac, obtiene la bendición paterna haciéndose pasar por Esaú. Según la mitología judía, Esaú se convierte en el antepasado de los edomitas, el pueblo histórico que se instaló al sur de Judá, en el Monte Seir. Este relato alegórico presenta una rivalidad fraterna: Jacob (padre de Israel) es el elegido, mientras que Esaú/Edom, es el hijo rechazado, pero poderoso y hostil. Este mito, a lo largo de los siglos, fue alimentando a través de profecías como las de Abdías, la idea del juicio final sobre Edom. En la época del Segundo Templo y el Talmud, los edomitas reales prácticamente desaparecieron e Idumea, su reino, fue absorbida por Roma. No conviene olvidar que Herodes era idumeo. Los rabinos de la época, que ya eran muy dados a encarnar a sus enemigos en toda suerte de mitos bíblicos, asociaron entonces a Edom con Roma, el nuevo opresor. Lo demás, como se suele decir es Historia: la destrucción del Templo en el 70 d.C., las rebeliones judías que narraba Josepho, etc. De este modo, “Edom” se convirtió en un código para hablar de Roma sin atraer la atención de las autoridades. Factores como el origen idumeo de Herodes y la identificación de Roma con el poder imperial hostil consolidaron el paralelismo que permaneció durante siglos en el imaginario colectivo judío.

En la Edad Media, con la cristianización del Imperio Romano y la Europa cristiana, la identificación se amplió y desfiguró hasta el paroxismo. Para los judíos medievales europeos, “Edom” simbolizaba el poder cristiano opresor, mientras Ismael representaba al islam. Por tanto, los judíos medievales sentían que vivían bajo el yugo de Edom, y en menor medida de Ismael, lo que explica que los judíos siempre hayan vivido más cómodos en entornos de mayoría musulmana. Sea como fuere, en los comentarios y visiones mesiánicas del midrashim (textos exegéticos judíos), la redención de Israel llegaría con la caída de Edom, o dicho de otro modo cuando cayese la Cristiandad. Si alguien catapultó esta proyección escatológica del fin de la Cristiandad, ese fue Maimónides. Moisés Maimónides, nacido en la Córdoba de Al Ándalus en 1138, fue un carismático filósofo y un notable jurista judío. Tras el decreto de expulsión de los judíos de Al Ándalus ordenado en 1146 por el califa almohade Abd al-Mumin, el sabio cordobés, tras fingir una conversión al islam y recorrer diversos lugares, acabó instalándose con su familia en Egipto, llegando a ser consejero personal del mismísimo Saladino.

Hoy día, Maimónides es reconocido como uno de los filósofos rabínicos más relevantes en la historia judía, y sus obras son la clave de bóveda sobre la que se asienta la tradición talmúdica moderna. En concreto, su Mishná Torá, actualmente se considera la máxima referencia canónica y halájica. Como es de suponer, Maimónides no guardaba especial simpatía por los cristianos —pese a haber sido expulsado de Al Ándalus por un califa almohade— y en sus textos y referencias a la halajá (ley judía), trataba a los cristianos/edomitas como idólatras de la peor especie debido, entre otras consideraciones, a la Trinidad o al uso de imágenes. Por ello, instaba a aplicar las leyes generales contra la idolatría, prohibiendo beneficiarse de ella o simplemente mostrar respeto hacia la liturgia cristiana. Este desprecio explícito por los cristianos sustanció la edificante costumbre de escupir (a veces tres veces) al pasar junto a una iglesia o un crucifijo que todavía hoy podemos ver en vídeos protagonizados singularmente por ultrasionistas religiosos en Cisjordania. Maimónides usaba generosamente el lenguaje tradicional que identificaba a Edom con el poder cristiano. Tanto él como otros exégetas como Ibn Ezra, Kimchi, o Abarbanel, se afanaron en transmitir que las profecías contra Edom se debían aplicar a la Cristiandad, no sólo al Edom geográfico antiguo. Esta tipología pasó a ser una institución en el pensamiento judío, tanto sefardí como ashkenazí.

En la modernidad, gracias a los esfuerzos del oximorónico sionismo religioso, el motivo persiste. Si bien no de forma uniforme ni como doctrina oficial del sionismo secular, muchos rabinos sionistas y ciertas corrientes interpretan la “caída de Edom” como conditio sine qua non para el advenimiento del Mesías y la redención. Es frecuente motivo en discusiones escatológicas, comentarios y, ocasionalmente, en retórica de grupos religiosos ultranacionalistas relacionados con el kahanismo de personajillos execrables como Ben G´vir. Como vemos, las palabras de Mileikowsky no brotan del vacio, sino de un acervo supremacista bien establecido. ¿Y cómo piensan Mileikowsky y su ralea de genocidas hacer caer a la Europa Cristiana? Observando la reciente invasión de Ceuta y Melilla quizás podamos hacernos una idea. En los últimos dos días, hemos asistido —con nula sorpresa, si me preguntan— al intento de invasión perpetrado por Mohamed VI, Rey de Marruecos, quien lanzaba a un ejército de 60.000 buscavidas en chancletas contra la población de Ceuta y, en menor medida, de Melilla, en lo que parece un simulacro de una eventual e inminente reedición de la Marcha Verde, el método de desborde con civiles usado por Marruecos en 1975 para ocupar el Sáhara Occidental, entonces bajo soberanía española.

Todo aquel que no tenga el juicio absolutamente anulado por la propaganda sionista sabe a estas alturas que Marruecos e Israel han formado una coalición de intereses mutuos, en la que España juega el papel de víctima propiciatoria. En diciembre de 2020, Marruecos e Israel normalizaron sus relaciones diplomáticas en el marco de los Acuerdos de Abraham, con la mediación de Estados Unidos bajo la primera administración Trump. Marruecos reconoció a Israel y restableció los contactos oficiales como embajadas, vuelos directos, comercio y una cooperación de amplio espectro en seguridad y tecnología. A cambio, EEUU reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, una prioridad estratégica para Rabat y una nueva derrota de España en el ámbito internacional, aceptada de buen grado por nuestro guapísimo y cipayo Presidente Sánchez, pese a que ello implicase perder la posición de socio preferente de Argelia en beneficio de Italia, precisamente en un momento de carestía de gas.

Al vodevil geopolítico cabe sumar todo el siniestro asunto de Pegasus, el software de espionaje israelí que prácticamente han comprado todos los Estados Occidentales. Según se desprende de las investigaciones de Citizen Lab basadas en fuentes de inteligencia, los indicios apuntan con fuerza a que Marruecos utilizó Pegasus para infectar los móviles de Pedro Sánchez y varios ministros, singularmente los titulares de Interior y Defensa, Margarita Robles y Grande Marlaska en mayo de 2021. Esto ocurrió precisamente durante la crisis diplomática abierta a cuenta del Sáhara Occidental y el anterior simulacro de invasión, melifluamente calificado entonces por las ramonetas mediáticas de “crisis migratoria” en Ceuta. A mayor abundamiento, la empresa israelí NSO Group, y las autoridades de Israel han mostrado una falta total de cooperación. El juez español solicitó reiteradamente información y comisiones rogatorias, pero Israel no respondió. Esto provocó el archivo provisional de la causa en 2023 y de nuevo en 2026 por “falta de autor conocido”, dejando el caso sin resolverse judicialmente.

No quiero extenderme en este asunto de Pegasus, que bien merece su propio artículo, pero es conveniente destacar que este cierre en falso supone un auténtico insulto a la inteligencia: todas las fuentes policiales que he podido consultar al respecto de este software, me aseguran que todos los datos que pasan por Pegasus, sea cual sea el Estado o particular que lo use, acaban en poder del Mossad, y quien gestiona Pegasus en España es precisamente Excem, la empresa del ilustre sionista y amigo personal de Mileikowsky, el inefable David Hachuel, a la sazón mentor de Isabel Diaz Ayuso y precursor del desembarco fallido del magnate sionista Sheldon Adelson en España. El Estado de Israel ha encontrado un auténtico filón tanto en el PP como en VOX, hasta el punto que no resulta exagerado afirmar que ambos partidos están secuestrados de facto por Israel. Análogamente, Marruecos lleva décadas de prolífica actividad diplomática, consiguiendo cooptar con enorme éxito la voluntad de decenas de políticos a un lado y al otro del espectro parlamentario, de las Fuerzas de Seguridad del Estado, de la prensa mainstream o incluso de la judicatura. Por decirlo con toda la claridad de la que soy capaz, en una eventual invasión de Ceuta y Melilla, no habrá ningún partido político que esté en disposición de plantar cara y defender los intereses de los españoles. Es así de triste.

En absoluto pretendo exculpar a Marruecos ni a su rey sanguinario de su responsabilidad: Marruecos tiene su propia agenda y no puede ser considerado como un proxy puro de Israel y EEUU que es arrojado contra el país al que se pretende hostigar en contra sus propios intereses nacionales como ocurre con la picadora de carne ucraniana. Podríamos definirlo quizás como una colusión de interés con visos de permanencia, pero es innegable que sin el apoyo de Israel y EEUU, Marruecos no tendría la determinación que está demostrando en estos días. Lamentablemente, el Gobierno de España no puede alegar sorpresa. El pasado abril, en este informe del Congreso de EEUU (en su página 88) se hacía referencia a Ceuta y Melilla en los siguientes términos:

“El Comité continúa la asistencia para Marruecos en apoyo de los intereses de seguridad nacional de los Estados Unidos y dirige no menos de 20.000.000 de dólares bajo los Programas de Inversión en Seguridad Nacional y no menos de 20.000.000 de dólares bajo el Programa de Financiación Militar Extranjera. El Comité toma nota de la alianza histórica entre los Estados Unidos y Marruecos, formalizada en 1786 por el Tratado de Paz y Amistad Marroquí-Americano. El Comité toma nota de que las ciudades administradas por España de Ceuta y Melilla están ubicadas en territorio marroquí y siguen siendo objeto de la reclamación de larga data de Marruecos. El Comité apoya los esfuerzos del Secretario de Estado para fomentar el compromiso diplomático entre Marruecos y España sobre el futuro estatus de Ceuta y Melilla e insta al Secretario de Estado Marco Rubio a fomentar un diálogo diplomático sobre su futuro estatus”

Mientras la prensa marroquí celebraba este éxito diplomático, aquí, por motivos que el lector podrá suponer, las ramonetas mediáticas decidieron hacer caso omiso, pese a que era la primera vez que un órgano del Congreso de EEUU marcaba posición de manera tan explícita sobre Ceuta y Melilla —descritas como “administradas por España” pero situadas en “territorio marroquí”— instando al Secretario de Estado Marco Rubio —a quien veíamos solícito recibiendo instrucciones de Netanyahu en el funeral de Lindsey Graham— a fomentar un diálogo diplomático sobre su “futuro estatus”. También se hacía eco la prensa sionista de Israel, en concreto en este artículo de opinión, en el que se señalaba que las tensiones entre EEUU y España a cuenta de la OTAN, el maldito gasto en defensa y la negativa a ceder bases para operaciones contra Irán, creaban una oportunidad para que Marruecos impulsase sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. Al fin y al cabo, Israel, como socio de Marruecos a través de los Acuerdos de Abraham y la cooperación militar, debía apoyar diplomáticamente a Rabat dentro de la alianza liderada por EEUU, priorizando a los socios “cooperativos” frente a los aliados “rebeldes” europeos, instando a Israel a presionar en Washington para favorecer las pretensiones marroquíes.

Dicho y hecho: Michael Rubin, un judío sionista muy influyente en los pasillos de Washington y con un largo historial de colaboración con la CIA, publicó en marzo de 2026 varios artículos en AEI y el Middle East Forum en los que pedía a Trump y a Marco Rubio que reconociesen oficialmente Ceuta y Melilla como “territorio marroquí ocupado”, proponiendo explícitamente una nueva Marcha Verde con todo lujo de detalles: que marroquíes desarmados avancen con bulldozers hacia las vallas, entren en las ciudades e icen la bandera marroquí. ¿Cómo se les queda el cuerpo? El buen señor argumentaba que la OTAN no intervendría porque el artículo 6 del Tratado de Washington excluye territorios al sur del Trópico de Cáncer. Como digo, Michael Rubin no es un tipo que pasaba por allí: además de su trayectoria como efectivo de inteligencia, es Director de Análisis Político del Middle East Forum (desde 2023), un centro de pensamiento fundado por Daniel Pipes, conocido por su línea dura pro-israelí. Además, entre 2002 y 2004 trabajó como asesor de personal sobre Irán e Irak en la Oficina del Secretario de Defensa y fue destinado a Bagdad como asesor político de la Coalition Provisional Authority (Autoridad Provisional de la Coalición) durante la ocupación estadounidense de Irak. Casi nada.

Como ya es evidente a ojos de cualquiera, Israel ha pasado de organización terrorista homologada por Occidente a potencia regional en poco más de una generación. Pese al enorme poder que confieren los cheques del AIPAC, o los manejos e injerencias de la inteligencia pública y privada sionista en los países Occidentales, Israel nunca sería capaz de someter a Occidente por sus propias capacidades. Por ello, la opción que se valora en los círculos sionistas es favorecer la implosión, del mismo modo que el Imperio Romano acabó por colapsar. Roma no cayó por la derrota de una potencia bélica de mayor envergadura, sino por el deterioro interno. Las llamadas “invasiones bárbaras” no fueron ataques externos de pueblos ajenos, sino movimientos de grupos ya parcialmente asimilados al Imperio como foederati (aliados federados). Los “bárbaros” recibían tierras dentro de las fronteras romanas a cambio de servir en el ejército, adoptaban el latín, el derecho romano, la administración y el cristianismo (aunque a menudo arriano), y ciertos generales de origen “bárbaro” como Estilicón (vándalo) o Ricimero (suevo) llegaron a ser los verdaderos señores de la guerra en sus zonas de influencia. ¿Les suena de algo?

El Imperio Romano de Occidente se desmoronó desde dentro por la inestabilidad política crónica marcada por la sucesión constante de emperadores débiles o asesinados, guerras civiles interminables y golpes de Estado que agotaron recursos y lealtad; a ello se sumó una profunda crisis económica con inflación galopante por la devaluación de la moneda, impuestos asfixiantes, decadencia del comercio y del campo, y empobrecimiento general; el ejército, profesionalizado con mercenarios “bárbaros”, perdió disciplina y cohesión, dejando de defender con eficacia las fronteras, todo ello agravado por una corrupción y decadencia social generalizadas, una burocracia ineficiente y absolutamente sobredimensionada que poco a poco erosionó el sentido cívico romano, polarizando a ricos y pobres y precipitando el abandono de las ciudades. Quizás ahora al lector le resulte más comprensible a qué se refería exactamente Mileikowsky cuando hablaba de ganar la guerra a Roma en esta ocasión. Puede parecer un planteamiento retorcido, y hasta cierto punto poco intuitivo, habida cuenta de que los judíos han alcanzado cotas de poder e influencia notables precisamente en el Occidente cuya caída se preconiza, y sin embargo es una profecía ampliamente compartida tanto en ámbitos seculares como religiosos del sionismo. No lo van proclamando a los cuatro vientos, la verdad sea dicha, pero tampoco es preciso rascar demasiado para encontrar ejemplos modernos del anhelo de que Edom implosione.

Sirva como ejemplo reciente este texto del rabino Joshua Wander, un influyente rabino israelí nacido en Estados Unidos y notable activista de la aliyá. En él, Wander revitaliza la vieja profecía de la enseñanza tradicional judía en virtud de la cual para que Yaakov (Israel) prospere, Edom (Occidente cristiano) debe caer. Argumenta que el declive actual de Occidente no es casual, sino el cumplimiento de esta “ley de la historia”. Señala como signos inequívocos del debilitamiento de Edom y, por tanto, de la verosimilitud de la profecía, su colapso cultural y moral, la constante inestabilidad política y económica o el derrumbamiento de las tasas de natalidad, en contraste con el ascenso de Israel basado en un crecimiento demográfico sostenido, el liderazgo tecnológico y militar, la expansión económica y un pretendido renacimiento espiritual. Wander sostiene que las políticas occidentales que debilitan a Israel como el apoyo a un Estado palestino, las resoluciones de la ONU contrarias a los intereses sionistas o los ceses del fuego que, según él, protegen a terroristas, no sólo no acaban por dañar a Israel, sino que aceleran la autodestrucción de Occidente.

Al bueno de Wander se le olvida incluir en su escatológico análisis algunas sutilezas, tales como que Israel es, junto a Arabia Saudí, el principal financiador del terrorismo yihadista —incluyendo a Hamás, a quien financió durante lustros por aquello de debilitar a la ANP—, o que una parte significativa del debilitamiento cultural y moral de Occidente se debe a la mano sionista. Sólo un dato para sustanciar el argumento: desde los años 70, la cantidad de judíos dedicados a la pornografía es absolutamente desproporcionada, una tendencia que mantiene su pujanza en la actualidad, con proyectos de enorme influencia como el portal Pornhub controlado por el ex rabino Solomon Friedman, o el fenómeno de Only Fans, propiedad del sionista judío Leonid Radvinsky, recientemente fallecido. En cualquier caso, podría oponer el lector que, a fin de cuentas, la visión escatológica de un rabino como Wander no debería sorprendernos. Sin embargo, la profecía también tiene su reflejo entre los judíos secularizados. La polémica tesis de Eurabia desarrollada durante años por la historiadora judía Gisèle Littman, describe precisamente un proceso de declive o autodestrucción del Occidente cristiano, que muchos sionistas interpretan como una versión secularizada de la “caída de Edom”, en virtud de la cual el Occidente cristiano no será destruido por una fuerza externa violenta, sino que implosionará desde dentro por una mezcla de debilidad, culpabilidad y sumisión progresiva a la islamización, renunciando voluntariamente a su identidad cultural, política y religiosa.

Así las cosas, desde que Netanyahu tomó el poder allá por el 96, ha ido creando la tormenta perfecta para que la profecía pase del terreno de la escatología al de la planificación política. Como ya he contado de manera reiterada en todos los foros en los que he tenido ocasión, Netanyahu se instaló en el mando de las operaciones aprovechando el asesinato de Isaac Rabin para desmantelar los Acuerdos de Oslo, dejando, negro sobre blanco, un mapa clarísimo de sus intenciones en su famoso documento Clean Break. A Mileikowsky se le pueden reprochar muchas cosas, pero lo cierto es que su plan no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones. El informe, presentado poco después de su victoria electoral, fue elaborado por un grupo de estudio del Institute for Advanced Strategic and Political Studies liderado por Richard Perle, con participación estelar de ínclitos halcones neoconservadores como Douglas Feith o David Wurmser, entre otros. El plan no dejaba lugar a interpretaciones: todo pasaba por dilapidar el espíritu de Oslo y sustituirlo por una estrategia de fragmentación y debilitamiento de los Estados vecinos (Irak, Siria, Líbano) para crear un entorno más favorable a Israel mediante cambios de régimen y rivalidades internas, priorizando la caída de Saddam Hussein en Irak como objetivo estratégico israelí, influyendo decisivamente en la balcanización de la región.

El resto, como suele decirse, es Historia. La estrategia de Netanyahu fue replicada en Washington al calor del informe “Rebuilding America’s Defenses: Strategy, Forces and Resources for a New Century“, publicado en septiembre de 2000 por el Project for the New American Century (PNAC), un think tank neoconservador fundado por sendos sionistas como William Kristol y Robert Kagan. En el texto se enfatizaba indisimuladamente la línea dura planteada por Netanyahu del siguiente modo:

“el proceso de transformación, incluso si trae un cambio revolucionario, probablemente será largo, a menos que ocurra algún evento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor.”

Y ese evento catastrófico llegó, exactamente un año después de la presentación del documento de seguridad, el infausto 11 de septiembre de 2001, condenando a Oriente Próximo a más de dos décadas de yihadismo, señores de la guerra, millones de muertos y la balcanización preconizada por Mileikowsky. La inestabilidad crónica de la región provocó millones de desplazados y, por ende, una presión migratoria creciente sobre Europa. Pese a ello, la propaganda sionista sigue afirmando —con cierto éxito, hay que reconocerlo— que Israel es el dique de contención del islamismo, cuando lo cierto es que ha sido la gasolina necesaria para su florecimiento. La operación sirvió para cumplir parte de la visión escatológica del fin de Edom: por un lado, estimulaba la culpabilidad post-colonial de los Estados europeos, de modo que sus sufridos ciudadanos aceptasen un goteo torrencial de inmigrantes, al tiempo que comprábamos la panoplia de medidas liberticidas asociadas a la famosa “guerra contra el terror”. Hoy día, con el aplauso acrítico y vergonzante de la mayoría del arco parlamentario europeo, tenemos al rebanapescuezos moderados Al Jolani, a la sazón líder del Frente Al Nusra (Al Qaeda en Siria), al frente del gobierno sirio. Es un yihadista, pero es nuestro yihadista. El relato no puede resultar más precario y, sin embargo, los cipayos líderes europeos siguen comprándolo como si del más elemental sentido común se tratase. Cosas veredes…

Así las cosas, la situación en Europa raya en la esquizofrenia. Mientras brotan como las setas las opciones políticas pretendidamente soberanistas, convenientemente pastoreadas por servicios de inteligencia propios y ajenos para combatir la desafección electoral, los causantes de este estado de cosas siguen pavoneándose en la esfera internacional. Vean, si no, la ridícula posición de VOX, atacando con reiterativo histrionismo la pretendida islamización de España mientras permiten que sus cuadros sean ocupados por las huestes de David Hachuel y demás estómagos agradecidos el sionismo. Es tal el nivel de secuestro de la derechuza política española que uno de los argumentos esgrimidos con recurrencia en estos días por sus analistos televisivos a sueldo es el de que la situación de debilidad de España frente a Marruecos se debe a que no le doramos la píldora lo suficiente a Israel y sus amigos. ¿Se puede acaso ser más cipayo? Trono a las causas, cadalso a las consecuencias.

Sin embargo, no puedo sino negar esta visión escatológica del fin de los tiempos. Si bien considero que el declive de Occidente es una realidad incontestable favorecida histéricamente por el sionismo, ello no implica en absoluto el florecimiento de Israel. Pese a las apariencias, Israel se encamina con enorme determinación a su desaparición como proyecto político. Un Estado artificial, creado sobre la base del supremacismo ashkenazí y del sometimiento de los países de la región, un Estado, que carece totalmente de incentivos para la paz, y cuya economía depende casi en exclusiva de su condición de base de operaciones militares de Occidente en Oriente Próximo, más tarde o más temprano acabará por sucumbir ante la nueva correlación de fuerzas multipolar que se dibuja en el horizonte. Si Edom cae, Yaakov caerá con él.

Sobre el autor

Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación. Es miembro fundador de Brownstone España, donde, además de publicar sus artículos, presenta semanalmente el podcast Debates intempestivos. Recientemente ha publicado El secuestro del pueblo judio (SND Editores).

Read the original on brownstoneesp.substack.com

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