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Brownstone España · Aug 5, 2026

De marchas verdes y futuros negros

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Hay una gran diferencia entre la reciente invasión de Ceuta y la Marcha Verde de 1975: Marruecos se ha convertido en una superpotencia africana, que disputa el liderazgo del continente a Sudáfrica

Pocos analistas nos resistimos a comparar lo que ha ocurrido estos días en Ceuta con la histórica Marcha Verde de 1975, cuando Marruecos ocupó ilegalmente el Sáhara, entonces español, mediante una operación híbrida, a medio camino entre lo civil y lo militar. Entonces, el rey Hassan II —efectivamente, Marruecos es de facto una monarquía absoluta— aprovechó el momento de debilidad de una España abocada a un cambio de régimen, con Franco intubado y un sucesor tan incompetente como aparentaba, para expandirse colonialmente en pleno contexto de descolonización. También supo aprovechar, naturalmente, la relación privilegiada con unos Estados Unidos que tenían la sartén por el mango de un ejército español dependiente del armamento estadounidense, de sus municiones y de los repuestos de una maquinaria militar remendada desde la Segunda Guerra Mundial, lo que hacía insostenible cualquier resistencia. Existía, además, entre los altos mandos, el temor justificado por lo ocurrido el año anterior en Portugal, donde jóvenes oficiales y sus soldados, hartos de morir en las guerras coloniales africanas, decidieron prescindir de la dictadura y, por la vía de la revolución o del golpe de Estado, acabar con el régimen salazarista sin Salazar.

Ahora la situación parece muy distinta. O quizá no tanto. Los elementos comunes han consistido en repetir la estrategia exitosa de una invasión civil, aunque esta vez solo como ensayo general. Ceder el control de las fronteras a un país a cambio de tratos de favor siempre conlleva la tentación de la extorsión periódica para renegociar condiciones más ventajosas. Es lo que lleva años haciendo Turquía con Alemania: la deslocalización del control fronterizo a cambio de dinero y privilegios... hasta que quieren más dinero y abren durante un rato la frontera para recordar quién tiene realmente el control. Quizá por eso la Unión Europea decidió, hace pocos meses, cambiar de estrategia y preparar mecanismos con capacidad para deportar a terceros países, más o menos como hace Australia desde hace años, con un éxito notable, o como ya practicaban los Estados Unidos mucho antes de Trump. Que España se desmarcara de esta nueva política en nombre de una supuesta superioridad moral ha tenido como consecuencia el castigo previsible: anuncios de restricciones y suspensiones del espacio Schengen, más como propaganda oportunista que como resultado tangible —Meloni ha fracasado en las deportaciones a Albania, y castigar a España es más teatro que eficacia—. Con todo, una advertencia es una advertencia, y en esta crisis Pedro Sánchez se ha quedado completamente solo frente a unos enemigos demasiado poderosos.

Estos días se han dicho muchas cosas. La mayor parte, verosímiles, con distintos grados de exageración. Como telón de fondo, están las tensiones con Marruecos, el principal adversario geopolítico de España, marcadas por unas relaciones secularmente conflictivas y una animadversión mutua más o menos disfrazada de tópicos y falsas buenas palabras a ambos lados. Lo que ha cambiado es que el reino de Marruecos se ha convertido en una superpotencia africana, disputando el liderazgo del continente con Sudáfrica, con un incremento muy sustancial de la renta per cápita, una amplia modernización y una demografía que, aunque registra una caída de la natalidad, sigue implicando una sobrepoblación de jóvenes. Muchos de ellos viven convencidos del mito europeo como tierra de promisión, de sexo fácil, de oportunidades económicas y de un espíritu de «pagafantas», poblado por gente mayor y apocada, donde a todo recién llegado se le conceden subsidios por respirar. Y es en esta potencia emergente de Marruecos, que construye estadios de fútbol a raudales para un Mundial en el que aspira a disputar la final a Madrid, donde estaría gestándose una especie de «minitrampa de Tucídides»: es decir, la percepción de la inevitabilidad de un conflicto bélico con un competidor que se percibe en ascenso frente a un rival que atraviesa una situación de decadente debilidad. Hay otros elementos, además de la inmigración como factor de desestabilización de Europa en general y de España en particular. Están las maniobras diplomáticas, con el espionaje de Pegasus de por medio —donde el principal escándalo es que no se investigue o que no trascienda nada—; el reconocimiento de la anexión colonial del Sáhara por parte de Rabat —dejando abandonadas a cientos de miles de personas con DNI español—; la eterna cuestión de Ceuta y Melilla; o la caótica dinámica de acercamientos y distanciamientos con Argelia. También conviene tener en cuenta una explicación que circula y que contiene elementos de verosimilitud: la venganza de Trump y de Netanyahu por los alineamientos diplomáticos de Madrid, o la relación asimétrica entre monarquías. De la época en que revistas del estilo del Hola entraban en mi casa, durante mi adolescencia, recuerdo las ocasiones en que Felipe y Mohammed, hermanados por aquello de la «uve palito», pasaban las vacaciones juntos. Se habla poco de ello, y tampoco de sus relaciones personales y políticas, que hoy tendrían un interés periodístico de primer orden.

En cualquier caso, lo que explica una respuesta tan tímida y casi imperceptible por parte de España es que, en caso de un hipotético —y desgraciadamente probable— conflicto bélico con Marruecos, España tiene las de perder. Los marroquíes cuentan con cerca de 200.000 efectivos, más una reserva de 150.000, frente a los 130.000 de España; disponen de superioridad en carros de combate —unos 560 frente a 320—, en artillería —500 frente a 96— y en lanzacohetes. Habría que ver qué ocurriría con los drones, que son el factor decisivo en el actual conflicto de Ucrania y donde Marruecos seguramente dispone de material chino, estadounidense y probablemente israelí, a raíz de los Acuerdos de Abraham. En cambio, España tiene superioridad aérea —150 aeronaves frente a 70— y una clara superioridad naval. El problema es que todo eso es sobre el papel y que, con una gran dependencia española del armamento estadounidense, podría darse el caso de que Washington, como ocurrió en 1975, dejara inoperativa buena parte de la maquinaria militar española, o que el apoyo de Israel provocara una debacle militar española mediante la guerra electrónica. Sin embargo, aquí la gran diferencia es de carácter moral. Marruecos se ve a sí mismo como una potencia emergente, capaz de ponerse a prueba, mientras que España es un país profundamente dividido y polarizado, con una moral de combate que podría recordar la «extraña derrota» de la que habló Marc Bloch al referirse al pánico francés que hundió al ejército y a la sociedad en mayo de 1940.

El principal error cometido por Pedro Sánchez ha sido la regularización masiva de inmigrantes. El presidente y sus aliados políticos no han sido capaces de entender que la cuestión migratoria ha dado un giro radical en la opinión pública europea —y también en la española, donde seis de cada diez encuestados consideran que hay un exceso de inmigrantes—. El fracaso de una parte importante de los procesos migratorios de las últimas décadas ha hecho que, desde las fuerzas nacional-populistas emergentes hasta los socialdemócratas daneses o los laboristas británicos, se haya corregido la política de fronteras abiertas. Ya sea porque los europeos han llegado a la conclusión de que la saturación demográfica ha contribuido a empeorar sus economías y la seguridad, ya sea por las tensiones sociales y las incertidumbres de futuro sobre el papel que pueda desempeñar la revolución de la IA en el mercado laboral, lo cierto es que este debate podría generar graves problemas internos a medio y corto plazo. La regularización de entre medio millón y un millón de extranjeros ha sido un error de cálculo que ha preocupado a las cancillerías europeas, que han reaccionado con un aislamiento diplomático que sumerge a España en la fragilidad y la vulnerabilidad.

Aunque Pedro Sánchez es conocido por su legendaria capacidad de supervivencia y oportunismo, aquí ha errado por completo. ¿El espionaje con Pegasus contra él y su gobierno —resulta increíble la falta de respuesta sobre el asunto— puede haberlo paralizado? En cualquier caso, lo pertinente habría sido celebrar un consejo de ministros de emergencia en la propia Ceuta, y una cierta escalada del conflicto mediante represalias «blandas»: suspensión de algunos tratados comerciales, paralización de los camiones marroquíes en el puerto de Algeciras, revocación de algunos permisos de residencia o de credenciales diplomáticas... Y nada de eso ha ocurrido, lo que contrasta con la represión contra los independentistas catalanes o contra los mallorquines que protestan contra el turismo. El exceso de prudencia será interpretado por Rabat como debilidad y, por la mayor parte de la sociedad española, como cobardía. Y eso no supondrá rebajar la temperatura del conflicto, sino que alimentará nuevas operaciones de guerra híbrida. Una guerra híbrida que, como ocurre cada vez que celebran el aniversario de la monarquía alauí, libera a peligrosos delincuentes de las cárceles marroquíes que, en pocos días, circulan sin problemas por Europa, como saben todas las policías.

Cuesta creer que el asalto híbrido a la ciudad fuera una sorpresa o que hubiera errores de inteligencia. No sería descartable que quienes debían vigilar dejaran hacer para desestabilizar a un gobierno que tiene a todos los poderes fácticos sublevados y furiosos, especialmente cuando las sentencias europeas sobre el procés obligarán a España a tragarse a un siempre imprevisible presidente Puigdemont paseándose por Girona. La desestabilización también implica dejar en evidencia los restos del naufragio Podemos-Sumar, con sus mantras sobre la crisis migratoria, el «abramos las fronteras» y todas aquellas consignas que han desacreditado un espacio político y que pueden dejarlo fuera de juego, como mínimo, durante una década. Las imágenes repetidas por las redes, y aún más por los propios informativos, han despertado una especie de miedo ancestral respecto a un espacio civilizatorio con el que se ha mantenido una historia cargada de conflictos, desconfianzas y odios. Y no hace falta recurrir a lo que ya explican los estudios demoscópicos, según los cuales el rechazo a la inmigración acerca a derecha e izquierda; basta con escuchar las sobremesas, cuando personas que durante toda su vida han votado a partidos progresistas han ido cambiando silenciosamente sus posiciones sobre esta cuestión.

Las imágenes son duras. No solo por la tragedia humana, tanto por las muertes que ha causado esta extraña estampida como por el dolor que hay detrás, sino por la escenificación del choque de civilizaciones que anticipaba Huntington —o incluso por aquello que recuerda sospechosamente a las ficciones de Renaud Camus que han alimentado las teorías del «Gran Reemplazo»—. Crisis como estas, como ya ocurrió también en 2015 en una Alemania que vive un terremoto político, han activado una especie de amígdala cerebral colectiva que nos recuerda nuestra condición primitiva y tribal, en una época en la que, con el cambio de siglo, nos hemos ido desprendiendo de las ideologías para asumir las identidades como principal eje político. Este tipo de reediciones de marchas verdes nos dibujan un horizonte bastante negro.

(Revista Mirall)

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Sobre el autor

Xavier Diez (Barcelona, 1965), Historiador, escritor y articulista en diversos medios. Doctor en historia, ha sido también profesor, y publicado diversos libros de ensayo y narrativa. Entre sus últimos libros destacan Una historia critica de les esquerres (El Jonc), L’escola: espai en destrucció (El Martell), El anarquismo individualista en España (1923-1938) (Virus editorial) y El pensament polític de Salvador Seguí (Virus editorial). Colabora cada lunes como tertuliano en Debates intempestivos, el espacio semanal sobre actualidad en formato podcast de Brownstone España.

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