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Brownstone España · Jul 31, 2026

¿Cómo enseñar literatura? La alucinada lectura de la «Canción del pirata»

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Ramón de Rubinat Parellada · Brownstone España

Recupero un párrafo de uno de los artículos que me han publicado aquí, en Brownstone España, concretamente, el que lleva por título: «Contra el mito de Stefan Zweig (o de la incapacidad del idealista para entender lo que lee)». Este es el pasaje:

«Para enseñar literatura de forma no fraudulenta, deberíamos acompañar todo cuanto vayamos a decir de una obra literaria con los pasajes concretos de aquella obra que fundamentan aquello que de ella decimos […] Lo que vayas a decir tiene que partir de lo escrito y esa fuente tiene que estar presente. Que este sea el criterio, la norma insoslayable: si no eres capaz de mostrar de dónde proviene lo que dices, no lo digas. En suma, o das los pasajes o te callas».

Conviene no confundir la cita literal (la reproducción de una selección de pasajes de las obras que trabajamos) y la paráfrasis (la interpretación amplificativa de un texto para ilustrarlo o hacerlo más claro o inteligible) con la doxografía (la erudición acrítica, el rosario de citas de lo que otros han dicho sobre esa obra), pues hay mucho profesor-impostor capaz de hablar dos horas seguidas sobre una novela sin aducir uno solo de sus pasajes, pero acoquinando, eso sí, a su auditorio con una espectacular ventriloquía de voces de supuestas y autorizadísimas autoridades. Ten por seguro que, quien así te habla, te engaña.

Lee y atiende a lo que está escrito y no supongas nada ni te dejes llevar por apriorismos. Olvídate de ti y mira lo que lees.

La Canción del pirata es uno de los poemas que los niños acostumbrábamos a aprender en la escuela. Sucedía, no obstante, que lo memorizábamos y recitábamos sin apenas pararnos a pensar en lo que decían aquellos versos, limitándonos a sentir, eso sí, la impresión de lo indómito que, sin duda, transmiten. Pero eso ya no importa, si no lo hicimos entonces, hagámoslo ahora. Leamos atentamente y pensemos sin prejuicios los versos del poema:

«Allá muevan feroz guerra/ ciegos reyes/ por un palmo más de tierra…».

Desprecia el capitán pirata las guerras de los reyes para poseer tierras, sin entender que la posesión de la tierra es el acto sobre el que se fundan el derecho y la nación: quien toma la tierra, la hace suya, y esta seguirá siendo suya si el que la toma es capaz de dotarla de instituciones políticas y lograr el reconocimiento de las otras naciones.

El suum quique tribuere –el mandato de dar a cada uno lo suyo, que fundamenta nuestra concepción del derecho– exige que primero te hayas hecho con aquello que dices tuyo. Esto es lo que defiende el preclaro don Quijote en el discurso de la Armas y las Letras; en cambio, el don Quijote a por uvas, el colega del capitán pirata, da rienda suelta a su idealismo más descerebrado en el discurso de la Edad de Oro. Aunque cueste de creer, hay lectores de Babia (y de baba) que se pirran por este Quijote a por uvas al que Cervantes conduce, una y otra vez, al ridículo.

Sigamos con Espronceda:

«…que yo tengo aquí por mío/ cuanto abarca el mar bravío,/ a quien nadie impuso leyes».

Lo del «tengo aquí por mío» es, realmente, descacharrante. El pirata «tiene por suya» la totalidad del mar porque su fuerza le miente esa propiedad, pero jamás podrá decir que aquello es, efectivamente, suyo. Esto es como si tú y yo, subidos en un Renault 4L, tuviésemos aquella carraca por un Ferrari. Tú y yo podemos «tener cualquier cosa por» lo que a nuestra imaginación o a nuestro deseo más les apetezca, pero ese «tener por» no cambia la realidad hojalatera de nuestro 4L. Pues bien, sabe, lector, que en esto consiste el peligrosísimo error de los idealistas, en negar la realidad de las cosas y sustituirla por las construcciones de su imaginación.

Continuamos leyendo:

«Y no hay playa/ sea cualquiera,/ ni bandera/ de esplendor,/ que no sienta/ mi derecho/ y dé pecho/ a mi valor».

En estos versos, el derecho supuesto se acompaña de otra figura no menos retórica y líquida: el derecho sentido. El capitán alude a un derecho que no puede aparecer fijado institucionalmente, políticamente, pero que sí aparece sentido por los demás («…que no sienta mi derecho»). El caso es que la idea de «sentir un derecho» no dice la fuerza del capitán, sino su impotencia y su incompatibilidad con cualquier desarrollo político.

Al derecho supuesto y al derecho sentido sigue esta grandilocuente afirmación del capitán pirata:

«…que yo soy el rey del mar,/ y mi furia es de temer».

Precisamente porque la perífrasis verbal (tener por) dice la imposibilidad de poseer el mar, entendemos que el «yo soy el rey del mar» es pura altanería, un intensificador, una hybris, una afirmación que no tiene valor político pero sí tiene valor psicológico. Y por esta vía regresamos al voluntarismo idealista. El derecho se siente y se siente, también, la realeza y a nuestro 4L lo sentimos Ferrari y, así, uno acaba creyendo que puede ser todo aquello que siente que es:

«Yo sé quién soy –respondió don Quijote–, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama».

Esta locución («rey del mar») pone de manifiesto que el capitán es incapaz de sustraerse a las categorías políticas, es decir, que ni sabe ni puede hacer política fuera de la política, a pesar de que está aludiendo, en todo momento, a estructuras e instancias políticas.

Y, ahora, la belleza:

«En las presas/ yo divido/ lo cogido/ por igual:/ sólo quiero/ por riqueza/ la belleza/ sin rival».

El barco (la libertad) es su tesoro y la máxima belleza, mientras que el oro es la riqueza que él reparte entre los demás. La clave, aquí, es que ese oro que el capitán reparte entre la marinería no vale nada, porque la moneda es una institución y las instituciones se dan en el seno de las sociedades políticas. Esto lo sabe el capitán, pero cabe suponer que lo ignora la marinería ficcionada en el poema. Pues bien, en esta asimetría reside la realidad totalitaria que exacerba el poema.

La marinería conforma un todo distributivo (conjunto de iguales) que no incluye al capitán (basta con atender a los pronombres posesivos expresados en primera persona del singular de aquel que está diciendo su cantar). Si la marinería se engaña con el oro, el capitán se engaña con su supuesta libertad.

Veamos, ahora, en qué consisten sus victorias:

«Veinte presas/hemos hecho/a despecho,/del inglés,/y han rendido/sus pendones/cien naciones/a mis pies».

¿Ha ganado alguna guerra el capitán? No, ninguna. El capitán no puede vencer en ninguna guerra porque el capitán no guerrea. El capitán apresa, se dedica al pillaje, pero no guerrea. La guerra pertenece al ámbito de las sociedades políticas.

El corsario de Byron va a la guerra contra el Turco a favor de Grecia (y hace vida en tierra firme, se enamora, se le da la bienvenida, etc.); nuestro capitán, en cambio, es un forajido condenado –esta es su esclavitud– a tener que luchar contra el poder de las cien naciones que, puntualmente, se han rendido ante él en el mar. Las victorias del pirata no son fundamento de nada porque no son políticas, porque no son una guerra, solo son un pillaje. Sus victorias no inauguran una paz, al contrario, el capitán jamás tendrá reposo. No hay paz para él. Esta es su condena. Este es el yugo que luce mientras canta alegre en la inopia:

«Asia a un lado, al otro Europa,/ y allá a su frente Estambul».

«…que es mi dios la libertad».

«…y han rendido/ sus pendones/ cien naciones/ a mis pies».

Poder cruzar el Mediterráneo, ¿qué libertad es esa? ¿Y qué haces mientras cruzas el Mediterráneo? En el poema, el capitán afirma que eso, el poder desplazarse por el mar en su bajel, es su mayor tesoro, que eso, la libertad de moverse por donde no hay nadie, es su dios, lo único en lo que cree. Yo entiendo que todo lo anterior pone de manifiesto la exigua libertad del capitán, un tipo que no puede pisar tierra en ninguna de las playas de las cien naciones que han rendido sus pendones a sus pies ni en las playas de las naciones amigas o aliadas de esas cien. Esto último (la nula libertad del capitán en tierra firme) es fundamental porque es la expresión de la libertad-cárcel de que este disfruta.

El pirata cree que es libre porque cree que hace lo que quiere cuando, en realidad, no puede hacer más que lo que hace. Esta es la gran contradicción. No es libre albedrío, es impotencia, la contrafigura de la libertad.

Ni él ni su marinería pueden tener familia o, de tenerla, se verán siempre perseguidos por los Estados que imponen y custodian el derecho de las naciones. Sus hijos no podrán ser aprendices de ningún oficio que no sea un oficio del mar y desde el mar. ¿Qué libertad es esta? Sus heridas y enfermedades no pueden recibir la atención de las instituciones sanitarias y asistenciales que funcionan dentro de las sociedades políticas.

El pirata no puede acumular ni dinero ni mercancías. Y si es tan iluso (idealista) que desprecia el oro y solo estima lo bello (errónea metáfora de una idea equivocada de libertad), su vida dependerá de que jamás le venzan y de estar siempre en condiciones de poder robar todo lo que necesite (aunque no tenga el pirata, ahora, consciencia de esta necesidad). El capitán pirata es mucho más impotente que libre, pero no lo ve.

En resumen, que Espronceda diseña un gran capitán pirata con muy poca libertad. Este capitán es puro idealismo, un iluminado, un eremita del mar y, en este sentido, un impotente (por si es de tu interés, sabe, lector, que me he ocupado de esta figura en un artículo titulado «La Canción del pirata, polvo del lodo posmoderno»).

El corsario de Lord Byron no pierde en ningún momento el contacto con la sociedad política; nuestro pirata, en cambio, vive en un marco teórico tremendamente idealizado. El uno es un corsario y, por tanto, mantiene los lazos con la sociedad política que lo reconoce y promueve, mientras que el otro es, simplemente, un forajido que el idealista Espronceda adorna con oficio, pero que no convence a quien es capaz de leer lo que los versos dicen sin dejarse influir por las sensaciones adolescentes que el poema incendia con clara intención.

Es este un poema que, a menudo, se entiende como una exaltación de la libertad y la decisión personal, como un canto al hombre emancipado que se sustrae al dictado normativo de las instituciones y se labra su propio camino, cuando, en realidad, es todo lo contrario, un poema-patraña que ha servido para ejercitar la memoria de multitud de escolares y para reivindicar como virtud lo peor de la miopía romántica.

El derecho sentido, la posesión sentida y la realeza metafórica o intensificadora dicen que el capitán se sustrae a las instituciones políticas más elementales y esto hace de él un simple forajido. Sobre este tipo de figuras, recuerda, lector, lo que el bandolero Roque Guinart le reconoce a don Quijote:

«Realmente le confieso que no hay modo de vivir más inquieto ni más sobresaltado que el nuestro […] Pero Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro».

«Roque pasaba las noches apartado de los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba, porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona había echado sobre su vida le traían inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos o le habían de matar o entregar a la justicia. Vida, por cierto, miserable y enfadosa».

El materialismo de Cervantes y su concepción de la libertad muestran la condición insoportable y peligrosa de la vida bandolera.

El idealismo de Espronceda y su concepción papanatas de la libertad, en cambio, defienden la preeminencia de las figuraciones del individuo por encima del orden operatorio que la realidad le impone (y contra el que se puede luchar, sin duda, pero nunca desde planteamientos exentos, ilusos, desde posiciones que desatiendan lo que hay).

¿Qué debería hacer tu profesor de literatura?

En primer lugar, olvidarse de sí mismo (yo creo, yo opino, yo siento, yo querría, a mi me parece, yo diría…), ser más humilde y respetuoso, y atender a lo que está escrito, y, en segundo lugar, debería el profesor definir los términos de los que se sirve para fundamentar sus análisis de las obras literarias.

Tu profesor debería advertir que no hay ningún componente político en la Canción del pirata y que la libertad a la que se refiere el poema es, en realidad, la expresión de una impotencia.

El pirata y sus hombres no pueden pisar tierra firme. El barco es una cárcel y el oro que apresan no les servirá para nada.

Entonces, cuando el profesor te hable de la libertad a la que se supone que Espronceda canta en el poema, pregúntale qué libertad es esa. Una cosa es lo que canta el capitán (una posesión que se supone, un derecho que se siente, una majestad metafórica y una libertad idealizada) y, otra, la realidad forajida, impotente y apolítica del capitán y sus hombres.

Que tu profesor defina libertad, que contradistinga su definición de otras y que muestre los pasajes de los que extrae sus ideas: estos son los principales imperativos. Si no lo hace, es que te engaña.

A estos dos imperativos tenemos que sumar todo lo que he indicado en otro de los artículos publicados aquí, en Brownstone, concretamente, el que lleva por título: «Una pregunta para tu profesor de literatura y para la ministra de Educación (y sus homólogos y heterólogos autonómicos)». En ese capítulo he dado las definiciones de obra literaria, literatura y lectura y he analizado los tres constituyentes de la obra literaria (fabula, contenidos estéticos y poéticos y contenidos lógicos) y la relación de symploké(entretejimiento, conjugación) que se da entre ellos. Esta comprensión de los materiales literarios (tanto los contenidos de teoría de la literatura de aquel artículo como los de este los tomo, directamente, de la Crítica de la razón literaria, de Jesús G. Maestro) asegurará la solvencia de tus clases y las preservará del fraude.

En resumen, para enseñar literatura de forma no fraudulenta, debemos:

  1. Entender la distinción entre obra literaria y literatura. Deberíamos poder definir de forma solvente estos dos términos.

  2. Entender cuáles son los constituyentes de una obra literaria (fabula, contenidos estéticos y poéticos y contenidos lógicos) y entender que podemos distinguirlos pero que no podemos separarlos.

  3. Entender la relación de symploké (entretejimiento o conjugación) que se da entre ellos. Entender, por tanto, que una cosa son las ideas que trabajan en esa symploké, en esa conjugación, y, otra, las ideas que resultan de ella.

  4. Entender que, para fundamentar nuestras críticas, debemos contar con una serie de conceptos y clasificaciones sistemáticamente organizados de los materiales literarios. Con este recurso, neutralizaremos la acción perturbadora de los psicologismos, las sofisterías, los ideologemas y las doxografías.

  5. Entender que la lectura es el enfrentamiento de nuestro racionalismo crítico contra el racionalismo objetivado por los autores en cada obra literaria.

  6. Y, en consecuencia, debemos entender que todo profesor que no consiga proporcionar, ampliar o robustecer la competencia crítica de sus alumnos (para lo cual es preciso atender, como mínimo, a los cinco puntos anteriores) es un fraude. Si tienes a uno de estos delante, sabe que te están timando.

Sobre el autor

Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).

Read the original on brownstoneesp.substack.com

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