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La Octava Poesía · Jun 24, 2025

Dios, te rezo pero nadie responde

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Blanca Quiñónez · La Octava Poesía

Tengo este sueño recurrente en el que Dios me responde, pero yo no puedo escucharle. Silencio. Tengo un sueño en el que Dios calla y yo grito, pero Dios solo me observa. Silencio. Tengo un sueño en el que Dios no responde y yo, yo solo respiro.

Dios, siempre que te rezo me convierto en una niña de nuevo.

Tengo 10 años, cierro los ojos para encontrarte en la oscuridad, junto mis manos y un padre nuestro encuentra mi lengua.

Nadie contesta.

Ahora tengo 25 años y juntando las manos intento que me veas. No lo haces. Me digo, entonces, que debo de ganarme tu atención. Aprieto más los ojos, me concentro en sentirte, pero nada. Nada sucede.

Siempre vuelvo a ti porque, ¿a dónde va una cuando ya lo ha intentado todo?

Cuando una crece juntando las manos para ser escuchada, una aprende a poner su fe en un acto de redención: aceptarse humano. Entonces, una se acepta imperfecta, quizás así Dios voltee. Entonces, una se arrodilla y baja la mirada, quizás así Dios escuche.

¿Por qué no me escuchas, Dios?

He intentado encontrarte en otras partes y cuando creo alzar las manos y acariciar tus dedos, me encuentro de nuevo a oscuras mientras repito un rezo, pero nadie contesta.

¿Es, acaso, tu silencio una respuesta?

Quizás hablar contigo es vivir en el silencio perpetuo o quizás el silencio es debido a mi incapacidad de escucharte.

Soy atea y tengo envidia, Dios. Amaría pronunciar tu nombre y que para mí significase algo. Así me sostendría en alguien. Así sabría que después de susurrar un rezo, la respuesta es la vida misma. Pero, no. Yo necesito escucharte. Necesito que con tu omnipotencia me digas que todo estará bien.

Háblame, Dios. Dime que no estoy sola.

Respóndeme, Dios. Prométeme que en tus brazos también hay espacio para monstruas como yo.

Soy agnóstica y tengo miedo, Dios. De no creer. De no saber sostenerme cuando lo tangible fallezca. Solo quiero una señal; un soplo de viento que me acaricie la mejilla. Un perro negro que me acompañe en la noche. Una flor en medio del cementerio.

Mírame, Dios. ¿Qué debo de hacer para que me veas?

Soy alguien, Dios. Cargo la culpa como vestido, trago el cuchillo de la vergüenza cada que hablo y a veces confundo a la mano que me alimenta con un lobo porque me aterra que me quieran. Quizás es ese el problema, Dios. Quizás no quiero que me quieras porque si no lo haces al menos podré resentirte por ello, pero si me quisieras, no sabría soportar tu silencio.

Silencio.

Silencio

Silencio.

Soy, Dios. Soy el latido de un agujero negro, la autopsia de un cuerpo acostumbrado a la herida, el veneno del enojo y una niña que huye del fuego, pero que se incendia cada que puede. También, soy. Soy la nostalgia del perfume de mi abuela, una mariposa que se aferra al presente, un amor que late sin miedo.

Me aferro a tu divinidad porque aún no puedo aceptarme solitaria en este mundo. Me aferro a tu crueldad porque alguien ha de tener la culpa de todo esto. Me aferro a vos, Dios, porque cuando el mundo se acaba, solo queda juntar las manos y rezar.

Dios, ¿quién está al otro lado de mi rezo?

Este es un escrito que surge de mi relación (o la inexistencia de la misma) con Dios. Siempre me ha fascinado Dios como figura y, a pesar, de que no soy creyente, a veces me encuentro juntando las manos.

Con amor, Blanca.

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