Este fin de semana, Dani (mi esposa) y yo lo aprovechamos para ir a pasar el fin de semana al campo y desconectar del ruido de la ciudad.
A veces me sorprendo de lo fácil que me olvido que vivimos en una zona que literalmente está a 20 minutos de la naturaleza. También me olvido, con más frecuencia que nunca, de lo necesario que es desconectarnos de la rutina para recargar energías, ver las cosas con más claridad y decidir con perspectiva.
En una de las salidas que hicimos, visitamos la granja de un pariente de la familia de mi suegro. Tierras que hace apenas unos años estaban completamente vírgenes de la intervención humana.
Hoy esas mismas hectáreas están habitadas por plantaciones de los más diversos vegetales, gallinas libres, conejos, ovejas, codornices y una variedad de vegetación que convive en armonía con su entorno, respondiéndole únicamente a los procesos naturales de las cosas.
De la riqueza que nace de la tierra y sus animales, la familia produce mermeladas, productos para la cocina, bebidas de todos los gustos y sabores. Venden los huevos que producen sus gallinas y los vegetales que cosechan en la temporada.
Y acá viene lo increíble:
Todo esto fue posible gracias al trabajo de un matrimonio que nunca antes había trabajado en el campo, ni tuvo contacto previo con nada de lo que hoy se convirtió en su normalidad.
Simplemente siguieron su curiosidad y su profundo deseo por materializar esta vida.
Todo lo hicieron con sus propias manos, incluyendo esta bellísima casa/container donde hoy viven rodeados de montañas y el entorno verde que los acompaña:
Cuando escuché esta historia mientras recorríamos la granja, no podía parar de pensar en el tiempo bisagra que estamos viviendo como humanidad y en lo mucho que cambió mi trabajo desde que reconocí que mi profesión va mucho más allá del título que la acompaña.
Para que te des una idea, en febrero me asocié con una agencia de turismo para ayudarlos a agilizar el tiempo que les lleva armar presupuestos de viaje para potenciales clientes. Propuestas que no tienen garantía de convertirse en venta y, sin embargo, crearlas les consume más tiempo del que desearían.
La primera semana nos reunimos para entender a fondo el problema, identificar oportunidades y mapear todo el recorrido hasta llegar a la propuesta final. Con toda esa información, volví a mi computadora a diseñar la solución y a la semana siguiente ya tenía una aplicación en funcionamiento creada íntegramente con inteligencia artificial y mi experiencia creando productos.
Por dentro, volví a sentirme como el adolescente de 13 años que construía páginas web desde su cuarto por el profundo deseo de crear y ser visto por alguien.
Por primera vez en décadas, dejé de ser otro diseñador y volví a sentirme un artesano. Igual que el matrimonio que transformó esas tierras abandonadas en una granja llena de vida.
Durante mucho tiempo, las oportunidades convivían en la profundidad.
Si sabías más que otros sobre algo en concreto, eso ya te hacía más interesante y te daba una ventaja superior frente al resto:
El experto en SEO. El diseñador de interfaces. El especialista en copywriting.
Cuanto más específico era tu conocimiento, más interesante te volvías para el resto.
Hoy la IA está disolviendo esta percepción por completo.
La inteligencia artificial generativa está commoditizando “ventajas” que antes llevaban años construir, haciendo que el acceso a la especialización técnica sea cada vez más democrático, reproducible y, en consecuencia, barato. Lo que antes llevaba años dominar, hoy cualquiera puede ejecutarlo aplicando los pasos y prompts correctos.
Cuando entendí esto, al principio sentí la ansiedad que atraviesa cualquier persona cuando se siente amenazada por un agente externo que no puede controlar. Luego comprendí que, para creadores como nosotros, estamos frente a una redistribución de oportunidades.
Y las oportunidades, en este momento, están del lado de quienes sepan combinar múltiples habilidades para un fin concreto.
Desde que tengo memoria, la época del Renacimiento y toda la obra de Leonardo Da Vinci tuvieron una profunda influencia e inspiración en mi búsqueda creativa.
Digo estas palabras y todavía recuerdo cuando pisé por primera vez Florencia, durante el invierno italiano de 2024. Jamás había estado en contacto con tanta belleza.
En fin. Volvamos a Leonardo.
Da Vinci no era solo pintor. Era ingeniero, anatomista, músico, arquitecto, geólogo y escritor. No permitió que ninguna de esas habilidades lo definiera y, en cambio, integró todas para dejarnos un legado invaluable en todas las áreas en las que se desempeñó.
No eligió una sola disciplina: las usó todas para pensar diferente en cada una de ellas.
Durante siglos, un perfil como el de Leonardo era una anomalía admirada pero impráctica en el mundo real, porque en definitiva el mercado premiaba la especialización. De ahí que surgieron las carreras universitarias, luego las maestrías, hasta llegar a los doctorados y posdoctorados.
Hoy fiarse de ese carril se está volviendo riesgoso.
No me malinterpretes. La especialización sigue siendo importante, pero hoy más que nunca es importante integrar otras disciplinas a nuestro stack de habilidades si queremos mantenernos relevantes para los cambios que se vienen.
De hecho, Sam Altman, el CEO de OpenAI, en más de una oportunidad dijo que estamos en camino de ver la primera empresa de mil millones de dólares manejada por una sola persona. No porque ese emprendedor sea un genio en todas las áreas, sino porque logró integrar otras capacidades y usar la IA para orquestar tareas que antes requería de equipos enteros.
El matrimonio de la granja que visité no siguió el manual de sus respectivas carreras para darle vida a su proyecto:
Combinaron curiosidad, múltiples disciplinas, habilidades, intuición basada en su conocimiento y el profundo deseo de construir algo propio.
Su ventaja fue la integración.
Nadie puede competirles en una combinación tan precisa y por eso no existirá un proyecto igual.
Un diseñador que entiende cómo funcionan los sistemas creará mejores productos que alguien que solo sabe de interfaces.
Un especialista en marketing que comprende los fundamentos de la programación puede construir soluciones que ningún otro profesional puede lograr.
Y un consultor que utiliza la inteligencia artificial para crear herramientas personalizadas, puede ofrecer un mejor servicio que alguien que solo la utiliza para buscar información y responder preguntas.
Esa es la belleza del pensamiento creativo: no encerrarte en una sola habilidad o talento, y empezar a verte como una constelación única de capacidades que nadie más que vos posee en sus mismas proporciones.
Cuando todos tienen acceso a las mismas herramientas avanzadas de IA, el diferencial deja de estar en la tecnología y pasa a encontrarse en la creatividad humana.
Eso que te hace diferente es lo que más fuerza e impulso te dará en la era de la IA.
Tu visión creativa. Tu imaginación. Tu manera única de hacer las cosas.
Las empresas y proyectos que protejan estas cualidades son las que mayor atención atraerán y más prosperidad tendrán en los años que nos esperan por delante.
Entonces, ¿qué podés empezar a hacer hoy?
El primer paso es entender el panorama en el que nos encontramos. El segundo es accionar de forma intencionada para dirigirnos hacia la dirección que nos llevará a expresar todo nuestro potencial, más allá de las etiquetas.
Te recomiendo empezar por estas cinco:
¿Qué campo fuera de tu área principal de especialidad te genera curiosidad genuina? No pienses en lo que *deberías estudiar*, sino en lo que genuinamente te llama. Empezá por dedicarle 20 minutos al día, aunque todavía no te sientas seguro de si es realmente eso. La claridad llega con el movimiento.
Identificá un problema real en tu trabajo, vida o entorno y buscá resolverlo integrando habilidades o herramientas de otro campo. Por ejemplo, como hice yo con la agencia de turismo: combiné mi experiencia como diseñador de productos, con sistemas, negocios y programación.
No tiene que ser perfecto. Tiene que desafiarte.
Cuando encuentres un concepto de otro campo que no domines, en vez de descartarlo o rendirte, pedile a Claude o ChatGPT que te lo explique de una forma que puedas comprender.
Es en ese ejercicio donde se encuentran los puntos que luego conectarás para crear algo nuevo y propio.
Los mejores pensadores, creativos y personas que conozco no eran los más especialistas en lo que hacían, sino los más nutridos en diversos temas.
En vez de volcarte a leer otro libro más sobre algo que ya conoces, te propongo que busques algo completamente ajeno a tu campo. Un libro de historia, de biología, de arquitectura o de filosofía puede tener más impacto en tu vida y profesión que otra publicación más sobre tu especialidad.
Si encontrás algo de un campo que te recuerde a un tema del otro, escribilo. Las ideas más originales nacen de esos momentos en donde tu voz interna te dice “esto me hace pensar en..”.
Una simple nota en tu celular. Un garabateo en tu cuaderno. Todo suma siempre y cuando puedas volver a ella.
Hacer este ejercicio es muy poderoso porque la acumulación de esas conexiones es lo que, con el tiempo, terminará moldeando tu perspectiva única. Aquella que es imposible de replicar, ni siquiera con IA.
A medida que la IA vaya absorbiendo más tareas productivas, el valor diferencial que podremos aportar como humanos se encuentra en nuestra capacidad para expresarnos, en la resonancia de nuestras ideas y en la creatividad producto de una serie de conexiones únicas que ninguna máquina será capaz de replicar.
La historia del matrimonio que transformó un pedazo de tierra desierta en una granja llena de vida es la historia de dos personas que se resistieron a quedarse atrapadas dentro de los límites de lo que ya sabían hacer y conocían:
Se sumergieron en lo desconocido para materializar su visión.
Y en un mundo donde la IA puede replicar cualquier especialización técnica, tu ventaja no estará en saber más de lo mismo.
Estará en animarte a integrar y combinar lo que no conocés. Todavía.
“La inspiración no es más que la recompensa por trabajar todos los días.” – Charles Baudelaire
Durante esos días de desconexión, se me ocurrió que sería interesante que contemos con un canal de comunicación más íntimo y directo. Se me ocurre que así podremos estar más cerca, mientras esperas mi próximo correo.
Si estás en Substack, seguramente sabes que existe un chat para satisfacer este deseo. Mi idea es empezar a usar este espacio para compartirte un poco más sobre mi vida, contenido interesante que encuentro y ejercicios para mantenerte activo durante la semana.
Si te interesa formar parte, podrás apuntarte acá:
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