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Bitácora · Aug 14, 2025

El arte de crear despacio

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Agustín Schelstraete · Bitácora

La semana pasada me invitaron a un evento cultural donde analizaron el fenómeno de la música britpop durante la década del 90. Como soy tan fanático de Oasis no dudé un segundo en participar.

Mientras presenciaba un panel de expertos que dialogaban sobre el tema, me salió impulsivamente compartirle a un amigo que tenía al lado la siguiente reflexión:

“¿Te diste cuenta que ya no volveremos a tener discos tan icónicos como los que salieron antes de que existan las redes sociales?

Me refería a esos discos atemporales que marcan generaciones de raíz. Canciones que supieron describir con melodías y palabras aquellas experiencias y emociones que se escapan de nuestro entendimiento.

Aunque mi pregunta pudo sonar un poco exagerada, la realidad es que vivimos un presente en donde la inmediatez adoptó más relevancia que la profundidad.

Vivimos en un mundo que adora la velocidad.

Que no soporta el silencio.

Que detesta la quietud.

Todo mensaje debe responderse ahora.

Todo proyecto debe entregarse para ayer.

El mejor resultado es el que llega sin haber hecho el proceso.

Lo observo cada vez que abro Instagram y lo confirmo siempre que veo lo bien que convierten contenidos y propuestas donde te prometen una facturación concreta, un peso ideal, cualquier realidad mágica en tiempos que no existen. Como si la gente supiera por dentro que le están mintiendo, pero aún así eligen ser engañadas por la urgencia que padecen.

¿Pero qué sucede cuando esa obsesión por la velocidad nos aleja de crear algo verdaderamente significativo para nosotros y el resto?

El mundo que habitamos nos hace creer que la rapidéz es una virtud y que la velocidad es sinónimo de valor. Cuando en realidad, sucede todo lo contrario.

Porque si lo pensamos por un momento, ¿cuántas posibilidades existen de alcanzar un resultado genuinamente valioso y sostenerlo en el tiempo si todo lo hacemos a las apuradas?

¿En qué momento nos creímos que la métrica más importante es “qué tan rápido llegamos” y no “qué tan real es esto que estoy haciendo”?

Hemos hecho de la urgencia el estándar de nuestra época. Y en esta carrera por producir más y más rápido, lo que sacrificamos no es solo tiempo. Es sentido.

Reconozco que la velocidad tiene un encanto peligroso.

En la mayoría de los casos nos crea una falsa sensación de progreso, creyendo que cuanto más rápido producimos, más cerca estaremos del resultado.

Pero esa sensación es tan engañosa como intentar nadar en el sentido opuesto de las olas: cuanto más nos esforzamos, más nos alejamos del objetivo.

Creo que el problema no es solo el agotamiento que acarrea el vivir apurados (que está claro que lo es), sino el hecho de que sin darnos cuenta vaciamos de significado cualquier cosa que creamos y experimentamos.

Cuando trabajamos con el cronómetro en mano, lo que producimos poco a poco pierde capas. Descuidamos los matices de la obra. Lo que podría convertirse en un proyecto sólido y con sustancia, se reduce a una versión apurada y frágil de lo que pudo haber sido y no fue.

La historia del nacimiento del iPhone es un ejemplo perfecto de lo que es posible cuando ponemos la maestria por encima de la urgencia.

En ese momento, Steve Jobs tenía todo para apresurarse: el mercado se movía rápido, los competidores estaban lanzando más y mejores productos, y la expectativa del público era enorme. En un entorno así, cualquier persona hubiese dicho:

“Saquémoslo así. Mejor salir con algo que nada. Total después lo mejoramos”.

Pero él se negó.

Entendió que un producto verdaderamente innovador no se mide por lo rápido que llega al mercado, sino por el impacto que provoca una vez que la obra deja de pertenecerle a su creador y pasa a ser de las personas.

Cada detalle, desde la suavidad del scroll hasta el sonido de las teclas, fue refinado hasta rozar la obsesión. No buscaba fabricar un teléfono; quería redefinir la relación que las personas tenían con la tecnología. Y para eso, había que respetar los tiempos y procesos que esa visión requería.

Esa paciencia la terminó pagando con ventas tardías y competidores adelantándose, pero el resultado fue un estándar que, casi dos décadas después, sigue marcando la vara de la industria.

En cambio, la urgencia rara vez deja un legado.

Cuando optimizamos para la velocidad, lo primero que sacrificamos es la profundidad.

Empezamos a hacer concesiones con nosotros y el producto:

“Está bien así”

“Nadie se va a dar cuenta”

“Es suficiente para que salgamos del paso”

Y esos atajos que al principio son invisibles, se vuelven inevitables en el resultado final.

La neurociencia respalda esta dirección.

Daniel Levitin, en su libro The Organized Mind, explica que la creatividad florece cuando el cerebro tiene suficiente espacio para que sus redes neuronales formen conexiones nuevas. Esto no puede suceder bajo presión constante o saturándonos de información.

En cambio, las mejores ideas surgen en momentos de calma: durante una caminata, en la ducha, escuchando música. Ahí es cuando el cerebro integra la información dispersa y la transforma en algo nuevo.

Pero cuando vivimos en modo “urgencia perpetua”, interrumpimos este proceso natural.
Impedimos que las ideas respiren.
Dejamos de darle espacio para que se desarrollen.

Las enviamos al mundo sin fuerzas para sostenerse, esperando que funcionen igual que algo que tuvo su tiempo para madurar.

Y así es como terminamos priorizando el ruido, por encima de las señales.
El volumen, por encima de la autenticidad.

La música lo sabe. Los grandes pintores lo saben. Los científicos lo saben. Beethoven tardó casi siete años en darle vida a su Novena Sinfonía, escribiendo y reescribiendo cada movimiento hasta que todo encajara con su visión.

¿Pero nosotros? Actuamos como si la velocidad fuera la manera lógica de hacer las cosas.

El problema es que este ritmo no solo atenta contra la calidad de lo que hacemos, también erosiona poco a poco nuestra relación con el proyecto.

Porque cuando todo es urgente, nada es importante.
Cuando cada semana se vive como una carrera, el viaje deja de tener sentido.

Intercambiamos la satisfacción de caminar el proceso por la falsa creencia de que nunca seremos suficientes, de que siempre estaremos un paso atrás de algo o alguien.

Es el mismo modelo que confunde actividad con progreso, como si fuesen sinónimos, y que intenta convencernos de que “estar ocupados” es lo mismo que “avanzar”.

Es el engaño al que todos estamos cayendo sin darnos cuenta:

Creer que más rápido siempre es mejor, cuando en realidad, más rápido casi siempre es menos profundidad. Y lo más trágico es que esta cultura de la urgencia no solo le quita calidad a lo que creamos, también nos roba la oportunidad de sentirnos orgullosos de lo que estamos construyendo.

Me gustaría preguntarte: ¿Qué camino estás recorriendo hoy? ¿El del experto que está viendo como su trabajo se está commoditizando, o el del creador que construye con intención?

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Renunciar a la trampa de la urgencia requiere algo más que fuerza de voluntad. Implica un cambio de paradigma en la forma en que pensamos la productividad y nuestra creatividad.

Cuando reflexiono sobre esto, automáticamente pienso en el concepto de Slow Productivity que introduce el autor y académico Cal Newport en uno de sus libros. Un enfoque que propone tres principios simples pero profundamente prácticos:

Hacer menos no significa limitar nuestro progreso, sino enfocarnos en menos frentes para hacer mejor lo importante.

Cuando dispersamos nuestra atención entre múltiples tareas, la calidad del resultado inevitablemente se degrada y el cansancio aumenta. En cambio, concentrarnos en uno o dos proyectos principales nos permite darles la profundidad que se merecen.

A diferencia de lo que la mayoría cree, no todas las temporadas del año deben ser igual de intensas.

Así como la naturaleza alterna entre temporadas de siembras, cosechas y reposo, nuestro trabajo creativo necesita ciclos de alta energía y otros de pausa estratégica.

Intentar sostener la máxima velocidad e intensidad durante todo el año solo garantiza más agotamiento.

Consiste en identificar qué parte de nuestro trabajo genera más valor y comprometernos a mejorarlo sin apuro, pero sin consecesiones.

Acá no se trata de perdernos en un perfeccionismo paralizante, sino de respetar el proceso que hace que algo pase de lo mediocre a la grandeza.

Un ejemplo que rosa lo extremo es el del mítico Jiro Ono, considerado por muchos referentes de la cocina como el mejor chef de sushi de todos los tiempos.

Desde su pequeño restaurante en Tokio con solo 10 asientos, Jiro ha dedicado más de 70 años de su vida a perfeccionar cada bocado. Los japoneses tienen un nombre para describir a estas personas: Shokunin.

Los shokunin son artesanos que tienen una profunda devoción por lo que hacen, al punto de dedicar cada día de su vida persiguiendo la imposible perfección, entregándose totalmente a una experiencia y reduciendo su vida a su arte.

Tal es así que la filosofía de Jiro Ono permanece intacta a pesar de llevar más de 90 años haciendo lo mismo:

Repitiendo cada tarea, desde cortar el pescado hasta cocinar el arroz, miles de veces, afinando su técnica con cada movimiento. No busca innovar cada semana, pero si que cada mejora sea intencional y fruto de su atención absoluta y respeto por el oficio.

Esta misma mentalidad podemos aplicarla a cualquier trabajo creativo o proyecto de negocio. No haciendo cambios por el hecho de cambiar, sino iterando y perfeccionando con intención, haciendo que cada revisión y mejora responda a una pregunta clave:

¿Esto realmente eleva el valor de lo que estoy creando?

Trabajar con intecionalidad implica aceptar que hay cosas que no pueden acelerarse sin dañar el resultado. Significa resistir a la presión de entregar el trabajo antes de tiempo si este todavía no alcanzó su mejor forma para el momento en el que se encuentra. Implica entender que iterar no es rehacer por inseguridad, sino refinar con propósito.

Si puedo aconsejarte algo, sería que antes de dar por finalizado cualquier entrega importante, le dediques un bloque de tu tiempo exclusivamente para revisarlo con ojos críticos y preguntarte:

“¿Siento que el trabajo expresa su mejor versión para este momento?”

Esta simple pregunta cambia la vara de evaluación y te obliga a observar más allá de la urgencia inmediata.

A lo mejor el trabajo está listo para salir al mundo, pero una parte tuya todavía siente que algo le falta. Que todavía puede mejorarse, cuando no es así.

En esos casos, lo mejor es soltar el control y entender que llegó la hora de que el mundo reciba tu creación, y que vos sigas adelante con tu vida.

Crear con intención no significa ser indiferentes al proyecto o carentes de ambición. Es asegurarnos de que cada paso que hacemos con cada mejora y entrega, es un ladrillo sólido que colocamos para sostener algo que tiene mucho más potencial del que vemos ahora.

El trabajo que resuena no se mide por la velocidad con la que fue terminado, sino por la huella que deja en las personas. Una huella que con el tiempo, se vuelve parte de nuestra identidad, en algo que podemos mirar hacia atrás y reconocer como fruto de un compromiso genuino.

La profundidad necesita tiempo. La confianza se construye a gotas. Nada significativo se crea con urgencia, sino con paciencia y dedicación.

No se trata de ir despacio por capricho, sino de darle el espacio necesario a las cosas para que cobren sentido y ganen peso. De aceptar que algunas ideas requieren semanas para tomar forma, que ciertos proyectos necesitan madurar como el vino antes de ser compartido, y de reconocer que los procesos creativos no se pueden apurar sin sacrificar algo esencial en el camino.

En un mundo obsesionado con la inmediatez, elegir la lentitud es un acto de rebeldía. Es la diferencia entre los recuerdos que se construyen mientras se cocina una comida abundante a fuego lento o pedir comida rápida para saciar el hambre del momento.

La velocidad es seductora. Pero la profundidad es lo que perdura.

Tal vez sea hora de darle la atención que se merece.

Abrazo virtual,

Agustín

“Si haces listas de metas ambiciosas, es fácil dejarlas acumularse, como a veces sucede, en una montaña de tareas, notas y planes a medio olvidar. Soñar en soledad es seductor, incluso un poco dulce, porque carece del dolor de intentarlo. Por eso parece justo valorar más los intentos que los sueños. Deberías tener ideales, pero no puedes amar solo un futuro idealizado: también debes cultivar el amor por el esfuerzo. Si realmente quieres algo, entonces el alma debe exigirle al cuerpo.” – Simon Sarris

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