Existe un momento de profunda paz cuando logramos divorciar nuestro valor del resultado.
Cuando aceptamos que no todo está bajo nuestro control y que lo único que podemos hacer es dar lo mejor de nosotros en cada oportunidad que se nos presenta.
De repente, jugar a ser Dioses se vuelve insignificante y pasamos a sentirnos bien con lo único que si está en nuestro radar de influencia: nosotros, nuestros pensamientos y decisiones.
A este momento me gusta llamarlo madurez. Pero fundamentalmente, amor propio.
Me encantaría decirte que esta claridad la traigo conmigo desde hace años, cuando en realidad logré integrarla hace apenas unos meses, después de haber atravesado una de las crisis más difíciles de los últimos siete años de mi vida.
Después de aquel episodio, mis voces internas sorprendentemente se pusieron de acuerdo y acordaron que lo mejor sería rendirme al proceso. Renunciar al resultado.
Creer que podemos controlar el efecto de nuestras causas por lo general funciona como sedante. Una especie de mentira que nos contamos para evitar reconocer que en todo proceso de creación, transformación y autodescubrimiento convivimos con la incertidumbre. Con la incómoda incógnita de saber si hicimos bien en tomar ese camino o si en realidad estamos perdiendo tiempo de vida.
Y como el mundo que vivimos detesta perderse en el tiempo y lidiar con lo desconocido, la mayoría prefiere quedarse en su zona de confort o jugar a medias con lo que sueña materializar con tal de no pasar por ese lugar.
Creo que esta resistencia a la incertidumbre la fuimos construyendo desde chicos. Nos enseñan a muy temprana edad que el camino de la vida es lineal. Que después de ir a la escuela, tenemos que estudiar una carrera universitaria, para luego conseguir un trabajo y para después darnos cuenta que pasamos nuestros mejores años creando una identidad alrededor del título profesional que recibimos, más que por las experiencias que elegimos vivir.
Sin darnos cuenta, terminamos desarrollando un algoritmo interno que está constántemente calculando los riesgos de nuestras decisiones, evaluando el costo de tomar acción más que la pérdida por no hacerlo. Priorizamos el siguiente paso lógico, más que el siguiente paso sentido.
Pero la evolución de la vida está lejos de ser lineal. En cambio, es espiral.
Muchas cosas en la naturaleza funcionan en espiral. El ADN, las galaxias, los caracoles, los remolinos de agua. El espiral es una forma universal de expansión, orden y conexión entre lo micro y lo macro.
En nosotros, ese crecimiento se presenta en ciclos que sutilmente se repiten, pero desde un nivel diferente de conciencia, experiencia y madurez. No existe un solo destino para todos, sino un lugar único para quienes eligen ser guiados por su intuición y visión.
El mejor destino no es un lugar. Es recordar quiénes somos.
Es durante estos procesos de exploración y puesta a prueba de nuestros propios límites donde permitimos que salga a la luz lo que verdaderamente tenía que ser y no lo que nuestro ego quería que suceda.
De hecho, la historia está llena de estos ejemplos.
Durante años David Bowie pasó años intentando encajar sin éxito en los moldes de la música británica de su época. Hasta que finalmente en 1969 logró su primer reconocimiento con el lanzamiento de Space Oddity. A esa altura, cualquier gurú de la industria le hubiese aconsejado repetir la fórmula que le funcionó hasta el cansanció. Pero Bowie decidió continuar honrando su creatividad.
En 1972 nació Ziggy Stardust, un alienígena andrógino y excéntrico que le permitió explorar la teatralidad, su género y su propia identidad. Ahora no solo hacía música, también construía un universo entero alrededor de su arte.
Ziggy se convirtió en un fenómeno cultural, pero cuando su alter-ego llegó a la cima, Bowie decidió matarlo en el escenario para no quedar atrapado en su creación, a pesar de haber sido el personaje más importante de su carrera.
Ese fue siempre su verdadero poder. Su grandeza no estaba en la validación externa, ni en un personaje popular, o un disco exitoso, sino en su libertad para reinventarse una y otra vez. Bowie se permitió ir más allá porque entendió que su valor no dependía de su éxito o de la aprobación de nadie, sino en todo lo que ya era como artista y persona.
Entender que nuestro valor no depende de factores externos es lo que nos mantiene en pie para seguir intentándolo a pesar de que el desenlace no haya sido favorable.
Que un negocio no haya funcionado no te hace mal emprendedor.
Que una relación no haya prosperado no te hace inadecuado para el amor.
Que una oportunidad de trabajo no se haya dado, no te hace mal profesional.
En cualquier caso no estás fracasando. Estás integrando.
Esa famosa frase que dice “pierde el que abandona” es muy cierta. No conozco absolutamente a nadie que no haya logrado incluso más de lo que se propuso por no haber abandonado, pero conozco a muchos que no llegaron a ninguna parte por haber renunciado antes de tiempo.
No es que haya algo malo con abandonar. Hacer el camino tambien implica aceptar la posibilidad de darse cuenta que al final aquello que deseábamos no es lo que realmente queremos.
Ahora bien…
Reconocer que no podemos controlar el resultado no nos exime de responsabilidad. Al contrario, la amplifica.
Si no podemos garantizar el desenlace de nuestras acciones, significa que tenemos que usar todos los recursos disponibles para que luego la suerte haga su parte.
Como bien supo decir Séneca:
“La suerte es lo que ocurre cuando la preparación se encuentra con la oportunidad.”
O mejor dicho…
Si quiero que mi negocio funcione, tengo que invertir.
Si quiero ser un gran profesional, tengo que formarme.
Si quiero ganar una competencia, tengo que entrenar.
Las oportunidades siempre están, pero no para cualquiera. Y tampoco vendrán a buscarte.
Es nuestra responsabilidad hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que las cosas pasen, pero está fuera de nuestro alcance determinar cuándo pasarán.
Creo que esta distinción es muy importante integrarla por dos razones:
La primera, para no ser esa persona que se vive quejando por los resultados que tiene pero que hace poco o nada de su parte para que su situación cambie.
Y la segunda, para maximizar las posibilidades de que el resultado deseado llegue antes, en gran parte por habernos ocupado de lo importante, mientras nos libramos de la presión de necesitar que todo suceda ya.
Reconocer que no controlamos el desenlace de las cosas tampoco significa resignarse, sino empezar a enfocarnos en lo que sí depende de nosotros.
Esto me recuerda al famoso libro Los 7 hábitos de la Gente Altamente Efectiva, donde Stephen Covey lo explica a través de dos círculos: el Círculo de Preocupación y el Círculo de Influencia. El primero contiene todo lo que nos inquieta pero no podemos controlar: la economía, la opinión de otros, el momento exacto en que una oportunidad aparece. Mientras que el segundo incluye aquello sobre lo que sí podemos incidir: nuestras acciones, hábitos, preparación, y formas de responder.
El problema es que la mayoría queda atrapada en el Círculo de Preocupación, desperdiciando su energía en escenarios que no puede intervenir ni un milímetro.
En cambio, la madurez se presenta cuando decidimos operar desde el Círculo de Influencia. Cuando dejamos de obsesionarnos por el resultado y nos ocupamos del proceso.
Esto funciona mejor si lo complementamos con la visión de James Clear en Atomic Habits:
“No te elevas al nivel de tus metas, caes al nivel de tus sistemas”
Esto quiere decir, una vez más, que a pesar de no poder controlar el resultado, sí podemos diseñar sistemas que maximicen las probabilidades de que esos resultados sucedan.
Un escritor no controla si su libro será un bestseller, pero sí puede comprometerse con escribir 500 palabras al día.
Un emprendedor no controla el timing perfecto del mercado, pero sí puede diseñar un sistema para validar sus ideas rápido y hablar con potenciales clientes todas las semanas.
Un atleta no controla si ganará la competencia, pero sí su rutina diaria de entrenamiento, descanso y nutrición.
Los sistemas no garantizan el desenlace, pero aumentan exponencialmente las posibilidades de alcanzarlo. Y, sobre todo, nos liberan del agotamiento de querer controlar lo incontrolable.
“Concéntrate en lo que está a tu alcance y acepta lo demás tal como venga.” Marco Aurelio
Ahí está la clave. En no vivir siendo esclavos de un resultado incierto, sino comprometernos con la parte del proceso que sí depende de nosotros.
Empezá por preguntarte:
¿Qué puedo hacer hoy para acercarme un poco más a lo que quiero?
¿Qué hábitos y rutinas puedo diseñar que sostengan mi energía y progreso? Lo pequeño y repetido vence a lo esporádico y grandilocuente.
Y una vez hayas hecho tu parte, aceptá que la vida tiene sus propios tiempos. Así como las semillas tardan en germinar, el resultado llega cuando corresponde, no cuando lo exigimos.
Por eso la solución no está en controlar más, sino en confiar más. Confiar en que los sistemas correctos junto con la constancia hacen del éxito algo inevitable, pero no siempre en la forma ni en los tiempos que imaginamos.
Cuando logramos integrar esto, transformamos la ansiedad en paciencia.
Dejamos de correr atrás de la zanahoria.
Convivimos con la certeza de que cada día cuenta.
El mundo que habitamos nos presiona al punto de hacernos creer que nuestro valor solo puede medirse en términos de logros visibles. Una facturación concreta, un trabajo importante, cantidad de seguidores, reconocimientos.
Sin darnos cuenta, nos volvimos esclavos de lo impredecible. Cuando la vida lo último que tiene son certezas.
Madurar es reconocer que la incertidumbre no es sinónimo de amenaza, sino una etapa necesaria del crecimiento. Porque no hay evolución sin renuncia, ni libertad sin aceptar que no todo está bajo nuestro control.
Lo único que podemos elegir es cómo queremos vivir el proceso.
Podemos hacerlo desde la resistencia, quejándonos porque las cosas no se dan como queremos. O podemos hacerlo desde la entrega, confiando que cada acción intencionada es una semilla que tarde o temprano encontrará su momento para crecer.
Cuando esto sucede, dejamos de obsesionarnos con la cosecha y empezamos a disfrutar más de la siembra.
El entrenamiento deja de ser un trámite y pasa a convertirse en parte de tu identidad.
Las conversaciones con tus clientes dejan de ser un paso forzado hacia la venta y se transforman en una oportunidad para mejorar tu producto.
Crear contenido deja de sentirse como una obligación y se convierte en un ritual creativo.
Lo paradójico de todo esto es que cuanto más soltamos la necesidad de controlar el resultado, más cerca nos encontramos de él. No por arte de magia, sino porque liberamos la energia que antes desperciamos con ansiedad, para redirigirla hacia lo único que realmente importa: el momento presente.
De repente, la pregunta deja de ser “¿cuándo llegará lo que quiero?”
Y pasa a ser “¿quién me estoy permitiendo ser mientras trabajo en lo que quiero?”
La madurez no está en tener todas las respuestas, sino en aprender a convivir con la incertidumbre.
El verdadero valor no está en los éxitos que recolectaste, sino en qué tan fiel te matuviste a vos mismo y a tus sueños, a pesar de que no existan garantías.
Es ahí, en la incómoda zona de incertidumbre, donde descansa la libertad que tanto buscamos.
Abrazo virtual,
Agustín
“Las montañas deben escalarse con el menor esfuerzo posible y sin deseos. La realidad de tu propia naturaleza debe determinar la velocidad. Si te sientes inquieto, acelera. Si te quedas sin aliento, reduce la velocidad. Escalas la montaña en un equilibrio entre la inquietud y el agotamiento. Entonces, cuando ya no piensas en el futuro, cada paso no es solo un medio para alcanzar un fin, sino un acontecimiento único en sí mismo. Esta hoja tiene los bordes dentados. Esta roca parece suelta. Desde este lugar, la nieve es menos visible, aunque está más cerca. Estas son cosas que debes notar de todos modos. Vivir solo para algún objetivo futuro es superficial. Son las laderas de la montaña las que sustentan la vida, no la cima. Aquí es donde crecen las cosas.” Robert Pirsig
Si querés trabajar de forma privada conmigo en Element, enviame por MD "GO" en Instagram 👉 @agustinshco
Si te gustó lo que leiste, me gustaría leer tu comentario.
Si no querés perderte ninguna carta, no olvides suscribirte.
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.