Hola, ¿cómo estás?
Primero que nada, feliz año.
Sí, estamos en febrero. Simplemente no tuve oportunidad de decírtelo antes.
Mientras escribo estas palabras, intento recordar cuándo fue la última vez que te envié mi último correo.
Una parte mía se siente culpable. La otra comprensiva.
Quise tomarme un tiempo para reordenarme internamente, reconectar con el propósito detrás de estos correos y volver a entusiasmarme con la escritura, algo que en algún momento del año pasado perdí. Vivimos en un mundo tan acelerado y con discursos tan violentos alrededor de la productividad, que en el momento en el que decidimos actuar en coherencia con lo que nos pide la cabeza y el cuerpo, automáticamente nos invaden pensamientos de culpa, irresponsabilidad y falta de compromiso con lo que hacemos.
Pero dejame decirte que no es así.
En lo personal, esta pausa cumplió con su objetivo que era ganar claridad.
Y no podemos ganar claridad en algo si seguimos inmersos en ella.
Necesitamos tomar distancia para ver las cosas en perspectiva.
Hacer este ejercicio es clave porque en el fondo todos queremos tener éxito en lo que hacemos.
El problema es que la sociedad nos vende una definición de éxito que no es real.
Por lo general, al “éxito” se lo asocia con factores externos:
Una casa grande. Un auto de lujo. Una cierta cantidad de dinero en la cuenta bancaria. Un puesto laboral. Un cierto tipo de familia. Un estilo de vida en particular.
Cuando en realidad, existe una definición de éxito por cada persona en el mundo.
Prácticamente nadie se detiene a descubrir cuál es su propia definición de éxito y qué es lo que verdaderamente valora. Y esto, inevitablemente, nos lleva a cometer uno de los mayores errores que existen en la vida:
Acabar viviendo la definición de éxito de otra persona.
Creo que todos en algún momento estuvimos en ese lugar.
Perseguimos un puesto que no nos interesa, solo porque está bien visto socialmente.
Emprendemos un negocio que no nos gusta, solo porque vimos que alguien “exitoso” lo hace.
Nos obsesionamos con trabajar en una empresa, creyendo que así nuestros colegas nos van a respetar.
Estamos subiendo una escalera invisible, sin siquiera preguntarnos si es nuestra.
Lo sé porque estuve ahí múltiples veces, y no hay nada más decepcionante que llegar a la cima y darte cuenta de que nada de lo que había arriba te representa.
Absolutamente nadie puede decirte qué es el éxito, porque como acabas de ver, el contenido de la palabra depende pura y exclusivamente de vos. Sin embargo, aprendí que es posible crear nuestra definición de éxito entendiendo qué NO es el éxito:
No tengo nada en contra del dinero. Al contrario, todos lo merecemos.
El problema es cuando el dinero se convierte en un fin en sí mismo y no en un medio para materializar nuestro propósito de vida en todas sus dimensiones.
Porque el verdadero éxito no está en el dinero.
Está en nuestro desarrollo personal.
En la coherencia de nuestras decisiones.
En los vínculos que cultivamos.
Me encanta la reflexión de Séneca que dice: “no es pobre la persona que tiene muy poco, sino la que ambiciona mucho”.
No hay nada malo con ser ambicioso, siempre y cuando esté puesta en las razones correctas y en la dosis justa.
Esta es quizás la mayor mentira sobre la que se sostienen las redes sociales:
Hacernos creer que cuanto más logros acumulemos, más exitosos seremos.
Pero en realidad, sos muchísimo más grande que tu número de seguidores, reconocimientos o dinero en tu cuenta bancaria.
El reconocido empresario e inversor Naval Ravikant dice que la verdadera prueba de inteligencia no está en las credenciales académicas, sino en la capacidad de obtener lo que uno desea en la vida.
Según Naval, para lograr esto se necesitan dos cosas:
Saber cómo obtener lo que queremos
Saber qué es lo que queremos
Es clave ir por aquello que genuinamente queremos y no ir en piloto automático por la vida deseando logros que la sociedad nos impone, para después frustrarnos si no lo obtenemos.
Para eso, te propongo que te hagas las siguientes preguntas y anotes sus respuestas en una hoja que puedas repasar todos los días:
En 10 años…
¿Qué es lo que más lamentarías no haber hecho?
¿Qué experiencias te entusiasmarían vivir?
Si supieras que NO puedes fracasar, ¿cómo sería tu vida ideal?
Si conoces a alguien que le serviría mucho hacerse estas preguntas, este es el momento para que compartas este correo.
Desde pequeños nos enseñan que fallar está mal y que hacerlo nos convierte en personas inadecuadas.
Sin embargo, la historia nos muestra otra imagen:
Thomas Edison probó más de 1000 materiales antes de encontrar un filamento viable para su bombilla eléctrica.
Dyson construyó más de 5000 prototipos fallidos hasta dar con el primer modelo funcional de su aspiradora sin bolsa.
Howard Schultz fue rechazado por más de 200 inversores antes de abrir el Starbucks que hoy todos conocemos.
Moraleja: cuanto más fallamos, más cerca estamos de conseguir lo que deseamos.
Los únicos que no fracasan, a palabras de Albert Einstein, son aquellos que nunca intentaron nada nuevo.
Uno de los aprendizajes más poderosos que tuve en mis 20s fue darme cuenta de que la perfección no es un destino, sino una dirección.
Usamos la perfección como un hack para desarrollar la excelencia en lo que sea que hagamos, pero nunca es un lugar al que podemos llegar. Ni siquiera las personas más brillantes que pisaron este planeta pudieron llegar ahí.
Además, obsesionarnos por ser perfectos nos lleva a crear sentimientos de insuficiencia y nos conduce a la inacción por miedo a cometer cualquier tipo de error. A la larga, ese comportamiento nos lleva a dejar atrás proyectos, experiencias y oportunidades valiosas.
No hay nada más liberador que permitirse ser vulnerable y ver la vida como un constante trabajo en progreso. Desde ahí podemos experimentar, cometer errores que se convertirán en lecciones para mejorar y sobre todo dejar de postergar un proyecto por miedo a no ser perfecto.
Vivimos en una sociedad que normaliza el cansancio extremo al punto de ubicarlo en un pedestal, como si fuese una medalla de honor de la que tenemos que sentirnos orgullosos de cargar.
Digámoslo todo:
Más trabajo no es más progreso.
Más trabajo es más de agotamiento.
Muchas veces usamos el estar ocupados como estrategia para evitar lo que nos incomoda:
El silencio.
Una decisión impostergable.
Una realidad que no encaja más con nosotros.
Creemos que la solución a esos problemas está en hacer más, cuando en realidad la clave está en ser más intencionales con nuestras decisiones. Aprendiendo a decir que no más seguido, simplificando nuestras tareas y sabiendo priorizar lo importante.
Esta es una de las mentiras que más me cuesta eliminar y de la que todavía sigo aprendiendo.
Queremos gustarle a todos por miedo a perder pertenencia. Nuestro cerebro reptiliano asume que si no incomodamos a nadie, entonces estaremos a salvo.
Pero en la práctica, cada vez que buscamos agradarle a todo el mundo, estamos renunciando a una parte nuestra que nos hace únicos y especiales. Y tu mayor poder está en eso que te hace diferente.
Lo más paradójico de todo es que cuanto más integramos nuestras diferencias, más especiales y relevantes nos volvemos para las personas correctas. Nuestro discurso se sostiene a largo plazo, nuestras decisiones son más acertivas y empezamos a poner mejores límites.
Ser fiel a vos y dejar de intentar complacer a todos es una de las mejores señales de éxito que conozco. Porque para dar lo mejor de vos, primero tenés que dártelo a vos.
Si no creás tu propia definición de éxito, alguien más lo va a hacer por vos:
Un influencer de las redes.
Un libro de autoayuda.
Un familiar, amigo o colega.
La definición de éxito no es estática. Evoluciona según tu madurez, momento de vida o prioridades.
Por ejemplo, hoy mi definición de éxito está en lograr diseñar una vida lo más coherente posible con mis valores, el estilo de vida que quiero tener y todo mi potencial al servicio de las personas.
No solo quiero tener “éxito” económico. También quiero tener “éxito” en el tiempo que paso con las personas que amo, en mi salud, en la familia que estoy construyendo y en la libertad de elegir cómo y con quiénes quiero trabajar.
De eso se trata la vida. Al menos la mía.
Y si estás leyendo esto, entonces significa que sos parte de ella.
Te mando un abrazo,
A
“Siempre he creído que si te mantienes fiel a una idea y evitas cuidadosamente las distracciones en el camino, puedes cumplir un sueño. Toda mi vida ha girado en torno a cumplir sueños. Me mantuve enfocado en el objetivo, fuera cual fuera. Ya sea que tu objetivo sea grande o pequeño, grandioso o sencillo, ambicioso o personal, siempre he creído que el éxito proviene de no apartar la vista de ese objetivo. Cualquiera que quiera alcanzar un sueño debe mantenerse fuerte, enfocado y constante” – Estée Lauder
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