El Manifiesto del Biciclown
Se ha impuesto un tipo de viajero que graba más de lo que vive.
Se narra lo que está pasando. No importa si eso tiene sentido, valor artístico o si es interesante. Se narra todo y a todos.
Lo importante, y ni siquiera eso, es que tu audio no esté contaminado por el viento, que tus imágenes sean 8K y, si es posible, que una musiquita acompañe todo el producto.
¿Por qué gusta ese formato de viaje en redes sociales?
Porque es real. Nos gusta lo que no está superproducido, porque ahí no hay inteligencia artificial.
Lo que está muy bien acabado, con los bordes pulidos, huele a falso.
En cambio lo imperfecto. Lo que acaba de salir del horno. Aún suelta humo.
Eso que no se puede tocar porque aún le cuelga la placenta, eso que nadie más ha visto aún, eso que nos interpela desde la novedad y la primicia, eso, es lo que interesa.
Ser el primero en contemplar la salida del sol, aunque te equivoques y lo que mires sea las luces de un coche que remonta la colina.
Da igual.
La foto está hecha y la historia ya está subida a tus redes. Nadie se dará cuenta.
A tu falsa historia le sucede otra, más falsa aún.
Una mierda de perro se disimula fácilmente con una mierda de vaca.
Yo elegí hace años no contar la mayoría de lo que vivo.
Diferir el tiempo entre lo vivido y lo que merece ser trasladado a la audiencia.
Pedaleé 13 años por el mundo sin que la mayoría de los que leen estas cartas lo supieran.
¿El resultado?
Menos likes, más silencio, infinitamente más vida.
No te digo esto porque sea virtuoso, un ejemplo a seguir.
Te lo digo porque quiero compartir contigo un descubrimiento:

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