Primero pongo a calentar el agua. Después, saco del cajón la bombilla plateada, corta y de boca ancha, que me traje alguna vez de Montevideo. Agarro el mate del estante: un botecito de madera que compré hace unos años en un pueblo de la Patagonia y que desde entonces ha viajado conmigo en colectivo y en bicicleta, en barco y en avión. Lo lleno de yerba, lo tapo con la mano y lo sacudo para liberar el polvillo, que no tarda en ensuciar la mesada e impregnar el aire de partículas verdes.
La pava eléctrica hace click: ochenta grados justos. El agua tiembla pero no se rompe. Me llevo el termo y los demás cacharros al escritorio. Y solo entonces, bajo la vigilancia del mate, empieza nuestra conversación.
Carmen M. Cáceres, escritora, traductora e ilustradora argentina, es también una gran bebedora de mate. “Es un poco una adicción”, me dice por teléfono un viernes por la mañana. “Si tomás mate todos los días, y siempre a cierta hora, generás un hábito que después necesitás.”
En el ensayo Al borde de la boca. Diez intuiciones en torno al mate (editorial Fiordo, 2022), la autora da rienda suelta a su curiosidad y explora, con sensibilidad y humor, el origen, la historia y los rituales que rodean al mate—uno de los pocos denominadores comunes entre los rioplatenses, hábito único que recorre la vasta geografía regional y que ha sobrevivido, contra todo pronóstico, sucesivas épocas y generaciones.
“Este mate es casi idéntico al de ayer y al de mañana. El que está servido, el que estoy tomando, es un reencuentro y a la vez una anticipación del que vendrá.”
Carmen M. Cáceres nació en Posadas, en la provincia de Misiones—la misma tierra donde se produce el 90% de la yerba mate nacional, que se exporta en cantidades astronómicas a países tan cercanos como Uruguay y tan lejanos como Siria, que se envasa bajo diferentes marcas y se distribuye en nuestros almacenes, y que hace posible este hábito—o adicción—en cada uno de nuestros días.
Sobre su escritorio, a Carmen la acompaña un mate. Es grande y oscuro, tiene forma de calabaza y lo corona una bombilla plateada y larga. “El mate que tomo yo, este que estoy tomando ahora, no es perfecto en sabor”, dice. “No tiene aromas de hierbas blend, ni nada de especial. Es un mate.”
Esa experiencia cotidiana que tiene cada uno con su mate—a veces lavado, quemado o dulce, exento de sofisticación—está muy poco representada, según la autora, en los libros que leemos, en las películas que vemos y en las publicidades de yerba mate que consumimos. Tomar mate, casi siempre, es una experiencia íntima y mediocre—nada de mates que posan en Instagram y juntan likes, ni de figuras de farándulas con un termo bajo el brazo—y este libro surge a partir de esa convicción.
En menos de doscientas páginas, Carmen sintetiza los significados sociales del mate, sus atribuciones culturales y representaciones populares, arrojando luz sobre un hábito que, de tan cotidiano, pocas veces nos detenemos a cuestionar.
El libro está dividido en diez capítulos, uno por cada “intuición” matera. “Una intuición es un pensamiento que no se cierra”, explica en el libro. Son pequeñas iluminaciones de sentido, mini tratados ontológicos, pequeñas investigaciones microsociales que buscan explicar y contextualizar lo que hoy entendemos por la acción de tomar un mate.
Carmen retrocede en el tiempo para contar los orígenes guaraníes de la bebida, y su adopción (y apropiación) por parte de los primeros colonizadores. Se pregunta por el significado de la palabra mate, e indaga en las estadísticas de consumo de yerba por clase social. Nos cuenta sobre los cambios que atravesó la infusión en distintas épocas, y también recurre a otros textos que han descrito y narrado el hábito—para mi fascinación, incluye fragmentos de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, Sara Gallardo y Angélica Gorodischer, entre otros grandes escritores argentinos, recientes y de siglos pasados, que nombraron al mate aquí y allá en sus obras.
“Yo tenía ya algunas referencias”, dice Carmen cuando le pregunto cómo recuperó las citas de obras tan diversas. “Pero eran anotaciones que había ido tomando en cuadernos que usaba en el momento, y después me fue difícil ubicarlas.”
Con vistas a escribir este ensayo, empezó a rastrearlas deliberadamente en novelas y relatos troncales de la literatura nacional. Hizo una lista. “Cuando leí todas esas referencias de corrida, me di cuenta de que el 90% de las citas que tenía sobre el mate eran de hombres del siglo XX.”
Entonces, salió a buscar esas referencias que le faltaban: aquellas que correspondían a las mujeres. La autora rastrea en el pasado y descubre que, fueran esposas o sirvientas, las mujeres solían cumplir el rol de cebadoras, a disposición de la sed y deseo de los hombres. Así y todo, en los textos de escritoras encuentra que el mate aparece como un símbolo de libertad. Desde los orígenes de la bebida, las mujeres han tomado mate y han escrito sobre él. Como la autora en este libro, hicieron—y hacen—del hábito una marca propia.
“No es algo que esté afuera, sino el eje interior al que el sujeto regresa. El mate me hace coincidir conmigo misma.”
La autora propone que la ceremonia del mate es una experiencia de la duración. El mate, más que una bebida, es una forma de experimentar el tiempo. Habilita un espacio que no tiene por qué ser cómodo, o necesariamente estimulante. Mientras dure la coreografía de cebar y tomar, nos reduce a un estado más simple: estoy.
Mientras dura el mate, dura la escritura. Mientras dura el mate, dura la conversación o la hora de trabajo. El mate sostiene el tiempo, lo ordena dentro del hábito que nos acompaña en casas, parques, viajes y oficinas. El mate, concluye el ensayo, nos permite “habitar el tiempo”.
Para mí, todo empezó con el mate que me convidó mi papá hace muchos años. Era domingo. El mate era amargo y él me lo advirtió: probá, pero está amargo, me dijo. Y yo no sabía del todo el significado de la palabra amargo; solo quería apoyar mis labios sobre aquel sorbete tan elegante que era la bombilla, y sostener entre mis manos la calabaza amarronada, tibia, que mi papá llenaba de agua, una y otra vez, mientras conversaba, o trabajaba, o leía el diario sobre la mesa por la tarde.
Mi curiosidad por el mate empezó y terminó en ese momento. Duró los segundos necesarios para que yo probara esta infusión extraña—cuyo sabor estaba muy lejos de mi chocolatada cotidiana—y decidiera que el amargor no era para mí.
No tengo casi más recuerdos alrededor del mate hasta mis dieciocho años, cuando entré a la universidad. La universidad, en Argentina, impone una conexión con el mate permanente e inescapable. El mate se toma y se comparte como regla, o quizás por inercia, en todas las clases y en los recreos, en las largas horas de estudio en la biblioteca, y en las plazas alrededor de la facultad. Así lo terminé incorporando, también, en mis horas de estudio en soledad. Creo que le debo al mate, a su compañía sólida y a la vitalidad de su efecto, la paciencia con la que leí robustos PDFs sobre el medioevo y con la que resolví decenas de ejercicios de matemáticas (se imaginarán, mi materia menos preferida), salendo ilesa del intento.
Y después tuve citas con mates de por medio. Y reuniones de trabajo. Hago entrevistas a escritores tomando y compartiendo mate, y viajé al norte y al sur con la yerba, termo y bombilla en la mochila.
Hace unas semanas me encontré con el libro de Carmen M. Cáceres y cuando lo terminé de leer—una noche en la que no podía conciliar el sueño porque había cometido el error de hacerme un mate (solo uno) a las 7 de la tarde—procedí a escribir en una libreta una lista de los mates que recuerdo, empezando por el de mi papá. Luego describí el mate aguado y dulce de mi amiga Valen, el mate de hierbas mentoladas de mi amigo Marto, el mate en ruta hacia el sur con mi amigo Martín, el mate por el que me peleaba con mi hermano, el mate que le regalé a mi novio y que después no tardé en apropiarme.
Recomiendo el ejercicio: construir una pequeña crónica personal en torno a este objeto tan repetido, tan usual pero nunca aburrido de sí mismo, tan único en su sabor poco amable, y en el clima de encuentro—con una misma, con otros—al que predispone de foma casi inexplicable.
“Cada vez siento que puedo decir menos sobre cómo escribir. Si alguien me ve desde afuera, cuando estoy escribiendo, va a ver a una persona que se levanta, va al baño, ordena algo, se hace el mate, y aguarda”, dice Carmen, y se lleva un dedo a la mente. “Puede parecer super pasivo y, sin embargo, es un momento recontra activo acá.”
“La escritura fuerte siempre es por la mañana. Después, relleno cuando se puede. Por eso son tan buenas para mí las residencias de escritura, o cuando me puedo ir una semana a algún lugar y puedo solamente escribir y leer.”
Carmen escribe en su casa. Vivió diez años en Buenos Aires, ocho en Madrid, uno en Nueva York y seis meses en Ciudad de México. Ahora está de vuelta en Posadas, su tierra natal, donde escribió sus dos últimos libros y desde donde se conecta a nuestra reunión.
Además de escritora, Carmen es ilustradora y se especializa en el collage, una técnica que consiste en superponer recortes de papel, fotografías y otros materiales para formar piezas únicas. Los collages de Carmen, en blanco y negro y en dos dimensiones, aparecen entre las páginas de Al borde de la boca.
“Esos collages no estaban hechos para el libro. Son viejos, algunos incluso de cuando empecé hace diez años. Pero cuando estaba editando el libro me surgió la idea de que podrían ir bien...No fueron hechos para ilustrar lo que se está contando, pero por eso funcionan. La ilustración complementa la historia, la cuenta desde otro lugar.”
En una época en la que los collages digitales ganan terreno, Carmen elige el papel, las postales viejas, las tijeras y la plasticola. “El collage es el encuentro de lo distinto. No es como trabajar con la palabra. Los materiales se te resisten, cuanto más intentás recortar el papel, o pegarlo de cierta manera, menos funciona. Eso es hermoso, para mí es una liberación.”
“Escribo para pensar. Y también porque no puedo no escribir. Aunque ahora no esté físicamente escribiendo, mentalmente estoy buscando información, la estoy guardando para después y, en algún momento, cuando eso crece mucho, la forma que toma para mí es en texto. En mi naturaleza el mundo sucede de manera narrada.”
Eso es todo por hoy. Gracias por llegar hasta acá; gracias por leer. Te comparto el Instagram de Carmen M. Cáceres para que puedas scrollear y ver todos sus collages. También ahí vas a encontrar detalles sobre sus otras publicaciones. Su último libro se llama La ficción del ahorro y es una novela sobre la crisis del 2001 en la Argentina, narrada desde el interior del país y desde el punto de vista de una chica joven. Está escrita con las mismas dosis lucidez, sensibilidad e ironía que caracterizan a la autora.
Espero que tengas un buen domingo—como sabés, nos leemos pronto.
Te mando un abrazo,
Jessie

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