Friego los platos y empiezo a escribir este artículo en mi cabeza:
Me niego a tener lavavajillas, limpiar es un gesto profundamente humano y me devuelve al cuerpo, ese que tengo en pausa frente a una pantalla llena de píxeles durante horas y medio adormecido. Me levanté de la silla primero a tender la lavadora porque hay en la limpieza una dimensión identitaria importante: la casa pulcra (o desordenada) habla de mi ritmo, de mi pausa o incluso de mi salud mental.
Sí, usar una bayeta, quitar la grasa de una sartén o barrer el suelo del salón es higiene, pero también una forma primaria de ordenación del mundo. Sigo viva, y por eso limpio. ¿O limpio porque sigo viva?
[…]
Lo hago para delimitar mi refugio y marcar la frontera entre el afuera y el adentro, porque limpiar también es decidir qué objetos merecen seguir a mi lado y cuáles deben terminar en la basura. Fregar me obliga a levantarme, a hacer fuerza con los brazos, agacharme, tocar el agua fría y notar el peso de las cosas.
Vuelvo atrás y recojo otra habitación para volver a huir de los píxeles y experimentar una reconexión física con lo tangible.
Hay algo liberador en la monotonía del gesto repetitivo, y que deseo compartirte antes de que delegues tu higiene en otra fémina:
cuando las manos se ocupan en una tarea de baja exigencia intelectual, la mente se desengancha del foco de estrés.
No es raro que eso que se resistía frente a la pantalla aparezca de pronto mientras aclaramos una taza, o que la solución a un problema se ordene mientras doblas la ropa. No piensas a pesar de usar las manos, muchas veces lo haces gracias a que las estás usando.
Tampoco el significado de este gesto ha sido siempre el mismo ni se ha vivido en soledad. En diversas culturas, el mantenimiento del espacio conserva un valor ritual y colectivo.
En Japón, el ōsōji une al final del año a familias, colegios y empresas en una limpieza profunda que busca una pulcritud que también simboliza el cierre de un ciclo vital; la preparación del lugar para lo que empieza.
Algo semejante ocurre en China antes del Año Nuevo Lunar; o en las viejas tradiciones occidentales de la limpieza de primavera y las jornadas vecinales para arreglar un espacio público.
Cuando la limpieza se comparte, deja de ser una culpa doméstica o una tarea vergonzosa que debe ocultarse, se convierte en una manera de cuidar el entorno común y reconocer que todo lo que habitamos requiere atención.
El conflicto aparece cuando la sociedad de la productividad (la nuestra) rompe esta relación con el cuidado y clasifica las actividades humanas en dos categorías desiguales: lo que produce dinero y lo que tan sólo sostiene la vida —¿hubieran conseguido los hombres sus posiciones de liderazgo sin esas mujeres que sostenían todo lo que una vida requiere?—
A medida que las jornadas laborales se extendieron y las mujeres se incorporaron masivamente al mercado de trabajo fuera del hogar, la suciedad de la sociedad no desapareció. Como la responsabilidad dentro de la familia raras veces se repartió de forma equitativa, la solución dominante en las clases medias y altas fue transferir el trabajo a otra persona. Casi siempre, a otra mujer: con frecuencia migrante, en condiciones de informalidad y con sueldos que no compensan el desgaste físico. Se creó así una cadena silenciosa donde la emancipación profesional de una persona suele descansar sobre la invisibilidad de otra que limpia su baño o cocina su comida.
No se trata de demonizar el hecho de delegar. Una familia puede necesitar ayuda y remunerarla de manera digna y justa. Lo perverso surge cuando delegar nos sirve para fantasear con que el trabajo ha dejado de existir. Conozco a quien le avergüenza estar presente de quien limpia su casa por contrato. Prefiere entrar y observar, en la casa vacía, que los platos están ya guardados, la ropa huele a limpio y los suelos brillan.
La casa pareció mantenerse sola porque prefirió no mirar el cuerpo, el cansancio y el tiempo de quien estuvo allí limpiando.
Definitivamente, nuestra cultura admira la creación pero desprecia el mantenimiento.
Nos apasiona inaugurar, construir, estrenar y lanzar proyectos nuevos; en cambio, reparar, conservar o limpiar nos parece un estorbo, una interrupción indeseada que nos quita tiempo de nuestro “trabajo real”.
Es exactamente aquí, en esta incomodidad social hacia el trabajo físico y el deseo de hacer invisible el mantenimiento, donde irrumpen la inteligencia artificial y la robótica doméstica.
En este punto se entiende el experimento de Shift, una empresa de Nueva York que ofrece limpiar pisos de forma gratuita a cambio de algo más valioso que el dinero: datos. La persona encargada de la limpieza acude a las casas portando una cámara que graba cada uno de sus movimientos en primera persona. Registra la presión exacta de los dedos al pasar la bayeta, el quiebro de la muñeca para sortear un adorno delicado, la inclinación de la espalda o la duda momentánea para discernir si un papel arrugado es basura o un documento importante. Todas esas horas de grabación se transforman en algoritmos para entrenar a los futuros robots domésticos.
Este trato sintetiza toda la lógica de nuestra época. Si durante siglos, los gestos de la limpieza fueron considerados labores menores e improductivas, de pronto, la industria tecnológica descubre que esos mismos movimientos corporales son oro si se pueden convertir en código. No es que hayamos aprendido a valorar el gesto humano de cuidar el espacio, lo que se ha descubierto es el valor financiero de automatizarlo para siempre.
La promesa de la casa autónoma resulta seductora porque responde a ese anhelo de no mirar el trabajo de mantenimiento. Pero la tecnología no borra las jerarquías sobre las que se construye. Para que el robot del futuro sepa cómo doblar una sábana o limpiar un cristal, hoy tiene que haber una persona de carne y hueso agachándose en un salón ajeno, cobrando un sueldo modesto y llevando una cámara colgada para entregar sus saberes corporales a una corporación.
Quizá la llegada de máquinas que asuman las tareas más duras o tóxicas sea un avance deseable si evita el desgaste físico de las personas. No obstante, lo importante de hoy es saber y entender qué relación queremos mantener con la materia, con la intimidad y con el mantenimiento del mundo. Si automatizamos la limpieza sólo porque consideramos indigno cualquier esfuerzo que no genere una rentabilidad económica, estaremos perdiendo un lazo básico con nuestro propio cuerpo y con los espacios que habitamos.
¿Quién sostiene nuestras vidas y bajo qué condiciones cuando cerramos la puerta?
P.D. A fecha de publicar este artículo, compruebo que la misma empresa ya ofrece también la posibilidad de enviar personas a cocinar a tu casa. Gratis, bajo la condición de ser grabadas mientras cocinan…

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