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De vuelta a casa. Reflexiones con alma. · Aug 23, 2026

Volver al cinturón blanco

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Beatriz García Ricondo · De vuelta a casa. Reflexiones con alma.

Al cumplir los 40 me apunté a kárate.

Y no a una clase de adultos principiantes, que habría sido una forma bastante digna de empezar.

Me apunté al mismo grupo al que iban mis hijos, que entonces tenían 10 y 8 años y andaban ya por el cinturón verde o azul.

Los adultos que había en la clase eran cinturones negros o marrones.

Y allí estaba yo con mi cinturón blanco.

Blanco inmaculado.

Blanco de «esta señora acaba de llegar y no tiene ni idea».

Al comenzar la clase nos colocábamos en línea sobre el tatami, por orden de cinturón, para saludar al sensei.

Puedes imaginar cuál era mi sitio.

La última.

Mis hijos delante de mí por méritos propios y yo cerrando la fila toda digna.

Hay lugares que te colocan rápidamente en tu sitio.

El tatami es uno de ellos.

Aquella experiencia me enseñó bastante sobre humildad y paciencia. Sobre repetir una y otra vez movimientos que mi cuerpo parecía empeñado en no entender. Sobre utilizar la fuerza de quien tienes enfrente, en lugar de gastar toda la tuya luchando contra ella.

También aprendí que no todo lo que empiezas tiene que convertirse en tu camino.

Cuatro meses después terminé dejándolo. El horario era difícil de sostener (cosas de ser autónoma) y, siendo sincera, tampoco sentía que el kárate fuese para mí.

Ser aprendiz no significa empeñarte en continuar a cualquier precio.

También significa reconocer lo que una experiencia ya te ha enseñado y dejarla ir cuando ha cumplido su función.

Años después, en mi curso de inteligencia emocional y atención plena, hacemos una bonita práctica de meditación en movimiento que culmina con una frase pronunciada casi como un grito de guerra:

¡Soy aprendiz!

Cada vez que la digo me acuerdo de aquel cinturón blanco.

Porque ser aprendiz no consiste solamente en estar empezando algo.

Es una manera de estar en la vida.

Tiene que ver con conservar la curiosidad, aunque ya tengas experiencia.

Con dejar un pequeño espacio para que la vida te sorprenda.

Con no permitir que todo lo que sabes nuble todo lo que aún puedes aprender.

Eso es para mí la mente de principiante.

No se trata de borrar lo aprendido ni de fingir que no sabemos nada. A estas alturas, formatear el disco duro no parece una gran idea.

Se trata de no confundir experiencia con certeza.

Hace años escribí que, a veces, me frustraba comprobar que, por mucho que estudiase, practicase y aprendiese sobre mí, seguía reaccionando de maneras muy parecidas.

Con el tiempo entendí que aprender no siempre significa dejar de tropezar (ahí el refranero español es muy sabio).

A veces significa reconocer antes la piedra. Darte cuenta de cómo reaccionas. Poder parar. Y elegir una respuesta un poco más libre.

El otro día escuchaba un directo sobre neuroplasticidad y pensaba en todo esto.

Cuando solo hacemos lo que ya dominamos, nuestro cerebro está cómodo. No necesita buscar alternativas.

En cambio, aprender algo nuevo exige atención, ensayo, error, reajuste...

Y ahí aparece esa pequeña tensión del no saber.

La frustración de no tener todavía la respuesta.

La incomodidad de sentirnos torpes.

Las ganas de abandonar.

No hablo del estrés que te desborda ni del sufrimiento inútil.

Hablo de ese desafío asumible y elegido que te saca del piloto automático.

Si quieres poner un poco de movimiento en tu cerebro y en tu vida, puedes probar estas tres cosas:

1. Haz algo en lo que no puedas lucirte.

Aprende una habilidad nueva, cambia una rutina, prueba una actividad que te produzca curiosidad.

Permítete hacerlo regular. Incluso francamente mal.

Sin convertirlo en un proyecto de superación personal.

2. Cambia una certeza por una pregunta.

Ante algo que creas conocer bien, prueba a preguntarte:

¿Qué puedo estar dejando de ver?

La curiosidad abre posibilidades que la necesidad de tener razón suele cerrar.

Y pese a que con el tiempo he constatado que pertenezco a una especie que prefiere tener razón que ser feliz, apuesta por ser feliz, aunque solo sea un rato.

3. Quédate un poco más antes de salir corriendo.

Cuando aparezca la frustración, no abandones automáticamente.

Respira. Divide la dificultad. Pide ayuda. Prueba una vez más.

Y después decide.

Quizá necesites continuar.

Quizá descubras que eso no es para ti.

Ambas cosas pueden formar parte del aprendizaje.

No creo que madurar consista en ir acumulando cinturones hasta no tener nada más que aprender.

Quizá se parece más a conservar la capacidad de volver, una y otra vez, al cinturón blanco.

De colocarte al final de la fila, de no saber, de preguntar, de dejarte enseñar por la vida.

Así que hoy te comparto una pregunta:

¿En qué parte de tu vida te vendría bien volver a ser principiante?

Y si al hacerte esta pregunta notas que hay algo que quieres mover, pero todavía no sabes muy bien hacia dónde, los días 8 y 9 de septiembre nos encontraremos en Tu próximo paso, un evento online y gratuito que he preparado en Crearte.

Dos tardes para parar, mirar dónde estás y explorar qué quieres elegir ahora con la vuelta al cole.

Te dejo aquí el enlace para que te puedas unir.

UNIRME A TU PROXIMO PASO

Ten presente que cada nuevo paso comienza, de alguna manera, reconociendo:

¡Soy aprendiz!

Te envío un abrazo consciente y te invito a compartir, dejarme un comentario, un like, lo que sea que me haga saber que estás por ahí y que te interesa seguir leyendo mis letras 🩵

¡Gracias!

Beatriz

Read the original on beatrizgarcaricondo.substack.com

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