Es curiosa la vida.
Cómo cambian las cosas. O quizá cómo vamos cambiando nosotros.
En el cole, era la típica que pasaba media vida castigada en el pasillo por hablar en clase.
- Señorita Ricondo, al pasillo.
García éramos varias.
Recuerdo también a mi padre decir en casa, cuando yo era muy pequeña:
- Esta niña no calla ni debajo del agua.
Siempre he tenido la sensación de tener mucho que decir y cierta dificultad para guardármelo.
Y, sin embargo, cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de cuánto anhelaba el silencio sin saberlo.
Hay un sitio mágico en Laredo, a los pies del monte de la Atalaya, donde el mar golpea con fuerza contra las rocas.
Allí hay un sillón de piedra, para quien lo sabe ver, que te coloca rápidamente en tu lugar.
Aunque, mientras te escribo, me doy cuenta de que hace un montón de años que no planto allí mis posaderas. Y quizá sea buena señal.
Hubo un tiempo, durante mi adolescencia, en que acudía allí cuando me sentía sola, triste o enfadada con la vida.
Y como pasé muchos años enfadada con la vida, lo visitaba con frecuencia.
Es increíble cómo acomodarme allí me daba una paz que por entonces no encontraba en muchos otros lugares.
Esta mañana, cuando me he sentado en silencio a meditar, tenía muchas ideas para compartir en mi artículo de la semana (que también siento tuyo), pero ninguna clara.
Treinta minutos después, que hoy han pasado en un suspiro, tenía una decisión tomada.
Compartirte la magia del silencio.
Ese silencio que encontraba sentada frente al mar.
Ese silencio que me acogía sin exigirme nada.
Ese silencio que no es sino una puerta de entrada a mí misma.
El poeta sufí Rumi escribió unos versos que, traducidos al español, dicen algo así como:
“¿Por qué permaneces en la prisión cuando la puerta está tan abierta?
Sal del enredo de los pensamientos de miedo.
Vive en silencio.”
Aquellas sentadas en mi sillón de roca frente al mar fueron mis primeros encuentros, más o menos conscientes, con el silencio.
Desde entonces hasta ahora, han sido muchas las formas en las que el silencio sale a mi encuentro y nos fundimos en un dulce abrazo.
Poco a poco abandoné la costumbre de ponerme música mientras salía a correr y, al hacerlo, empecé a encontrarme con la vida de un modo mucho más intenso.
Con mi respiración.
Con mi latido.
Con mi pisada.
Con los sonidos de la naturaleza.
Con el calor del sol, la caricia del agua, el frío del invierno.
Poco a poco dejé de escuchar noticias al llegar a casa y descubrí la magia de estar conmigo.
A solas conmigo.
Poco a poco abandoné el hábito de comer rodeada de ruido y comencé a tomar bocados conscientes.
Ahora me descubro muchas veces saboreando el silencio, buscándolo de forma activa, creando momentos de silencio en el día a día.
He descubierto que, en contra de lo que pueda parecer, mientras el ruido apaga la intensidad de la vida, el silencio la enciende.
El silencio no siempre es ausencia.
A veces es presencia.
A veces es refugio.
A veces es una forma delicada de volver a casa.
Por eso hoy no quiero darte una lista de claves ni llenarte de instrucciones.
Solo quiero dejarte tres preguntas, por si también tú quieres abrirle una rendija al silencio esta semana:
¿En qué momento del día podrías apagar un ruido que no necesitas?
¿Qué espacio pequeño podrías regalarte para estar contigo sin hacer nada más?
¿Qué podrías escuchar en ti si dejaras de correr, explicar, responder o distraerte durante unos minutos?
No hace falta empezar por grandes retiros ni por largas meditaciones.
A veces basta con no encender la radio al llegar a casa.
Comer los tres primeros bocados en silencio.
Caminar sin auriculares.
Cerrar los ojos un minuto antes de empezar el día.
O sentarte, simplemente, a dejar que la vida te muestre su sonido.
Me encantará leerte en comentarios.
Cuéntame qué te ayuda a conectar contigo, qué lugar, gesto o pequeño ritual te devuelve al silencio, o en qué momentos sientes que el ruido te aleja más de ti.
Quizá tu forma de volver a ti inspire también a otra persona.
Te leo.
Si te apetece seguir explorando formas sencillas de regresar a ti, quiero regalarte mi guía Las 9 anclas para volver a mí, un recurso práctico y cuidado para crear pequeños espacios de presencia en medio de la vida cotidiana.
Y te adelanto algo en primicia, porque siento que encaja mucho con lo que hoy te estoy compartiendo.
El próximo 23 de junio iniciamos de nuevo el viaje acompañado de 21 Baños de Ser, la tercera edición de este recorrido que nació precisamente para abrir espacios de presencia, autocuidado, consciencia y vuelta a una misma.
Durante 21 días caminaremos juntas a través de propuestas sencillas, ejercicios, meditaciones y pequeñas prácticas inspiradas en mi ebook 21 baños de ser: el reto de la transformación. Quienes quieran participar solo necesitan adquirir el libro y formar parte del grupo de acompañamiento por WhatsApp.
Te lo cuento como una invitación. Por si sientes que este puede ser un buen momento para hacerte un poco más de sitio.
Puedes conseguir el ebook aquí:
https://creartecoaching.com/producto/ebook-21-banos-de-ser-el-reto-de-la-transformacion/
Ojalá esta semana encuentres un instante de silencio que te abrace.
Beatriz

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