Es sencillo sentarse a esperar.
¡Cuántos trenes han pasado ya y en ninguno de ellos se abre la oportunidad para abordar! Solo observas cómo las personas siguen entrando con desespero; no importa si no hay espacio para un suspiro más, de igual forma lo piensan, lo ejecutan y lo logran.
Mientras que yo me siento a esperar.
Esperar, siempre se ha tratado de esperar.
Existe una adicción silenciosa a la espera. No somos fanáticos de ella con conciencia, es que no podemos escapar de lo que nuestra mente hace de forma inconsciente.
Por desgracia, no construimos un pensamiento capaz de salir con prisa de su caja para entonces crear el momento en lugar de esperar a que este llegue del cielo. Me di cuenta de que mi cerebro se entrenó para: “Aprovecha cuando la oportunidad llega”, “Solo tienes que esperar”, “Si no es para ti, espera”, “Todo a su tiempo, solo espera”. Y es tan desesperante admitir que el reloj de mi mente es muchísimo más lento que el terrenal.
Un día desperté y, tras pensar con tanta honestidad, me di cuenta de una cruda realidad: el mundo, la vida y las personas no me están esperando como yo las espero. Las puertas se abren y se cierran sin pensar en cuánto tiempo llevo de pie frente a la tienda tomando el valor para entrar. Las oportunidades llegan y no me miran con lástima porque he esperado tanto; se siguen de frente y se quedan con quien sí está dispuesta a tomarles la mano.
“Algún día será”, siempre soy de pensar.
Pero es totalmente absurdo y escaso de sentido que afirme eso con tanta seguridad, simplemente porque no soy creadora del momento.
¡Eso es! ¡Creadora del momento!
Me pregunté: ¿Qué sería del tiempo si yo fuera la única dueña del ritmo en sus manecillas? ¿Qué sería de cada puerta si yo fuera la que gira su perilla para abrirla por completo? ¿Qué sería del camino si yo fuera quien lo traza con tiza en el piso?
¿Y si hago que suceda?, me puse a pensar.
Tal vez el reloj de mi mente no tenga que ir más rápido, sino tomar las riendas. Romper el hábito de la espera no ocurre de la noche a la mañana, pero el primer paso ya no le pertenece al destino, me pertenece a mí. La siguiente puerta no la voy a contemplar: la voy a empujar.
Atte. Ingrid D. Villanueva Garcia.

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