Escritura Social

from Siete lagartijas

Salivalberto

¡Cuidado! ¡Mucho cuidado! Corred todos a cubierto que aquello que se aproxima y parece un aspersor se llama Salivalberto y, ante todo, es un señor. Es persona muy normal con la boca bien cerrada pero si empieza a hablar ya puedes llevar paraguas. ¡Pobre Salivalberto! Moja sin querer a todos aunque pasen a tres metros. Con esto de tanta baba la gente no se le acerca, a no ser que lleven puestas la ropa y las botas de agua. Un día con poca suerte para nuestro Salivalberto le echaron de su trabajo y se fue al paro obrero. ¡Entonces cambió su vida! Porque encontró otro empleo donde sí que aplaudían su dominio del babeo. ¡Qué primor en sus tareas! ¡Qué elegancia y qué salero! Da gloria ver trabajar a este ufano jardinero. Unas veces riega lejos, y otras veces, más cerca. Por allá por donde pasa no queda una planta seca. ¡Qué feliz, Salivalberto, tiene el trabajo perfecto! Y aquí termina la historia del señor Salivalberto. (No la creáis, es un cuento.)

#poemas

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Camino de Invierno

from Los relatos de Ibnussabel

Julián se había dejado engañar por Pedro y Marina para hacer el Camino de Santiago con ellos. Nunca le ha entusiasmado el deporte, y aún menos pasar hambre, sed, calor, frío y agotamiento. Sin embargo, ahora que llevan varios días de albergue en albergue, debe reconocer que le está gustando más de lo que esperaba.

La primera semana fue un suplicio, sobre todo la subidita al Alto del Perdón. Las agujetas, las ampollas y la tendinitis casi le hacen abandonar en Logroño. Pero se dejó arrastrar un día más, luego otro y, poco a poco, se fue acostumbrando al sufrimiento.

Hoy se cumplen tres semanas justas desde que salieron de Roncesvalles. Han llegado a Ponferrada reventados, como siempre. Después de cumplir con la burocracia peregrina, se han dado un homenaje en un mesón; de vez en cuando conviene sacar al vientre de penas. De vuelta al albergue, se han unido a un grupo de peregrinos, casi todos españoles, que comentan la etapa del día y planifican la siguiente.

—Entonces, ¿qué? Mañana a Vilafranca, ¿no? —pregunta Julián al corrillo de peregrinos.

—Pues justo lo estábamos valorando. Me han dicho que la parte de Galicia se llena de turigrinos y que se pierde la esencia —apunta uno.

—Este está empeñado en salirse del Camino Francés y meterse por uno que no aparece ni en las guías.

—Yo no lo veo claro. Deberíamos seguir el trazado normal.

—¿Cuál es esa alternativa que comentas? —¿Cómo no? Si se presenta la oportunidad de hacer algo original, Pedro no puede dejarla escapar.

—El Camino de Invierno —contesta el mismo de antes. —Es el que se usaba antaño en invierno para no tener que subir O Cebreiro nevado. Está mucho menos concurrido que el Francés, eso está claro.

—¡Tan poco concurrido que quizá no haya ni albergues! —le replica un compañero.

—Yo solo comentaba la posibilidad porque, si ya han llegado varios autobuses de grupos organizados aquí, no me quiero ni imaginar cómo se pondrá a partir de Sarria.

—¿Tienes un mapa, una guía o algo para ver ese camino? —A Pedro le ha entrado el gusanillo y de ahí no le saca nadie.

—No, pero tampoco tenemos nada de este. Lo vamos mirando en Internet o en los albergues de un día para otro.

Pedro intenta convencer a sus amigos para probar ese camino semidesconocido que promete ser una pequeña aventura dentro de otra pequeña aventura. Al fin y al cabo, en todos los días que llevan peregrinando, lo más emocionante que les ha ocurrido ha sido tener que avanzar hasta el pueblo siguiente por falta de sitio en los albergues.

Marina prefiere ceñirse al plan original. Es posible que tenga menos encanto porque esté masificado y las etapas consistan en seguir a los peregrinos que van delante de ellos, pero al ser una zona concurrida, será más segura y estará más preparada para acomodar a los peregrinos.

Julián, contra todo pronóstico, está de acuerdo con Pedro, aunque por otros motivos. O Cebreiro es la bestia negra del Camino Francés. La subida más dura y apenas sin sitios para retomar energías. Si el destino ha querido ofrecerle una vía alternativa para esquivar esa montaña, por algo será.

Antes de tomar ninguna decisión, hablan con los voluntarios del albergue para recabar información. No debe ser un camino muy popular, porque les cuesta encontrar a alguien que lo conozca. Tan solo uno de los voluntarios lo conoce.

—Como no lo coge casi nadie, hay poca cosa para peregrinos. Quizá tengáis que tirar de GPS en algunos tramos, pero sin duda es una maravillosa opción para huir del bullicio que se os viene encima de aquí a Santiago.

Al final, aunque Marina no está del todo convencida, deciden darle una oportunidad a esa variante.

El día siguiente, en lugar de seguir la hilera de caminantes que desfila hacia Vilafranca do Bierzo, Julián y sus dos amigos se dirigen hacia Las Médulas. Nada más salir de Ponferrada se dan cuenta de que, en efecto, no están en el Camino Francés. No ven a ningún otro peregrino y las señales escasean. No obstante, pueden seguir sin dificultad. Solo necesitan prestar un poco más de atención.

Pedro está exultante. «Esto sí es el Camino de verdad.» Por cómo insiste en ese punto, cualquiera diría que las tres semanas anteriores se las hubieran pasado jugando a videojuegos y viendo la televisión. Julián y Marina no sienten la euforia de su amigo, pero están contentos de haberse dejado embaucar. La verdad es que el paisaje es muy bonito y el trayecto se les antoja más auténtico.

Es su recorrido, atraviesan pueblos encantadores en los que no hay ni peregrinos, ni turistas; solo gente local, y tampoco mucha. Para desgracia de Julián, la etapa del día incluye dos subidas pronunciadas. Por suerte, bastante más cortas y suaves que la que habría tenido que sufrir para coronar O Cebreiro.

Cuando llegan a Las Médulas, hacen tres descubrimientos que rivalizan en importancia. El primero y más evidente es que el lugar es impresionante. La antigua mina de oro explotada por los romanos merecería una visita por sí misma. El segundo, un poco desolador, es que la única opción de alojamiento disponible es un pequeño hotel que sale por un buen dinero. Por suerte, el tercer descubrimiento es que es lo bastante pronto como para avanzar un poco más antes de comer.

Aunque les gustaría acabar la etapa ahí para poder disfrutar de Las Médulas, deciden avanzar un poco más. Al final, ese poco más se convierte en unos 10 Km adicionales y acaban la jornada en Pumares, provincia de Ourense. Han llegado a Galicia.

Es un pueblo muy bonito al lado de un embalse. El problema principal es que ahora sí necesitan encontrar un lugar donde pasar la noche. La alternativa sería seguir andando unos cuantos kilómetros más y, siendo honestos, ya han tenido bastante con la ruta de hoy.

Buscan algo para comer en el primer, y único, sitio que parece un bar. Se les abre el cielo cuando, hablando con el posadero, descubren que también les puede alquilar una habitación. La comida les sabe a gloria, aunque quizá se deba al alivio de tener hospedaje.

Más avanzada la tarde, se dan una vuelta por el pueblo. Breve, porque tampoco hay mucho que ver. Se recogen pronto a descansar a pesar de que la etapa de mañana promete ser bastante menos exigente. Según lo que han visto por Internet, es prácticamente todo llano.

A media noche, Julián se devela. Por más que lo intenta, no logra volver a conciliar el sueño. Se pone la chaqueta encima del pijama y sale a dar un paseo y fumarse un cigarrillo. En la calle, unas extrañas luces le llaman la atención. Parecen focos que se dispersan en la niebla, pero no hay niebla. Además, se oye una especie rumor de voces entonando una letanía cadenciosa.

Lo primero que siente es un miedo primitivo que le brota del pecho. Esa sensación pronto es sustituida por una curiosidad morbosa. Si fuera un niño, habría ido corriendo a la habitación y se habría resguardado bajo las impenetrables sábanas, que pueden repeler el ataque de cualquier criatura del mal. Pero como hace mucho que dejó de serlo, se acerca un poco más a esas extrañas luces. Solo un poco. Un poquito más. Solo un poquito más.

Cuando se quiere dar cuenta, está bastante lejos de la pensión. Las luces, en cambio, están cada vez más cerca, y las voces se oyen cada vez mejor, aunque no logra entender lo que dicen. Se acerca otro poquito más. Hasta que los ve. Ve las luces de las velas, ve los farolillos que transportan las velas y ve los hombres que sostienen los farolillos que transportan las velas.

Una extraña comparsa formada por una docena de penitentes encapuchados recorre los aledaños del pueblo recitando una letanía que sigue sin comprender. Cuando llegan a la altura de Julián, las voces se detienen de golpe, así como los penitentes. La escasa luz de los farolillos no es suficiente para vencer la oscuridad. Los cofrades visten trajes de un negro más profundo que el de la noche. Las capuchas ocultan sus rostros por completo. Julián vuelve a tener miedo, pero esta vez es de verdad, del que te atenaza desde las entrañas y te impide mover siquiera los labios para pedir socorro.

El penitente que marcha a la cabeza del grupo se acerca a Julián y se quita la capucha. Al verle la cara, no da tanto miedo. Es un chico de unos veintipocos años con aspecto afable. Lleva el pelo castaño un poco enmarañado y sus ojos verdes transmiten una calidez que contrasta con el frío húmedo del camino.

—Vaya, parece que te hemos asustado —dice el joven misterioso.

—Eh, no, qué va. Bueno, sí, un poco —responde Julián, balbuceando.

—Tranquilo, hombre, que no te vamos a hacer nada. Casi todos estos son buena gente. En fin, eran.

—¿Eran?

—Sí, bueno. Eran, son. ¿Qué más da? El caso es que mis compadres están muertos, yo soy el único vivo de la compañía.

El chico habla con la naturalidad de quien comenta la cosa más cotidiana y normal del mundo, pero acaba de decir que sus compañeros están muertos. Julián sigue un poco en shock y tarda en reaccionar.

—Verás —continúa el joven cofrade—, seguro que has oído hablar de nosotros. Somos la Santa Compaña. Bueno, son, o sois, no sé. En fin, me estoy explicando fatal. ¿Tú no eres de aquí, verdad?

—No, no soy de aquí. Y me estás vacilando ya mucho. No quiero líos, me vuelvo con mis colegas y todos tan contentos.

—Me temo que eso no va a poder ser. Pero mira, yo te lo cuento y verás que no pasa nada. Es un chollo sencillo. Lo único que tienes que hacer es sacar a estos de paseo todas las noches, hasta que te cruces con un vivo, como he hecho yo hasta que me he cruzado contigo. Ahora yo quedo libre, ya podré dormir por la noche, y a ti te toca ocupar mi lugar. ¿Fácil no?

—¿Pero cómo voy a hacer eso? Si ni siquiera soy de aquí, estoy haciendo el Camino de Santiago.

—Tranquilo, por eso no te preocupes. No son más que un puñado de almas. Irán donde tú vayas.

—¿Y si me niego?

—Huy, mala cosa. A ver, que tú mismo, yo hoy ya me desentiendo de esto, pero si rechazas hacer la ronda… En fin, yo no me arriesgaría. Pueden ser muy insistentes.

—Pues, a mí, a cabezón no me gana nadie.

—Lo dicho, tú mismo. Pero toma, ponte este traje y coge este farolillo, que ahora es tu tarea.

Julián no lo ve claro. Sabe que le están vacilando y que quizá lo mejor es seguirles el juego, pero está demasiado cansado como para ponerse a hacer el canelo con unos paisanos para que se rían de él. Así que, ni corto ni perezoso, gira sobre sus talones y echa a correr hasta la pensión.

Cuando suena la alarma, Pedro es el primero en levantarse. Hace una visita al baño y va a despertar al resto. Al ver a Julián suelta una carcajada, se durmió con la chaqueta puesta.

Una vez listos para afrontar una nueva etapa en el Camino, bajan a desayunar y Julián aprovecha para contarles su peripecia de ayer. Sus amigos alucinan con lo pirada que está la gente. Ponerse a deambular en plena noche disfrazados de espíritus para darle un susto al primero que pillen, además en un pueblo tan pequeño que lo más seguro es que no se crucen con nadie en horas. En fin, vivir para ver.

Se ponen en marcha bordeando una línea de ferrocarril y el río Sil. El trayecto es tranquilo y suave, rodeado por un paisaje repleto de arbustos roto tan solo por algunas naves industriales dispersas. Van atravesando pueblos que parecen construidos de pizarra hasta que llegan a O Barco, que es bastante más grande. Aprovechan para hacer acopio de provisiones y tomarse otro café.

A partir de ahí, el camino se vuelve un poco más aburrido, puesto que gran parte del trayecto transcurre por asfalto. Por suerte, el trazado es bastante llano y pueden avanzar a buen ritmo. Además, como hicieron compra en O Barco, no se detienen en ninguno de los municipios que van dejando atrás.

Al salir de A Rúa, se encuentran la primera subida destacable de la jornada, no tanto por su pendiente como por lo larga que se les hace. Tardan más de dos horas en llegar al punto de inflexión y toparse con una bajada que, ahora sí, tiene una pendiente que asusta. Si algo han aprendido en el Camino de Santiago, es a temer más a las bajadas que a las subidas.

Llegan destrozados a Montefurado, que se encuentra al final de la terrible cuesta que acaban de descender y que anuncia una nueva subida justo a continuación. Eso sí, el pueblo es precioso. De hecho, recibe su nombre de un túnel perforado por los romanos que agujerea el monte para desviar el cauce del Sil y poder extraer el oro de la región. Ya no queda oro, pero la obra de ingeniería romana es digna de admirar.

Como tienen hambre y están cansados, aprovechan para comer parte de sus provisiones mientras deciden si hacer noche ahí o seguir andando hacia el siguiente pueblo. Lo cierto es que Montefurado, pese a su gran belleza, no resulta ser muy hospitalario.

—Chicos, yo creo que no tenemos alternativa. Aquí no nos podemos quedar —dice Marina.

—Está claro, aquí no vamos a encontrar nada. Tendremos que probar suerte más adelante —concuerda Pedro.

—Ni de coña. Yo ya he andado bastante por hoy, de aquí no me muevo. Así tenga que dormir al raso —discrepa Julián.

—¿Cómo vamos a dormir al raso, Julián? Además, ¿cómo lavamos la ropa? ¿cómo nos duchamos? —interviene Marina.

—Joder. Deberíamos habernos quedado en el pueblo de antes. Seguro que encontrábamos una pensión como la de ayer, al menos. Esto no es el Camino Francés, ya veis que no podemos ir así sin pensar, tenemos que ser más previsores. —El cansancio hace mella en Julián, cuya paciencia también sufre agotamiento.

La discusión se prolonga y los ánimos se van encendiendo. Julián, que suele ser razonable y acomodarse a lo que necesite el grupo hoy está más terco que nunca. Por desgracia, los otros dos no ven nada claro lo de dormir a la intemperie con el frío que hace por las noches. Mientras intentan alcanzar un acuerdo, una anciana llega a la plaza y les llama la atención por armar alboroto.

—¿A qué viene tanto grito? ¿Venís de fuera a molestar a los vecinos o qué?

—Perdónenos, señora. Estamos haciendo el Camino de Santiago, no queríamos molestar a nadie.

—¿Peregrinos? ¿Aquí? Creo que andáis perdidos del todo. Jamás vi peregrinos en el pueblo.

—¿Nos hemos perdido? —exclama Julián—. De esta salimos en los periódicos, Pedro. Así te lo digo. No puedo con mi alma y no estamos yendo bien.

—¿Pero esto no es Montefurado? —pregunta Pedro.

—Sí, San Miguel de Montefurado. ¿Quién os dijo que vinierais por aquí?

—Verá, estamos siguiendo el Camino de Invierno, que va a Santiago pasando por Monforte de Lemos —le explica Marina.

—Ah, pues para Monforte si vais bien. Qué cosas, peregrinos. ¿Y eso coméis los peregrinos ahora? ¿Pan de bolsa?

—Bueno, lo que encontramos. No vimos ningún sitio para comer aquí.

—Eso es que poco buscasteis.

—Perdone. ¿Y no sabrá usted de algún lugar para pasar la noche? —Julián intenta aferrarse a la posibilidad de encontrar un alojamiento cercano.

—A estas horas ya no llegáis a ningún sitio. Va a oscurecer pronto, y no os recomiendo andar por ahí de noche. Yo os puedo dejar dormir en un cobertizo, y si queréis, un plato de sopa.

Ni decir tiene que los tres aceptan de inmediato la propuesta de la anciana y se deshacen en muestras de agradecimiento por su hospitalidad. La mujer les conduce hasta su casa y les enseña el cobertizo que pueden usar para pasar la noche. Tienen un pequeño retrete, pero no pueden ni lavar la ropa ni ducharse. Tras insistir un poco y abusar bastante de la amabilidad de la anciana, logran que le dé permiso a Marina para darse una ducha. Los chicos tendrán que aguantarse.

La señora vuelve a las ocho de la tarde con un un caldero de sopa, pan y una botella de vino tinto. Les ayuda a poner la mesa y les dice que no se molesten en lavarlo, que lo dejen todo apilado y ya lo recogerá ella cuando se hayan ido. Les sorprende que sea tan maja como para dejarles quedarse en su casa, pero que tan hosca que no le apetezca ni quedarse a charlar con ellos. Dan buena cuenta de la sopa, que resulta ser bastante contundente, del pan y del vino y, aunque no sean ni las diez de la noche, caen rendidos.

A la mañana siguiente, Pedro y Marina se levantan con energías renovadas. La cena y el reposo han obrado maravillas en sus cuerpos. Julián, en cambio, parece un alma en pena. A diferencia de sus compañeros, se diría que no ha pegado ojo en toda la noche.

Para evitar situaciones complicadas como la de ayer, deciden que aunque vayan sobrados de tiempo, terminarán la etapa en Quiroga, que es donde saben a ciencia cierta que hay un albergue. Acaban de darse cuenta de que ayer no sellaron la credencial del peregrino en ningún sitio, pero eso no debería ser problema.

La etapa del día tiene algo de subidas y bajadas, pero nada excepcional, además, como llevaban diez kilómetros de ventaja, llegan a destino antes del mediodía. Esta vez encuentran albergue sin problema, tienen cama, agua caliente e incluso más de una opción para comer, cenar o tomar algo. Puro lujo.

No obstante, la jornada transcurre con mal rollo. Julián sigue enfadado y desprende un aura de malas vibraciones que acaba afectando a los demás. Ni siquiera una buena ducha de agua caliente y una comida en condiciones hacen que se anime un poco.

Las etapas siguientes se suceden en un ambiente tenso de negatividad, justo lo contrario a lo que cabría esperar. El cuarto día en este plan se hace especialmente duro porque coincide, además, con una subida muy pronunciada y una bajada aún peor. Llegados a este punto, Julián cree que quizá todo esto del Camino de Invierno no ha valido para nada la pena. Finalmente, estalla una gran discusión que concluye con Julián mandando a todo el mundo a la mierda y largándose del hostal.

Dos horas más tarde, Marina decide ir a buscarle y se lo encuentra llorando a lágrima viva en un banco. Le explica que no sabe qué le pasa, que se da cuenta de que les está arruinando las vacaciones pero que no puede más, que cada día está más cansado, que ya ha agotado todas sus fuerzas y que no se ve capaz de llegar hasta Santiago.

Se pasan una hora hablando y Marina logra convencerle para que no tire la toalla ahora, que solo faltan tres días para llegar. Rendirse ahora sería absurdo. Vuelven al hostal y Pedro le da un abrazo a Julián como si hiciera años que no se hubieran visto y le pide disculpas de mil maneras. Al final, deciden quedarse un día más en Rodeiro para recuperar fuerzas y poder llegar a Santiago en condiciones.

El día de descanso hace honor a su nombre. De hecho, Julián se pasa horas durmiendo, hasta el punto que llega a preocupar a los demás. Sin embargo, al día siguiente, cuando reemprenden la marcha, pueden notar el cambio que el reposo ha obrado en él. Julián vuelve a estar animado y la sonrisa no abandona su rostro. Por fin ha recuperado la felicidad.

#relato

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Recuerdo de una amistad

from Retales, por @editora

Creo que alguna vez os he comentado que en mis tiempos de Erasmus compartí casa en Inglaterra con una chica de Madrid, estudiante de Derecho, de familia “bien”, a cuyo hermano vi por la tele de invitado en la boda de Almeida. Su tío fue uno de los padres de la constitución. Ese tipo de apellidos compuestos y de familia “bien”.

Aunque veníamos de lugares y vivencias muy diferentes hicimos muy buena amistad ese año y los siguientes la intentamos mantener, pero al final perdimos el contacto.

Desde hace un tiempo, vía Linkedin, nos vamos siguiendo nuestros avances profesionales. Más ella los míos (mi errática vida de autónoma) que yo los suyos (su trabajo estable en la misma empresa “bien” desde hace más de 20 años). Cada vez que publico algo sobre mi pueblo, alguna entrevista sobre Casa tía Julia o algún artículo en el que salgo, ella es la primera en ponerme un “me encanta”, un corazoncito rojo que es una manera moderna de decir “me acuerdo de ti, te sigo apreciando, me alegran tus logros”.

A veces pienso en escribirle un mensaje privado y preguntar “¿qué es de tu vida? yo también me acuerdo de ti, te recuerdo con el mismo cariño que nos tuvimos entonces”. Me entran ganas de invitarla a mi casa y ponernos al día. Siempre descarto la idea porque sé que estamos en mundos muy distintos y supongo que esos mundos no se mezclan.

Pero yo recuerdo aquella amistad que nos tuvimos con infinito cariño, como algo excepcional que una vez se dio por puro azar y que me ayudó a crecer. Y ese pequeño gesto suyo en Linkedin, por frío y tecnológico que parezca, es también una pequeña linterna que ilumina a las personas que fuimos hace muchos muchos años y que por un breve instante volvemos a ser.

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Datos demográficos medievales fáciles

from El escritorio de McAllus

El otro día me encontré con un artículo que se había quedado en el limbo de la migración de mi antiguo blog. He decidido dejarlo aquí porque lo mismo es útil para alguien. Dejo al final del artículo los enlaces de referencia de donde saqué las cosas aunque, por desgracia ya no existen.

By S. John Ross, copyright © 1993-2014

Existen muchas variedades de mundos de fantasía, desde la corriente de simulaciones medievales duras hasta los reinos de alta fantasía, con castillos de alabastro y jardines enjoyados en lugar de la más fangosa suciedad. A pesar de sus diferencias, estos comparten un elemento común vital: la gente. La mayoría de los reinos de fantasía, no importa cuán barroco o mágico sea, no puede pasar sin agricultores ordinarios, comerciantes, príncipes y guardias de palacio. Agrupados en aldeas y llenando las ciudades, proporcionan el telón de fondo humano para la aventura.

Por supuesto, hacer la investigación necesaria para averiguar qué tan común debe ser una gran ciudad o cuantos zapateros se pueden encontrar, puede llevar una cantidad de tiempo del que no todos los directores de juego disponen. Para ayudar a que el diseño de un mundo sea más satisfactorio he preparado este artículo (NdT: aquí me refiero al autor y siempre que hable en primera persona hasta nuevo aviso es traducción directa).

Este artículo es una destilación de una amplia cantidad de posibilidades extraídas de diferentes referencias históricas, centrándose más en los resultados que en los detalles. Las reglas proporcionan una línea base que debe ser desviada según la necesidad, los números no deben tomarse como grabados en hierro.

Siguiendo mis tradiciones favoritas de FRP, he enfocado mi lente de una versión bastante desarrollada de la Edad Media; he dibujado libremente períodos que van desde los siglos Xi a XV y en lugares tan variados como Rusia, Inglaterra, Francia, Alemania e Italia; pero cuando he necesitado un valor por defecto en lugar de una media, opté por mirar más de cerca la Francia de la edad media más tardía como un bune modelo para un mundo de juego de fantasía tradicional. Reducir a la mitad unas cosas, doblar otra o manipular algunos aspectos para adaptarlos a la sensación que estaba buscando. He incluido pautas sobre como configurar los números para satisfacer las necesidades que puedan tener otros.

Densidad de población: ¿Cuántas personas hay en este reino?

A menos que el reino sea muy joven, es probable que esté plagado de aldeas separadas por una o dos millas (1.6-3.2 kilómetros), cubriendo cada pulgada agrícola del campo. Las comunidades agrarias a escala del pueblo o aldea serán muy frecuentes. La única excepción notable a esta regla es el país fronterizo, donde las ciudades aisladas no tienen más remedio que existir. Estas ciudades tenderán a ser grandes y amuralladas, un pueblo amontonado por seguridad. En la frontera, los alimentos y las mercancías suelen ser entregados por caravanas mercantes en lugar de ser producidos por la agricultura local. La presencia de monstruos ciertamente aumentará estos efectos.

La densidad de población media para un país medieval completamente desarrollado es de 30 por milla cuadrada (para países rocosos, lluviosos, helados o con un rey loco) hasta un límite de 120 por milla cuadrada (para una tierra rica, de clima favorable y un toque de ayuda mágica). No se desperdicia tierra si se puede asentar y cultivar. Hay muchos factores que determina la densidad de población de una tierra, pero ninguna tan importante como lo cultivable de la tierra y el clima. Si crecen los alimentos, también lo harán los campesinos. Si se desea, la densidad exacta se puede tirar al azar, y lo cultivable de la tierra invertir el resultado. Una tirada de 6d4x5 hará perfectamente esta función. Reduciremos el múltiplo x5 en cualquier cantidad hasta x1 para representar una tierra mucho menos desarrollada o para representar países despoblados por invasiones, plagas u otras calamidades. Las naciones afectadas por tales problemas pueden permanecer despobladas durante siglos, también, salvo por una afluencia de inmigrantes: el crecimiento natural de la población suele ser muy bajo en los mundos preindustriales.

Algunas comparaciones históricas: Francia medieval encabeza la lista, con una densidad del siglo XIV de más de 100 personas/milla. Los franceses fueron bendecidos con una abundancia de campos de cultivo, a la espera de ser cultivados. la Francia moderna tiene más del doble de esta gente. Alemania, con un clima ligeramente menos perfecto y un porcentaje más bajo de tierra cultivable, tuvo como media unas 90 personas/milla. Italia era similar (porciones de colinas y áreas rocosas). Las Islas Británicas eran las menos pobladas, con poco más de 40 personas por milla cuadrada, la mayoría de ellas agrupadas en la mitad sur de las islas.

Hexágonos: ¡Puede ser importante para algunos DJs usar esta artículos para saber cuanta tierra está en un área hexagonal! Para determinar el área de un hexágono, multiplica su ancho por 0.9306049 y se le hace el cuadrado al resultado. Por la tanto, si el mapa de juego tiene hexágonos de 30 millas de ancho, cada hexágono representa alrededor de 780 millas cuadradas (y es un tamaño conveniente para los tiempos de viaje, ya que 30 millas es una buena regla de oro para un día de viaje a pie o a caballo).

Población de pueblos y ciudades: ¿Cuanta gente vive entre los muros?

Para los propósitos de este artículo, los asentamientos se dividirán en aldeas, pueblos, ciudades y grandes ciudades; conocidas como ¿metrópolis? (NdT: la verdad es que no sé si este es el término equivalente a «supercities» pero es que a mi en español no me suena haber leído nunca «súper ciudades») en el lenguaje de historiadores urbanos:

  • Las aldeas van de 20 a 1.000 personas, con aldeas típicas que van de 50-300. La mayoría de los reinos tendrá miles. Las aldeas son comunidades agrarias dentro de los pliegues seguros de la civilización. Constituyen la fuente básica de alimento y la estabilidad de la tierra en un sistema feudal.

  • Los pueblos varían en población entre 1.000-8.000 personas, con valores típicos alrededor de los 2.500. Culturalmente éstas son el equivalente a las ciudades americanas más pequeñas que flanquean las interestatales. Suelen tener muros solo si son amenazados frecuentemente.

  • Las ciudades suelen ir de 8.000 a 12.000 personas, con un promedio de unas 10000. Un reino grande típico tendrá solamente algunas ciudades en esta gama de población. Los centros de investigación (las universidades) tienden a estar en ciudades de este tamaño, con solo la rara excepción de una gran ciudad floreciente.

  • Las grandes ciudades van de 12.000 a 100.000 personas, con algunas ciudades excepcionales que superen esa escala. Algunos ejemplos históricos incluyen Londres (25.000-40.000), París (50.000-80.000), Génova (75.000-100.000) y Venecia (100.000+). ¡Moscú en el siglo 15 tenía una población de más de 200.000!

Los grandes centros de población de cualquier escala son el resultado del tráfico. Los litorales, los ríos navegables y las rutas comerciales terrestres forman un patrón interrelacionado de arterias comerciales, y los pueblos y ciudades crecen a lo largo de esas líneas. Cuanto mayor es la arteria, mayor es la ciudad. Y donde convergen varias arterias grandes, tienen una ciudad. Las aldeas se dispersan a través del país entre los establecimientos más grandes.

La distribución de la población

(NdT: esto lo he traducido muy libremente pero dado el contexto del apartado creo que queda bien ¿sugerencias?)

Bien, ya sabes lo grande que es tu reino y cuánta gente vive allí. ¿Cuántas personas viven en las ciudades, y cuántas ciudades hay? ¿Cuántos viven en pequeños asentamientos, como pueblos o aldeas?

  • En primer lugar, se determina la población de la ciudad más grande del reino. Esto es igual a (P veces M), donde P es igual a la raíz cuadrada de la población del país, y M es igual a un tirada aleatoria de 2D4+10 (la tirada media es 15)

  • La segunda ciudad será del 20-80% del tamaño de la ciudad más grande. Para determinar esto aleatoriamente, tirar 2d4 veces 10% (el resultado medio es 50%)

  • Cada ciudad restante será del 10 al 40% más pequeña que la anterior (2d4 veces 5% – el resultado medio es 25%); Continua creando ciudades mientras los resultados mantentan una población a escala urbana (8.000 o más)

  • Para determinar el número de pueblos, se usa el número de ciudades y se multiplica por 2d8 (el resultado medio es 9)

La población restante vive en aldeas, villas y asentamiento más pequeños; de estos un pequeño número vivirá en casas aisladas o serán trabajadores itinerantes o vagabundos.

Ajustando el número de pueblos: La proporción de pueblos con respecto a ciudades supone la existencia de una comunidad mercantil próspera. Ajustar al alza en un 50% o más para un mundo de fantasía al borde del Renacimiento, o ajustarlo bruscamente hacia abajo para un mundo tipo pre-cruzadas (si el comercio es limitado y local, no habrá muchos más pueblos que ciudades, simplemente continua con la escala de reducción de la ciudad del 10-40% para producir una lista única de ciudades y pueblos). Históricamente, el número de pueblos en muchos países europeos se multiplicó casi por 10 a partir de los siglos 11-13 debido a los cambios económicos que remodelaron el esquema agrario en un sistema mercantil más robusto. Si el mundo que estamos creando tiene una parte importante de comerciantes, píscaro y otros tipos de vida en ciudad (como la mayoría suele ser) utilizar la tirada de 2d8 o incluso más. Para un mundo en transición entre estos extremos, simplemente habrá que encontrar un punto medio que nos guste.

Un reino de ejemplo: Chamlek

Chamlek es un reino isleño con una superficie total de 88.700 millas cuadradas, con un buen clima y solo unas pocas colinas rocosas que perturban un campo bien regado. Su población es un poco más de 6.6 millones, con una densidad media de alrededor de 75 personas por milla cuadrada (la tirada media de los dados utilizando el rango recomendado para una tierra desarrollada)

Usando tiradas medias para los tamaños de las ciudades y pueblos, podemos determinar lo siguiente sobre Chamlek: La ciudad más grande, Restagg, tiene una población de 39.000. las ciudades principales del siguiente rango son Volthyrm (19.000), McClannach (15.000), Cormidigar (11.000) y Oberthrush (8.000). Hay 5 ciudades y 45 pueblos en total, con una población urbana total de más de 200.000 (alrededor del 3% del reino). El resto es rural – hay aproximadamente 1 centro urbano por cada 1.800 millas cuadradas. Si usáramos el método de mediados de la Edad Media para continuar con el esquema de la ciudad para determinar los pueblos, habría solo 7 pueblos (un centro urbano cada 7.500 millas cuadradas)

Comerciantes y servicios

En una villa de 400 personas, ¿cuántas posadas y tabernas son realistas? No muchos. Tal vez ni siquiera uno. Cuando se viaja por el campo, los personajes no deberían encontrarte un letrero que diga «Motel: Habitaciones libres y piscina» cada 3 leguas. Casi siempre tendrán que acampar solos o buscar refugio en el hogar de alguna persona.

Siempre que sean amables, la última opción no debería ser un problema. Un granjero puede vivir en un solo lugar toda su vida, y él dará la bienvenida a historias de aventuras y noticias, por no mencionar cualquier dinero que los héroes puedan ofrecer.

Cada tipo de negocio recibe un Valor de Servicio (SV) (NdT: no he querido traducirlo como apoyo he pensado que en español pega bien Servicio). Este es el número de personas que se necesita para apoyar un solo negocio de este tipo. Por ejemplo, el SV para los comerciantes de especias es de 1.400. Esto significa que habrá un comerciante de especias por cada 1.400 personas en un área. Esto puede varias hasta en un 60% en cualquier dirección, pero proporcionan una base de referencia útil para DJs (los primeros puntos son aún más variables, ya que dependerá de las industrias en las que esté especializad la población; La París medieval, el modelo de esta lista y que es un fantástico modelo para cualquier ciudad de fantasía, era un centro de zapatería). Piensa en la naturaleza de la ciudad o pueblo para decidir que números cambiar. Un puerto, por ejemplo, tendrá más pescaderías.

Para encontrar el número de, digamos, posadas en una ciudad, se divide la población de la ciudad entre el valor SV de las posadas (2.000). Para un pueblo de 400 personas, ¡esto nos da solo el 20% de una posada! Esto significa que hay un 20% de probabilidad de que haya una, e incluso si hay una posada, será más pequeña y menos impresionante que una urbana. El SV para las tabernas es 400, así que habrá una sola taberna.

Oficio SV Oficio SV
Zapateros 150 Carnicería 1,200
Desollador 250 Pescaderos 1,200
Sirvientes 250 Cervecería 1,400
Sastres 250 Fabricante de hebillas 1,400
Barberos 350 Yesero 1,400
Joyeros 400 Mercader de especias 1,400
Tabernas/Restaurantes 400 Herrería 1,500
Ropa usada 400 Pintores 1,500
Pastelería 500 Doctores 1,700*
Albañiles 500 Techador 1,800
Carpinteros 550 Cerrajeros 1,900
Tejedores 600 “Bañeros” (que atienden casas de baños) 1,900
Candeleros 700 Comerciante de cuerdas 1,900
Sedas y otras telas de lujo 700 Posadas 2,000
Tonelero (barriles) 700 Curtidor 2,000
Panadería 800 Copistas 2,000
Portadores de agua 850 Escultores 2,000
Fabricantes de vainas 850 Fabricante de trampas 2,000
Vendedor de vinos 900 Fabricante de arreos, arneses 2,000
Fabricante de sombreros 950 Blanqueadores de telas 2,100
Peletero 1,000 Comericante de heno 2,300
Carniceros de pollos (e imagino otras aves) 1,000 Cuchilleros 2,300
Fabricante de bolsas/mochilas/monederos 1,100 Fabricante de guantes 2,400
Vendedor de madera 2,400 Escultor de madera 2,400
Tienda de magia 2,800 Vendedor de libros 6,300
Encuadernación 3,000 Iluminadores de manuscritos 3,900

Estos son médicos licenciados. El SV total de un médico es 350. (NdT: algunos oficios no tengo ni idea de como traducirlos*)

Otras cifras: Habrá una familia noble por cada 200 habitantes, un abogado por cada 650, un acólito por cada 40 y un sacerdote por cada 25-30 acólitos.

Los negocios no listados aquí probablemente tendrán un SV de 5.000 a 25.000. La «tienda de magia» es una tienda donde magos pueden comprar ingredientes de escritura, papel y similares, no un lugar donde comprar espadas mágicas.

Agricultura

Una milla cuadrada de tierra establecida (incluyendo caminos, pueblos y ciudades, así como cultivos y pastos) dará sustento a 180 personas. Esto tiene en cuenta las plagas normales, las ratas, la sequía y el robo, los cuales son comunes a la mayoría de mundos. Si la magia es común, el DJ puede decidir que una milla cuadrada de tierra puede dar sustento a mucha más gente. Ten en cuenta que el número de personas que una milla cuadrada de tierra agrícola sustenta no es lo mismo que la densidad de población máxima de un reino. Una vez que has decidido la capacidad de la tierra que sustenta a la gente, se puede determinar la cantidad de tierras deshabitadas / no cultivables (NdT: tierras salvajes, desiertos, masas de agua, montañas, etc) en el reino. Tomemos de nuevo el ejemplo del reino de Chamlek. Con una milla cuadrada se sustenta a 180 personas, lo que significa que hay aproximadamente 37.000 millas cuadradas de tierra agraria desarrollada – alededor del 42% del área total de la isla. Esto ofrece un ejemplo gráfico de cuán escasa es la población. El 58% restante del país son tierras no cultivables.

Incluso si Chamlek tuviera la densidad de población máxima (120 personas por milla cuadrada), las tierras de labranza serían unos 2/3 de la tierra total dejando 1/3 del país deshabitado, la mayoría serán colinas, montañas, bosques y las vías fluviales. Eso está cerca del máximo absoluto, dadas las condiciones terrenales, aunque más arriba es teóricamente pobisble que el DJ determine que el país entero es cultivable.

Si bien la distancia media entre los centros de población se puede derivar de la superficie total de la tierra, la distancia media de caminata de un pueblo al siguiente se determina de forma más realista considerando solo la tierra establecida. Los pueblos y villas tienden a agruparse fuertemente a lo largo de las arterias del recorrido definidas por las líneas entre las ciudades – dejando huecos deshabitados en el medio.

Castillos

Bien, ahora entendemos la situación de la tierra en cuanto a civilicación, las ciudades y las granjas. Más cerca del corazón del aventurero, sin embargo, está el castillo, o mejor aún, el castillo en ruinas. Una vez más, ¿cuántos debería haber?

En primer lugar, las ruinas dependen de la edad de la región. La siguiente fórmula es solo una guía. La frecuencia de las ruinas en Europa varió en gran medida dependiendo de la historia militar y la lejanía de la zona. Para determinar el número aproximado de fortificaciones en ruinas, se divide la población del reino entre cinco millones. El resultado se multiplicará por la raíz cuadrada de la edad del reino. Si el reino ha cambiado mucho de manos, se utilizará la edad total: el número de años que la gente que construyó un castillo ha vivido allí, independientemente del linaje real.

Chamlek, nuestro reino insultar, tiene alrededor de 6,6 millones de personas hoy. Chamlek ha sido poblada por la gente que construyó el castillo por 300 años. Esto hace que tenga un 23,04% de fortalezas o castillos en ruinas, lo cual significa que tiene 23 seguro y un 4% de posibilidades de que haya uno más.

Los castillos activos son mucho más comunes; las ruinas son escasas por lo normal es que se mantengan en funcionamiento. Se debe asumir que hay un castillo en funcionamiento por cada 50.000 personas. En este caso la edad del reino no es un factor importante. Chamlek tendría pues 133 castillos activos aproximadamente.

El 75% de todos los castillos estarán en las áreas civilizadas de un reino. El otro 25% estarán en las zonas deshabitadas, a lo largo de las fronteras, etc.

El papel de estos castillos es algo demasiado orientado al mundo como para reducirlo a una fórmula. La mayoría marcará las posesiones de barones o duques, pero algunos pueden ser bastiones de bandidos o puestos avanzados de señores de la guerra Goblin. Todo depende del DJ.

Miscelánea

Tamaño de la Ciudad: Las ciudades y pueblos de la Edad Media cubren de media aproximadamente una milla cuadrada de toerra por 38.350 personas. Se trata de una densidad de alrededor del 61 por hectárea o 150 por hectárea, por lo que la tierra dentro de las paredes de una ciudad típica de 10.000 sería de 165 acres – apenas una ciudad por los estándares modernos, en términos de población o tamaño. Algunas metrópolis extraordinariamente densas pudieron haber tenido densidades hasta 4 veces más altas (pero ten en cuenta que los historiadores que proponen esas densidades también proponen poblaciones más altas para las ciudades, es un área donde los estudios están en desacuerdo) y algunas ciudades escasamente pobladas probablemente tuvieran densidades inferiores a 100 habitantes por hectárea. En general, el promedio de 150 / ha es un buen lugar para centrarse y dejar que las excepciones se produzcan según sea necesario. Aplicación de la ley: Una ciudad medieval bien conservada tendrá 1 oficial de la ley (guardia, vigilante, etc) por cada 150 ciudadanos. Las ciudades «holgadas» tendrán la mitad de este número. Algunas ciudades raras tendrán más. Instituciones de Educación Superior: Habrá una universidad por cada 27,3 millones de personas. ¡Esto debe calcularse por continente, no por ciudad! Esta cifra asume universidades completamente académicas, no las dedicadas a las artes arcanas. Si las universidades mágicas son o no instituciones separadas, y lo común que son, es un asunto que queda en manos del DJ.

Ganado: La población ganadera, en conjunto, será igual a 2,2 veces la población humana, pero el 68% de esta será la gallina (pollos, gansos y patos). El resto serán vacas lecheras y «animales cárnicos»: Los cerdos son superiores como animales alimentarios, ya que comen menos individualmente, y no son comedores exigentes. Las ovejas serán muy comunes si la región tiene un mercado de lana (como la Inglaterra medieval, que fue construida sobre lana). El ganado para el trabajo y la leche se encuentra ocasionalmente, pero el ganado criado específicamente para la carne se encuentra solamente en áreas muy prósperas.

NdT: Y aquí termina mi traducción. Para la bibliografía y otros enlaces de interés visitad la web del autor.


El texto de mención original

El otro día vi esta publicación en Google+ que me llevó a seguir el enlace y encontrarme con Medieval Demographics Made Easy algo que necesitaba urgentemente para la campaña sandbox medieval que estoy preparando a mis jugadores para cuando terminemos con Triumphant! así que me dije, la comunidad rolera española me ha dado mucho así que voy a devolverle algo y he traducido como más o menos he podido el artículo.

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from srtagalicia

Los perdedores

Tengo un problema. Bueno, cualquiera diría que tengo varios. Mi hermana habría saltado como un resorte para decir que el problema es mi cara pero que me quiere igual y luego se habría rebozado en el suelo riéndose. Lleva haciendo eso veinte años. Sigue haciéndole gracia. Todo bien, Tamara.

El caso es que tengo un problema: cada vez que programo una tarea tengo que tener el tiempo suficiente para terminarla. No puedo hacerla a la mitad. Si limpio un cuarto, tengo que limpiarlo por completo, entero y a fondo. Si es una casa, una casa. Si es escribir un texto, tengo que hacerlo por completo (como probablemente pase con este). Nunca hago nada a medias ni con interrupciones. Nunca puedo terminar nada porque nada que merezca la pena es cosa de un día, una hora o un momento. Esta vida es una carrera de fondo, un cúmulo de proyectos intercalados. Esto significa que no sé mantener una relación de amistad porque no sé quedar con la gente de manera habitual, no puedo tener vacaciones porque volver al trabajo se convierte en un infierno, no puedo tampoco mantener hábitos porque no sé concatenar acciones ni días ni semanas ni nada que se parezca a una gestión de tiempo. En realidad esto no es un artículo sobre gestión del tiempo y productividad, como podría parecer. Voy a hacer un giro de guión y os voy a enseñar al monstruo: todo esto que parece una bendición en términos de sacrificio humano, voluntad de poder y enfoque es el producto último de un trauma inoculado en todo mi sistema. El primer motor es que fui acosada durante toda mi infancia en la escuela. Toda ella. Ni un sólo día de mi vida dejé de rezar, rogar o enfermarme para poder evitar ir. Amaba aprender pero cada vez que se acercaba el lunes volvía a ponerme enferma. Tenía una enfermedad extrañísima que ningún doctor sabía detectar que consistía en dolores de cabeza, vómitos y desmayos. No era nada físico, claro. Era ansiedad.

Después de este giro de guión viene el momento de echar atrás la cinta VHS y enseñar cómo llegó ese monstruo a mi vida. Yo nunca fui normal, entendiendo normal como normativa. Entré en el colegio, en párvulos, después de una guardería bastante movidita en la que logré organizar a todos los niños en una huelga para poder ir descalzos o, en aras de la igualdad, decidí llamar a nuestro cuidador “señorito” porque a las cuidadoras las llamábamos “señoritas” y eso era lo adecuado. Con este par de pinceladas podéis concluir que tenía un TDAH como una casa con terrenos y plantaciones. Y me dí de bruces con una profesora -concedámosle el honor de ser calificada así- que fue expulsada al final de la escuela por cosas como atar a los niños a las sillas. Adivinad.

Exacto.

Mis padres me cambiaron de colegio después de que mi embarazadísima madre le gritara algunas cosas a esa señora, que curiosamente también estaba embarazadísima, pero yo ya creía firmemente que los profesores pegaban. Y que los compañeros se reían de ti. Y que nadie hacía nada. Y las cosas siguieron así. Es verdad que ningún profesor volvió a pegarme pero nadie pensó que tuviera ningún problema. Cuando me hicieron unos tests y resultó que además de autista era ACI, nadie se preocupó demasiado porque mis notas fueran bajísimas. Ni por mis cuantiosas enfermedades. Simplemente yo era vaga y no quería colaborar. No me esforzaba. “Si Galicia quisiera…”

Mis padres me volvieron a cambiar de colegio. Estábamos en quinto de EGB. La incapacidad de mantener relaciones sociales era ya un hecho. Simplemente llegué y asumí que alguien me pegaría o se burlaría de mí, cosa que ocurrió cuando en mi desconexión total con la realidad infantil, hice cosas que estaban fuera de mi rango de edad, como irme a leer sola en el recreo. Nunca disfruté de un cumpleaños, de amigos o de apoyo en la escuela. Tengo, eso sí, cientos de anécdotas de cómo me humillaron mientras que una cantidad ingente de personas -adultos incluidos- miraban.

Al principio luchaba. Luchaba por demostrar que no era rara, que podía hablar con la gente, que era una persona como ellos. Luchaba por una conversación, un saludo. Luchaba por no ser un mueble. Luchaba por agradar. Me fijaba en cómo vestían, cómo se movían o qué leían para imitarles pero siempre se me acababa viendo el cartón. Si hacíamos una fiesta para compartir los regalos de Reyes y jugar, yo me daba cuenta de que sólo tenía libros. Si escuchaban Take That (más tarde fueron los BackStreet Boys, maldita sea hasta fui a un concierto para ver si les parecía interesante a las de mi clase), yo también. Intentaba ser normal. Sólo ser normal.

Lo peor llegó cuando dejé de esforzarme. Un día, de repente, ya no me importó más. Empecé a dejar de defenderme cuando me pegaban, no contestaba a los insultos y asumía que yo era la última en ser elegida para cualquier actividad. La vida era así. He dicho que fue de repente pero os he mentido. Sé exactamente cuando me apagué. Una tarde -entonces teníamos clases por la tarde porque lo de la conciliación familiar no funcionaba como ahora, que no es todo campo- mi tutor, que además era el director del colegio, propuso celebrar el Día contra la Intolerancia de la mejor manera que sabía: dejándonos hacer un mural con materiales plásticos variados. Durante el brainstorming de ideas sobre el mural, mi colegio era muy de dejar participar a los alumnos, me asombró la cantidad de compañeros de clase que hablaban sobre solidaridad, tolerancia y respeto a otras culturas. Sobre todo sabiendo que hacía media hora me habían curtido el lomo en el recreo antes de entrar a clase. Como siempre he sido una cínica, me dio un ataque de risa chiquitito.

Error.

El profesor me preguntó que qué me daba risa. No enfadado, con curiosidad. Y cometí mi segundo error: responder con la verdad. Dije que me parecía que todos mis compañeros podrían contribuir a ser más tolerantes si dejaran de pegarme. El silencio se oyó en Iowa. Como mi maestro quería integrarme (“El problema de esta niña es que no se integra”), decidió que lo mejor para descubrir qué ocurría con mi acoso era hacerme salir a la pizarra y que yo fuera apuntando todas las quejas que tenían mis compañeros sobre mí. Una hora de mi vida apuntando cosas como “es fea”, “no me gusta su cara” y otras intelectualidades por el estilo. Una hora. Sin soltar una sola lágrima. Cuando sonó la campana volví a casa, abrí un libro y lloré.

Después de eso, evidentemente, las cosas se pusieron peor. El profesor de gimnasia no me soportaba (que te jodan allá donde estés, B.) y empezó a aprovechar cualquier situación para ponerme en ridículo delante de la clase. Incluso llamó a mi madre para decirle que “escribía raro a propósito para fastidiarlo”. Soy zurda y tengo tendencia a girar el cuaderno para no mancharme de tinta. Mi madre, que es zurda, tuvo que reírse y decirle que ella me enseñó a escribir de esa manera porque era más cómodo. Los alumnos de mi curso y de otros se vieron mágicamente legitimados para ignorarme en el mejor de los casos y joderme la vida en el peor de ellos. No podía esconderme. Sin embargo, nunca lloraba.

Nadie nunca hizo nada en el colegio. Si me pegaban dentro del colegio, nadie había visto nada. Si me insultaban, era cosa de niños. Era aterrador volver y volver y volver y volver a un sitio en el que te maltratan. Y yo volvía siempre. Después de un episodio en el que B. (por favor, que te jodan muy fuerte) decidió reírse de mí en mitad de una clase y echarme la bronca porque hice por completo y sola un trabajo que debía haber realizado con una compañera que se había negado a colaborar conmigo (“eres rara y me voy con mis amigas”), le dije a mi madre que no quería volver nunca más al colegio. Nunca de nunca. Ni a ese ni a otro. A ninguno. Mi madre, en su infinita paciencia, me dijo que todo eso pasaría y que debía ser fuerte. Volví, me enfrenté a ello y me dieron una paliza.

Sé que me dieron la paliza por mi culpa. Me la dieron porque me había blindado tanto que ningún insulto parecía dolerme. Ningún zarandeo ni ninguna humillación eran suficientes para siquiera hacerme enarcar una ceja. Tampoco los empujones o patadas ocasionales que mis profesores achacaban a “la casualidad”. Después de un día en el que nadie logró resquebrajarme, me pegaron en la puerta del colegio. Pero me pegaron bien. No de darte unos bofetones y para casa. No. Entre cuatro o cinco chavales estuvieron pegándome durante un buen rato. Ni siquiera alcé un brazo para defenderme. Intenté irme, pero me cortaron el paso y me tiraron al suelo. Allí me siguieron pegando. Cuando llegué a casa estaba destrozada pero tampoco había llorado. Mi padre insistió en ir a denunciar y, bueno, con once años vas y haces lo que te dice tu padre. Para no extenderme mucho más, diré que la denuncia nunca se puso porque no era imputables y, esto lo juro sobre mi tumba, el policía creía que me dieron la paliza porque le gustaba a alguno de la pandilla. Mientras volvía al colegio ese mismo día, -la paliza había sido al mediodía- sin comer, sin denuncia y dolorida mi padre no dejaba de repetir que eso no se quedaría así y que yo debía poner de mi parte para que eso no sucediera. Debía integrarme. Yo iba callada. Cuando llegué al colegio, dejé mi mochila en la línea en la que formábamos para ir a clase. Mi padre estaba hablando con el director del colegio en ese momento, que le aseguraba que no podían hacer nada porque había sucedido fuera tanto entorno escolar como del horario. Nunca nadie hizo realmente nada pero aprendí una lección de ello: nunca jamás te fíes de nadie. Nunca vuelvas atrás. Nunca doblegado, nunca roto. Ahora soy una adulta con profundos problemas adaptativos que es incapaz de volver de vacaciones sin sufrir crisis de ansiedad diarias. Las secuelas han calado como sangre fresca en mi personalidad. Sin embargo, mis agresores me saludan con alegría cuando me los encuentro. Y nunca nadie les ha hecho pagar todo el sufrimiento que han causado.

Si estás sufriendo acoso escolar en este momento y me estás leyendo, lo siento. Querría decirte algo positivo, estoy segura de que algo habrá mejorado la situacion en este lapso de tiempo, pero soy incapaz de animarte porque sé exactamente por lo que estás pasando. No lo vas a tener fácil. Consigue una terapia lo más pronto que puedas y, si puedes, huye. Si no puedes huir, blíndate. Sobrevive. Las víctimas siempre son las que pagan pero si puedes sobrevivir o escapar del infierno tienes la oportunidad de reinventarte. Yo estoy en ello. Eso es lo más que puedo decirte.

Si nunca sufriste acoso escolar y miraste, que te jodan. Si acosaste o pegaste a alguien “flojito”, que te jodan. Nadie se reía excepto tú y has destrozado, al menos, una vida. Sé que igual estás leyendo esto y piensas que no va contigo pero te equivocas. Si no estás siendo parte de la solución, estás siendo parte del problema. Elige bando, yo no tuve esa oportunidad.

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from srtagalicia

La sexualidad inventada

Recuerdo los muelles de la cama de arriba; estaba tumbada en una litera, desnuda, junto a un chico y me moría de curiosidad por saber qué se sentía al practicar sexo. Debía ser espectacular porque todo, las conversaciones y nuestras interacciones adolescentes, giraban en torno a ello. No es que ese chaval me gustara; se me había declarado y a mí, que no me había hecho caso nadie en toda mi vida, me pareció una oportunidad estupenda para experimentar lo que era una relación. Lo había hecho igual con mi primera tanda de besos de tornillo, dados a un chiquillo que nunca volví a ver. Sólo quería la experiencia.

Los besos me decepcionaron. El sexo, también. La sensación que persiste de esa primera vez es la de tener que contener las ganas de mear. Pensé que me lo haría encima y en cuanto él acabó salí pitando al baño. Había algo de sangre mezclada en la orina; “Ahí va mi virginidad”, cavilé mientras miraba el chorro infinito. No había sentido nada más que incomodidad aunque me conformé con la idea de que era inexperta y, al fin y al cabo, era un ejercicio que tenía que domesticar para disfrutar de ello. Todo el mundo parece encantado: debe molar.

Me lanzé al sexo como el que se tira a beber en un oasis en mitad del desierto. Es verdad que el agua puede estar sucia o que el oasis en realidad es un charco de meado de camello pero tú te afanas por tragar el líquido. Esa ciénaga desértica me apagaba la sed de la validación. Parecía que la gente me abandonaba menos cuando me acostaba con ellos. Parecía que me admitían. Tenía terror a decir que no. Y así llegué a la veintena consumiendo sexo para no sentirme sola aunque seguía sin gustarme ni gota.

A estas alturas del cuento ya es conocido que tengo, además, un trastorno límite de personalidad (y autismo). Los intentos por evitar un abandono real o imaginario son parte de la etiología, como también lo es aprender a ser otra persona. A mí me habían dicho que era guapa, que era morbosa y que sabía besar y mantener relaciones sexuales con bastante eficacia. Eso me daba una identidad y decidí adoptarla.

Consumí hombres como bolsitas de cocaína. Me convertí en una experta en técnicas para complacer, asegurándome que no se notaba el tedio de pasar por el trámite de marras. Además, mi cuerpo parecía responder de una manera independiente a lo que mi cabeza sintiera. Mi organismo se lubricaba, daba señales que no quería conscientemente atribuirme y era difícil salir de una situación en la que todo el mundo parecía estar de acuerdo, incluso una parte de mí. No culpo a los demás ni a mi cuerpo. Estoy sana, respondo fisiológicamente a estímulos concretos. Y las personas con las que yací no sabían de mi revoltijo interno ni de la instrumentalización a la que les sometí. Usé el sexo para sentirme normal pero sólo logré arrepentirme y desear suicidarme.

Los rollos, como digo, eran sencillos. Luego venía la culpa, me sentía sucia y culpable, muy culpable. ¿Por qué me forzaba? Nadie me obligaba a ello, excepto yo; el terror de que nadie quisiera mantener una intimidad conmigo si no era a través de lo erótico era muy real. Veía a los célibes como ángeles elegidos, quería tener fortaleza para no obligarme a lesionarme para obtener la aprobación o el cariño de nadie. El mayor problema, sin embargo, era - y son- las relaciones duraderas.

Claro que me he enamorado, de manera genuina. Y todas han acabado mal. Fatal. Horrible. Cthulhu revisionado en relación romántica. Al principio todo era maravilloso porque había encontrado a un hombre que me aceptaba pese a mis taras y eso me arreglaría. Me había salvado el amor, Disney daba saltos de alegría en su tumba y todo el tema. Lo malo es que los espejismos se desvanecen según te acercas a ellos y yo era un espejismo. Mis parejas pensaban (alguno todavía lo piensa con verdadera fiereza) que mis sentimientos eran fingidos. No les culpo, tampoco. Ni siquiera yo sabía qué me ocurría y todo lo achacaba a que mi sistema estaba o roto o corrupto o todas las anteriores.

Según mejoraba mi estabilidad mental, más fuerte me sentía para decir no. Sólo mantenía relaciones en momentos especiales, dispersos en el tiempo, dándome tiempo a recuperarme de cada encuentro. Para mí es una actividad que me carcome: Tengo que focalizarme, tengo que luchar contra mí misma, contra la construcción que tengo hecha desde hace años y tengo que disfrutar. Todo es obligación. Y he tenido recaídas en los antiguos hábitos. Recuerdo una noche en la que estaba jodida que me acosté con un amigo. Cuando terminamos y fui a la ducha, apoyada contra la pared húmeda del baño con el chorro de agua trepanándome el cerebro me di cuenta que ni siquiera lo había besado. Había sido la culminación del proceso mecanizador del sexo.

Creí que el poliamor era la solución. En realidad, es una solución parcial. Descargaba gran parte de la cuota de sexo que debía mantener para sostener una relación romántica y me hacía sentir mejor conmigo misma. Pero había cosas que seguían fallando. Todas mis relaciones terminan en la evitación de contextos potencialmente eróticos. Y, por fin, este lunes escuché un programa de radio que me explicó punto por punto que no tengo ningún problema. Que puedo tener relaciones profundas, románticas y enriquecedoras sin la parte que me destroza. Después de haberlo probado todo, es liberador. No sé si soy asexual pero, ciertamente, soy algo no-necesariamente-sexual. Y hoy os lo cuento porque quiero que sepáis que no estoy rota ni necesito ayuda para repararme ni nada parecido, ahora lo he entendido.

El feminismo también consiste en reapoderarte de tu expresión sexual; Me siento más empoderada hoy que puedo decir aquí que no quiero una relación con un sexo como elemento necesario y fundamental. Me siento más yo, más libre. Escribir esto ha sido mejor que cualquier promesa de orgasmo. Gracias por compartirlo conmigo.

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from Siete lagartijas

Balada solitaria de Pulpo Joe

En las aguas del puerto de mi ciudad, bajo la superficie con restos de suciedad flotando, el ambiente es bastante peligroso. Hay bandas de lucios que pululan por ahí dándose empujones y buscando bronca. Hay rodaballos mafiosos traficando con gasolina. Congrios dispuestos a darte un buen susto. Pero también en ese barrio, en pleno centro aunque tranquilo porque todos lo conocen, vive Pulpo Joe.

Sabes que te acercas a casa de Pulpo Joe porque lo primero que oyes es su piano. Se pasa el día entero tocando. Su casa está junto a las rocas y la construyó con viejas chapas metálicas y sus habilidosos ocho tentáculos. Se puede definir como una casa destartalada pero él piensa que es más que suficiente. Los artistas son así. Pulpo Joe no necesita más para vivir tranquilo, tocar el piano, y alguna noche que otra, tomarse unos vasos de gasolina con soda.

Pulpo Joe toca viejas baladas de blues. Y ¡ah!, es una gozada oírle. La mayoría de los que se mueven por esa zona del puerto no aprecian su arte, pero si te gusta un poco la buena música lo disfrutarás.

Una noche de viernes, con el típico ajetreo por el barrio marino, Pulpo Joe estaba tocando una buena versión de Long Distance Call de Muddy Waters. Estaba tan feliz con los ojos cerrados, viviendo cada nota, cuando oyó que alguien llamaba a su puerta de lata. Siguió tocando, esperando que fuera algún gamberro pero no: volvieron a llamar.

Pulpo Joe chasqueó con la boca, dejó de tocar y fue hasta la puerta. La abrió con su tentáculo número tres, pero él no pensaba en números, igual que tú no piensas en brazo uno y brazo dos. Abrió la puerta y punto. Allí fuera estaba un mero repeinado y con gafas de sol.

—¿El auténtico Pulpo Joe?

El viejo pianista no contestó, solo miró de arriba abajo al visitante y al final asintió. El mero hizo una pequeña reverencia y se presentó como Tino Varela, representante musical de artistas. Se recolocó las gafas de sol y le dijo que tenía una buena oferta para él, pero ¿podía pasar?

Pulpo Joe consideraba que ya no tenía edad para muchas ofertas pero aun así le invitó a entrar. Un tema de educación. Además, no sabía por qué pero aquel mero le había caído bien. Se sentaron a la única mesa que había en la casa de lata y tomaron café mientras Tino el representante hablaba, hablaba y hablaba.

Le contó que alguien con el talento de Pulpo Joe no podía estar en casa tocando viejas baladas, que por cierto sonaba de perfeeeeeeecto cuando él llegaba, pero que tenía que estar atento a las oportunidades y él, Tino Varela, conocido representante de grandes estrellas de música submarina, tenía una gran oportunidad para él.

Pulpo Joe asentía y estaba empezando a aburrirse. Entonces Tino se pasó la mano por el pelo engominado y se puso serio:

—¿Has oído hablar de Laura and The Fabulous Krills? ¿No? Es imposible.

El mero tomó aire y continuó: era una banda que estaba subiendo como la espuma. Al frente estaba Laura, una ballena joven con una voz excepcional, y la acompañaba un coro de krills que cantaban desde dentro de su boca. Algo impresionante, tenía que verlo, el público se volvía loco en los conciertos. Peeeeero andaban siempre cambiando de músicos, por cosas que no venían al caso, y ahora mismo necesitaban un pianista, un buen pianista con experiencia. Pulpo Joe no dijo nada. El mero estiró una sonrisa que casi se salía de la caseta.

—Es una oferta única. ¿Preparado para el rocanrol?

Pulpo Joe abrió la boca al fin y dijo que lo iba a pensar, que pasara al día siguiente. El mero no supo que contestar, cosa muy rara, y se quedó abriendo y cerrando la boca. Pulpo Joe aprovechó para levantarse e indicarle la puerta disimuladamente (tentáculo 4).

Finalmente el visitante se fue y Pulpo Joe pudo volver a su tranquilidad.

Se sentó al piano y estuvo un rato jugueteando con las teclas. Después, volvió a tocar desde el principio Long Distance Call de Muddy Waters.

Para cuando volvió el mero Varela al día siguiente, Pulpo Joe tenía más que pensada su respuesta.

—Muchas gracias pero creo que estoy viejo para el rocanrol.

A Tino Varela se le movió el peinado del disgusto. ¿Pero pero pero estaba seguro de lo que decía?

Educadamente, Pulpo Joe cerró la puerta. Qué le iba a hacer, si le gustaban más las baladas. Qué le iba a hacer, si era un pulpo solitario.

Se sentó al piano y empezó a tocar. Y aunque llevaba un tiempo sin hacerlo, sonrió.

#cuentos

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¿Qué hago aquí?

from el tipo del compost

Me llamo A.

En algún momento me dio por escribir, y lo hice como M aquí. Hubo un parón largo, abrí una cuenta de instagram para dar salida a una vocación como ¿compostero amateur? [1], de donde surgió el alter ego de el tipo del compost. Con ese mismo nombre volví a escribir sobre compostaje y residuos aquí, pero no por mucho tiempo.

El año pasado, después de un tiempo pensando en participar más en redes sociales, pero sobre todo, en cómo hacerlo, me abrí una cuenta en Mastodon. El cómo, mucho más que el cuánto y sobre qué, ha sido la parte importante. Cuando abrí el blog en blogspot nunca pensé que hacerlo en un servicio de google (creo que ya pertenecía a google) podía ser un problema. Me proporcionaba un correo, un buen buscador, un lector de RSS [2], ¿por qué no un blog también? Creo que en ese momento, más allá de mi juventud, ignorancia, o ambas, no estaba presente en el discurso mainstream la importancia de quién te provee de servicios digitales. Todo era gratis, había poca publicidad, y adoptar novedades no tenía un coste aparente. Estoy convencido que fuera del mainstream habría voces prediciendo que con el tiempo los servicios gratuitos no lo serían (salvo inflarse de publicidad) y que la monopolización de proveedores digitales privados era un problema por llegar.

Volviendo al cómo del que hablaba antes, ahora me parece fundamental. Quién posee los medios (de producción) digitales, el control de los creadores sobre su obra y su remuneración, la interoperabilidad y la federación, el software libre, el rechazo a los monopolios digitales, la privacidad. Elementos que hace 20 años apenas pesaban en mis decisiones, ahora son casi una especie de check-list no exhaustiva al buscar un servicio digital. No exhaustiva porque 1) no creo que sea posible cumplirlo todo a la vez, y 2) la búsqueda de pureza lleva al bloqueo y la inacción.

Todo esto para explicar qué hago aquí. Quería volver a escribir, pero no con cualquier herramienta, no en cualquier sitio. Que no hace falta explicarlo, pero las explicaciones a veces son para uno mismo, y además es parte del gusto de volver a escribir. Como parece que el tipo del compost se ha convertido poco a poco en la identidad digital con la que me presento la adoptaré para empezar aquí. Seguro que a J (que me ha animado a volver a escribir) y P (que descubrió el primer blog y se lo leyó casi de una sentada) les gustará leer algo de vez en cuando.


[1] No sabría cómo definirla. Tiene que ver con la curiosidad por la biología, el amor por el aprovechamiento de recursos de un jugador de eurogames, el horror del desperdicio de materias primas que viene de haber visitado una central de separación de resiudos y un vertedero.

[2] Google Reader, el lector de RSS de google del cual se deshizo (que “discontinuó”), y razón por la que tengo una espinita clavada. ¿Quizás no era monetizable? ¿No había forma de hacerlo rentable? ¿Resulta que al final su lema era Be evil? No lo sé, pero nos (incluyo a J) quitaron algo útil y bonito.

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from Masa animal

Minirelato: A Serafé

—¿Nunca te has enamorado así? —No —Serafé mira a los ojos— nunca.

Yaru se pregunta si se enamoraría de ella. Ahora mismo está pensando en los tonos más hondos y oscuros de su piel, y en sus ojos marrones.

No hizo falta añadir nada más. Serafé se quedó pensando en sus cosas. Yaru tenía el pensamiento en sus ojos negruzcos, su mirada curiosa y el gusto con que se había dirigido a ella.

Serafé la abrazó antes de irse. Era cariñosa. Bromeando, le había contado a Yaru que era acuario. «Aquí todas somos muy artistas, artistas interdisciplinares».

Serafé respondió riendo al comentario de Yaru. Dijo que ella iba un poco a su bola. Serafé parecía que remaba en todos los mares.

Yaru se puso a pensar quién más en su vida es acuario o lo fue... Sabía que Serafé le había llamado mucho la atención y le apetecía verla de nuevo.

Yaru sintió una conexión en su forma de mirarse. Conversaban, reían y chismorreaban, y Yaru lo que pensaba simultáneamente era cuánto le gustaba estar conociendo y hablando con Serafé.

A cada palabra era mucho mejor. Ella sabe que las personas no son perfectas, pero Serafé parece esa persona con la que salir a desayunar y merendar y olvidarte del reloj; salir a bailar y volver tarde a casa porque te quedas contando las estrellas. Serafé era una persona nueva y traía algo nuevo y emocionante para Yaru.

¡Encima, era una tía encantadora y antirracista, activista y bollera! Torta. Sabe mucho de pedagogía y de género. Yaru querría volver a verla y que se volvieran a besar con los ojos.

Yaru compró algo en su puestecito. —¿Qué te pongo en el concepto? —Mm… Tijera. Yaru fijó su mirada en ella, asintiendo, y sonrió. — Tijera, interesante... Rieron. Más tortas que las campurrianas.

Yaru pensó que si acaso era posible que cuando le gusta alguien, le guste tanto. «Quisiera quedarme más rato hablando con Serafé y contarle qué cosas hago y me gustan. Y si acaso pudiéramos compartir más rato» pensó Yaru. «Hoy no, pero cualquier otro día podría ser».

Serafé tiene la piel como tostada y es morena. Yaru cree que es más mayor que ella. Ve a alguien lleno de ganas de vivir y se la comería con la mirada.

Si la dejaran allí con Serafé y la vida dispusiera un tiempo para que ellas hablaran, seguirían ahora mismo dentro de ese momento.

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Recursos libres y cartografía colaborativa

from Sé verlas al revés

Si nos retrotraemos a nuestros primeros recuerdos, muchos de nosotros reconoceremos en ellos algún mapa. La fascinación de una hoja amarillenta con los bordes resquebrajados, trazando la ruta hacia un tesoro es, casi con toda seguridad, uno de esos primeros lugares comunes de nuestra infancia. En mi caso, además de ese pequeño Livingston que todos llevamos dentro, guardo un especial recuerdo de mi primer atlas y del primer globo terráqueo girando a medida que mi dedo señalaba los distintos países. Los mapas siempre han estado ahí.

Fotografía cenital de una persona mirando un mapa sobre una mesa. Sobre el mapa hay una cámara fotográfica reflex, un par de marcadores y una tablet en la que también se ve un mapa.

© Simon Migaj

Hoy, cuando gran parte de nuestra actividad está relacionada con la tecnología, las redes sociales y las interacciones personales en línea, si necesitamos un mapa, un navegador para ir de un sitio a otro o simplemente queremos saber dónde queda una dirección, todos terminamos en el mismo sitio. Pero hay vida más allá del gigante de las letras de colores [1]

Atendiendo al título de este artículo y tratándose de recursos libres y cartografía colaborativa, se hace imprescindible empezar citando a OpenStreetMap que, junto con Wikipedia, puede ser considerado uno de los proyectos colaborativos más grandes y activos de cuantos existen; no en vano es popularmente conocido como la Wikipedia de los mapas. Pero por si aún queda alguien que no sepa de su existencia y sin ánimo de profundizar en aspectos técnicos, definiremos a OpenStreetMap (OSM) como un mapamundi de acceso, uso y edición totalmente libres[2], es decir, que cualquiera puede acceder a la información ofrecida por OSM, reutilizarla en cualquier otro proyecto y editarla, contribuyendo así a su crecimiento.

Cuando OSM echó a andar allá por el año 2007, el mapa era poco más que un puñado de vías en las ciudades más importantes; olvídense de poblaciones medias o pequeñas. Recuerdo la primera vez que supe del proyecto y quise ver cómo se mostraba mi ciudad: prácticamente nada, todo estaba por hacer. Había que trazar cada una de las vías desde cero. Afortunadamente, desde el principio contaron con la ayuda de capas de fotografías aéreas que servían de referencia para el trazado de las vías y edificios, pero para todo aquello que no aparecía, ya fuera por ser posterior a la toma de dicha fotografía o porque ésta no lo mostraba correctamente, había que calzarse las botas y, GPS en mano, salir a cartografiar.

A día de hoy se podría decir que el grueso del trabajo ya está hecho, aunque siempre haya algún nuevo edificio o calle que añadir. Lo que más se necesita ahora quizá sea mejorar lo que ya hay completando la información descriptiva de los elementos (tipo de vía, direcciones, información sobre comercios, etc.).

Recursos disponibles [3]

Centrándonos en la edición de OSM, podemos distinguir dos grupos de herramientas, las utilizadas on line y las de escritorio (sea este móvil o no). En el entorno on line, la propia web de OSM nos permite la edición a través del editor iD sin tener por qué recurrir a herramientas instaladas en nuestros equipos[4]. Se trata de una interfaz de edición muy intuitiva, con la posibilidad de utilizar diversas capas de referencia y con un sistema de etiquetado muy amigable. El único requisito previo (a este y a cualquier otro medio de edición) es disponer de una cuenta de usuario en OSM para poder subir los cambios realizados.

Una vez que vas avanzando y descubriendo los entresijos de la edición y el etiquetado de los elementos, puede que notes que el editor en línea se queda un poco corto; es el momento de dar el paso a JOSM, una aplicación de escritorio altamente configurable y ampliable mediante extensiones que nos permite editar más datos a la vez, utilizando herramientas más avanzadas pero a costa de una mayor complejidad.

Para las plataformas móviles (smartphones y tablets) disponemos de algunas aplicaciones que merece la pena mencionar. En primer lugar y en consonancia con los editores al uso, nombraré a Vespucci, una aplicación para Android con un importante desarrollo detrás, lo que la hace una herramienta increíblemente potente; tengamos en cuenta que nos estamos refiriendo a un editor de OSM al que le sumamos la funcionalidad de un GPS integrado en el mismo dispositivo.[5]

Una aplicación con una filosofía muy distinta a la edición convencional en OSM que no podemos pasar por alto es StreetComplete. Programada para Android, está pensada para ser usada a medida que nos movemos por la ciudad y, básicamente, lo que hace es mostrar un mapa de nuestro entorno a la vez que nos va preguntando por información de elementos próximos a nuestra posición con objeto de completar los datos de OSM en esa zona. Esta interacción le sirve a OSM como método de verificación, corrección y mejora de la información disponible. Además de haberse convertido en la herramienta ideal de todo mapeador para ser usada en cualquier momento, puede ser la perfecta vía de entrada para todo aquel que quiera iniciarse y aún no tenga los conocimientos básicos sobre el etiquetado utilizado por OSM e igualmente válida para los más pequeños de la familia pues, además de la satisfacción que ofrece jugar con un mapa, cuenta con el incentivo de conseguir estrellas a medida que se van superando determinados objetivos[6].

Uso y aprovechamiento de la cartografía colaborativa

Si el hecho de colaborar en la elaboración de un mapa tan amplio y completo como es OpenStreetMap no nos parece suficiente motivación, existen comunidades alrededor de OSM interesadas en cartografiar diferentes características en función de sus propios propósitos de forma que el fin último no solo sea llenar un mapa de caminos, carreteras, edificios, etc., sino conseguir un aprovechamiento de toda la información volcada en esta gran base de datos. Así, podemos encontrar utilidades relacionadas con las más diversas actividades como puedan ser el ocio, la educación, la cultura, la integración social o la ayuda humanitaria. A modo de ejemplo traeré tres de los casos más representativos:

Waymarked Trails: Se trata de un sitio web que muestra rutas recreativas de senderismo, ciclismo (de ruta y MTB), patines, a caballo y esquí, permitiendo analizarlas directamente sobre el mapa accediendo a su trazado, perfil de elevación e información detallada. Facilita la descarga del fichero de la ruta correspondiente para poder ser utilizado en dispositivos externos como navegadores GPS y aplicaciones móviles.

Wheelmap.org: Proyecto comunitario interactivo que recopila y muestra información relevante sobre lugares accesibles para usuarios de sillas de ruedas, contribuyendo así a mejorar su participación e integración social. Como proyecto colaborativo que es, cualquiera puede unirse y referenciar mediante el uso de pictogramas los niveles de accesibilidad que ofrecen los diferentes lugares para dichas personas.

HOT: Acrónimo del Humanitarian OpenStreetMap Team (Equipo Humanitario de OpenStreetMap), equipo internacional dedicado a la acción humanitaria y al desarrollo de la comunidad a través de la cartografía abierta y colaborativa. No es un proyecto finalista como puedan serlo los anteriormente descritos o muchos otros, sino que forman una plataforma que trabaja proporcionando datos cartográficos para la gestión de desastres naturales, reducción de riesgos y contribución al logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Junto con otras organizaciones y reunidos bajo la iniciativa missingmaps.org, organizan actividades y encuentros (mapatones)[7] promoviendo la cartografía de los lugares en vías de desarrollo y más vulnerables del mundo con el fin de que las organizaciones no gubernamentales internacionales y locales puedan utilizar la cartografía y los datos para dar mejor respuesta a las crisis que afectan a dichas zonas.

¡A mapear!

Si después de leer este artículo introductorio al mapeo colaborativo con herramientas libres deseas profundizar más o quieres unirte a la comunidad de colaboradores de OSM y empezar a editar, te sugiero que comiences por la extraordinaria Wiki de OSM. Desde ahí podrás acceder a las innumerables guías para editar, solicitar ayuda a la comunidad, estar al día de las novedades y próximos eventos, etc. ¡Ánimo!

Este artículo fue publicado originalmente el 17 de enero de 2021 en niboe.info, un medio digital para “la comunicación del conocimiento desde la diversidad”.

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Cuatro estaciones

from Los relatos de Ibnussabel

Las noches de viernes son las peores; y si juega el Barça, ni te cuento. Además, no ha parado de llover en todo el día. No es que jarree, ni mucho menos, pero no es agradable andar por la calle. A Bilal no le queda otra, claro. Se va a pasar unas cuantas horas repartiendo pizzas en la moto de la empresa. Encima, ya nadie da propina. Qué asco de curro.

Llega a su quinto destino de la noche. Es un barrio de las afueras, de esos que tienen bloques enormes que rodean descampados de tierra donde los vecinos aparcan los coches a bulto. La dirección no coincide con ninguna vivienda. Ya estamos; le toca llamar a central.

—Hola, soy Bilal. Estoy en Santa María y no existe el número 27. Todos los portales son pares. Me da que nos han vacilado.

—Un segundo, que compruebo. —Tras un breve rato de espera, llega la respuesta—: No creo que sea una broma, tío. Lo han pagado y todo.

—Pues ya me dirás. Estoy aquí, a tomar por culo, en un barrizal y con la lluvia calándome los huesos.

—¿Qué dices? Si es un pedido para el centro. Calle Puerto de Santa María 27. ¿Dónde estás tú?

—¡No me jodas! Aquí pone “Santa María 27”. Estoy en Can Susqueda, en la plaza de Santa María.

—Anda, que ya te vale, Bilal. Tira para el centro, venga.

De camino al destino correcto, le dan el alto en un control de los Mossos d’Esquadra. Mientras le piden la documentación, revisan el baúl, abren las cajas de pizzas y le preguntan las mismas tonterías de siempre, el teléfono del repartidor no para de vibrar. Cuando por fin puede reanudar la marcha, ve que tiene quince avisos de central. El cliente está muy enfadado por la espera. Al menos ha parado de llover.

Se apresura para llegar cuanto antes. No tarda ni cinco minutos en recorrer un trayecto que, según Google Maps, requeriría el doble. Llama al timbre y le contesta el cliente, cabreado:

—¡A buenas horas! ¡Van a estar ya congeladas! ¡Te vas a meter las pizzas por el culo, imbécil!

Qué hijos de puta. Como si fuera culpa suya que hayan anotado mal la dirección y le hayan parado los mossos. Está bastante harto del día de perros que está teniendo. A su lado, hay una plazoleta prácticamente vacía y un banco que, a pesar de estar mojado, le invita a tomarse un merecido descanso. Al fin y al cabo, ya está empapado. Se sienta y abre la primera caja. Una cuatro estaciones. Es verdad que está fría, pero a esas horas entra de vicio.

#relato

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El ruido

from Los relatos de Ibnussabel

Lo primero que notó fue el silencio. No se trataba de la quietud habitual de un edificio administrativo en horas muertas; era más denso, como si las paredes estuvieran prestando atención. Cris desechó la idea. Sin duda, el cansancio empezaba a hacer mella. Llevaba tres años trabajando en el archivo municipal. Desempeñaba una de esas tareas invisibles que sostienen la memoria de una ciudad sin que nadie repare en ellas. Catalogar expedientes, digitalizar planos, organizar carpetas que no se volverían a abrir. Su oficina era un sótano inmenso y antiguo. Hileras de estanterías metálicas formaban pasillos interminables. El olor a humedad y a papel viejo impregnaba el aire.

Para otras personas, pasar la jornada laboral en ese ambiente podría resultar deprimente; a elle, no obstante, le transmitía paz. El mundo exterior, como solía llamarlo, era un lugar ruidoso, caótico y lleno de gente con prisa. En el archivo, en cambio, cada cosa estaba en su sitio. Las piezas de inventario seguían un patrón lógico. Todo tenía una explicación. O, al menos, eso parecía.

Esa mañana, estaba clasificando planos urbanísticos de los años ochenta. Reformas, ampliaciones, ajustes de normativa. Al cabo de un rato, empezó a detectar demasiados elementos innecesarios. Hospitales con pasillos que no llevaban a ninguna parte, escuelas con muros dobles sin función aparente, oficinas con salas técnicas demasiado grandes para las instalaciones que albergaban. Etiquetó algunos documentos con notas adhesivas.

De forma aislada, las anomalías no resultaban tan extrañas. A veces las normativas cambiaban durante las obras, o el equipo técnico camuflaba discrepancias presupuestarias. No obstante, presentía que había algo más. Como si esos diseños se hubieran ideado con una finalidad oculta. Estaba revisando el plano de una reforma de su propio archivo cuando el silencio se volvió más profundo. Entonces, lo oyó. Un ruido. Muy débil. Venía de la pared. Se mantuvo inmóvil. No era un sonido constante. Era una vibración suave que aparecía y desaparecía a intervalos irregulares.

Acercó la oreja al muro. Nada. Se apartó. El ruido volvió. Era tan sutil que quizá habría pasado desapercibido en cualquier otro lugar. En ese sótano tan silencioso, en cambio, sonaba como un murmullo. Escribió otra nota en el plano. «Muro doble. Cámara interior no especificada.» No había ninguna indicación sobre qué se encontraba al otro lado de esa pared. Eso era muy raro.

Por la noche, se llevó algunas copias de los documentos a casa. Era un piso pequeño y funcional en perfecto estado de revista. Multitud de libros y papeles llenaban las estanterías en un orden calculado a la perfección. Escaneó los planos y los superpuso digitalmente. Al principio, buscaba anomalías sencillas. Pasillos huérfanos, muros demasiado anchos, habitaciones innecesarias. Al cabo de unas horas, tuvo una intuición. Pintó los huecos con marcador. Al terminar, descubrió el patrón. Los espacios vacíos no se distribuían de manera aleatoria. Formaban líneas sutiles que atravesaban los planos y se entrelazaban entre sí.

Abrió un mapa de la ciudad y superpuso los esquemas. Lo que reveló el gráfico era sobrecogedor. La red no solo conectaba habitaciones, sino edificios enteros. Hospitales, escuelas, centros cívicos, todo tipo de dependencias municipales. La ciudad escondía un entramado oculto. «Quizá solo sea una coincidencia», pensó. Entonces, recordó el ruido.

Al día siguiente, Cris habló con su amiga Clara. Se encontraron en un café cercano a la facultad de Arquitectura, donde se habían conocido hacía doce años.

—A ver —dijo ella mientras removía el café—. Explícame por qué me has hecho venir para revisar unos planos municipales de los ochenta.

—Mira esto —contestó le archiviste, mostrándole los documentos en su tableta.

La arquitecta los observó un buen rato. Al principio, con escepticismo. Después, con más atención.

—Reconozco que es un poco raro —admitió—. Las desviaciones puntuales no son infrecuentes. Sin embargo, visto en conjunto, resulta un tanto extraño.

Cris amplió el alcance del mapa para mostrar la ciudad entera. Clara arrugó la frente.

—No puede ser casualidad —sentenció.

—Entonces, no es mi imaginación, ¿verdad? —inquirió Cris.

—Las cavidades siguen una lógica. Parecen optimizadas.

—¿Con qué finalidad?

—Eso me gustaría saber —concluyó Clara.

La tercera persona que se unió al grupo no tenía ningún interés en los planos. Cosme llevaba más de veinte años encargándose del mantenimiento del edificio. Era un hombre recio. Su voz cálida y su forma sosegada de hablar transmitían confianza. Conocía cada recodo del archivo. Cris lo encontró atareado con un radiador.

—Cosme, ¿te puedo preguntar una cosa?

—A ver. ¿Qué se ha roto ya?

Cris esbozo una sonrisa.

—¿Qué hay detrás de esa pared?

Cosme fijó la mirada en el muro durante unos segundos.

—¿Por qué lo preguntas?

Le archiviste le contó lo del ruido. El encargado de mantenimiento le escuchó sin interrumpirle. Cuando acabó, apoyó la mano en el radiador.

—Es un edificio antiguo; hay espacios que ya no se utilizan.

—¿Como cuáles?

Cosme dudó.

—Cuartos de servicio, pasadizos viejos.

—Aquí no hay tuberías —aseguró Cris señalando el plano.

—No todo sale en los papeles —contestó Cosme sin mirar el documento—. Es mejor así.

Cris volvió a su mesa con una sensación extraña. El tono evasivo del encargado de mantenimiento le hacía sospechar. Tenía la impresión de que ocultaba algo. Esa tarde, volvió a oír el ruido. Pegó de nuevo la oreja a la pared. El murmullo parecía seguir un ritmo. Una pulsación lenta. Dio un par de golpes suaves con los nudillos contra el muro. El sonido cesó de inmediato. El silencio que lo sustituyó era incluso más profundo que antes. Por un breve instante, sintió que, al otro lado del muro, algo se había quedado quieto para escuchar mejor.

Al día siguiente, llegó al archivo con sensación de haber dormido mal, sin descansar. Encendió el ordenador, revisó el listado de expedientes pendientes, respondió un par de correos. Se refugió en su rutina apacible. Sin embargo, debajo de esa fingida cotidianeidad, se escondía, agazapada, la expectativa.

Contuvo el impulso de acercarse a la pared durante una hora. Se repitió que todo era normal; los edificios antiguos hacían ruidos. Tuberías, roedores, aire. No había nada extraño, solo su desbocada imaginación. Cuando no pudo resistir la tentación y volvió al muro, el murmullo ya estaba ahí. Tenue, pero audible. Como una tela rozando la piedra. Enganchó el móvil a la pared con cinta americana, encendió la grabación de sonido y se fue a trabajar al otro extremo del sótano. Un par de horas más tarde, volvió a recogerlo. Al reproducir el archivo, los primeros minutos eran un silencio continuo. Después, alejada, aparecía esa vibración familiar. Al cabo de un rato, arrancó una pulsación grave, como un corazón latiendo a cámara lenta. Un escalofrío le recorrió la piel. En la pantalla del móvil, el gráfico de ondas sonoras mostraba picos regulares. No era casualidad.

Exportó el fichero al ordenador. Abrió un programa gratuito de análisis de frecuencias. El resultado mostró una concentración de actividad en una franja muy baja, casi imperceptible por el oído humano. Pero lo más inquietante era otra cosa. Encima de la cadencia principal aparecían pequeños armónicos, como si algo hablara en medio de ese pulso. Cerró el archivo de golpe. El corazón le latía desbocado. Miró hacia el muro y sintió que no estaba sole.

Esa misma tarde, Clara se presentó en el archivo con un cuaderno de tapa dura y una mochila llena de cables.

—He tenido una idea —dijo, a modo de saludo.

Se instalaron en una de las mesas del fondo, lejos de la puerta. La arquitecta desplegó los planos impresos, colocó reglas y un pequeño micrófono de contacto.

—Esto sirve para captar las vibraciones del material —explicó.

Cris asintió. Clara fijó el micrófono contra la pared y lo conectó a su portátil. En la pantalla, aparecieron líneas finas y nerviosas.

—Ahora, silencio —ordenó.

Durante unos segundos solo se apreciaba un susurro de fondo. Después, como si hubiera estado esperando una orden, el pulso grave emergió con claridad. Clara frunció el ceño.

—Esto no es una tubería.

—Ni una rata —corroboró Cris.

Clara ajustó unos parámetros, filtró el sonido, amplió. Entonces, un patrón se reveló con mayor nitidez. Impulsos con intervalos precisos, como si se tratara de un código.

—No digo que sea un mensaje —murmuró Clara—, pero es demasiado regular para ser fortuito.

Le archiviste sintió un poco de alivio. Que su amiga compartiera sus temores era reconfortante, aunque también terrible.

—He superpuesto planos de edificios enteros. Las cavidades forman líneas por toda la población.

—Lo sé —agregó Clara sin levantar la cabeza—. He estado dos días modelándolo.

Una imagen 3D llenó la pantalla del portátil. Era una maqueta digital de la ciudad, con formas oscuras dentro de los edificios, como órganos latentes. Las líneas las conectaban de manera indirecta.

—Esto es lo que me preocupa —dijo Clara—. Los túneles se interrumpen; no se puede acceder de una cavidad a otra por ellos. Es una red de resonancia.

Cris la miró y tragó saliva.

—Como un instrumento —aclaró su amiga—. Uno gigante.

Cris recordó de pronto un detalle que le había parecido irrelevante y que ahora empezaba a cobrar sentido.

—Hay un término que se repite en los informes, ya sean de un hospital o de un almacén. «Mejora acústica». Nunca se aclaran los motivos.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro de Clara.

—Porque nadie los conoce.

Cosme entró en el sótano y se encontró a la pareja de investigadores improvisados en medio de su tarea. Con la expresión de quien ve un accidente y no puede apartar la mirada, les preguntó:

—¿Qué diablos estáis haciendo?

—Escuchamos la pared —respondió Cris con calma.

Cosme observó la parafernalia que tenían desplegada.

—No es una buena idea —sentenció.

—¿Por qué? —preguntó Clara.

—Porque cuando empiezas a notar según qué cosas —respondió mientras se frotaba la frente con la mano—, es muy difícil parar.

—Tú también lo has oído, ¿verdad?

—Hace muchos años —contestó tras una larga pausa—. Cuando empecé a trabajar aquí y quería arreglarlo todo, encontré una puerta sellada. No aparecía en ningún sitio. Pregunté y me dijeron que era un antiguo cuarto de servicio.

—¿La abriste?

Cosme negó con la cabeza.

—Estaba soldada. Me apoyé en ella y sentí como… un latido.

Clara se quedó quieta, pero sus ojos tenían un brillo peligroso. Cuando la curiosidad alcanza al miedo, lo confunde con una promesa.

—¿Dónde está esa puerta?

—No lo sé —dijo Cosme en un tono de voz demasiado alto—. Y, si lo supiera, no os lo diría.

—¿Por qué? —suplicó Cris.

El de mantenimiento clavó su mirada en los ojos de le archiviste.

—Porque he visto a la gente cambiar. Funcionarios que un día eran normales y al día siguiente llegaban con la mirada perdida, como si se hubieran pasado la noche escuchando la radio en un idioma que no existe.

—Eso suena… —empezó Clara.

—No me digas a qué suena —cortó en un tono abrupto—. Ese es el problema. Que siempre hay algo que suena.

Todos callaron y el silencio denso del sótano les envolvió. Entonces, Cosme relajó los hombros y sentenció:

—Haced lo que queráis. Pero cuando empiece a meterse en vuestras cabezas, no digáis que no os advertí.

Esa noche, Cris volvió a revisar los expedientes. Buscó más coincidencias. Palabras repetidas, nombres de empresas, firmas. No encontró ningún patrón entre los implicados. Arquitectos, administraciones, presupuestos, sociedades; todos distintos. Parecía imposible que se hubieran puesto de acuerdo. Sin embargo, había detalles menores que llamaban la atención.

Todos los informes, sin importar el área o la década, contenían una línea casi idéntica en algún lugar: «Se recomienda reducir la reverberación y crear cavidades de absorción.» En muchos planos, las paredes dobles no estaban catalogadas como muros, sino como «junturas técnicas». Los edificios con más cavidades coincidían con los que recibían más aglomeraciones: escuelas, hospitales, juzgados. Cris percibió una asociación desagradable. Quizá la red no se había creado para comunicar, sino para recolectar.

Abrió de nuevo el archivo del pulso. Amplió la sección donde los armónicos se oían con más fuerza. Se dio cuenta de que esa «habla» no provenía de la pared. Venía de fuera, de la ciudad. Imaginó que el muro era una membrana que filtraba los ruidos externos y los transformaba en una pulsación. Cerró los ojos. Visualizó todos esos edificios: las colas, las urgencias, los lloros, los gritos, el estrés cotidiano. Pensó en la ciudad como un ente enorme, con cavidades ocultas que vibraban sin cesar. En ese momento, le vino a la cabeza una frase que había encontrado en un expediente de hacía cincuenta años, escrita en lápiz en un margen y casi borrada: «No nos está escuchando, la hacemos sonar.»

La mañana siguiente, recibió un mensaje de Clara:

«Lo he encontrado. No es una red. Ven.»

Lo leyó dos veces. Sintió que, si seguían tirando del hilo, descubrirían algo mucho mayor de lo que habían imaginado. Llegó al taller de su amiga a media tarde. Era una antigua nave industrial reconvertida en estudio de arquitectura, con mesas grandes, pantallas colgadas en las paredes y maquetas expuestas en vitrinas. El olor a madera y café impregnaba el ambiente. Clara estaba de pie enfrente de un monitor enorme. No se giró cuando Cris entró en la sala.

—Mira.

La pantalla mostraba un modelo tridimensional de la ciudad. Edificios translúcidos emergían como bloques fantasmales. En su interior albergaban formas oscuras: las cavidades.

Cris se acercó y observó.

—He tardado horas en entender de qué se trataba —dijo Clara—. Seguía interpretándolo como una red.

Giró el modelo y las formas negras se reorganizaron. Entonces, se hizo evidente. Lo que les habían parecido líneas, eran volúmenes. Estaban conectados por alineaciones precisas, como piezas de un mecanismo.

—Si eliminas los edificios y dejas solo las cavidades, aparece esto.

Pulsó una tecla y las construcciones desaparecieron. La ciudad se redujo a una silueta de sombras suspendidas en el aire. Cris notó un vacío en el estómago. La forma resultante recordaba a un organismo vivo. No se trataba de un corazón o de un pulmón, pero las salas y pasillos recreaban un órgano imposible construido con fragmentos de edificaciones humanas.

—No puede ser —susurró le archiviste—. ¿Quién haría algo así?

—¿Quién… o qué?

Cris la miró. Clara amplió una zona del modelo.

—Ningún arquitecto lo podría planificar. Las reformas son de décadas distintas. Las administraciones cambian; las empresas también.

Siguió ampliando.

—Pero el patrón se mantiene.

Cris entendió lo que su amiga estaba insinuando antes de que lo verbalizara.

—Como si…

—Como si la ciudad misma dirigiera su construcción —concluyó Clara.

Durante unos segundos, ninguno habló. Cris recordó las palabras de Cosme. «He visto funcionarios que un día eran normales y al día siguiente llegaban con la mirada perdida.»

—No es una conspiración —exclamó.

—¿Qué quieres decir? —Clara alzó una ceja.

—Una conspiración requiere personas que sepan qué están haciendo. En este caso, nadie lo sabe.

—Tienes razón. Es peor.

Esa noche recorrieron la ciudad siguiendo los puntos del modelo. No tenían un plan claro, pero sentían la necesidad de ver esos lugares con sus propios ojos. El primer edificio era una escuela pública. A esa hora estaba desierta. Algunas luces permanecían encendidas, pero no había nadie en su interior. Se colaron y Cris consultó el plano en el móvil.

—La cavidad está aquí —dijo señalando un muro.

Clara se acercó. Golpeó con los nudillos. Sonaba hueco. Apoyó la oreja contra la pintura. Cris la observaba sin decir nada. Al cabo de unos segundos, ella se apartó lentamente.

—Hay algo ahí.

—¿El mismo ruido?

Clara asintió con la cabeza.

—Pero más débil.

Cris miró a su alrededor. Las taquillas metálicas, los dibujos infantiles, los carteles informativos. Todo parecía en orden. No obstante, debajo de esa normalidad yacía un nivel de arquitectura que nadie veía. Imaginó cientos de niños corriendo por ese pasillo cada día. Gritos, risas, lloros. Ruido. La cavidad detrás del muro no estaba vacía; algo en su interior estaba escuchando.

Visitaron más edificios, aunque solo lograron acceder a un hospital y a un centro cívico. Encontraron lo mismo. En los sitios donde la afluencia era elevada durante el día, las cavidades emitían vibraciones, como ecos distantes.

—Esto no me gusta nada —comentó Clara antes de despedirse.

—¿A qué te refieres?

—Que el patrón sea tan eficiente.

—¿En qué sentido?

—Para capturar ruido.

Esa palabra penetró en la mente de Cris. Tras unos segundos, añadió:

—No solo eso.

—¿Cómo?

Pensaba en los lugares con más cavidades: hospitales, escuelas, juzgados. Sitios donde la gente espera, discute, sufre.

—También estrés.

—Bueno. —Clara arrugó la nariz—. Eso ya es especular demasiado.

—Puede ser, pero piénsalo. Si este órgano funciona por vibración, quizá algunos sonidos vayan mejor que otros.

Clara se quedó pensativa mientras caminaban en silencio. Su expresión se había ensombrecido.

—Hay una línea entre investigación y paranoia. Creo que la estamos rozando.

Le archiviste miró el mapa en el móvil. La forma invisible de la ciudad palpitaba en su cerebro.

—Puede que tengas razón. Pero si es real, ignorarlo no hará que desaparezca.

Cuando Cris regresó al archivo al día siguiente, Cosme le estaba esperando con el micrófono de contacto en la mano.

—He escuchado la grabación —espetó sin darle tiempo a quitarse el abrigo.

—¿Y qué piensas?

Cosme dejó el micrófono en la mesa.

—Que deberíais haber parado cuando aún estabais a tiempo.

—Tú ya lo sabías —especuló Cris.

—No. Sabía que había cosas que no encajaban, pero nunca intenté descifrarlas.

—¿Por qué?

—Porque cuando algo no tiene explicación humana es mejor dejarlo estar.

Cris miró la pared del pasillo. El murmullo era casi imperceptible.

—Hemos encontrado más cavidades —explicó le archiviste—. Por toda la ciudad.

Cosme suspiró.

—Me lo imaginaba.

—¿Cómo? —Cris le miró con asombro.

—Porque llevo muchos años haciendo reformas. Y hay un detalle que nadie discute; algunas paredes no se tocan.

—¿Quién lo decide?

El encargado de mantenimiento se encogió de hombros.

—La normativa, los técnicos, alguien más veterano. Siempre surge un motivo que parece razonable. No importa cuál; el resultado es el mismo.

—¿Crees que alguien influye en las decisiones?

Cosme pensó unos segundos antes de formular su respuesta.

—Creo que la gente piensa que las ideas son suyas.

A mediodía, recibió otro mensaje de Clara:

«He ampliado el modelo. No es solo la ciudad.»

El mensaje incluía un archivo adjunto. Lo abrió y no podía creer lo que estaba viendo. El fichero mostraba varias ciudades: Barcelona, Madrid, Bilbao, Valencia. En todas ellas aparecían formas similares. Órganos distintos, pero parecidos. Conectados por alineaciones aún más grandes. Estaba absorte ante la magnitud del hallazgo. Cuando despegó la mirada del móvil, el archivo se sentía más profundo que nunca. El murmullo tras la pared le pareció un gruñido de satisfacción.

Un par de horas más tarde, recibió otro mensaje de su compañera:

«He encontrado el centro. Está debajo del archivo.»

Lo leyó tres veces. «El corazón de la bestia», pensó. No habían hablado de ello, pero ambos intuían que esa forma gigantesca necesitaba algún tipo de cámara principal. En el modelo, varias alineaciones de cavidades convergían bajo el centro histórico. Y justo ahí estaba el archivo. Miró a su alrededor. El lugar que tan bien conocía se le antojó siniestro. El murmullo tras la pared continuaba con la pulsación lenta que le archiviste ya reconocía instintivamente. Una parte de elle quería apagar el ordenador y salir pitando. Otra, la que había empezado a crecer al notar el primer ruido, sabía que no lo haría. Mandó un mensaje a Clara. Una sola palabra:

«Mañana.»

Al día siguiente, Clara llegó al archivo con unas ojeras profundas y el cabello desmandado.

—No debería haber ampliado el modelo.

—¿Por qué? —se sorprendió Cris.

—Porque ahora ya no puedo dejar de verlo.

La arquitecta abrió su portátil y mostró su hallazgo a su amigue. Había añadido una nueva capa. Unas líneas finas conectaban los órganos urbanos con puntos más lejanos. Otras ciudades, centros comerciales, puertos.

—Es global —señaló Clara.

Cris sintió un vacío bajo sus pies.

—No del todo —prosiguió la arquitecta—, pero parece que cada ciudad construye una especie de órgano propio y, luego, se conectan entre ellos.

—Como si pertenecieran a un sistema más grande —reflexionó Cris.

—No podemos demostrar nada —concluyó Clara—. Solo tenemos modelos y coincidencias.

Cris indicó el pasillo.

—Podemos mirar la cámara.

—Si hay algo ahí abajo —arrancó su amiga tras un breve silencio—, tal vez no sea buena idea ir a buscarlo.

Cosme no estaba contento cuando le explicaron el plan.

—No.

—Solo queremos echar una ojeada —insistió Cris.

—He dicho que no. —Su voz sonaba cansada—. He pasado veinte años evitando determinadas puertas, y vosotros queréis abrir la peor de todas.

—Sabes dónde está —afirmó Clara con una voz calmada.

—Sí.

—Y entiendes que, si existe, no desaparecerá por más que la ignoremos.

Tras un silencio tenso, Cosme apoyó las manos en la mesa.

—Hay una puerta antigua al final del túnel de servicio. Está soldada.

Una ola de adrenalina sacudió Cris.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—Más que yo trabajando aquí.

—¿La ha abierto alguien?

Cosme negó con la cabeza.

—¿Nos acompañarás? —insistió Cris.

—No debería, pero lo haré.

El túnel de servicio era más antiguo que el sótano del archivo. Las paredes de ladrillo visto estaban recubiertas de una fina capa de polvo y humedad. Las bombillas colgaban de un cable que serpenteaba por el techo. El aire era frío. Daba la impresión de estar accediendo a una parte del edificio olvidada deliberadamente. Después de unos cincuenta metros, Cosme se detuvo.

La puerta era de metal grueso, viejo. Tenía soldaduras alrededor del marco. Cris notó algo de inmediato, el murmullo. Esta vez provenía de la puerta. Se escuchaba con mayor nitidez. Como una respiración profunda que atravesara metros de piedra. Clara extrajo el micrófono de contacto de la mochila con manos temblorosas. Cuando lo colocó sobre el metal, el gráfico del portátil se llenó de pulsaciones. Mucho más intensas que antes.

—Dios mío —susurró.

—Os lo había dicho —apostilló Cosme.

Cris se acercó a la puerta y apoyó la palma de la mano. Vibraba.

—Hay algo enorme al otro lado —aventuró.

—Sí —contestó Cosme—. Y hasta ahora ha sido mejor dejarlo tranquilo.

—Podemos abrirla —propuso Cris.

—¿Cómo? —repuso Cosme.

Clara sacó un cortador térmico de la mochila. Al encargado de mantenimiento se le escapó una carcajada nerviosa.

—Habéis venido preparados.

—Quería tener la opción —repuso la arquitecta.

El cortador dibujó una línea brillante irregular alrededor del metal. Desprendía un olor amargo mientras saltaban pequeñas chispas. Durante los veinte minutos que tardó la operación, el murmullo les acompañó.

Tras romper la última soldadura, la puerta cedió con un estruendo. El aire que salió de la cámara era diferente. Más cálido. Arrastraba un olor que recordaba la tierra después de la lluvia mezclado con algo más dulzón y desagradable.

Cris encendió la linterna y descubrió una cavidad enorme. Las paredes no eran de piedra. Estaban recubiertas de un material negro e irregular que parecía mineral y orgánico a la vez.

Clara dio un paso atrás.

—Esto no es posible.

Cris avanzó un metro. La superficie negra vibraba con suavidad, como la piel de un tambor inmenso. El murmullo era más claro que nunca. No era exactamente sonido. Parecía la combinación de miles de resonancias superpuestas, como si hubieran triturado las voces de la ciudad para convertirlas en un único impulso profundo.

Cosme se quedó petrificado en la puerta.

—¡Cerradla!

Le archiviste no se movió.

—Cris —repitió el encargado de mantenimiento—, hay que cerrarla.

Elle contemplaba absorte el centro de la cámara. Ahí, el material negro formaba una cavidad aún más profunda. Una especie de membrana gruesa que se hinchaba y deshinchaba con parsimonia. Cada pulsación coincidía con la frecuencia que habían grabado.

—Es un resonador —señaló.

Clara le miró como si no lo reconociera.

—Esto está vivo.

—No exactamente. —Cris sonrió con una calma extraña—. Es un órgano.

Cosme retrocedió.

—Esto se ha terminado.

—Al contrario —objetó Cris—. Ahora todo empieza.

Clara sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quieres decir?

Cris cogió el móvil. Abrió el archivo de sonido con la frecuencia más clara.

—Si esta cosa responde a las vibraciones, podemos hablar con ella.

—¡No lo hagas! —chilló Clara.

—Hemos estado escuchando demasiado tiempo.

Cris ajustó el volumen de su dispositivo. La membrana negra tembló levemente, como si anticipara algo. Clara dio un paso atrás. Cris pulsó el botón de reproducir.

Cuando la frecuencia empezó a emitirse, no sucedió nada. El sonido era casi inaudible. Un leve zumbido que vibraba más en el pecho que en los oídos. La pequeña caja del altavoz temblaba en la mano de Cris. Durante unos segundos, la cámara continuó con su pulso lento: inhalar, exhalar, inhalar, exhalar. Clara sintió como el aire se volvía más espeso. Su mente repetía una sola idea con insistencia: «Esto es un error.»

—Cris —musitó—, para.

No obtuvo respuesta. Los ojos de su amigue estaban fijados en la membrana central. La vibración del altavoz se sincronizó con el pulso de la cámara durante tan solo un instante, pero fue suficiente. La membrana negra se contrajo de golpe, como un músculo que se despierta tras un largo tiempo de reposo. Entonces, el murmullo cambió. Ya no parecía una amalgama confusa de resonancias. Se reorganizó en un patrón más complejo, con capas que emergían y se hundían como corrientes dentro de una masa líquida. Una descarga de euforia invadió a Cris.

—¿Lo veis? Responde.

—Esto no es hablar —corrigió Clara, cada vez más tensa—. Solo está reaccionando.

—Es lo mismo.

Clara negó con la cabeza. La membrana se hinchó un poco más. El pulso de la sala se aceleró. Cris aumentó el volumen.

—¡Ya basta!—gritó Cosme—. No sabes lo que estás haciendo.

—Eso es —replicó sin desviar la mirada.

Dejó que la frecuencia continuara reproduciéndose. Se produjo un cambio gradual. Primero, la superficie negra de las paredes empezó a vibrar con más intensidad. Surgía de la membrana central y reverberaba por toda la sala. La vibración subía desde el suelo por las piernas de Cris. Como un eco subterráneo que se extendía hacia afuera. Clara miró el gráfico del portátil. Las líneas se habían disparado.

—Cris, está amplificando la señal.

—Es lo que queríamos.

—No, no lo entiendes. —Clara le mostró la pantalla—. No está respondiendo aquí.

Le archiviste miró el gráfico. Los armónicos se habían multiplicado, pero no provenían de la sala. Llegaban desde el exterior, de la ciudad. La red entera había empezado a resonar. Sintió un escalofrío de admiración.

—Funciona —exclamó.

Clara lo miró con incredulidad.

—Esto no es una conversación, Cris. Has desencadenado una reacción en cadena.

La membrana central se abrió ligeramente, como una grieta en la piel de un enorme lagarto. Dentro reinaba una oscuridad más profunda que en el resto de la cámara. El murmullo que emanaba de ella contenía fragmentos reconocibles. Voces. Miles de ellas. Ritmos de habla humana triturados y reordenados. Cris intentó entender ese caos. Le costó, pero lo logró. La red no escuchaba; filtraba. El ruido humano —conversaciones, gritos, lloros, discusiones— entraba en las cavidades de los edificios. Las paredes dobles actuaban como membranas. Las vibraciones se transmitían entre las cámaras alineadas. Y, al final, llegaban a estas cajas de resonancia centrales. Ahí, algo las almacenaba y absorbía su carga emocional: estrés, alegría, miedo, confusión.

Cris se puso a reír.

—No es control.

Sus compañeros le observaban en silencio mientras seguía absorte.

—No gobierna el mundo.

La membrana se abrió un poco más. Las voces trituradas se hicieron más fuertes. Sintió una presión extraña que le oprimía el cráneo.

—Nos cultiva.

Cosme dio un paso atrás.

—¡Basta! —Su voz resonó en el túnel—. Se ha acabado.

Avanzó hacia Cris.

—¡Apágalo!

Cris alzó la mano.

—¡Espera!

—No.

Cosme le agarró del brazo y le hizo tambalear. La vibración de la cámara había aumentado todavía más. El suelo temblaba.

—Cris —suplicó Clara—, si esto es una especie de órgano, tal vez esta frecuencia lo esté alimentando.

—¡Exacto! —Cris estaba eufórique.

—Esto no puede ser bueno —insistió su amiga.

—Es información —se enrocó.

La presión dentro de la cámara seguía en aumento. La membrana se movía a una velocidad inquietante. Parecía que un ser enorme se estuviera despertando. Clara oyó un ruido nuevo. Era muy lejano, pero se estaba acercando.

—Cris…

—¿Qué?

—Escucha.

Guardó silencio. El sonido era muy profundo. Como un eco gigantesco que atravesara kilómetros de piedra. Una respuesta surgida de multitud de cámaras como esa. Entonces lo entendió de golpe. La frecuencia que había reproducido era una señal. El sistema la interpretaba como una llamada. La membrana se abrió todavía más. Dentro, la oscuridad reveló una superficie que se movía con lentitud, una masa viscosa que respiraba.

Clara retrocedió.

—Esto no lo podemos controlar.

Cris miró la forma que se movía debajo de la membrana. Vaciló. Porque la vibración que sentía en su cabeza traspasaba el plano físico. Era una conexión mental. La cámara intentaba comprenderle. Sus pensamientos, sus dudas, sus temores. Entonces, sintió una idea que no le pertenecía del todo.

La membrana se tensó. La presión subió de forma brusca. Cosme fue el primero en reaccionar.

—¡Fuera!

Agarró a Clara del brazo y la atrajo hacia la puerta. El suelo tembló con fuerza. Las paredes orgánicas se contrajeron con violencia. Cris seguía absorte contemplando la membrana. Ahora entendía el sistema completo. Durante siglos —o milenios— había influido sutilmente en las decisiones humanas. Normativas absurdas, preferencias arquitectónicas, pequeños arrebatos de ingenieros. Lo suficiente para hacer crecer las cavidades correctas en los lugares adecuados. Un sistema agrícola gigantesco. La humanidad producía sonido emocional, la infraestructura lo cosechaba y estas entidades lo consumían. Le embargó una admiración terrible.

—Es perfecto —murmuró.

La membrana se cerró de golpe. La vibración se convirtió en un impulso brutal. El techo crujió.

Clara gritó

—¡Cris!

Cosme la arrastró por el túnel. El marco de la puerta se derrumbó. Cris se quedó atrapade dentro de la cámara. La oscuridad se hinchó como un pulmón inmenso. Un último pensamiento cruzó su mente antes de que la presión estallara. Miedo. Era una comprensión fría. Los humanos habían sido domesticados como ganado. El pulso sacudió toda la sala. El suelo se abrió. La membrana se contrajo con una fuerza monstruosa y se tragó a Cris.

El informe oficial del incidente fue breve. «Colapso estructural menor en el sótano del archivo municipal. Sin riesgo para la población. Una persona desaparecida durante las obras.» Las reparaciones empezaron tres semanas después. Los nuevos planos incluían algunas modificaciones. Pasillos más largos, paredes dobles, un cuarto técnico adicional debajo del sótano.

Cuando Clara lo vio, sintió una opresión desagradable en el pecho. «Se recomienda reducir la reverberación y crear cavidad de absorción.» Miró la sección transversal. La nueva cámara estaba alineada a la perfección con otros edificios del barrio. Exactamente como antes. Fuera, la ciudad continuaba con su ruido habitual. Coches, conversaciones, sirenas. Y, muy por debajo de las calles, detrás de paredes que nunca nadie pensaba escuchar, algo respiraba con una paciencia infinita.

#relato #TerrorCósmico

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Mis lecturas en julio de 2026

from El escritorio de McAllus

Foto de todos los libros y cómics que se mencionan en este artículo

Este mes he leído: 1 libro de relatos cortos, 2 novelas, 39 números/grapas americanos (agrupados en distintos formatos y series, como veréis a continuación)

Cortarse el cabello

Este fue nuestro libro para el club de lectura de este mes. Es la segunda vez que leemos un libro de relatos cortos.

La autora, Rosario Villajos, nos cuenta en su epílogo que estos relatos surgen por el suelo de su padre y los dueños que tenía antes y después de la muerte de él. Con esto me queda claro porque hay cosas tan oníricas/fantasiosas mezcladas con lo más mundano sin que chirrie.

Los relatos aunque la mayoría son independientes, hay un par que se continúan de forma clara y algún otro de forma velada pero deducible.

Además, tienen casi todos algún nexo con otro relato en forma de referencia más o menos directa.

Relatos muy amenos, bastante cortos (aunque varían en longitud).

Muy recomendable.

La Bruja Escarlata y Mercurio: Hermanos

Tomo en tapa blanda de cuatro números americanos.

Una mini serie que va después los 10 números anteriores de Orlando al frente de la Bruja Escarlata. Aquí no hay casos de la semana, es una trama combatiendo a alguien que quiere matarles y a la vez presentan a un gran enemigo (¿saldrá en los siguientes dos tomos que contienen la siguiente mini serie de Wanda también con Orlando al frente? Tendréis que averiguarlo en el siguiente apartado)

Patrulla-X Unida 1

Grapa individual.

Primer número de esta colección que conociendo a Marvel a saber lo que dura (le echo entre 6 y 10 números). Esta colección transcurre en la nueva época mutante tras Krakoa y el evento ese de X años en el futuro, y es la que recoge la esencia de ser una escuela para jóvenes mutantes.

La idea de la escuela me parece muy chula (aunque no sepa de que va exactamente lo de la tecnología de Siniestro que usan). Estoy en esta serie solo porque es la serie grupal donde sale X-23 tras su paso por Los Nuevos Vengadores que terminó el mes pasado.

Este primer número es básicamente de presentación aunque ya hemos visto a Cíclope dispuesto a tocar los cojones… Y el segundo número promete un pequeño equipo de élite en misión especial con Laura como miembro así que por ahora promete. Veremos que tal sigue.

La Bruja Escarlata: Reina del caos

Tomo en tapa blanda con cinco números americanos.

Continuación directa de lo que se nos planteó en la mini serie anterior de La Bruja Escarlata y Mercurio. Si en los tres tomos anteriores de Orlando pensé que aunque estaban bien no terminaban de hacerle justicia a Wanda, en este ese problema se disipa por completo.

Una amenaza muy poderosa y que hará que la Bruja Escarlata tenga que darlo todo para triunfar. Tenemos auténticas viñetas que podrían estar en una historia de terror así como las grandes referencias a Lovecraft visitando una ciudad abandonado o con la aparición de cierto ser primigenio.

Tengo el siguiente tomo ya en la mesita de lectura porque estoy deseando ver que ocurre con la amenaza liberada y con el personaje que aparece en el último número regular.

El tomo cierra con un corto oneshot que en realidad sirve de precuela al último número del tomo.

Nova Centurión

Una grapa lomo con 6 números americanos

A principios de este año finalizó el gran evento cósmico de Marvel llamado Imperial. De este evento saldrían 5 series abiertas partiendo del desenlace del evento. A mí solo me interesaban dos Nova Centurión y Guardianes Imperiales (que sale en octubre).

Pues bien dado que Panini en lugar de reunir tres números y hacerla trimestral (como suele hacer con las series “menores”) y, además, ponerle un especial en vez de un número parece indicar que en USA esta “serie abierta” se quedó en miniserie (no sé si pasará con todas las series cósmicas o solo con algunas).

El caso que, tras poneros en contexto, debo decir que esta serie podría haber dado mucho de sí porque está muy entretenida y lo de una tripulación espacial haciendo trabajitos por distintos mundos hubiera dado mucho de sí. Veremos si lanzan alguna otra mini serie en el futuro próximo o ya quedan en el olvido para siempre.

Esta magical girl se retira

Una novela muy ligerita escrita por la coreana Park Seolyeon. Es para un público claramente más joven que yo. Lo cual no desmerece para nada al libro, de hecho me lo leí casi de una tacada porque me enganchó la historia y se lee muy bien.

Simplemente, pues no es mi estilo de lectura. Prefiero cosas más crudas o con conflictos narrados de otra forma. Y no digo conflictos más serios porque los temas aquí tratados son muy serios (endeudamiento de las personas, suicidio, cambio climático, el poder absoluto en manos de quien no debe), pero está narrado todo muy “dulce” por decirlo de alguna manera.

En cualquier caso, le agradezco a Tere su recomendación porque me lo he pasado muy bien con el libro y siempre me gusta leer cosas fuera de mi zona de confort.

Y no quiero dejar comentar este libro sin decir que trae unas ilustraciones preciosas, que imagino son exclusivas de la edición de Duermevela porque las ilustra Marina Vidal.

Ultimate Endgame 4

Pues este es el penúltimo mes en el que hay algo del Universo Ultimate entre las novedades de Panini cómics. Este es el penúltimo número de la mini serie que cierra el evento (en las lecturas previstas del mes que viene hablaré de lo que queda).

Seguimos viendo como se conectan todas las series del Universo Ultimate, que permanecieron separadas estos dos años salvo por el pequeño evento de Invasión. No sé aún que vamos a tener en el quinto número pero la llegada en este número de un grupo que han puesto como tan poderoso en su versión Ultimate, no sé si desvirtuará el conflicto de cara al último número. Veremos…

Dark spaces: Buenas obras

Tomo en tapa dura con seis números americanos.

Una obra de la escritora Che Grayson, la dibujante Kelsey A. Ramsay y los colores de Ronda Pattison. Este cómic forma parte de una antología llamada Dark spaces que en España tiene dos tomos publicados (no sé si en USA hay más).

Cayó en mis manos de forma inesperada y ha resultado ser una auténtica maravilla. Una periodista acabada, una madre y una hija recién llegadas a un pueblo aparentemente feliz. Pronto verán que en este pueblo se oculta mucho más de lo que parece y nuestras protagonistas cargan sobre sus hombros mucho equipaje.

No digo más porque este es uno de esos cómics que sí o sí merece la pena leerse. En mi próxima visita a En Portada pediré el otro tomo de la antología (publicado a finales del año pasado y como toda antología con otro equipo creativo distinto).

La segunda venida de Hilda Bustamante

Este es el libro del club de lectura para el mes de agosto. Una novela ligera escrita por Salomé Esper. Está muy bien escrita con un estilo peculiar al no usar nunca diálogos directos y con una elección de capítulos muy cortos (creo que el más largo era de cuatro páginas y media o así) siendo la mayoría de página y media o dos páginas. El hecho de que tenga tantas palabras y expresiones latinas, la autora es argentina, me ha sacado una sonrisa acordándome de antiguas amistades y parejas.

Creo que no lo he leído en el mejor momento porque sé ver que hay momentos muy tiernos, otros tristes y algunos humorísticos pero no me han llegado en absoluto. He pasado por las páginas sin más.

La Bruja Escarlata: El ascenso de Amaranth

Tomo en tapa blanca con cinco números americanos.

Orlando continua su etapa de mini series de la Bruja Escarlata con el Ascenso de Amaranth, Una historia que se sigue en numeración americana con Reina del Caos pero que Panini decidió no ponerles un 1 y un 2 en sus lomos.

Esta historia resuelve el cliffhanger con el que cerraba el anterior tomo y nos presenta un nuevo personaje que pasa a engrosar las filas del universo arcano de Marvel. No sé si la volveremos a ver pronto o se olvidarán de ella, pero es un personaje que promete.

La mini serie compuesta por Reina del Caos y este tomo es sin duda lo mejor que ha escrito Orlando hasta ahora de la Bruja Escarlata.

La Visión y la Bruja Escarlata: Temed al segador

Tomo en tapa blanca con cinco números americanos.

Orlando cierra esta etapa de mini series (aunque en realidad podría ser todo una sola serie) antes de la llegada de Wanda como Hechicera Suprema. Y este cierre es por todo lo alto con un homenaje a la boda de Visión y Wanda hace ya 50 años.

Creo que aquí Orlando se corona como un autor que ha sabido darle a Wanda una estabilidad de números que no ha tenido desde hace muchísimos años. Estoy deseando leer el mes que viene la nueva etapa de Wanda, que espero sea muy larga.

Caballero Luna Puño de Konshu 1: Deja el hogar

Tomo en tapa blanca con cinco números americanos más dos oneshots cortitos, al principio y al final del tomo, que vienen a sumar un número americano más.

Me desconecté del Caballero Luna tras la última muerte de Marc Spector y no me leí ni la mini serie donde sus allegados de la Misión Medianoche viven las consecuencias de la muerte (y creo que resucita en esa mini serie mismo). El otro día vi el segundo tomo de este Puño de Konshu y aprovechando que la librería tenía también el primero me traje ambos para casa.

En este primer tomo vemos la nueva situación del Caballero Luna y su grupo y el nuevo mafioso que les va a poner en jaque porque es mucho más de lo que parece. Me ha encantado la historia y el dibujo (merece mucho la pena pararse en cada una de las escenas de acción).

Lecturas previstas para agosto

Para un viaje que tengo en agosto leeré, imagino que entero, Cautivo (el libro del club de lectura de Librería Luces para septiembre).

En cuanto esté con mis gatas en el nuevo piso, empezaré con Cómo escribir ciencia-ficción y fantasía de Orson Scott Card que me lo regalaron (¡muchas gracias Rodri!) y con el Pistolero que me estoy haciendo la nueva edición de cantos tintados de La Torre Oscura (en el instituto me leí prestados los tres primeros libros y ahora quiero tenerla en propiedad y terminar de leerla).

Y no pueden faltar las novedades mensuales en grapa (o grapa lomo) de los cómics Marvel: – Por un lado, el número 2 la serie grupal de los X-men, Patrulla-X Unida, donde sale Laura, que por ahora es la única forma de leer algo de este personaje. El primer número estaba interesante así que a ver cuando tiempo dura la serie o yo en ella. – Tenemos las cuatro últimas publicaciones del Universo Ultimate: The Ultimates 8 (donde hay eventos van antes que Ultimate Endgame 4 y panini podía haber roto su “cada 3 meses” y sacarlo en julio), Ultimate Wolverine 5 (que sigo sin saber si se va a cruzar con Endgame o va a cerrar completamente a su rollo), Ultimate Endgame 5 y su epílogo Universo Ultimate: Final. – Empieza Hechicera Suprema 1. Mi querida Wanda como Hechicera Suprema de la Tierra 616. Ha tenido estos años unos 25-30 números a manos de Orlando en distintas mini series que se continuaban así que ojalá esta nueva serie, también a manos de Orlando, dure mucho tiempo y no sea una mini serie más. – Y también tengo apuntado para final de mes algo llamado Midnight Nation que no recuerdo porque la anoté ni de que va exactamente (aunque imagino a los personajes implicados) pero no me sale nada en la página de Panini así que no sé si es que al final no la publican, la han retrasado varios meses o si me lo he inventado.

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El fantasma de los paradigmas pasados

from A crit pelat

En «Verdad y justificación. El giro pragmático de Rorty»¹, Habermas hace una defensa de una noción fuerte de verdad. Como de costumbre, Habermas se muestra dispuesto a defender conceptos puntales de la filosofía que, aparentemente, se hallan bajo asedio de los pensadores contemporáneos. Este asedio acaba por resultar en un desafío al papel que se ha autootorgado la filosofía desde los siglos de la Ilustración. Si deshacemos las nociones filosóficas más básicas, el papel de la propia disciplina filosófica se ve afectado. La defensa que realiza Habermas responde a un intento de mantener vivo el ideal ilustrado, o por lo menos, salvar lo que se pueda de él. En este caso, la defensa del concepto de verdad responde a un intento por salvar el realismo. Hijo de su paradigma, Habermas construye esta defensa desde la aceptación de que la verdad ya no puede entenderse como una correspondencia entre un elemento lingüístico y un elemento extralingüístico, pues no hay un afuera del lenguaje. En este sentido, Habermas solamente «salva» la relación de correspondencia que propone Tarski en su teoría de la verdad, permitiendo que el lenguaje «simule» la adecuación con los hechos sin la necesidad de una metafísica sustancial. Esto revela un aspecto que trataré más adelante: Habermas intenta conservar la «intuición» que supone la verdad como correspondencia, aunque rechace la metafísica que la sostiene. Pero volviendo al concepto de verdad: ¿cómo hacemos justicia a la intuición cotidiana de que, cuando decimos que sabemos algo, decimos que eso que sabemos no es meramente una creencia u opinión nuestra, sino que hace referencia a algo que está fuera de nosotros, y que compartimos con el resto? Evidentemente, en el terreno del día a día, tan poco hace falta demostrar esto como hace falta demostrar que puedo mover mi brazo izquierdo. En cambio, en nuestra disciplina quasi fantasiosa, la reconciliación de una verdad como coherencia con la existencia de un mundo objetivo es una tarea desafiante y, por tanto, que nos apela. En este texto, el interlocutor de Habermas es Richard Rorty. La conclusión de este diálogo acaba siendo paradójica, pues la respuesta que propone Habermas acaba siendo más pragmática que la de Rorty. Para este último, hay que ponerse manos a la obra con un proceso de reeducación. La autocomprensión del común de los mortales es presa de un engaño platónico: la distinción entre saber y creer, entre convencer y persuadir. La tarea de la filosofía es crear un nuevo vocabulario que nos emancipe de cuestiones como el mundo objetivo, la verdad como correspondencia, etc. Es decir, a través de los juegos del lenguaje de la filosofía, tenemos que tratar de deshacernos de la asentada institución del realismo ingenuo.

I

El realismo se relaciona con la verdad desde los tiempos en que los pensadores se caían en pozos y establecían realidades independientes a ellos mismos. Un hombre libre ateniense decía que la verdad es decir de lo que es que es y de lo que no es que no es. Así, la verdad es verdad de un juicio, de un juicio que se adecúa a la realidad. Tal y como los presocráticos establecen una distinción ontológica entre ser y apariencia, establecen una distinción epistemológica entre saber y opinión. El saber se dice de la esencia de las cosas. La esencia de las cosas no son las cosas tal y como se nos aparecen, sino tal y como son, independientemente de nosotros. Toda la noción de una objetividad hace alusión a este «independientemente»: la realidad, es independiente de nosotros. La verdad sobre la realidad, por tanto, también lo es. De esta manera, la verdad de un juicio es una cosa y «nuestra creencia en que es verdader[o], o nuestra justificación para creer que es verdader[o], es otra muy diferente»². Pero para Rorty, no hay diferencia entre la justificación, es decir, la aseverabilidad justificada de un enunciado ante una comunidad de interpretación, y la verdad. «La diferencia entre justificación y verdad no es nada más que el aviso de que la justificación frente a una audiencia no es la justificación frente a otra»³. Cuando afirmamos que algo es verdad, lo hacemos siempre sobre la verdad de un enunciado de hechos, verdad cuyo apoyo es siempre otra verdad sobre un enunciado de hechos y así ad infinitum. Estamos de alguna manera atrapadas en el diálogo, que está basado en un horizonte de interpretación intersubjetivo. Por ello, el objetivo del quehacer filosófico no debería ser la búsqueda de la objetividad, sino de la solidaridad entre una comunidad cada vez más amplia. Esto tiene sus consecuencias: desde un etnocentrismo claro hasta una negación del tesoro más preciado de Habermas, a saber, el conocimiento universal: la razón como lo universal. Todo ello, obviamente, es inaceptable para él. Para Habermas, el abandono de una noción de verdad y, con ella, la normatividad de lo racional y un noción de progreso que pretende ir más allá de la comunidad de justificación hacia una búsqueda de un conocimiento que es cualitativamente distinto de lo que la mera aseverabilidad sostenida con argumentos implica, no es un problema epistemológico, sino una mala comprensión del modo de proceder mismo de una sociedad humana que efectivamente coopera y se entiende. De manera instructiva, Habermas nos introduce lo que presenta como «intuiciones» de paradigmas pasados. Podemos entender la historia de la filosofía como la sucesión de tres paradigmas: el paradigma ontológico, el paradigma de la conciencia y el paradigma lingüístico. En el paradigma ontológico, griego y cristiano, la verdad de la aprehensión mental está garantizada por la propia estructura conceptual de las cosas, que contienen ellas mismas su esencia; esto es, la verdad es una relación del ser. El nominalismo actúa como punta de lanza que comienza a quebrar esta comprensión sacando a los conceptos, a los universales, de las cosas mismas, y presentándolos como una construcción del espíritu. Debilitada la armadura, el pensamiento moderno atraviesa definitivamente la carne del paradigma ontológico, desplazando el fundamento de la verdad de la aprehensión mental: de las cosas mismas al sujeto que se las representa. El modelo de lo verdadero deja de estar en los objetos, y pasa a estarlo las vivencias interiores del sujeto, vivencias que siempre se le presentan como verdaderas por serle claras y distintas, y a las cuales tiene un acceso privilegiado. Pero con el trasvase de la responsabilidad epistémica del objeto al sujeto surge un problema: si la verdad se fundamenta en mis vivencias, o las estructuras trascendentales de la experiencia que yo poseo como sujeto, ¿cómo estoy seguro de la verdad de aquello que no son mis vivencias? La verdad como certeza es deudora de un subjetivismo que introduce una separación tajante entre una interioridad y una exterioridad y, con ella, un escepticismo sobre el mundo externo. Para Habermas, el escepticismo viene de suyo con el paradigma moderno. Siguiendo este modelo, el problema contextualista de Rorty también viene de suyo con el giro lingüístico, pero el relativismo que Rorty propone no es para Habermas la solución. De la misma manera que el escepticismo moderno no afirma la unidad entre ser y apariencia, sino que expresa el pasmo de no poder deshacer esta unidad bajo los conceptos mentalistas, el problema contextualista que expresa Rorty expresa el pasmo entre no poder diferenciar entre justificación y verdad, pero no afirma necesariamente, para Habermas, que no haya una diferencia o, en todo caso, que no se pueda abonar el terreno de ésta con aquélla. El problema tiene una enunciación simple: ¿qué nos autoriza a afirmar que la justificación de un enunciado ante una comunidad racional nos acerca a la verdad de este enunciado? En principio, nada. La pretensión de verdad de un enunciado se mide por su capacidad para resistir los envites argumentativos de una comunidad racional: superarlos significa que que las condiciones de verdad para ese enunciado están satisfechas. Pero ello no implica la verdad:

«(...) la circunstancia de que las condiciones de verdad estén satisfechas no se convierte ella misma en una circunstancia epistémica por el hecho de que el desempeño discursivo de la pretensión de verdad sea la única vía para poder comprobar si estas condiciones (que tenemos que interpretar siempre a la luz del tipo de razones apropiadas al caso) están satisfechas»⁴.

Dicho de otra manera: si entendemos la verdad de un enunciado como algo que debería darse no solamente en nuestro contexto de justificación, sino en todos los contextos de justificación, jamás llegaremos a la verdad solamente por la vía argumentativa. La tesis habermasiana aquí es que la noción de verdad como afirmación incondicional va ligada a un realismo que se da de manera necesaria en el mundo de la vida intersubjetivamente compartido por una comunidad. La verdad tiene, para el pensador alemán, «un rostro jánico»⁵. La cooperación humana que constituye a las sociedades toma como fundamento que los sujetos nos referimos a un mismo mundo objetivo cuando utilizamos enunciados; sin esta referencia, no habría cooperación posible. Porque los enunciados no aparecen flotando y etéreos: el lenguaje aparece en forma de actos de habla, y antes de un análisis del lenguaje, hay un acto de afirmación o negación. Por ello, la verdad se presenta en el contexto de la acción como una certeza de acción, como una verdad que, de manera ingenua, tomamos como incondicional. Tomo como verdad incondicional todos los presupuestos que han cristalizado en la construcción y uso del coche con el que voy a trabajar todos los días. En el contexto de la acción, no me puedo permitir una actitud permanentemente hipotética. Pero cuando esta certeza de acción se rompe, cuando el coche no arranca, cuando la certeza de acción no es capaz es capaz de superar el test de la experiencia, es cuando paso a un plano argumentativo, donde, esta vez sí, tomo la certeza como un enunciado hipotético que tendrá que confrontarse a toda una serie de argumentaciones en contra o a favor. Cuando llevo el coche al mecánico esperando que arregle el coche, espero que el resultado de todo el proceso argumentativo (en el que expongo las condiciones del problema, el mecánico hace un diagnóstico y llega a unas conclusiones a partir de las cuales trata de reparar el coche, etc.) no sea simplemente una argumentación justificada para mi contexto particular: espero que la solución argumentativa del mecánico tenga una validez incondicional. Con esto Habermas quiere hacer hincapié en que si el resultado del proceso de argumentación no tiene la forma de una verdad, el enunciado hipotético no puede volver al ámbito de la acción donde la tomo una certeza que asumo de manera incondicional. Y es justamente para lograr esto último que el proceso de argumentación se idealiza; es decir, toma unos presupuestos que son contrafácticos (como que no hay injerencias ni presiones externas o internas, que participan todos los actores relevantes, etc.) para ir infinitesimalmente alejándose del contexto concreto de justificación. Se orienta hacia la verdad «descentrándose de la comunidad de justificación», a pesar de que el resultado del proceso argumentativo siempre tiene un resultado práctico para el contexto particular y, así, no se desliga de una motivación pragmática.

«Es cierto que la cuestión relativa al nexo interno entre justificación y verdad solamente se plantea en el plano reflexivo; pero tan sólo la interacción entre acciones y discursos permite dar respuesta a esta cuestión. (...) Solamente el entrecruzamiento de estos dos roles pragmáticos distintos —que pone en juego, en plexos de acción y discursos, aquel concepto de verdad “de rostro jánico”— puede explicar porque una justificación lograda en nuestro contexto habla en favor de la verdad (independiente del contexto) de la creencia justificada»⁶.

De esta manera, Habermas le está concediendo a Rorty que una noción de verdad como coherencia en un contexto de paradigma lingüístico no es propiamente una noción de verdad, si ésta la entendemos como incondicional. No obstante, la verdad no es el resultado de una investigación; la verdad es la condición misma del inicio del proceso de investigación. La alusión a un mundo común y compartido intersubjetivamente es una condición para se dé la cooperación y el entendimiento, así que funciona como estructura misma del mundo de la vida. La experiencia común del fracaso de una verdad que pensábamos que estaba completamente justificada es una «instancia pragmática de cercioramiento»⁷ que está basada en la suposición de un mundo objetivo. Visto así, el común de los mortales tiene todo el derecho a ser realista de manera ingenua 1. porque así lo requiere su coordinación con el resto de la comunidad y 2. porque la propia acción fallida basada en una pretendida de certeza de acción que termina no siéndolo es un mecanismo de falsación lo suficientemente convincente. Volviendo al ejemplo del motor de coche que no arranca, la condición para que yo tome una verdad como verdad incondicional, y lo haga de manera ingenua, es que esta verdad tenga la forma de un universal, de una afirmación incondicional. Creo incondicionalmente en el proceso reflexivo que ha seguido la persona que va a arreglar el coche y, cuando el motor arranca, creo que cualquier persona, en cualquier contexto, que siga este proceso reflexivo y lo aplique, hará que el motor arranque. Es decir, no le estoy pidiendo a la persona que me lo está arreglando que crea, justificadamente o no, cómo arreglarlo, sino que sepa, justificadamente, cómo arreglarlo. «La orientación hacia la verdad incondicional (...) es un reflejo de aquella otra diferencia, indispensable en el mundo de la vida, entre creer y saber»⁸. Ahora bien, esta explicación no es satisfactoria para Rorty, que, si bien acepta la ligazón entre el plano de acción y el plano de la argumentación, no acepta la relativización de un plano por el otro. Dicho de otra manera, no ve porque habría que armonizar una autocomprensión contextualista del conocimiento con la intuición cotidiana del realismo. Es más; el objetivo rortiano es conseguir el abandono de estas nociones ligadas al mentalismo, con lo que acaba perfilándose en contra del frecuente «ateísmo» de los pensadores pragmáticos: Rorty aboga por que nos despidamos de algo tan asentado en el sentido común como el realismo ingenuo mientras que es Habermas quien argumenta a su favor. Este «ir más allá de la comunidad de justificación» en el que insiste Habermas no es para Rorty más que la afirmación de que alguien está dispuesto a defender cierta proposición incluso ante otro público, es decir, ante otra comunidad de justificación. La búsqueda de la verdad para Rorty, explica Habermas, no es sino la búsqueda de un acuerdo intersubjetivo, sin coacciones, entre grupos de interlocutores cada vez más amplios: «esperamos justificar nuestra creencia frente a tantas y cuánto más amplias audiencias posibles»⁹. Pero, ¿realmente lo esperamos? ¿Hay una voluntad de ir más allá del propio etnos? Habermas afirma aquí que hay una leve idealización en la postura de Rorty: «Si “verdadero” es justamente aquello que, porque es bueno “para nosotros”, puede ser tenido como justificado “por nosotros”, no existe motivo racional alguno para ensanchar el círculo de los miembros de nuestra comunidad de justificación»¹⁰. En otras palabras, no hay ninguna razón, desde la postura rortiana, para querer defender nuestras afirmaciones antes otros públicos más allá de ciertas actitudes no dogmáticas y benevolentes que Rorty adjudica a la sociedad liberal contemporánea.

II

El origen de esta disputa se hunde en la concepción dispar que ambos autores tienen del transcurrir de la historia de la filosofía vista desde la óptica de los paradigmas. En definitiva, la postura radicalmente contextualista de Rorty no es otra cosa que llevar a sus últimas consecuencias la afirmación de que el pensamiento filosófico en el paradigma lingüístico no se ha desprendido totalmente de nociones del mentalismo asociado al paradigma de la conciencia. Para Rorty, de un paradigma a otro se produce un salto que genera una discontinuidad entre los mismos y los hace inconmensurables. En cambio, para Habermas, «el paradigma siguiente es más bien la respuesta a un problema que la devaluación del paradigma anterior nos ha legado. Los paradigmas no constituyen ninguna sucesión accidental, como piensa Rorty, sino que se encuentran en una relación dialéctica entre ellos»¹¹. La postura del primero excluye la continuidad de los procesos de aprendizaje de un paradigma a otro tanto como excluya la posibilidad de una objetividad del conocimiento. Por el contrario, la postura de Habermas, que implica una relación dialéctica entre paradigmas, permite un «poder aprender» entre diversas concepciones sobre lo primero o la fundamentación. Es en este contexto donde surge, desde mi punto de vista, una de las ideas más interesantes del ensayo: la de «intuiciones» o «imágenes» que «a pesar de haber perdido su valor continúan siendo sugestivas»¹². Una de las nociones básicas del paradigma ontológico consiste en la afirmación de que la verdad de los juicios está garantizada por una correspondencia con la realidad fundada ella misma en la realidad; aquello a lo que antes me he referido como una «relación del ser». Con el cambio de paradigma, esta «intuición» no se esfuma repentinamente, sino que permanece suspendida en el pensamiento moderno. Sin ella, no se entiende el escepticismo moderno que surge con la tajante separación entre interioridad y exterioridad. La certeza, que se apoya en el carácter privado de mis vivencias, da pie a la vez a la sospecha sobre el posible carácter ilusorio del mundo externo. Si habría que fundamentar a partir de nuestras vivencias la correspondencia entre el objeto y su representación, y cómo en caso afirmativo, es precisamente la discusión entre el idealismo y el empirismo. Tras el giro lingüístico, toda descripción de lo que ocurre en el mundo depende del uso interpretativo de un lenguaje común, de la participación en una comunidad que comparte una precomprensión lingüística. De esta manera, la realidad es ya siempre interpretada, y no hay contacto con ella sin una previa presuposición de creencias intersubjetivamente compartidas. Así se entiende que la validez de los enunciados es validez fundada para una comunidad de interpretación. Si, por tanto, las verdades son solamente accesibles en forma de lo que una comunidad de justificación puede aceptar racionalmente, surge la duda que venimos tratando más arriba: cómo separar justificación de verdad. Ante la inquietud de la posible o imposible identidad o no de este par es donde aparece de nuevo el fantasma de un paradigma pasado: la intuición de que nuestras ideas, lingüísticas, corresponden con una realidad que no es lingüística, o también, cierto contacto de nuestros sentidos con esta realidad extralingüística. Ya he apuntado a la solución que propone Habermas a través de poner este problema en la perspectiva de su teoría de la acción comunicativa. Lo que de ella no me queda claro es si es preciso llamar «certezas de acción» a aquello que acompaña a acciones de las cuales no dudo. No parece alocado decir que sí por una cuestión de definición: si no dudo, estoy seguro. Pero también sabemos, y Habermas es consciente, de que una certeza de acción más pronto que tarde se rompe ante una experiencia; es este sentido, se desvela como creencia. Entonces, ¿en qué sentido se fundamenta la verdad de un elemento de la argumentación en un elemento de la acción, si el segundo puede entenderse como una creencia? Por otro lado, ¿cómo se entiende el tránsito entre «el saber de los que actúan al saber de los que argumentan»¹³ y viceversa? Si como dice Habermas, «esta es una transformación asegurada, por decirlo así, por la unidad personal»¹⁴, ¿no estaría encerrando la clave del tránsito de la justificación a la verdad en un sujeto personal? Habría que discutir cuánto de ese «por decirlo así» está motivado por la influencia de un fantasma de paradigmas pasados o por una simple manera de expresarse. Pues sería una tontería aludir a una experiencia tan común como la de no saber corregir los propios actos aunque los argumentos en su contra sean irrefutables o, viceversa, bajar del pedestal una tesis porque la experiencia desborda las categorías que ofrece. En contraste, la solución que ofrece Rorty, volviendo a una especie de fundamento que se encuentra en una teoría neodarwiniana que, como dice Habermas, es incapaz de diferenciar entre la acción orientada al éxito y la acción orientada al entendimiento, tampoco resulta del todo satisfactoria. A pesar de ello, el ensayo resulta sumamente ilustrativo para tratar de entender, aunque a base de rodeos sea, cómo los problemas de fundamentación del paradigma lingüístico riman con los problemas de fundamentación que se han dado en otros paradigmas, aunque suenen de manera diferente. Lo que, en último término, no deja de inclinar la balanza a favor de la postura habermasiana de que hay una relación dialéctica entre distintos paradigmas, aunque está relación esté mediada por intuiciones o fantasmas.

_____ ¹ Jürgen Habermas, «Verdad y justificación. El giro pragmático de Rorty», en Verdad y justificación (Trotta, 2002). ² Michael Williams, Unnatural Doubts, p. 238, citado en Habermas, Verdad y justificación, p. 240. ³ Richard Rorty, «¿Es la verdad una meta de la investigación? Donald Davidson versus Crispin Wright», en Verdad y progreso. Escritos filosóficos, 3 (Paidós, 2000) ⁴ Habermas, Verdad y justificación, p. 249. ⁵ Habermas, Ibid, p. 244. ⁶ Habermas, Ibid, p. 253. ⁷ Habermas, Ibid, p. 252. ⁸ Habermas, Ibid. ⁹ Rorty, Verdad y progreso, p. 57. ¹⁰ Habermas, Verdad y justificación, p. 257. ¹¹ Habermas, Ibid, p. 234. ¹² Habermas, Ibid, p. 236. ¹³ Habermas, Ibid, p. 253. ¹⁴ Habermas, Ibid.

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El interruptor

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. Sube, baja, sube, ¡cero diversión!

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Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. ¡Si al menos fueras un ventilador!

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