En los últimos años, la antropología, la geografía cultural y los estudios del sonido han prestado creciente atención a las formas en que la memoria persiste en los espacios urbanos. La siguiente pieza de The Corner Theory dialoga libremente con algunas de esas discusiones. “A Small, Good Day” propone una escucha de la simplicidad, la mañana y la tradición pastoral escondida en el sonido urbano.
La mañana no suena igual en todas partes, en todas las tradiciones ni en todos los siglos. Pero para el oído industrial occidental, formado por himnos, por sinfonías pastorales y por una larga cadena de decisiones culturales que se fueron acumulando sin anunciarse como decisiones, la mañana suena a permiso. Permiso para sentirse bien. Permiso para creer que algo podría salir bien. La asociación es tan antigua que ha dejado de sentirse como una asociación. Se siente como un hecho del mundo, como el hecho de que la luz es cálida o de que los pájaros pertenecen a las ventanas abiertas. Pero no es un hecho. Es un acuerdo que una civilización hizo consigo misma, en gran medida sin que nadie se lo pidiera.
Ese acuerdo tiene una larga historia técnica. La aubade, la canción medieval del amanecer de los trovadores, siempre fue ambivalente: la luz también significaba separación, la hora en que los amantes debían despedirse antes de ser descubiertos. Sin embargo, la tradición aprendió a olvidar esa ambivalencia. La sinfonía pastoral vino para reemplazarla: el despertar de sentimientos agradables al llegar al campo, como anotó el propio Beethoven sobre su Sexta Sinfonía. Para cuando la música popular industrializó esa plantilla en el siglo XX, el ciclo diurno ya se había convertido en una categoría moral. Acordes mayores. Arpegios ascendentes. La sensación de que la mañana no era simplemente un momento del día, sino un argumento acerca de cómo podía organizarse la vida. El día como optimismo. La noche como todo aquello que el optimismo posterga. No elegimos ese marco de referencia más de lo que elegimos la tonalidad de do mayor. Lo heredamos y, desde entonces, no hemos dejado de reproducirlo.
“A Small, Good Day” entra en esa herencia de manera oblicua, consciente de lo que lleva consigo. La pieza dura menos de noventa segundos, es instrumental y está a 85 BPM: lo suficientemente lenta para respirar dentro de ella, lo suficientemente rápida para seguir avanzando. El bombo y la caja amortiguados llegan de la misma forma en que llegan unos pasos en un edificio antes de que alguien termine de despertar. Los acordes de Fender Rhodes aparecen cálidos, de bordes redondeados, ocupando el espacio disponible sin llenarlo por completo. Y en algún lugar, por debajo, en el límite de lo audible, pájaros. La combinación no es accidental. Es, de hecho, una tesis sobre cómo suena una mañana en una ciudad específica cuando se la escucha antes de que se convierta en otra cosa.
El Fender Rhodes lleva consigo su propia genealogía de la calidez. Inventado a finales de la década de 1940, se convirtió en el instrumento emblemático del jazz-funk de los años setenta: de las tardes eléctricas de Herbie Hancock, de la inteligencia particular de Stevie Wonder, de sesiones de grabación en las que la tecnología todavía era tangible, todavía mecánica, todavía algo cuya vibración podía sentirse bajo las manos. Mientras que un piano produce sonido golpeando cuerdas, el Rhodes lo produce golpeando lengüetas metálicas cuyos armónicos incluyen una vibración física, un temblor brillante que el piano puede aproximar, pero nunca reproducir. Cuando el lo-fi hip hop recurre al Rhodes, ya sea mediante samples o recreaciones cuidadosas, recurre también a toda esa historia: la calidez, la época y, sobre todo, la cualidad emocional específica que la cinta analógica otorgó a cierta idea de cómo sonaba el placer en una década determinada. No es nostalgia por un tiempo. Es nostalgia por una textura.
Los pájaros representan una afirmación diferente. En la mitología de la música pastoral, el canto de los pájaros pertenece al campo; marca el exterior de la vida urbana, el lugar donde la ciudad termina y comienza algo más amable. Pero las mañanas de la ciudad de Nueva York son genuinamente aviares. La hora anterior a los camiones de basura, anterior a la multitud del metro, anterior a que la ciudad comience a interpretarse a sí misma para el día que empieza, pertenece a los gorriones domésticos, los estorninos y las palomas, que han estado allí más tiempo que la mayoría de las personas que no los notan. La decisión de incluir trinos de aves en una pieza creada explícitamente en y para Nueva York no es una huida de lo urbano. Es una insistencia en que lo urbano también contiene esto; en que la ciudad posee un registro que no todos permanecen despiertos el tiempo suficiente para escuchar. Lo pastoral no vive fuera de la ciudad. Vive dentro de ella, en los márgenes de la hora.
El crujido del vinilo y el siseo de la cinta son las convenciones más reconocibles del género, y también las más interesantes desde un punto de vista filosófico. No aparecen de forma natural en una grabación contemporánea; se colocan allí deliberadamente, diseñados con precisión, parte de lo que las notas de producción llaman “high-fidelity lo-fi”, una expresión que habría sido una contradicción hace veinte años y que hoy constituye una categoría estética perfectamente coherente. La señal degradada se perfecciona. La calidez se calibra. Esto es nostalgia como oficio, algo distinto de la nostalgia como sentimiento, aunque rara vez se separen en la experiencia de escucha. Lo que evocan esos crujidos y siseos no es un año específico, sino una cualidad específica de atención: la que parecía inseparable de la tecnología analógica o, quizás, la que la abundancia aún no había vuelto reemplazable por algo más eficiente y, por lo tanto, menos presente.
El género en su conjunto carga con un peso ideológico que cualquier aproximación honesta debe reconocer. Música para estudiar. Lofi Girl. Relajación productiva. La promesa implícita de esta forma musical es que la simplicidad es alcanzable y que alcanzarla depende de una elección estética: pon la música adecuada y la complejidad del mundo permanecerá fuera de la habitación. Esa promesa pertenece a una imaginación social específica: la del trabajador del conocimiento, el estudiante, la persona cuya relación con la mañana permite una categoría llamada “la hora antes del trabajo” como algo distinto del trabajo de prepararse para más trabajo. La aspiración de “un pequeño buen día” es una aspiración real, pero también es una aspiración de clase, y la forma que la transmite está construida, en parte, sobre el hecho de no decirlo.
La política del optimismo matutino no es invisible si se la observa de frente. Los trinos de los pájaros son pacíficos únicamente para quien tiene tiempo de escucharlos de esa manera. El Fender Rhodes resulta cálido solo en una habitación que ya es, en algún sentido, cálida. La negativa del género a incluir letras suele teorizarse como una forma de neutralidad (sin mensaje, sin postura, pura atmósfera), pero la atmósfera nunca es neutral. Siempre es una atmósfera para alguien, en la habitación de alguien, a la hora de alguien. Lo que el lo-fi hip hop excluye no es únicamente el ruido y la distracción. Excluye también, por definición, la experiencia de quienes viven mañanas demasiado ruidosas, demasiado apresuradas o demasiado condicionadas como para ser convertidas en algo acogedor. No es una limitación exclusiva de esta canción. Es parte de la herencia de la tradición, y la tradición la transmite con notable consistencia.
Lo que “A Small, Good Day” consigue frente a ese trasfondo es precisamente su pequeñez. El título no promete una buena vida ni un buen mundo. Promete un día. Una unidad diurna. Una mañana específica en una ciudad específica bajo una calidad particular de luz. La canción no ofrece trascendencia ni resolución. Ofrece duración: noventa segundos de permanencia dentro de una sensación sin necesidad de explicarla ni intensificarla. En esa modestia reside su honestidad. Las sinfonías pastorales sabían demasiado sobre el campo, demasiado sobre lo que las mañanas debían significar. Esta pieza sabe exactamente lo que es: música creada en y para Nueva York, sobre el momento previo a que Nueva York recuerde que es Nueva York; antes de que lleguen los camiones de basura, antes de que los gorriones guarden silencio y antes de que la ciudad retome su largo e inconcluso debate consigo misma sobre cuánto podría costar un buen día.
Existe una tradición musical que sabe ser pequeña sin ser superficial, que habita su propia simplicidad sin fingir que la simplicidad es inocente. “A Small, Good Day” pertenece a esa tradición, no porque resuelva las contradicciones de su género, sino porque permanece dentro de ellas con suficiente cuidado como para que esa permanencia adquiera significado. El Fender Rhodes sigue aquí. Los pájaros no se explican. La percusión amortiguada sostiene el tiempo sin exigir que rindas cuentas de él. En algún lugar del bucle, del crujido, del siseo, de esos BPM lentos que casi no te piden nada, está aquello de lo que realmente habla la canción: no exactamente la alegría, no exactamente la felicidad, sino la textura de una mañana en la que esas cosas todavía no han sido descartadas.
Texto de Julia Sorensen para The Corner Theory. Traducción de Maggie Tarlo.
Lecturas complementarias:
Un estado mental.
La vida simple.
El largo camino a la iluminación.
Los buenos viejos tiempos.
Casas pequeñas.
La negociación de la vereda.
La antropología recupera su ritmo.
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