Hay una ley que casi nadie fuera de la industria farmacéutica conoce, y que explica por qué desarrollar un medicamento nuevo cuesta más que construir un rascacielos. Se llama la Ley de Eroom. El nombre es “Moore” escrito al revés, y el sarcasmo es a propósito: mientras el poder de cómputo se duplicaba cada dos años (Ley de Moore) y abarataba todo lo que tocaba, el descubrimiento de fármacos hacía lo contrario. El costo real de sacar una molécula al mercado se duplicó, en promedio, cada 9 años durante más de medio siglo.
Las cifras tienen una crudeza que cuesta creer. En los años 50, mil millones de dólares de inversión en investigación farmacéutica —ajustados por inflación— producían entre 40 y 50 medicamentos aprobados. Para la década del 2000, esos mismos mil millones producían menos de 5. Una caída de casi 80 veces en la productividad. Hoy, sacar un solo fármaco al mercado cuesta, en investigación y desarrollo (R&D), cerca de USD $2.600 millones y toma entre 13 y 15 años.
Esa muralla —capital, tiempo y una tasa de fracaso altísima— es lo que hizo a la gran industria farmacéutica (Big Pharma) prácticamente intocable. Ninguna startup era capaz de atravesarla.
La pregunta que la ciencia médica —y quienes sufren toda clase de patologías— llevaba 60 años sin poder responder es si algo lograría revertir la Ley de Eroom. Pues bien, la respuesta llegó hace apenas un año, y llegó con una molécula que ningún científico o químico humano diseñó.
El 3 de junio de 2025, la revista Nature Medicine publicó los resultados de Fase IIa de un fármaco llamado rentosertib. Lo notable no es el fármaco en sí —un inhibidor para la fibrosis pulmonar idiopática, una enfermedad que cicatriza los pulmones hasta asfixiar al paciente—, sino su origen. Rentosertib es la primera molécula en la historia donde tanto el blanco biológico como el compuesto que lo ataca fueron identificados y diseñados por inteligencia artificial generativa, la plataforma de la compañía Insilico Medicine.
El fundamento del ensayo fue sólido: 71 pacientes, 22 sitios clínicos, doble ciego contra placebo. El grupo tratado con la dosis alta mejoró su capacidad pulmonar en +98,4 mL, mientras el grupo con placebo se deterioró en -20,3 mL. En una enfermedad que solo empeora, revertir la curva es un resultado asombroso. Rentosertib ya entró en Fase III.
Y no es un caso aislado. A finales de 2023 apenas existían 24 moléculas descubiertas o sintetizadas vía IA que hubieran completado la Fase I. Para inicios de 2026 hay más de 173 programas de fármacos originados por IA en desarrollo clínico. De aquellas primeras moléculas, la tasa de éxito en Fase I fue del 80 al 90%, contra un promedio histórico de la industria cercano al 50%. En suma, en la primera parte del proceso, la del diseño molecular, la Ley de Eroom, sin duda, empezó a ceder.
Claro, la Fase I es la parte fácil del desarrollo. Pero la IA ya no se está quedando en diseñar la molécula; empezó a meterse en la biología misma del paciente, que es donde de verdad se juega todo. Veamos lo que viene.
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