De todas las heroínas de Jane Austen la que más me irrita en sus mezquindades es Marianne Dashwood. Su constante desprecio por los sentimientos de los demás se disfraza con una intensidad desmesurada de sus propias emociones que la ciegan al sufrimiento ajeno. Los demás nunca podrán entender lo que es la belleza ni el amor verdadero porque sus percepciones nunca son lo suficientemente profundas ni sus pasiones lo suficientemente intensas. Y si la pobre expresa remordimiento solo es para sentir más pena de sí misma. Marianne encarna el drama. El drama se desborda en ella. Y sin embargo, lo que hace de ‘Sentido y sensibilidad’ una gran obra literaria no es sólo el contraste de Marianne con Elinor, es que te crees que Marianne siente todo lo que dice, y sufre como nadie. Que es posible que alguien se haga un nudo con tan poca cuerda.
De todas las heroínas de Jane Austen, a la que más me parezco es a Marianne Dashwood.
De un tiempo a esta parte vengo mencionando a T en estas cartas que escribo un poco sin saber a quién. T, que dice esto o aquello otro. T es mi terapeuta. He estado trabajando con ella desde noviembre cuando lo que llamaba “mi crisis de la mediana edad” se marcó una trece catorce y todos los bolos con los que venía haciendo malabares se cayeron al suelo a la vez. T me dice que eso que ando buscando con frenesí no existe, que esta visión novelesca que tengo de la vida es no sólo inútil sino dañina y que mi tendencia a la insatisfacción perpetua es la fuente de todos los males. Debo tranquilizar a mis lectores: estas cartas no van a transformarse en un relato infinito de mis avances en terapia. No me veréis contándoos cómo me tomé psicodélicos para abrir mi mente a mi terapeuta al estilo Harry Windsor. Lo de T conmigo es mucho más mundano, terapia de toda la vida. No os voy a contar aquí más allá de:
“Quieres Más? Más qué?”
“Pues más, sin más. Y eso es lo que busco. Más.”
Y si bien no descarto tomar ayahuasca, parece que T no lo tiene en su menú… en fin, nunca digas nunca.
Siempre he entendido mi búsqueda constante como la mayor de mis virtudes, que me transporta directamente a la clase de filosofía de COU cuando Don Antonio nos citaba a John Stuart Mill diciendo "Es mejor ser un Sócrates insatisfecho, que un cerdo satisfecho.” Siempre he pensado que el creerme carente de algo intangible es lo que de seguro me empuja a ser mejor, que me salva de convertirme en alguien que ve la tele por las tardes, que me protege de una existencia gris, del horror de descubrir que la vida quizá consista, en gran parte, en martes por la tarde.
Ironías de la vida, el destino me trajo al país de martes por la tarde por excelencia. Si el hygge es la marca registrada de Dinamarca, la de Suecia es lagom. Lagom es una de esas palabras para las que no hay traducción directa en otros idiomas, al menos en los que yo conozco. Si escribo “lagom” en google translate me dirá que significa “en su punto justo” en castellano. Pero no es exactamente “en el punto justo”, sino que va un poco más allá. La palabra transmite ese punto exacto en el que todo parece estar en armonía, sin altibajos, sin drama.
Me atrae y exaspera a partes iguales esto del lagom.
Que me exaspere lo entiendo; que me atraiga no tanto. Hay una cita de Virginia Woolf que circula por las redes que al parecer es una mala transcripción de sus diarios que reza: “Siento un deseo profundamente oculto e inexpresable de algo que va más allá de la vida cotidiana.” La primera vez que la leí pensé que Virginia y yo teníamos tanto en común. Pero ahí acaban los paralelismos porque ni escribo como lo hacía ella ni desearía llenarme los bolsillos de piedras y caminar mar adentro. Yo, con morir a los 98, rodeada de los míos, a ser posible con vistas a un jardín, me conformo. No hace falta drama. Dicen que una muere como vive.
Hay algo muy dentro de mí que anhela esa tranquilidad del que mira por la ventana esperando ver el cielo, no el apocalipsis. Mirar el cielo sin necesitar el éxtasis de Santa Teresa. Gracias a Dios, la edad ha temperado mis emociones, a los 17 se me figura que estar conmigo era agotador. Pero sigo cargando con la cruz de pensar que sé algo de la vida que los demás no entienden y me pillo pensando cosas como “¡Necios! no sabéis de qué va esto” sin caer en la cuenta de que la que no tiene ni idea soy yo. También hay veces que monto en cólera porque alguien dejó el cartón de la leche vacío dentro de la nevera. Me cuesta creer que Elizabeth Bennet se enfadara por eso.
Otras veces miro por la ventana para ver el cielo y solo veo el cielo y es suficiente. Es suficiente cuando veo a CA leer un libro, a P tocar la guitarra o mirar las telarañas al otro lado de la ventana, a E jugar con sus dinosaurios usando mis kentias como camuflaje. A mis hijos no les pido nada más que existir. No me imagino su futuro ni deseo cambiar algo de su pasado. Son, sin más; y en ese ser son suficientes. Y desde luego no les deseo este castigo sisífeo: buscar sabiendo que jamás hallarán.
Me gustaría ser un poco más madre de mí misma.
Mirarme con la misma indulgencia con la que miro a mis hijos cuando juegan.
Al fin y al cabo, mis hijos no van de drama y aun así me fascinan.
Los niños saben hacer cosas que los adultos hemos olvidado. Dejar de buscar perlas y aprender otra vez a recoger piedras sin preguntarse si son especiales.
Pensé mucho en este poema de Rabindranath Tagore mientras escribía estas líneas:
En la orilla del mar de mundos infinitos1
En la orilla del mar de mundos infinitos, se reúnen los niños.
El cielo infinito permanece inmóvil por encima, y el agua inquieta ruge.
En la orilla del mar de mundos infinitos, los niños se reúnen con gritos y bailes.Construyen sus casas con arena y juegan con conchas vacías.
Con hojas marchitas tejen sus barcos y, sonriendo, los hacen flotar en la inmensidad profunda.
Los niños juegan en la orilla del mar de los mundos.No saben cómo nadar, no saben cómo echar las redes.
Los pescadores de perlas se sumergen para buscar perlas, los mercaderes navegan en sus barcos, mientras los niños recogen guijarros y los dispersan de nuevo.
No buscan tesoros ocultos, no saben cómo lanzar las redes.El mar surge con risas, y pálida reluce la sonrisa de la playa.
Las olas mortales cantan baladas sin sentido a los niños, igual que una madre mientras mece la cuna de su bebé.
El mar juega con los niños, y pálida reluce la sonrisa de la playa.En la orilla del mar de mundos infinitos, se reúnen los niños.
La tempestad vaga por el cielo sin caminos, los barcos naufragan en las aguas sin rastros, la muerte anda suelta y los niños juegan.
En la orilla del mar de mundos infinitos, se produce la gran reunión de los niños.

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