Hola Amigas 👋
¿Cómo andan? Por acá súper bien, con muchísimas cosas. Como siempre.
El sábado pasado tuvimos una nueva edición de Cómo empezar a invertir (sin volverte loca) y fue espectacular. Ya se pueden anotar a la próxima el 22 de agosto, que todavía está en Early Bird. Y se viene una nueva clase online sobre patrimonio. Atentis por acá porque les voy a contar muy pronto.
Sin más, las dejo con uno de los newsletters más complejos —y probablemente polémicos— que me tocó escribir.
Muchas veces me preguntaron qué pienso de las tradwives.
Y entiendo por qué. Para muchas, son poco más que una rareza del algoritmo: mujeres con vestidos largos haciendo pan de masa madre, criando una cantidad imprudente de hijos y explicándonos las bondades de tener un marido proveedor. Algo para mirar dos segundos, pensar “WTF, qué es esto”, mandarlo al grupo de WhatsApp y seguir con nuestras vidas.
Pero ya saben que Amiga tiene un pequeño problema: cuando internet insiste demasiado con algo, quiere saber por qué. Así que en vez de preguntarme si las tradwives son un trend inofensivo o no, me puse a mirar qué había detrás.
Y encontré una pregunta bastante más interesante:
¿por qué ahora?
Hace unos días me invitaron a presentar mi libro en un club de lectura. En un momento me preguntaron qué pensaba de las tradwives. Cuando no, el tema del momento.
Conté más o menos lo que pienso lo que cuento en el podcast de esta semana, lo que más me interesa de este trend, es otra cosa: a cada generación de mujeres le presentan una fantasía distinta sobre cómo se ve una vida exitosa.
Hace unos años era levantarte a las cinco de la mañana, emprender, escalar, ser CEO. Ahora el algoritmo parece bastante más interesado en mostrarte mujeres haciendo pan de masa madre, cinco niños colgados de una teta y manteles coloridos. No había terminado de desarrollar la idea cuando un grupo de chicas bastante más jóvenes que yo saltó a decir que a ellas no les estaban vendiendo nada. Que qué tenía de malo que una mujer quisiera que “la mantuvieran”. (Podríamos abrir el melón de por qué usamos esa palabra, pero no hoy).
La conversación adquirió rápidamente una energía de versión low cost de Mean Girls: risitas, cuchicheos, y demás. De mí, vaya y pase. No es mi primer rodeo.
Pero en la misma sala había dos mujeres catalanas mayores. Hablaron de lo que había significado para su generación conquistar autonomía económica dentro del matrimonio. De la reforma de los años noventa que modernizó la separación de bienes y reconoció incluso el trabajo doméstico como una contribución económica. El tema es que el revoleo de ojitos siguió también mientras hablaban ellas.
Fue bastante burdo. Rozando lo surrealista. Pero también bastante gráfico de cual es el problema hoy por hoy.
En una misma sala había mujeres que habían peleado por conquistar independencia económica y mujeres que habían nacido con suficiente independencia económica como para poder preguntarse para qué la necesitaban. Todas conviviendo, tomándose un vinito.
Y pensé que ahí estaba la parte más interesante de toda la conversación: cuando una conquista funciona lo suficientemente bien, la generación siguiente puede olvidar por qué hizo falta conquistarla.
Y entonces algo que para una generación fue dependencia y algo de lo cual escapar, puede volver, para otra, convertido en aspiración, cortesía de Tiktok, una estética cute y una música pegadiza.
La fantasía, hoy
Sería demasiado fácil concluir que las mujeres “están retrocediendo”. No creo que sea eso. No solo porque es un poco simplista, sino porque creo que están reaccionando a un mundo distinto.
Para muchas mujeres de generaciones anteriores, trabajar significaba algo bastante concreto: tener una salida. Realizarse y tener aspiraciones propias. Para una mujer de veinticinco años hoy, el trabajo puede significar otra cosa: alquileres imposibles, salarios que no alcanzan, burnout, y cuarenta años de trabajo por delante sin demasiada certeza de qué habrá al final.
Entonces aparece una fantasía bastante comprensible: que alguien gane lo suficiente para que vos puedas bajarte de todo eso. Salteártelo por completo. Y, planteado así, entiendo un poco el atractivo.
Quizás por eso una generación escucha “que te mantengan” y piensa “ay no, dependencia de un Juan Carlos, qué fiaca”, mientras otra escucha exactamente lo mismo y piensa “uh, qué alivio”. El problema es que una elección sea voluntaria no significa que no tenga consecuencias económicas.
Pero hay algo más, que conviene remarcar, y hablo de esto en el podcast: siempre va a ser mucho más barato venderte una salida individual que arreglar la economía que hizo que quisieras escapar de ella. Y tampoco sería la primera vez que esto pasa.
Efectivamente, esto ya pasó
La historia de 1929 y la Gran Depresión me interesa porque muestra lo rápido que una necesidad económica puede convertirse en una virtud femenina.
Cuando la economía se derrumbó y sobraban trabajadores para muy pocos puestos, empezó a extenderse una idea: si en un matrimonio trabajaban dos personas, una podía dejarle el puesto a alguien que realmente lo necesitara. Y ya sabemos quién fue. Durante aquellos años se extendieron las llamadas marriage bars: restricciones que impedían contratar mujeres casadas o las obligaban a dejar determinados trabajos cuando se casaban.
Después llegó la Segunda Guerra Mundial y faltaron trabajadores. Y, de repente, ooops, cambió todo otra vez. La buena mujer fue la que entró a la fábrica. Rosie the Riveter. Trabajar dejó de amenazar el orden social y se convirtió en deber patriótico.
Terminó la guerra. Volvieron los soldados. Y, oh, casualidad, volvió a cambiar la mujer ideal. La realización estaba otra vez en la casa, los hijos y el marido proveedor. Y las publicidades de electrodomésticos: “volvé, dale. Que ahora es sólo apretar un botón”.
A ver, no es que cambió la naturaleza femenina tres veces en veinte años. Cambió la economía. Siempre fue la econoḿía.
Décadas más tarde volvimos a cambiar. Se necesitan dos salarios para pagar un alquiler, entonces el molde es: mujer profesional. Ambiciosa. Girlboss. She-O. Tenelo todo. Con la lengua afuera, pero todo.
Podemos mirar a todas esas mujeres como expresiones de épocas con valores distintos. A mí me interesa otra lectura. Qué casualidad que la mujer ideal de cada época se parezca tanto a la mujer que esa economía necesitaba.
Cuando sobraba mano de obra, quedarse en casa era virtud. Cuando faltaba, trabajar era patriotismo. Cuando los hogares empezaron a necesitar dos ingresos, la independencia se convirtió en aspiración. Y ahora justo estamos entrando en otra transformación económica enorme, nos quieren meter otro ideal. ¿Casualidad? Ermmm, permitime dudar.
Hablemos de la IA
Todavía no sabemos qué va a hacer la inteligencia artificial con el trabajo. Pero sí sabemos que promete producir mucho más con menos trabajo humano. Hace poco, en una entrevista Jeff Bezos imagina un futuro en el que la productividad generada por la IA permitiera que hogares que hoy necesitan dos salarios volvieran a vivir con uno. Y atenti con esta declaración porque podría haber dicho que sólo ibamos a trabajar 4 horas por día, o dejar de trabajar los miércoles. Pero no. Dijo que uno de los dos no iba a trabajar. Y el algoritmo ya nos está diciendo que esta persona no se llama Juan Carlos.
No me parece casual que, justo cuando empezamos a preguntarnos si la próxima economía va a necesitar menos trabajadores, reaparezca con tanta fuerza una fantasía femenina construida alrededor de retirarse de la competencia y no ser una de ellos. Vuelve la esposa tradicional. Vuelve el proveedor. Vuelven los roles claros. Vuelve incluso la religión alrededor de todo eso.
No digo que exista una sala secreta donde Bezos, TikTok y las tradwives estén coordinando quién hace la cena. Digo algo mucho menos conspirativo: cada vez que la economía necesitó reorganizar el trabajo, también reorganizamos culturalmente la idea de qué debía querer una mujer. Y esto es algo para, mínimamente, prestarle atención.
Para cerrar, vuelvo a aquella lectura. A las chicas que se reían cuando dije que a cada generación les presentan una fantasía distinta. A sus risitas y su seguridad absoluta de que a ellas no les estaban vendiendo nada.
Claro que una mujer puede elegir quedarse en casa. Ese nunca fue el punto. El punto es creer que nuestros deseos existen por fuera de la época en la que vivimos.
Las mujeres de los años cincuenta que miraban publicidades de lavarropas, aspiradoras eléctricas y casas suburbanas probablemente tampoco pensaban: qué interesante, estoy absorbiendo el nuevo ideal femenino de posguerra. Pensaban que querían una casa linda y retapizar los muebles. A ellas tampoco les estaban vendiendo nada.
Y quizás eso era lo más gráfico de aquella sala. Dos mujeres intentando contar cuánto había costado escapar de un ideal. Y, enfrente, otra generación riéndose mientras ese mismo ideal volvía a entrar por la puerta, con otro packaging.
La historia no se repite porque las mujeres sean despistadas. Se repite porque cada generación está convencida de que la idea, esta vez, fue suya.
Nos leemos la próxima 👋
LA noticia de la semana
Hablemos de la decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos. Lo de Warsh ayer no fue simplemente “las tasas se quedaron igual”. Fue: el Kevin dejó al mercado sin saber qué carajo piensa hacer, mientras la inflación sigue rari, el mercado de bonos empezó a cuestionar el mensaje y Meta agregó otra capa de ansiedad sobre el gasto en IA.
Warsh evitó dar una trayectoria clara y dejó abierta la posibilidad de endurecer si la inflación no cede. El resultado fue raro: cayeron los rendimientos cortos, pero subieron los largos; el Treasury a 30 años superó el 5,2%, algo que Reuters interpreta como una señal de dudas sobre la credibilidad/dirección de la Fed. En un punto, la Fed no subió las tasas, pero el mercado las subió por ella.
PD: Si compartís, retomás o desarrollás alguna de estas ideas en tu contenido, citame y avisame. 💜

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