Hasta ahora no había querido tocar este tema para no fastidiar a nadie en un momento de genuino hartazgo político. Un sector mayoritario de la población busca deshacerse del pacto mafioso que gobierna el país y me parece fantástico que salga a protestar, o que ejerza presión por otros medios, que incluyen el humor popular y la cultura digital. Pero hay algo que no me cuadra, y tal vez ya sea el momento de señalarlo.
Primero: Jerí y su premier Ernesto Álvarez han sido acusados, creíblemente, de violación. Esa es una realidad lo suficientemente macabra como para rechazar de plano a estas autoridades en un país por lo demás machista y violento con las mujeres. No es lo único inaceptable. Jerí, un político que nunca ha sido popular, y que solo accedió a un escaño en el Congreso como reemplazante de Martín Vizcarra, fue el autor del informe que recomendó archivar la denuncia constitucional presentada por la Fiscalía contra la exmandataria Dina Boluarte, en el marco de las investigaciones por las muertes de más de 50 ciudadanos durante las protestas de 2022 y 2023. Además, su administración, como la de Manuel Merino en 2020, es una expresión clara de continuismo, vale decir, de la misma repartija que nos tiene sumidos en una situación intolerable de violencia, injusticia económica y desmantelamiento del Estado.
Cualquiera de estas razones basta para oponerse a las nuevas autoridades.
Lo extraño es que buena parte de la reacción popular y mediática ante Jerí y sus secuaces se ha centrado no en factores legítimos, sino en la aparente afición del presidente por el entretenimiento para adultos. Esto me parece de locos. Hasta donde sé, el consumo de porno es legal, mayoritario y perfectamente normal. Uno puede rechazarlo por las razones que guste, pero eso dista mucho de ser una justificación apropiada para derrocar a un mandatario. Y esto es clave: razones para oponerse a Jerí abundan. En serio: ¿no basta que sea un violador? ¿Qué importa que le guste el porno?
Bueno pues, resulta que ese detalle importa porque es una expresión del mismo conservadurismo idiota que ha permitido que este tipo de gentuza llegue al poder en primer lugar. Una derecha rancia que reivindica o cuando menos pacta con sectores que defienden la intromisión de la religión en la política, que legitima la violencia contra la mujer haciéndola pasar por respeto a las estructuras familiares tradicionales, y que persigue a las minorías sexuales bajo el lema de lucha contra la “ideología de género”.
Ahí hay una ironía bastante siniestra: estos políticos construyen su carrera entera sobre la defensa pública de la “moral cristiana” y la “familia tradicional”, se presentan como guardianes de las buenas costumbres, condenan cualquier desviación de la norma sexual que ellos mismos establecen... y luego resulta que en privado violan mujeres y acosan a actrices porno en las redes sociales. Nuevamente: no es que consumir porno sea equivalente a violar. Pero sí es revelador que quienes imponen códigos morales a los demás se sientan completamente exentos de cumplirlos.
Esta contradicción no es accidental ni individual. Es estructural. El moralismo conservador siempre ha funcionado así: como un mecanismo de control social que unos pocos ejercen sobre muchos, mientras ellos mismos hacen lo que les da la gana. Las normas son para domesticar al resto, no para limitarse a sí mismos. Por eso pueden votar contra los derechos reproductivos de las mujeres mientras pagan abortos a sus amantes. Por eso pueden defender “la familia” mientras tienen hijos no reconocidos por todos lados. Por eso pueden demonizar la diversidad sexual mientras sus propias vidas privadas son un carnaval de contradicciones.
Lo perverso es que ahora el público usa las mismas armas morales para atacarlos. En lugar de desenmascarar la hipocresía del sistema entero, simplemente señalamos que este conservador en particular no cumple sus propias reglas. Pero al hacerlo, validamos esas reglas. Decimos implícitamente: “Sí, está mal ver porno, por eso Jerí es un impresentable”. Cuando deberíamos decir: “Jerí es inaceptable porque es un machista violento, un acosador, un maltratador de mujeres, un violador. Su consumo de porno es irrelevante”.
El conservadurismo de la mayoría de peruanos —consciente o no— alimenta y se reproduce en las más altas esferas de la política nacional, donde termina revelando su carácter nefasto y antidemocrático. Por eso me incomoda que sus estructuras reaparezcan incluso en situaciones de rechazo popular ante una administración autoritaria. Es, por ejemplo, el mismo conservadurismo idiota que llevó a cierto sector de la izquierda, en el año 2000, a protestar contra la dictadura de Alberto Fujimori llamándolo “Chino maricón”. Como si el problema con Fujimori fuera su etnicidad o su supuesta orientación sexual, y no su régimen corrupto y asesino.
No jodan pues. Con esa clase de progresistas es difícil entusiasmarse por el progreso.
En fin. No quiero hacer demasiada alharaca porque, nuevamente, me parece crucial que un grupo amplio de personas de distintas orientaciones políticas salga a las calles a presionar a esta administración de mierda. En condiciones seguras, por cierto, y no enfrentando peligros por los que, espero, estas autoridades terminarán respondiendo ante cargos criminales. La verdad es que no soy un idealista y me llega al huevo la idea de exigirle perfección moral a una masa de personas movidas por sentimientos contrarios al sistema, sin los cuales no se puede construir ningún cambio político de fondo.
Así que seré el primero en aceptar que, llevada más lejos que esto, cualquier discusión sobre la afición al porno de Jerí sería efectivamente reaccionaria y cagona.
Entonces voy a hacer algo mucho más modesto, y me voy a limitar a defender el porno desde esta pequeña trinchera apelando simplemente al humor. He seleccionado cinco videos breves que me gustan mucho, y que considero comentarios inteligentes sobre la pornografía.
Es humor que funciona, en mi opinión, porque no se detiene en la simple condena moral del porno, sino que explora la relación entre el porno y la cotidianeidad. Esa cosa tan evidente que, sin embargo, la mayoría de los peruanos tenemos terror de reconocer. Estos sketches se interrogan, por ejemplo, sobre las razones por las que la gente consume este tipo de material, que pueden ser contra intuitivas y hasta entrañables (Kevin Hart y Fahim Anwar). Otros exploran las conductas contraculturales y las corrientes extrañas que buscan abrir espacios seguros y de buena convivencia en un mundo que puede ser, sin duda, violento y extremo (Ron Taylor). Uno ensaya la idea de que el porno a veces es menos ficticio que la cultura pop convencional (Sam Morril).
El último es especial. Una canción de contenido crítico y emocionante, con cierta sensibilidad feminista, sobre algunas de las posibilidades no exploradas por el porno actual.
Sam Morril: “Porn loves you just the way you are”
Kevin Hart: “Her porn search was the complete opposite of who I am!”
Fahim Anwar: “I’m at an age now where I wanna know more about the house”
Ron Taylor: “What do you mean, report?”
Y mi favorito: Jane Wickline y Liva Pierce: “I need new porn to treat me like a friend”
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