Siempre he sido la hija mayor que ha absorbido todos los problemas de casa, la que ha sido muy perceptiva e inmediatamente notaba cuando algo no iba bien. La que tuvo que crecer antes de tiempo para consolar a su madre, la que dejó de pedir cosas como cualquier niño de su edad porque entendía que algo estaba mal.
Siempre he sido la amiga que trata de solucionar los problemas, que es capaz de cargar con el peso del mundo con tal de hacer sentir a los demás mejor, la que ha dejado de disfrutar momentos por acompañar a alguien cuando está molesto, triste o simplemente no se siente bien.
Siempre he sido la hermana que se ha puesto frente a sus padres para quitarle el peso de una llamada de atención, la que ha dejado de comer y se ha quitado prendas con tal de ver a su hermanita arreglada.
Siempre he sido la niña sensible que llora ante la mínima subida de tono, la que no puede explicar lo que siente porque el nudo en la garganta la asfixia. La que llora con las películas animadas y se pone en lugar del perrito que no ha sido elegido en la casa de adopción.
¿Hasta que grado una persona puede interiorizar tanto las emociones al punto de dejar de sentir?
Esa pregunta me ha perseguido durante varias noches de insomnios, porque he llegado al punto de mi vida en que las cosas ya no duelen, ya no escocen, ya no me enojan, ya no queman, ya no me provocan llantos ni tampoco decepción, simplemente ya no me provocan nada.
A veces extraño sentir, extraño el calor en el estomago de la ira, extraño la presión en el pecho de la tristeza, extraño el picor en la piel del estrés, porque experimentar algo es mejor que no experimentar nada en absoluto.

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