En los últimos años no paramos de escuchar la historia esta de “personas vitamina” y “personas tóxicas”. Como si fueran dos bandos en una guerra bastante absurda: los buenos y los malos, los que suman y los que restan. Todo muy claro, aparentemente.
A las primeras me las imagino como dibujos de personitas con cara con forma de naranja sonriente que tienen brazos finitos y se mueven así como bailando. Listas para exprimirles todo el jugo. A las segundas con forma de nube negra, con carita triste más que malvada; de hecho, me dan un poco de pena.
Ya está muy dicho, sí. Pero hay algo que me sigue llamando muchísimo la atención: la gente que más habla de esto —la que comparte indirectas en Instagram, la que va señalando a los demás como tóxicos— suele ser, casualmente, la peor gente que conozco.
No falla.
Así que si ahora escucho a alguien que no conozco mucho hablar de esto o compartir cosas de este estilo en redes, me saltan las alarmas.
Y luego está lo mejor: todo el mundo detecta perfectamente a los tóxicos… menos a sí mismo. Curioso que siempre sean los demás, ¿eh?
Esta semana volví a pensar en todo esto leyendo Casi adultos, el maravilloso libro de Gabriela González, en el que me encontré con este párrafo:
Pienso, además, que detrás de estos conceptos tan virales, que sirven muchas veces para la autojustificación, hay una idea bastante cómoda: rodearte solo de gente que “te aporte”. Suena bien, claro. Pero también es una excusa perfecta para desaparecer en cuanto alguien no está en su mejor momento.
Y no. La gente pasa por rachas malas. Y a veces transmite negatividad. Y te jodes y estás ahí, que es lo que toca. Porque si solo te quedas cuando todo es fácil, igual el problema no es lo que te rodea.
Otra cosa son las personas que nunca tienen nada bueno que aportar y que, por supuesto, nunca están para ti. En eso estaremos todos de acuerdo: mejor tenerlas lejos.
Otro tema con el que no estoy nada de acuerdo, y que incluso me cabrea: el refrán de “lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro”. Mira, no. Si tú me haces algo malo y yo, con todo mi sufrimiento, se lo cuento a otra persona, eso no dice nada malo de mí. Ni de coña. Te jodes y no habérmelo hecho.
Pero claro, esa idea viene muy bien. Así ciertas personas pueden seguir haciendo lo que hacen sin que nadie lo diga en voz alta, por si queda mal.
Conmigo no contéis.
Porque al final siempre es lo mismo: inventamos formas cada vez más elegantes de justificar lo que hacemos… y de culpar a los demás de lo que no queremos asumir.
Besos,
Erea.

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.